Archive for the ‘Crónicas panterráqueas’ Category

CRONICA VINDOBONOGASTROETILÍSTICA

Friday, July 26th, 2019

jueves 23 de mayo de 2019

LA VIEJITA DEL PARAGUAS

Friday, July 26th, 2019

Lunes 24 de junio de 2019

CRÓNICAS IBERIDÍLICAS

Monday, May 13th, 2019

jueves 2 a domingo 12 de mayo de 2019

CRÓNICAS ITALIÉTICAS

Monday, April 15th, 2019

Miércoles 27 de marzo a sábado 13 de abril de 2019

CRÓNICAS NEERLANDESEOSAS

Saturday, March 30th, 2019

domingo 24 de febrero a sábado 9 de narzo de 2019

CRÓNICAS LOMBARDIACOLUGANECIAS

Saturday, March 30th, 2019

domingo 21 a martes 30 de octubre 2018

CRÓNICAS SICILIÁTICAS

Sunday, February 10th, 2019

lunes 28 de enero a sábado 9 de febrero de 2019

Proemio fluminoargéntico

Domingo 27

Ebben… una vez más en Ezeiza, esta vez camino de Roma, con las alforjas del alma cargadas de la inesperada nueva que la Porcinetta se viene a hacer la secundaria a Baires. Y no es solo cuestión académica, ni étnica, ni cultural. Ha elegido vivir con su padre, oséase, migo, porque algo no termina de cerrarle donde está, en México, en Monterrey, en casa de la madre. Ez que me ziento zola -ha explicado casi al pasar. Claro, la hermana ha sido fagocitada por la facultad y el novio y Nadia, parece, trabaja de sol a sol todos los días. Ez que zoy argentina -aduce tantito mendazmente porque siempre se sintió mexicana (aunque puede que, ahora que si está viviendo en México, le escueza mi mitad de su ADN). Como sea, que en julio se cae por estos pagos y a mí se me acaban la emancipación y estos viajes. No es tan grave. Me queda poco mundo por recorrer del que quisiera y sarna con gusto no pica. No puedo evitar una pizca, pero, de zozobra: ¿cómo será convivir con Xoch adolescente? Me imagino preparándole el desayuno, tal vez la merienda para la escuela, la cena, regañándola por desordenada (aunque quizá no), llevándola al cine o al teatro y a comer afuera, organizando miniaventuritas finisemanales, habituándome a sus nuevos amigos… Acaso un nuevo viaje a Europa si logro vender el dpto. que tengo alquilado. En fin, que el futuro ha vuelto a volverse imprevisible. ¿Qué más me tiene deparado en esta recta final?

            Porciertamente, como el vuelo es a las 22:45, he resolvido que, en vez de malgastar una fortuna en taxi, mejor me voy a Retiro y me vengo en el ónibu de Tienda León, que me sale un tercio. He llegado con tiempo de sobra y medio muerto de hambre, de modo que me he comido un sánguche de crudo y queso, como se verá, menos mal. En la cola para el control de pasaportes alborota un grupo de dos o tres docenas de Lolitas que, me explican, van de viaje de egresadas de los catorce años (sus blusas rosas rezan “Fifteen”). Lo que me llama la atención es que, salvo, en todo caso, una, ninguna puede decirse bonita. Tal vez cuando crezcan, pero no creo. ¡Qué insólita pena! No me importa porque tengo planeado dormir como una criatura. Solo la promesa de la cena me mantiene la vigilia que entretengo con “Los que aman, odian” (así, con la coma lógica pero antigramatical), que es un bodrio. Eso sí, nada comparado con la comida francamente indeglutible: Una especie de cibata de pollo de masa como de cartón y relleno insípido, una carne asada con puré, puro nervio y con gusto a nada, y un vino de los mediocritos. Apenas se salva el postre, un pastel resarcidor. El café, previsiblemente execrable. Para tomar mi nepente pido un vaso de jugo de naranja y me dicen que jugo de naranja no hay. ¡Pensar que cuando vivía en Nueva York, Aerolíneas era, seguida de cerca por Varig, de las mejores del mundo y desde luego que la mejor entre Nueva York y Buenos Aires! ¡Lo que le han hecho a este país no tiene perdón!

Lunes 28

El desayuno tampoco es gran cosa: una medialuna, un pancito, un yogur, café del malo y jugo de naranja (aparecido misteriosamente). Aterrizo en Fiumicino a las 15:30 locales y pluviosas, y, siguiendo las instrucciones del GPS me mando para Tiburtina (craso error, porque el tren a Termini es directo y la diferencia luego son cuatro estaciones de subte, pero en fin). De Tiburtina a Quintiliani es solo una parada de la Metropolitana B, dirección Rebibbia. Salgo a un sitio desolado. De la estación a la calle más próxima hay unos trescientos metros por una senda semiasfaltada y picada de cráteres inundados. Hace frío. No ha mucho que ha dejó de llover y todo está embarrado cuando no bajo el agua. Caigo en que me he dejado los guantes, pero no es para tanto. Desemboco en lo que semeja un viaducto en construcción, totalmente a oscuras, que me obliga a hallar a tientas el modo de cruzarlo. Del otro lado acaban de construir, pero parece que no de estrenar, un bulevar. La gringa del GPS me manda debidamente a la mierda por una calleja empinada y desértica, también sin asfaltar. Las puteadas deben de haberse oído en Nápoles. Mas como Dios aprieta pero no ahoga -al menos algunas veces-, un auto se detiene y me explica (su conductor, no él) que mejor recupere el asfalto y siga en esa dirección, A todo esto, la gringa del GPS, como si nada, me entra a guiar con menos perfidia y, siempre corroborando con algún vecino, llego a via degli Orsagi 39. Me atiende una señorita que luego resulta iraní (pero que, en rigor, ya lo era cuando me abrió la puerta) de lo más atractiva que me muestra un cuarto atildado. Desensillo, me doy una ducha y salgo al encuentro de mi viejo colega Ahmed Ben Ameur, tunecino, ex jefe de trujamanes de la FAO, que me invita a morfar a Alvaro da Como, al pie del Circo Massimo. La Metropolitana me deja al borde, precisamente, de la FAO. No la piso hace quince años o más y me sorprende la ausencia absoluta de nostalgia. Desciendo paralelo a la Domus Augustea, mágicamente iluminada (el resto de la ciudad está sumido en la más absoluta penumbra). Enresulta que Alvaro está cerrado y tenemos que irnos a otro sitio, una trattoria casi argentina de tan italiana donde me zampo una zuppa di verdure, un coniglio bien alla romana y una crema di zabaione debidamente angelicales rociados con un Montepulciano della casa. Tras evocar a mi entrañable Turca, la conversación nos lleva por las sendas de la memoria: lo que hemos hecho o nos ha pasado estos años, gente que seguimos viendo, gente que no hemos vuelto a ver y la dulce sensación de haber vivido días de gloria que no hace falta que vuelvan pero que es bueno que hayan pasado.

            Regreso a casa poco antes de las once. Me lavo minuciosamente la dentadura, me tomo mi Nodos preventivo, pongo la alarma… y en eso me percato de que también me he olvidado el piyama. En efecto, a poco de estar arropado en la camita entro a cagarme de frío. Me pongo el chaleco térmico y aprovecho que el lecho es matrimonial para duplicarme la cobertura. Algo logro dormir, pero el yetlag implacable me impide cerrar los párpados más allá de las tres de esta mattina que son las once de aquella noche.

Martes 29

No hay qué hacerle. Me levanto y aprovecho para empezar a leer el artículo que me ha enviado Sendebar. A las seis ya estoy en la calle a las puteadas con la gringa del GPS. Menos mal que no tardo mucho en dar con el camino. En Quintiliani, la maquinita encargada de expender boletos se niega a aceptar mis monedas. Ya he pasado la maleta por debajo del molinete cuando desde una cabina me llama al orden el guardia que no había visto. Me acompaña al robot, se convence de que no hay caso y me deja pasar so promesa de que compre el boleto en Tiburtina. No que quiera aprovecharme de la ineficiencia del sistema, pero no pienso bajarme hasta Termini. Dios, en su misericordia infinita, hace que no bien me instalo debidamente de pie en el vagón atestado, se alce una viejita y me quede el asiento libre. Llego a Termini con casi una hora para estrenar espresso y cornetto y extender mi biglietto a Taormina. Me ayuda, solícito, un señor que después me pide una contribución graciable (tiene tres hijos y ningún trabajo, explica… ¿por qué serán los italianos tan argentinos?). El tren está anunciado con veinte minutos de retardo. Yo subo a la explanada de los manducatorios y me siento a averiguar que en Taormina hace seis grados pero que se van a hacer diecisiete.

            Roma Termini no es la que era. Amarcord que en agosto de 1965 veníamos con Tito y Leonardo a morfar a la mensa dei ferrovieri, al costado de una estación que no le hacía sombra a nuestra Once. Y así la recuerdo de todos mis viajes posteriores. La última vez que la miré ha de haber sido hará unos diez años. Está irreconocible, con como treinta o cuarenta andenes, ultramoderna, atestada de negocios. ¡´Ta que el Primer Mundo nos va quedando cada vez más remoto!

            A las siete y media subo al coche dos y busco el asiento 58. El vagón está casi repleto y el asiento 58 es pasillo y para peor contra natura. Bajo a echar unas fumaradas y aprovecho para recorrer el convoy. Los demás coches van casi vacíos. Sendas señoritas virtuales se disculpan en italiano e inglés por la demora de veinte minutos debida a un desperfecto estructural. Entretanto, subo, recojo mis petates y me traslado al vagón siguiente. Cuando finalmente nos ponemos en movimiento, me quedan los dos flancos de cuatro asientos a mis anchas. A mi derecha, tras la telaraña de catenarias y los techos de latón, un interminable acueducto romano. el tren discurre silencioso. De vez en cuando el chirrido de una frenada parece provenir de otro convoy. Por alguna razón, el vagón amortigua todo bullicio. Un par de filas atrás parlotean aterciopeladamente dos mujeres. Vamos ignorando varias estaciones. Las construcciones son enteramente olvidables. La campiña italiana, como la española, es menos vistosa que la inglesa o la francesa. Recorro el convoy hasta el último vagón (con puertas que se abren o no, del todo o no, al dudoso conjuro del correspondiente botoncito). No hay donde comprar un mísero café. El guarda me informa de que habrá que esperar hasta Nápoles, donde nos detendremos veinte minutos. Raro que en un tren de diez vagones cuyo recorrido es de ocho horas no haya siquiera un buffet. Entretanto, las montañas se nos han venido acercando. Detrás de la barbacana asoma una coronada de nieve. Nos hemos detenido en la primera parada. Las señoritas se disculpan una vez más bilingüemente por los ahora veinticuatro minutos de retardo. Montaña arriba, a mitad de la falda, se divisa un castillo blanco a cuyos pies se amontona o desparrama un pueblo. A los cerros les ha salido un espeso zócalo de neblina algodonada. Ahora se arriman hasta los rieles trayéndose un apretado manto de árboles o arbustos que los hacen semejar cubiertos de brócoli. El tren sesga el paisaje en dos mitades inconciliables. En esta cima, más una ciudad que un pueblo, con edificios de departamentos a la vez empequeñecidos y ensoberbecidos por la altura. Por la ventanilla derecha, nada: la planicie amarillenta e infinita. Seseamos imperceptiblemente. De no ser porque el sol cambia de banda ni me hubiese percatado. Ahora han aparecido montes del otro lado y entramos en el segundo túnel. Bien. Porque yo prefiero siempre la irregularidad de las montañas a la monotonía de la llanura. Las colinas de la derecha se han arrepentido. Acostado como puede sobre su cima, un pueblo con todo y muralla y castillo e iglesia. Entre algunos picos, bancos de niebla. La planicie que ahora las distancia cultivada con esmero, tajeada de acequias geométricas y salpicada de construcciones (pocas merecen llamarse casas) entre anodinas y resueltamente feas. Se nos ha puesto a la vera un parque industrial por suerte breve, pero todo lo que nos separa de las laderas aún sombrías de darle la espalda al sol está de más. Especialmente los invernaderos de plástico como gusanos elefantiásicos.

            Hemos penetrado en un túnel casi interminable y, de pronto, a la derecha, al cabo de los cerros reaparecidos, grisáceo e infinito como el cielo del que a gatas lo cercena una costura casi imperceptible, el mar. Damos a una bahía. Más adelante no llegan a dibujarse del todo las montañas que la contornan. Y entonces este otro túnel, a cuya salida arribamos a Formia, con un retraso bilingüe de 37 minutos. O sea, que vamos cada vez más despacio. ¡Con Mussolini estas cosas no pasaban!

            Otro túnel y chau Tirreno. Ahora planicie inacabable de ambos lados, verde, sin intromisiones edilicias. Las señoritas virtuales precaven contra la compra de alimentos de (¿o es “a”?) vendedores no autorizados (que no han aparecido, seguramente disuadidos). ¡Y otra vez las urbanizaciones desangeladas! Pasamos por Villa Literno y ya parece que nos vamos a detener, pero no. Las señoritas informan de que estamos llegando a Aversa cincuenta minutos tarde. Son las diez y, por suerte, el sol se está poniendo resueltamente meridional. El paisaje, pero, se ha amustiado. Entretanto, mar y montañas se han mandado mudar cada uno por su cuenta.

            Son las diez y media y entramos en Napoli Centrale con 57 minutos de atraso. Me compro un sanguchito y un juguito de naranja de una expendedora y regreso al coche, no sea cosa de perder el tren, que, con mi inconsciente, nunca se sabe. Salimos con 63 minutos de demora abriéndonos paso entre la escoria edilicia de los suburbios napolitanos.

            Otra vez montañas a ambos lados, aunque más del izquierdo que del derecho. El maquinista se ha puesto las pilas y vamos a los repedos. Se conoce que le han dicho que si se atrasa un minuto más lo mandan al Belgrano Sur. Nefetibamente, a Salerno llegamos solo 54 minutos atrasados.

            He visto innúmeros trenes de cuatro o cinco generaciones. Los Frecha aerodinámicos (uno íntegro, de doce vagones, dedicado exclusivamente a mantenimiento tecnológico), los articulados camino de tranviarios de cercanías, los como el mío, de vagones tradicionales pero modernos, confortables e impolutos. Es cierto que nuestros ferrocarriles no han sido nunca así, pero también es cierto que eran mucho más así que ahora. ¡No tiene perdón de Dios lo que le han hecho a mi país!

            Las señoritas nos apaciguan con la nueva de que a bordo del tren viajan agentes de la Policía Ferroviaria a quienes podemos dirigirnos si la sangre llega al río. ¡Menos mal! También anuncian que en Sapri el personal ferroviario distribuirá gratuitamente viandas.

            En el ínterin, el paisaje ha tenido sus momentos gratamente silvestres: un valle frondoso entre las frondosas cuestas, todo verde que te quiero verde, sin un solo eructo arquitectónico a la vista. Lástima que haya durado lo que un suspiro. Pero más tarde, otra vez el mar, esta vez bien distinto del cielo. No termino de alegrarme que me deglute otro túnel, a cuya salida el Tirreno se ha vuelto montaña. Se han hecho, a todo esto, las doce y veinte.

            Inesperadamente, a mi derecha, un inmenso castillo en ruinas, gris, de murallas picadas de viruela que luego envuelven el pueblo todo, torres parciales, acceso que debió de haber sido imponente y ahora no es más que un recuerdo desdentado. Es el primer atisbo de la Europa medieval que siempre ando buscando. ¿Cómo se llamará? Me gustaría volver y visitarlo.

            Llegamos a Sapri retardados 54 minutos. Acaban de subir las cajas de “restauro”, a ver. El susodicho piscolabis viene en un bolsito muy mono de papel de estraza que atesora un paquete un de dos galletitas saladas dos, un pastelito relleno un, un jugo de naranja un en cartoncito tamaño caja de fósforos y una botella una de agua mineral que solo conseguiré abrir arriesgando la dentadura. Todo un ágape neroniano que disfruto nuevamente a la vista del mar hasta que ¡slup! me absorbe un nuevo túnel a cuya salida vuelvo a encontrarme tierra adentro… ¡aunque no, esperá, allacito mero está el Tirreno! Que, ahora que lo miro bien, se ha tornado casi blanco en la costa, turquesa hacia adentro y violáceo hacia el horizonte.

            Llegamos a Paola con 54 minutos de descuento. Dicho sea de paso, cada vez que nos detenemos en una estación, anuncian un desparramo de trenes por toda la región que, se conoce, estaban esperándonos. ¡Igualito a mi Santiago! A las dos nos detenemos en Lamezia. Y por fin el mar definitivamente azul. Como la montaña ha resuelto lanzarse al agua, arrecian los túneles. Al filo de las 15, con 42 minutos de atraso y un sol nac-pop, arribamos a Villa San Giovanni, ya frente a Sicilia. En Messina escanden los vagones que siguen para Palermo de los que bajan por la costa en busca de Siracusa. A las 15:10 salimos como veníamos, pero instantes más tarde invertimos misteriosamente la marcha. Ah, claro, es para subir al ferry. Por fortuna, nos permiten descender. La vista desde la cubierta de popa (la de proa está vedada) es espectacular. A la derecha, la punta de la bota, en medio el estrecho y, a la izquierda, el rugoso perfil de la isla. A las montañas de una y otra vera se prenden unas nubes bonachonas. El sol y el mar me dan así la bienvenida al inicio de esta nueva aventura. Entre que viene la Porcinetta y el paisaje de ensueño tengo el pecho que me revienta mientras mi fiel cachimbo exhala fumaradas de felicidad. La entrada al puerto está debidamente fortificada. En la rada reposan varios transbordadores de diverso porte. Me he tomado un ristretto al que no tuve más remedio que endulzar tantito porque no soy lo suficientemente hombre para zampármelo tal cual. Dios me perdone. La travesía dura casi media hora. Ya están arrancando mi medio tren de las entrañas del ferry. Catorce (¿o son quince o dieciséis?) años después, mis suelas vuelven a pisar Sicilia y yo, para variar, pregunto entre mí por vez enésima en premio de qué virtudes o en perdón de qué pecados.

            Escatológicamente hablando, desde Buenos Aires que no defeco. Con apenas un conato de anhelo me meto en un baño antiséptico. El esfuerzo es heroico. No puedo no evocar aquella vez que la Porcinetta, con los ojos clausurados a cal y canto, enrojecida como un Primero de Mayo y aferrada a mis rodillas, exhortaba “¡Zal, caca; tú puédez!”. Finalmente, Triumph!, solo que no hay manera de convencer al grifo que consienta una gota de agua.

            Estamos unos minutos en Messina Centrale, donde nos adosan la nueva locomotora. A las cuatro y media zarpamos costa abajo camino ya de Taormina, primer vivac de mi periplo. Me asomo a concluir la pipa. Pasan los empleados con sus chalecos fosforescentes recogiendo deshechos y limpiando escusáus. Pruebo suerte en otro, pero niente acqua! No hay nada que hacer.Como filosofa uno de los taxistas que fungen de coro griego en mi asombrosamente inédito capolavoro “El País de la Justicia” (disponible en sergioviaggio.com, señora), en todas partes se cocinan aves.

            A las cinco en punto de la tarde nos ponemos en marcha. El sol da por finita su jornada y empieza a aparejar su carro para marcharse a otras latitudes. Deja de recuerdo un crepúsculo amable de pasteles discretos y un horizonte de brasas. Vamos bordeando el estrecho. Entre las vías y el mar, aprovechando unas ruinas vaya a saber si griegas o fenicias o romanas o bizantinas u ostrogodas o normandas o francesas o españolas, cinco o seis casuchas birladas a una de nuestras villas. ¿Serán, nomás, viviendas precarias? Pasa un árbol en propiedad horizontal: las ramas se escalonan en círculos perfectos separados unos treinta centímetros unos de otros. Demasiado perfecto para ser obra de Dios, me digo. Pero también demasiado alto para serlo de los hombres. O magnum misterium! Ya se han encendido las primeras luces y los autos estrenan igualmente sus faros. Hemos dejado atrás el estrecho y a la derecha se extiende, nuevamente gríseo, el Mare Nóstrum de ellos. Dice el GPS que no tengo transporte de la estación a via FrancescoAtenasio28 y que me va a tocar arrastrar la maletica montaña arriba cuatro kilómetros seguramente a oscuras. En fin; ¡calavera no chilla!

            Cada tanto asoman castillos encaramados sobre los riscos. Lástima que solo se columbran los escorzos apenas dibujados sobre el fondo mortecino del firmamento. Si no me constara que el mar es mar, juraría que me lo han asfaltado. De pronto, todo es penumbra. Las señoritas informan de que está en curso un control a cargo de la Policía Ferroviaria y que partimos no bien finiquite. Me desconcierta, porque vamos a los santos pedos y si aún no hemos partido no quiero ni pensar a qué velocidad vamos a ir cuando lo hagamos. Evidentemente, las señoritas se han excedido en la bebida. Más tarde, nos piden que por favor que ¡shhh! bajemos el volumen de la voz y de los celulares para no molestar a los demás pasajeros (claro, ya son como las seis y media). Finalmente, vuelven a pedir disculpas por la demora y advierten que podemos pedir resarcimiento a la Empresa las pelotas. Por mi parte, me caigo de sueño. ¡Bien! Así esta noche me pongo paradojalmente al día. La primera cena habrá de esperar: un panino, una orangina y al letto.

TAORMINA

La estación Giardini es bellísima, pero el taxi montaña arriba hasta via FrancescoAtenasio28C me cuesta veinte euros ¡LPQLP! Bueno, también es cierto que dio más vueltas que peronista advenedizo. Aquí los coches necesitan bisagra para girar, y aplastarse para pasarse en las calles de doble sentido. Sobre FrancescoAtenasio hay un Jaguar que no sé cómo hizo para llegar y me pregunto cómo hará para regresar a tierra. Hasta los ómnibus son unas cajitas más ontológicamente afines a un carrito de supermercado que a un automotor para grandes. Por suerte, Ángela es tan bella como simpática y el alojamiento un ensueño. Hacemos óptimas migas de entrada. Dejo mis petates y, muerto de cansancio como estoy, salgo a disfrutar de la magia de Taormina nocturna, básicamente una plaza que, arco vaya a saber si romano o normando más lo que queda de la muralla, al inicio, estrena un par de paralelas peatonales con otro arco en medio y un tercero al final, que, para no ser menos, también da a su plaza. Como Mt. St. Michel (vide “Crónicas Bretañonormandiosas”) y Loket (vide “Crónicas Moravobohemiatómicas”), Taormina básicamente bordea el monte del lado del mar. La otra calle peatonal es menos interesante, pero yo estoy fuera del mundanal ruido sobre una de las transversales, que, cómo no, tiene una acojonante vista al mar, pero nada más. Bajo y subo (porque Taormina es así) en busca de la plaza inaugural. No bien atravieso el arco romano o fenicio o lo que sea, las ruinas de un anfiteatrucho heleno al que apenas si le dan bola: De no ser por el cartelito, hubiera dicho que un baldío con un montón de piedras. Es que Sicilia es así, las ruinas griegas o cartaginesas o romanas o árabes o normandas o españolas o la puta que las parió están por todos lados cortando el tráfico y distrayendo a la gente. Aquí lo que hace falta es un Cacciatore o un Rodríguez Larreta que ponga orden y aproveche los terrenos disponibles para hermosas erecciones que, amén de promover el comercio, “pongan en valor” inmobiliario los predios desperdiciados. La iluminación es maravillosa. Gente y negocios y restoranes y cafés y heladerías y confiterías y más gente. No hace demasiado frío (tal vez unos ocho grados). Voy de una punta a la otra. En la otra, por cierto, se abre lo que puede una plaza con la Catedral y una explanada que abarca la bahía. De regreso, me detengo a morfar dos arancini (las como albóndigas gigantes tan amadas por Montalbano) con una birra alla spina. Se han hecho apenas las nueve, pero no doy más. El retorno a lo Ulises -diez cuadras en pendientes opuestas- se me hace interminable. Me ha asaltado una sensación, una certidumbre casi, que no sé si me ufana o me avergüenza: argentino hasta el caracú que me sé, estoy más en casa en Taormina que en Tilcara. Como mis amigos judíos, que muchas veces sin haberla pisado jamás, sienten nostalgia por Jerusalén, yo tengo mis raíces enredadas en este mar que no vi hasta mis veinte años. Llegado a mi nido, me castigo con un Alplax y duermo casi diez horas.

Martes 30

Me levanto a las ocho. Ángela me sirve un desayuno compuesto de un cornetto alle mandorle, una brioche al cioccolato y una tartina también de almendras con dos cafés dendeveras. Nos despedimos como antiguos camaradas. Me aguarda, solícito, un día peronista. Vuelvo a recorrer las peatonales, esta vez so capa de enviar una carta desde el correo. Ahora puedo ver mejor los edificios. Los hay de todas las épocas: medievales que seguramente aprovechan cimientos o muros griegos o romanos, barrocos furiosos y más modernos. A izquierda y derecha bajan o remontan callejas estrechas y empinadas con macetas floridas en cada peldaño que reducen aún más el paso. Hay, por cierto, flores por todos lados que el sol se regodea en engalanar. Las callejuelas como espinas me recuerdan las de Estambul. Es que el Mediterráneo que nos parió se parece mucho más de lo que se distingue. De no ser por el abrigo de las gentes, diríase que estamos, en el peor de los casos, en primavera. Como Ulises, debo ordenar a mis marinos mentales que me amarren para desoír el canto de las confiterías donde los canoli, las cassate y los helados de colores mucho más vivos que los nuestros se ofrecen como putas en el Barrio Rojo de Ámsterdam o Amberes. Algunas confiterías son prácticamente museos de muebles de época y servicio y cubertería imperiales. Restoranes hay para todos los gustos, no demasiado caros en general, pero sí en particular para este gasolero. Por desdicha, de regreso del correo, por esas vueltas que me hace dar Dios, tropiezo con un manducatorio que exhibe obscenamente sus marítimos tesoros: Pescáus de todos los tamaños y colores, langostinos, camarones, langostas y bogavantes. Los bogavantes, pero, vivos como están, vienen… del Canadá, vía… Roma. Salen ocho euros los cien gramos y pesan como medio kilo (no es tanto, en general). Las langostas sí son locales y más caras. Pa´ loh que inoran la dijerencia, lo que entendemos por langosta es, en realidad, el bogavante, que tiene pinzotas en vez de antenitas. El de estas últimas es la langosta. Igual, me quedan caros los dos, aunque en una de esas todavía me doy el gusto quién sabe a ver.

            Advierto que Taormina queda a mitad más o menos exacta de la escarpada ladera y que montaña bien arriba hay un enorme castillo. Averiguo que -¡por suerte!- está cerrado, porque ya me imaginaba trepando con la lengua afuera. Del otro lado, sobre otra cresta más baja, parece haber otro, pero por ese no pregunté.

            Llegado al arco primigenio, giro a la derecha y voy buscando, entre las calles que cuelgan de las dos paralelas principales, el anfiteatro grecorromano, que diz que es el más grande de Sicilia después del de Siracusa y de los más grandes del Mare Nóstrum de ellos. La cosa es verdaderamente monumental, lástima que muy descuidada. Hay pantallas en que proyectan recreaciones en tres D de lo que supo ser, con toldos corredizos y todo. Lo que asombra de este y otros teatros grecorromanos es lo grandes que son para lo chicos que son los pueblitos que les cuelgan como pueden. O magnum misterium! Y esto no es todo, señores, porque el sitio tiene una vista mucho más espectacular que las otras vistas espectaculares que he visto, porque esa montañita como cono aplastado pero perfecto que se ve del otro lado de la bahía lástima que no toda porque la cubren unas nubes de mierda es nada menos que el Etna no sé si me explico. Al menos, es lo que juran las postales.

            Ahura me toca bajar a Isola Bella, como chiquicientos metros en vertical recta y otros tantos kilómetros en eses que terminás más mariáu que con tres litros de totín encima. Hay un cable carril, pero me lo reservo para el retorno. Por consejo de una recua de lugareños me llego hasta el Belvedere (¡y dale con las vistas espectaculares! ¡Parenlá, che!), de donde parte una escalera relativamente indulgente, porque desciende de a tres o cuatro peldaños, descansa un par de metros, y otra vez. Tardo como media hora o más en llegar al nivel del mar. Entretanto me he cruzado con un muchacho no tan joven que se conoce que se había olvidado algo y volvía. Cabe consignar que me he venido pelando como una cebolla: primero el pulóver que me puse al cuello bajo el anorak. Luego ya no aguanté y me lo puse por encima. Entonces no di más y me saqué también el anorak. El lungomare no luce muy interesante, pero; así que recorro los cien metros que me separan de la funivia y regreso in excelsis, no sin antes mandarme un cafezinho en un quiosquito atendido por una señora simpatiquísima.

            He resuelto adelantar mi viaje a Catania porque el tiempo se ha desperonizado y amenaza lluvia. Llego a Rosangela, que así se llama mi biandbí, como a la una. Al rato llega Rosaria (la otra mitad de Rosangela), que me deposita en la terminal de ónibu para bajar a la estación, que, ahora que la puedo ver bien, es más bella de lo que me pareció. Me almuerzo un panino en el bar y a la 14:10 estoy a bordo de una modernosa tripla. ¡Pensar que Rosaria despotricaba contra los ferrocarriles insulares porque son viejos y lentos!

CATANIA

Desciendo en Catania como a las tres y salgo a una ciudad fea, pero fea con ganas (claro que la llovizna y el otra vez frío no ayudan). Doy las consabidas vueltas al pedo que me regala la gringa del GPS a las ininterrumpidas puteadas (a las consabidas puteadas doy, no me regala). Yo había estado en Catania unas horas cuando la misión a Palermo (vide “Crónicas Palermínimas”) y la recordaba menos siniestra. En fin. Que finalmente doy con la via Etnea(la má principal y yo sin saber) y todo vuelve a relucir. Llego al 196 justiniano con la encargada búlgara, Milena, que me trata como una duquesa a un duque (los caballeros distinguidos siempre fuman pipa, consigna lapidaria) y me ofrece un kiwi de antología. El biandbí es enorme y mi cuarto gigantesco, lástima que ni lo voy a aprovechar. Cuando vuelvo a salir son las cuatro y media y la llovizna no ha amainado. Bajo por Etneahacia la plaza de la Catedral. El nombre de la calle se debe a que, al fondo, se yergue el volcancito. Cada veinte metros hay unos armazones con lucesitas que han de haber quedado desde la Navidad. Los edificios son grisáceos y macizos, como corresponde a una ciudad que supo ser próspera desde mucho antes que se inventara la televisión. La avenida es prácticamente peatonal y, para variar, está atestada de viandantes. El Duomo me queda como un kilómetro al sur. Paso primero por la plaza Bellini, un compositor catanés muy conocido por estos pagos, cuya estatua (de Bellini) está rodeada de quioscos de pistachos, frutas abrillantadas, manzanas caramelizadas y un montón de colores prácticamente mexicanos. Más adelante, la del Ayuntamiento. Las calles son extrañamente rectas y perpendiculares, all´uso nostro, cosa rara en Europa en general y sobre todo en regiones montañosas, pero aquí se ve que estamos en una excepcional planicie. Llego a la Piazza del Duomo y me veo frente a una monumental iglesia barroca separada un codazo de otra, menos monumental, pero que también tiene lo suyo, esta vez circular, con una cúpula gigantesca, la basílica de Santa Ágata. La nave del Duomo es, claro, enorme, pero poco llamativa. La de la basílica, en cambio, es circular, con los curules también casi en círculo y una inmensa araña cerniéndose desde el medio del techo. Por cuatro euros se puede subir -¡en ascensor, Deo gratias!- al mirador que rodea la cúpula, desde el cual se ve toda la ciudad que escapa hacia el Etna distante o tropieza con el mar. Por suerte, ha asomado el sol y los pasteles son maravillosos.

            Se ha corrido el telón de la penumbra y se han encendido todas las lucesitas de Navidad. El espectáculo es una maravilla. Cada calle tiene su propio estilo de arcos que parecen propagarse hasta el infinito, cada vez más pequeños, unos dentro de otros. Los colores son vivos pero discretos, predominando, aparte del gerundio mal puesto, los azules y violáceos. En una calle lateral me compro un panino de salame que no llegaré a terminar. Por la noche, eso sí, me cago de frío.

Jueves 31

Me despierto como a las cinco y me pongo a teclear estas pamplinas. A las ocho salgo y a la vuelta del albergo me castigo con mi caffè y mi cornetto tras lo cual desciendo por Etnea a sacar el biglietto para le ónibu turístico. Luego sigo hasta el insuperable mercado: Brócolis como sandías, hinojos como pelotas número cinco, frutas de más colores de los que consiente el espectro conocido, stands de pistachos, nueces, piñones, garrapiñadas artesanales y demás tesoros de la correspondiente cornucopia; aceitunas de diez colores y tallas, especias para todos los gustos; quesos de todas las layas, ínfimos o de hormas descomunales, pero, sobre todo, la deslumbrante bonanza del mar. Pulpos, calamares, sepias; crustáceos de diversa especie, inmensos bloques de atún, mojarritas microscópicas, caracoles, ostras, mejillones… Plateados relucientes, rojos apagados. Todo el Mediterráneo repartido en mostradores, chiringuitos, quioscos. Muchachones cetrinos que empujan carros entre los futuros comensales, impenetrables estridencias dialectales, chascarrillos incomprensibles, reconvenciones herméticas. Me meto en un cortile derrengado. Es, seguramente, un conventillo. Persianas que apenas se sostienen, puertas torcidas, balcones con muletas, chatarra varia, detritos de confusa condición.

            Regreso por esas calles de Dios. De pronto, a mi derecha, dos imponentes iglesias furiosamente barrocas. Dan a unas escaleras a mitad de las cuales hay un edificio con chiches extraños en los balcones. Parece una casa de cultura o algo por el estilo de apelativo Nievski. Alguien ha pintado sin mayor empeño caligráfico “Comunismo”, con una sola ene. Debajo, una serie de anuncios y afiches de tinte revolucionario entre los que campea una silueta de Marx. Amarcord “La búsqueda del fuego”, aquella peli en la que una tribu de hombres primitivos que aún no habían dominado el fuego cuidaba primorosamente de una especie de nido en que ardía la llama insustituible. Así se me hacen estos desconocidos camaradas, que cuidan con amoroso esmero lo que queda del sueño. ¡Paciencia, caros cumpas! Ya vendrá el día en que salgamos a festejar alborozados el fin de la explotación del hombre por el hombre. Lástima que falte tanto, que deba correr todavía tanta sangre, que tantos niños carezcan mientras de pan, escuela y techo, que tantos adultos deban trabajar por sueldos viles en condiciones infrahumanas, o arreglárselas nomás sin una moneda con que alimentar a sus críos, que tantas mujeres arrastren los pies ampollados por la vida, cansadas de parir y fregar. ¡Paciencia, camaradas! La Historia, esa gran hija de puta, no regala nada, y el paraíso que ayer mismo parecía al alcance de la mano, como las cimas mendaces de las montañas, queda muchísimo más lejos, allá, al cabo de la cordillera, acaso, como el horizonte mismo, inalcanzable. Pero solo lo sabremos cuando lleguemos o terminemos de no haber llegado,

            Regreso del hotel con la valijita, que dejo en consignación en la oficina de turismo, mato el tiempo con otro café y otro cornetto y escribo estas líneas sentado ya en el bus que es todo para mí. Por supuesto que el sistema de sonido es aleatorio y tengo que ir buscando dónde mierda enchufar los audífonos que se oiga algo. Suben tres personas más. En pocas cuadras salimos del centro, pasamos por la estación y emprendamos el lungo lungomare. Antes de llegar al tapiz eternamente azul, a nuestro lado, un complejo otrora industrial hoy devenido centro de cultura. Después, los típicos edificios de una costanera moderna, como los de Pocitos en el Uruguay. Entre la flora, aparte de las palmeras de norma, cactus. No recuerdo haberlos visto en Europa. Dejamos atrás reliquias españolas de la defensa contra los sarracenos. Nos detenemos frente a lo que queda de un castillo bizantino consustanciado ya con una roca heredada de una de las tantas erupciones del Etna. La señorita eléctrica explica que el volcán ha dado bastante trabajo y modificado con cada erupción la línea de la costa. Hubo también un terremoto bastante bravo allá por 1680, que liquidó a 16.000 de los hasta entonces 20.000 vecinos de la ciudad. En el castillo mis tres coviajeros me abandonan y ya seguiré solo el resto de la ida y la totalidad de la vuelta. Que es ciudad adentro, por el corso Italia -la gran vía comercial- y otros sitios de pro, bordeados de palacios, palacetes e iglesias. A mi izquierda, el Gran Teatro Bellini, estrenado en 1890 con -¿qué otra?- Norma.

            A las 11:40 arrastro ya mi valija camino de Catania Centrale, adonde llego poco pasadas las doce. Es hora, me digo, de probar un jugo de naranja, que acompaño con una arancina de espinacas en el bar de la estación. ¡Delicioso! El tren llega y parte puntual a las 12:38. El sol, por su parte, se ha puesto a juguetear a las escondidas, pero siempre muestra algún destello.

            El recorrido, que imaginé ribereño, es, en cambio, tierradentroso, con un paisaje sorprendentemente plano y verde sin exageraciones. Aunque de pronto, cómo no, el mar. Y entonces desde luego las ondulaciones cada vez más impacientes. Aquí asoman las rocas que más allá se han hecho edificios de algún pueblo. Casitas más o menos aisladas, o en corrillos de diez o doce o ya amontonadas en aldeas con pretensiones de villorrios. ¿Por qué esta roca es blanca y la catanesa, venida directamente de las fauces del Etna, negra? Capricho de la geología, supongo.

            Llegando a Augusta, una modesta marina. Casi no he visto, salvo la de Messina y otra no muy pretenciosa en Catania. ¡Raro, pero!

SIRACUSA

Como de consueto, el rioba de la estación no es de lo mejorcito, aunque a poco de emprender la marcha en pos de viaInsonzo27 la cosa se pone más amable, pero nada del otro mundo. Si en Catania todo era de piedra negra llovida del Etna, Siracusa es de gris claro a prácticamente blanca. Me meto por las callejas que manda la gringa del GPS, calladas, desiertas, limpias, de casas sencillas. Si fueran apenas más cenicientas me recordarían la zona del puerto de Montevideo, aunque puede que la memoria me esté haciendo una zancadilla. Via Insonzo 27 es un portal de madera que supo ser más presentable. Tras él, una escalera sin pretensiones y el biandbí de Mónica y Daniele. Entro en el living comedor mediopélicamente amueblado en torno de una mesa demasiado grande; a mi derecha la cocina integrada y al fondo el baño (o sea, que detrás de la cocina). A mi izquierda la puerta de mi vasto dormitorio (cama matrimonial a lo bestia y dos cuchetas superpuestas) y la del resto, supongo, de la casa. Aunque bien puede que del otro único dormitorio. Dejo mi hacienda y me mando para el parque arqueológico creyendo que me estoy yendo pa´l centro histórico que ya no se llama Siracusa, sino Ortiggia, y que no es, en rigor, centro de nada, sino una península más bien ínsula separada, ya me voy a enterar, por dos puentes de Siracusa propriamente detta, pero no nos adelantemos.

            Camino varios kilómetros al paulatino calor de este crudo invierno siciliano que me va haciendo putear cada capa de la cebolla térmica. Cuando ya se me agota el repertorio de imprecaciones, llego, miren lo que son las cosas, al mentado parque, o, mejor dicho, a su estacionamiento, donde, al cabo de una galería de como cien metros de quioscos de cachivaches alusivos, está la biglietteria. Ahora hay que desandar esos metros, cruzar la calle y adentrarse, esta vez sí, en el arqueológico predio. Desciendo por un caminito y, a mi izquierda, un portón con una señorita que me veda amablemente el paso: “Esta es la parte romana; empiece por la griega”. Es que por estos pagos las cosas son así: ¿quiere ruinas griegas?, por allí: ¿romanas?, por allá; ¿normandas?, allicito; ¿bizantinas?, ahícito a la derecha; ¿ostrogodas?, mmm, casi no quedan, vea; ¿árabes?, a ver, venga por acá; ¿alemanas de las de antes?, ¿ve ese castillo?, ahí; ¿españolas?, ¿ve ese baluarte?, bueno, ahí. Y así llego al teatro griego, que es, como cabía vaticinar, del mismísimo carajo. Inmenso, cavado a huevo en la roca grada tras grada, con las inscripciones (bueno, dos) de los dueños de los palcos, y un proscenio de unos quince metros de radio o más. Lo que jue la paré dendetrás, lástima, puro pergeño de la imaginación, Todo esto, vea, del siglo II antes de Brian, el de Monty Python. A la güeltita está la Oreja de Dionisio, que es nomás eso: una cueva que es copia fiel de su modelo, como de quince metros de altura y traspuesto cuyo acceso ya no se ve ni mierda, pero el eco es acojonante. Los cuatro cordobeses con los que me he topado gritan cualquier cosa, pero uno, que revienta, para que decir una cosa por otra, de cultura musical, entona la melodía más bella de Rijar Estráus que es la que se manda Octavio no bien llega al segundo acto de El Caballero de la Rosa, que en este recinto regresa (la melodía) de cinco o seis ángulos diferentes. Al lau de la Oreja hay otra cueva enorme pero no dejan entrar. Toda el área, parece, era una cantera. Uno camina por un bosquecito y sale justiniano frente a la a entrada del ahora sí, cómo no, circo romano, un óvalo más ovalado que el Coliseo, del que queda el foso ande guardaban -separados, para no arruinar prematuramente el espectáculo- a los leones y a los gladiadores (aunque el aburrido de Honorio suspendió la joda en 405 y así le fue poco después a esta mitad del Imperio). El circo, pero, lo mandó excavar nada menos que Augusto en el 26 a.B., es decir, unos doscientos años después del teatro, pero ni se nota. De las gradas queda poco y nada, lástima, pero sí de las construcciones aledañas, muchas de ellas más relacionadas con la cantera que con el arte escénico. Pero lo realmente maravilloso, lo que le pone a uno de punta todos los pelos del alma, es esa proximidad casi promiscua entre la vertiente greco y la romana de la cultura, eso, grecorromana. Un siente que ha nacido aquí, y que dos mil quinientos años de reencarnaciones y avatares más tarde, mezclado por los vientos de los siglos, uno ha terminado en Balvanera, tarareando tangos y estremeciéndose con la acordeona del chamamé, solo que unido por un invisible pero espeso cordón umbilical a este Mare Nóstrum de ellos.

            Un busesito elétrico me lleva a Ortiggia, no sin detenerse veinte minutos a quinientos metros de llegar, solo que yo estoy tan exhausto que me quedo a esperar. Ortiggia queda, ahora sí, cruzando cualquiera de los dos puentecitos paralelos separados veinte o treinta metros. A la izquierda, la marina y el primero de los edificios nobles, que abundarán perdidos entre las callejuelas casi microscópicas o señoreando en las tres o cuatro plazas abiertas a codazos en medio del laberinto. Entre los dos puentes hay como una breve avenida que a la derecha cede a una fosa en la que perduran los cimientos de la defensa griega, que Carlos V no tuvo empacho en canibalizar para mandarse los baluartes españoles (¡alemán metido a gallego tenía que ser!). A pocos metros, siempre de edificios de pro, las ruinas del Templo de Apolo: tres o cuatro columnas y un cacho de pared, que es todo lo que queda de la ciudad que defendió Arquímedes con sus máquinas infernales. No sé cómo voy a hacer con los pies, pero hay que andar. Hacia la derecha, a apenas una cuadra, baja de entre los tres o cuatro arcos de una especie de fragmento de acueducto romano salvo que demasiado pipí cucú para ser dendeveras una avenida inusitadamente ancha, cruzando la cual se trepa a la escollera, a ver, oriental, que separa la ciudad apretujada del mar inverosímilmente azul. La escollera termina en el trozo del pseudoacueducto que se revela parte de una fortificación igualmente trucha por lo perfectamente conservada. Trepo por el acueducto, aterrizo por la muralla y continúo bordeando el caserío por una costanera del ancho de cualquier calle porteña. Aburrido de tanto mar, me meto por la telaraña interior. Con alguna excepción más paqueta, son casas mediterráneas amontonadas durante estos siglos. Podría estar paseando por Vic en Cataluña, o Pirano en Eslovenia, o Essaouira (hay un edificio celeste que parece arrancado de allí) en Marruecos, o Annecy en los a}Alpes franceses. Ropa tendida a lo largo o a través. Y, cada tanto, una rendija de mar. Me llego hasta la punta. Me da fiaca entrar en el castillo de los Jojenestaufen mandado construir por Federico II de Prusia que qué mierda tendría que hacer por estos pagos de sol encima del que mandó erigir Maniakes, que fue un general bizantino, de donde su nombre griego. Llevo tres o cuatro kilómetros suplicando al Altísimo que me conceda dónde sentarme a tomar una birra, pero minga. Solo al pegar la güelta aparece, milagrosamente, un bar que mira al poniente por el que se pone (de donde, claro, el nombre) un sol a todo trapo. Pocas veces ha disfrutado tanto de un atardecer. El sol como que estalla entre las nubes cada vez más violáceas. Solo compite entre mis neuronas el acojonante naufragio de Febo frente a Negril, Jamaica, desde la terraza del Rick´s Cafe (así bautizado en homenaje al de Humphrey Bogart en “Casablana”)… ¡Miren ustedes cómo se mezcla todo! Es que mi vida, ahora que entra en la, espero, larga coda de la memoria, está atiborrada de cachivaches entreverados, y uno se mete a cada rato, casi sin proponérselo, en ese altillo que es el museo cambalachesco de los años de otrora y se sorprende cada vez con tal o cual pedazo del pasado metido en un cajón con otros que no tienen nada que ver. Y así, herida por un sable sin remache, aparece de pronto la Biblia junto a un calefón.

            Va anocheciendo y poco a poco cobran vida las farolas. El horizonte es ya de luces. Las callejuelas me llevan nuevamente al templo y de ahí viro para atravesar uno de los puentes en busca de la Osteria del Vecchio Ponte, recomendada entusiastamente por Daniele a fuer de buena y barata. Pero está cerrada. A la vuelta me compro un panino de prosciutto e formaggio con unas patatinas y una coca y sigo para Insonzo 27 adonde llego no sé bien cómo porque francamente no doy más. Con los últimos vatios de mis baterías me doy una ducha y sin siquiera intentar un conato de pamplinas me sumerjo entre las cobijas. El frío, pero, me despertará y me hará echarme encima un par de mantas más. Aunque eso ya fue, seguramente, el

viernes 1o de febrero

Me levanto como a las ocho, totalmente repuesto, y me marcho con tiempo a la estación. Un caffè y un cornetto di cioccolato para engordar rinocerontes y tomo el tren -bueno, casi un tranvía, todo pintarrajeado- a Noto, donde desembarco cerca de las once. El trayecto ha sido medio anodino. Verde sin entusiasmo y casi sin montañas. De la estación al centro son un par de kilómetros penosamente ascendentes, pero llego animado de ver, por encima de los techos inmediatos, las cúpulas señoriales. La ciudad vieja, alba como Siracusa, se inaugura con un arco precedido de un túnel de árboles como de trescientos metros de largo a cuyo término da inicio la calle principia llamada, ¿cómo? ¡Sí señor: con seguridad! Vittorio Emmanuele. A la derecha, al cabo de una imponente escalinata, la iglesia de San Francisco. La calle, peatonal, está bordeada de edificios palaciegos, pero yo resuelvo trepar heroicamente hasta la cima, entre las sempiternas callejas, donde no hay nada de interés salvo, claro, la vista de los tejados y, más allá, la campiña seguramente de naranjales. Redesciendo y en la Piazza del Duomo, frente al Teatro de la Ópera, donde me degluto mi merecida birra. Los edificios barrocos son una delicia, es cierto, pero no hay mucho más que ver. Noto me ha tomado exactamente una pipa. Vuelvo a la estación y resulta que tengo que esperar el tren una hora. Bueno, otra pipa. Espera también una parejita de gringos de Colorado que llevan cinco meses viajando. Ella -bellísima- está por cumplir 26 pirulos… ¡los que cumplí yo al año de regresar de Moscú!

            El tren esta vez es una tripla que me deja en Siracusa como a las tres y media. La muchachita resulta que chilena, que viajó sentada frente a mí a la ida y que ahora también ha compartido la vuelta, me indica como llegar a Ortiggia, que queda mucho más cerca de lo que temía. La intención es visitar dos museos: el de las máquinas diseñadas por Leonardo y el de Arquímedes en Siracusa. Encontrarlos me toma horas. Pero, como no hay mal que por bien no venga, paseo por sitios que se me habían escapado, como la espléndida Piazza del Duomo, un rectángulo de unos ciento cincuenta metros de largo por unos treinta o cuarenta en la parte más amplia, que no es rectángulo porque uno de sus lados es un levísimo arco. Aparte de la iglesia, palacios a ambos lados y en el extremo digo yo que occidental (el otro se disuelve en una de tantas callejuelas). Como me quedan quince minutos de batería en el austrotelefonino, decido clausurarlo hasta que tenga que decirme cómo volver. El argentino sirve fenómeno para sacar fotos, pero señal ni en pedo, así que tengo que abandonarme a la solidaridad de los viandantes, que me encaminan, cada uno, hacia un diferente punto cardinal. Por fin doy con el de los chiches de Leo, que es un museo privado en el que se han construido minuciosas miniaturas de las máquinas que da Vinci concibió pero jamás llegó a construir. El museo es interactivo y muchos de los chiches se pueden hacer funcionar. Y ahí están: el ala de pájaro, el protohelicóptero en forma de espiral de Arquímedes pronta a horadar el cielo, la bicicleta, el tanque de guerra, el rulemán, el anemómetro… no falta más que el teléfono. ¡Qué animal! Un panel explica, por cierto, que Leonardo desconfiaba de la reificación del lenguaje, es decir, de la falaz sustitución del concepto por el nombre y el nombre por la cosa. Desconfiaba, sin saber, de nuestro segundo sistema de señales, de señales no de las cosas, sino de nuestra idea de las cosas, y se ponía, entonces, a dibujar, por aquello de que una imagen vale más que mil palabras, porque la percepción del mundo empieza con la percepción de primer grado, es decir, natural. Estas y otras pamplinas vienen después. Yo, que vi y oí, y palpé y olí y sentí lo que escribo, puedo evocar (siempre imperfectamente, pero) las cosas que percibí. Pero tú, caro lector, no tienes más que imaginarlas. Toda mi pericia radica en que, gracias a estos garabatos, puedas evocar algo mínimamente análogo.

            Salvo las dos medias horas en tren y la de espera en la estación, casi no me he sentado ni dejado de andar. Los pies piden clemencia, pero todavía no les toca. Ahora al museo de Arquímedes en Siracusa, del otro lado de la Piazza del Duomo de donde acabo de llegar. Otra maravilla. Todo empieza en una sala rectangular en cuyos cuatro muros se proyecta una especie de documental sobre este chico. Su historia, lo que aprendió de los egiccios y de los alejandrinos, sus muchos inventos estos sí materializados, las máquinas para defender la ciudad de los romanos (ganchos que hundían o hacían capotar las naves, espejos que concentraban al luz del sol y ponían fuego a las velas…). Sus rompecabezas (increíblemente ingeniosos), sus modelos para demostrar la relación del volumen de un cubo, una circunferencia y un cono, su compendio completo de poliedros regulares sobre la base de los cinco platónicos (los únicos que pueden componerse con caras idénticas, como la pirámide triangular o el cubo) y, como dice la milonga de Atahualpa, un montón de cosas más.

            Cuando salgo ya ha anochecido. Me meto en la catedral, barroca pareciera, solo que, por dentro, las columnas son en parte griegas (de un templo que andaba por ahí), y uno de los muros es de la anterior iglesia bizantina. ¡Cosa de locos, carajo!

            Bueno, ahora sí que no doy más. Llego como puedo a la Osteria del Vecchio Ponte a las seis y veinte para enterarme de que abren “hasta” las siete. Me siento en una silla de un bar igualmente cerrado a esperar la hora señalada. En eso aparecen Mónica, su hija y una amiguita, que tienen algo que resolver con el dueño de la Ostería. Mónica (que, me entero, es polaca) anda por estos lares desde hace veinte años y agradece cada día cada día de sol (hay que provenir de las gélidas brumas del septentrión para valorar un rayo de Febo). Comparece asimismo una señora que no sé muy bien qué tiene que ver. Y luego la dueña. Y finalmente, a las siete en punto, el marido con el cocinero. Voy a ser el único comensal. Me siento, me hago servir mi medio litro de rosso en una botella con canastita y cometo el grave error de pedir primo y secondo: unos linguini alla siciliana, con pesto de hinojos silvestres, y un pulpo a la ni recuerdo qué que no logro terminar. Cuando, tras mi espresso descafeinado, me llegan los apenas 25 euros de adición, no me lo puedo creer. Y otra cosa que no puedo creer, solo que, conociéndome como me conozco, más bien sí, es que perdí la MasterCard austriaca. Por suerte no es grave, pero no podía no pasarme ¡inconsciente de mierda! Poco antes de las ocho, con el telefonino recargado por cortesía del dueño, emprendo la fatigada marcha del regreso. Salvo que me tiento y compro un cucurucho de helados de chocolate y de almendras. Siempre he afirmado que los nuestros son mejores que los de ellos. Parece que he mentido descaradamente. La cosa es que finalmente llego, atino a ducharme y al letto.

Sábado 2

Despego los párpados poco antes de las seis y, claro, me pongo a ponerme al día con mis pamplinas. Mónica me ha lavado la camisa, las medias y los calzoncillos, de suerte que reinauguro el vestuario. Me despido de Daniele y salgo para la estación, adonde llego con una hora para mi caffè y mi cornetto y seguir dándole a la máquina de anotar pamplinas.

            Ahora estoy en el tren, un tranvía idéntico al de ayer, pero perdonado por los grafiteros. Mi única zozobra es que no parece haber cómo llegar de Modica a Ragusa mañana domingo, y yo tengo biandbí reservado. En fin, que, como siempre, ya me las arreglaré. El trayecto deviene, por fin, digno de ver. Es que nos estamos metiendo tierra adentro y montaña arriba. Pasamos por Scicli, uno de los pueblos montalbaneses que, si Dios es servido, me tocará visitar en otra ocasión.

MODICA

En bajando del tranvía me está esperando Piero, mi anfitrión, que ha venido a buscarme menos mal, porque su biandbí queda como a doscientos metros sobre el nivel de la estación, serpentina arriba, pasando incluso el monumental duomo y lo que queda del castillo. No más ponernos en marcha y enterado de mis tribulaciones, Piero se ofrece a portarme a Ragusa, que queda a unos quince kilómetros dando vueltas. ¡Uuuf! Porque ya me veía haciendo dedo en medio de la montaña con la valija a la rastra. Módica es la ciudad que sobrevuela el helicóptero a inicios de la serie, con su viaducto in excelsis y sus edificios amontonados cerros arriba a uno y otro lado del par de avenidas que los tajean. Si Catania era negra y Siracusa blanquecina, Módica es más bien amarillenta, de edificios portentosos en la sima y más y más modestos en la cima. Salimos de la estación para enfrascarnos en un tráfico inesperadamente denso del que emergemos para encarar la estrecha sierpe que nos lleva camino del firmamento y de la que se van desprendiendo en picado hacia abajo o empinadas hacia arriba las consabidas callejuelas, mucho más estrechas que en Siracusa u otras urbes más planas. La mayoría son simples escaleras con puertas a las márgenes. Las calles por las que es dado que pase un vehiculito son apenas más anchas. Piero se abre paso casi mágicamente por donde es obvio que no cabe. Y lo mismo hacen los demás. Si Lavoissier pudiera contemplar la cosa, se desdiría de su principio, porque aquí es obvio que los objetos pueden ocupar el mismo sitio al mismo tiempo todos juntos.

            Dejo mi ajuar y desciendo temblando de pensar en el ascenso de regreso. Las aceras son para un zapato a la vez o, a veces, ni eso. Cada tanto es dado ahorrarse una vuelta de cien metros cortando por alguna escalinata providencial. Así llego al castillo, que está a punto de cerrar, pero el guía, que está con un amigo, se apiada de mí y me muestra lo que queda del viejo edificio inicialmente bizantino y después normando (los cimientos datan del año 890) destruido casi por entero en el terremoto de 1693, el peor de que se tengan noticias en toda Italia. Mi cicerone es un muchacho de unos treinta años, fanático de la historia medieval e integrante de un grupo de aficionados que están tratando de resucitar la cetrería (lástima que ya no quedan faisanes). Ametralla su Spiel que ni basso buffo y yo me asombro de cuánto llevo incorporado el italiano. Me meto en la celda para mujeres y en la para varones y en la para nobles y sacerdotes (más pipicucusita ella). Hay, además, una mazmorra subterránea adonde arrojaban a los abigeos, que afanar cabras era, parece, peor que asesinar ciudadanos. La vista es formidable: los techos bajan y vuelven a remontarse del otro lado como flotando en un mar de oleaje inmóvil. El barrio más inmediato es la Giudeca, escenario de una matanza de judíos en 1474 (¡algo habrán hecho, como nuestros desparecidos!). Allá lejos, el viaducto pendiendo entre las montañas.

            Bajo un poco más y llego al impresionante duomo, barroco a lo bestia. De él parte una escalinata en varios tramos. Cuento los escalones para cuando tenga que subir: 185. Después sigo descendiendo. Paso bajo dos arcos, aprovecho las escaleras de otra iglesia y ya casi estoy en el valle. La avenida hace una hora atestada está desierta. A medida que se aproxima el centro proliferan los negocios y, sobre todo, los bares y cafés. Más adelante se abre en “y” griega, pero los edificios amodernados no me llaman ya la atención y resuelvo retornar. Según el telefonino está haciendo veinte grados y yo, bajo mi anorak, me voy empapando de lo lindo. Bueno, llegada es la hora de mi tradicional birra inaugural, que esta vez será un Aperol porque el barcito no la tiene alla spina. Lo que sí, en cambio, es que me traen, amén de las papas fritas y manises de norma, dos trozos de queso y tres o cuatro rodajas de un salame deliciosos.

            Poco más adelante encuentro un negocio donde comprarle un vino de regalo a Piero. Quinientos metros después doy con la terminal de autobuses. Resulta que sí hay un servicio al mediodía y otro a las cinco de la tarde, pero ya he quedado con Piero en que pase a las nueve y media (no después porque, como buen siciliano, a las diez y media tiene que llevar a la madre al cementerio). La gringa me hace dar más vueltas que nunca, pero finalmente llego con las últimas migajas del resuello. Me doy una ducha y, en vista de que son apenas las tres, lavo la camisa sudada y, de paso, los calzoncillos y las medias de hoy y de ayer. Estoy deshecho y no me apena desperdiciar las pocas horas de luz que me quedan, Además, el bulín es tan acogedor que da pena abandonarlo.

            A las siete salgo buscar dónde comer. Hace un frío de cagarse, pero el barrio está movidísimo, solo que no hay restaurante propiamente dicho, con lo que termino en una rotisería atiborrada de parroquianos (me toca el número 44 y van por el 31). Atienden dos mujeres seguramente hermanas y otras dos o tres se ocupan de la cocina. Las viandas se ven exquisitas. Cuando es mi turno opto por una arancina y un pastel de carne que recaliento al horno. Me decepcionan, pero. Mucho mejores nuestras empanadas, las cosas como son.

            Se han hecho las nueve y media y estoy resueltamente in extremis.

Domingo 3

He dormido como un tronco. Para variar, y pese a que la calefacción indicaba 30 grados, me cagué de frío hasta que me cagué de calor. A las ocho y media me hago mi par de fecas y me mando mi par de cornetti con confitura di albicocca e di pesca, gentileza de las provisiones ofrecidas por Piero. No quiero olvidarme de consignar dos observaciones: No he visto casi semáforos, ni siquiera en la ciudades llanas como Catania o Siracusa. Aquí todo el mundo cruza por donde cruza y los autos se detienen. Lo sorprendente es que se entiendan también entre ellos. Parece mentira que estemos en Italia, y encima del sud. Otra cosa que casi no se ve es gordos, sobre todo en sitios como Taormina o Módica, donde hay que subir de ida y de vuelta. Amarcord mi oda creo que a Brno:

                                                           En estas ciudades rudas

                                                           marchas siempre cuesta arriba,

                                                           que sudas si vas de ida

                                                           y, si vas de vuelta, sudas.

            Piero pasa a buscarme poco antes de las diez y nos vamos para Ragusa. Me cuenta que su viejo, uno de seis hermanos, laburó desde los seis años. Nacido en 1937, la infancia le tocó en medio de la guerra. Los adultos picaban piedra para ripiar el camino y los purretes la acarreaban y disponían sobre los baches. Murió a los 78 (¡brrrr!) tras dos años de haber dejado de trabajar, seguramente porque ya no le quedaba qué hacer.

RAGUSA

El camino es bellísimo, pero nada comparado con la aproximación a Ragusa, descargada por Dios encima de dos cerros, esta vez en línea, por los que se derrama hacia los ocho costados. La vista es todo lo parecida posible a la que el helicóptero monopoliza al inicio de Commissario Montalbano. Mussolini consolida en una sola provincia a Módica y Ragusa porque esta era fascista y Módica socialista y comunista. La prosperidad relativa de Ragusa frente a Módica data de aquellos años.

            Media hora después, Piero me deja en via Ecce Homo 85, adonde al rato se me juntan Gianni, Valeria y Aurora (ocho años y preciosa). El biandbí es, como el de Piero, un departamento de dos ambientes muy bien puesto. Como no podía ser de otra manera, hacemos migas de inmediato y Gianni se compromete a llevarme mañana a Punta Sacca, donde queda la gloriosa vivienda de Montalbano. Tras un insoslayable café, salgo a entregar mi alma a las pendientes. Me digo que mejor subir primero para bajar después, así que enfilo montaña, creyéndome sobre el cerro má principal. Paso por la bermeja chiesa Ecce Homo y sigo a paso mesurado. Las calles no lucen demasiado interesantes. Edificios modestos, más bien descuidados, pero no tanto que parezcan menesterosos, algunos balcones de herrería pretenciosa, apenas algún auto que, falto de bisagra, debe dar vuelta a la esquina con un par de maniobras y casi nadie por la calle. Tardo como media hora en llegar a la cima y percatarme que na´ que ver. Media vuelta, entonces, y a sesear cuesta abajo. Catania prieta, Siracusa blanquecina, Módica biliosa, Ragusa polícroma según las calles, al menos estas. Se parecen a las de Módica, pero el trazado es más regular. Las vías en pendiente son casi rectas y paralelas y, con poquísimas excepciones, las callejas transversales estrechas pero relativamente planas, al menos desde el tope del cerro hasta más o menos aquí, que, calculo, es más o menos la mitad de la cuesta. Termino bajando por el corso Italia, que es lo más parecido a una avenida, suficientemente amplio para que dos coches medianos puedan cruzarse sin que uno deba ceder el paso. Llego a la via Roma, una peatonal que parte de la esquina de la imponente Catedrale di San Giovanni Battista. Por alguna razón, casi no se ven mujeres, en cambio sí corrillos de hombres, en su mayoría de maduros a ancianos, más los tres o cuatro extracommunitari, o sea, africanos, que veré en todo el día. La peatonal se resuelve en un puente. Hacia arriba, tras el símil de anfiteatro en que culmina la pendiente verde, los edificios modernos que se van apilando sobre la ciudad vieja. Hacia abajo, a la izquierda, la casi pared de casas esta vez amarillentas cayendo a plomo sobre un camino que bordea, a su vez, lo que es ahora un cañadón. Las casas trepan luego al cerro opuesto, en cuya cumbre se ve una especie de monasterio rectangular, adusto y austero y, a su lado, la cúpula de San Giorgio. A la derecha y al fondo, la cuesta silvestre erizada de árboles. Hay un primer puente, como kilómetro abajo por la abscisa y unos cincuenta por la coordenada, que tiene que haber sido un acueducto romano de dos niveles, y otro, más moderno, detrás.

            Bajo en busca de la entrada a la San Giovanni, que da sobre una explanada imperial que se toma unas escalinatas para tocar tierra. La nave es portentosa, el techo ricamente decorado, un órgano sobre el portal y otro más pequeño al costado, a unos diez o quince metros del altar. Hay poca gente. En un palco, frente al órgano menor, cinco veinteañeros, ellos tres de barba académica, uno empuñando una guitarra, ellas de aspecto igualmente estudiantil, se aprestan a amenizar el servicio. Como era de esperar, son francamente malos. Retomo el corso Italia en pro de Ibla, el barrio barroco prohijado por la UNESCO. De camino busco el Palazzo Bertini, que me han recomendado por sus mascarones. Voy siguiendo las indicaciones pero me paso de largo. Retrocedo -¡otra vez cuesta arriba!- ciento cincuenta metros y comprendo que no lo advertí por poco veramente notable.

            El corso pega una vuelta de casi noventa grados y la gringa del GPS me aconseja que baje por las escaleras que llegan hasta la escollera del cañadón. Cada tanto hay algo digno que ver, como el Palazzo de la Cancelleria, bermejo también, y delgado a lo Quijote, pero de un encanto absoluto. La primera cuenta de escalones es de 110. Pero siguen varios tramos más y ya no me preocupo. Ahora bordeo la escollera que todavía baja durante unos doscientos metros antes de volver a subir. Ibla es la corona de la próxima cuesta. Vacilo en encararla porque estoy exhausto, pero son apenas las doce y éprit d´aventure oblige, qué carajo. Y así voy siguiendo los cartelitos que me llevarán, espero, al célebre duomo di San Giorgio. Otra vez más, escalinatas a setenta grados. Entre lo que sudo por el esfuerzo y el calor del mediodía estoy nuevamente hecho una sopa. Para colmo, las escaleras dan al sol. Casi en la cumbre, por suerte, tengo que girar a la izquierda y meterme por un arco que me adentra en la ciudad propiamente dicha. Quedan dos o trescientos metros de calles en subida más indulgente y esta vez sí, bordeadas de edificios formidables. Una vueltita de nada y salgo a la explanada que culmina a la izquierda en el duomo y a la derecha en los jardines. A uno y otro lado, un palazzo tras otro. Hace una hora que estoy dispuesto a trocar mi reino por una birra, pero me aguanto, así cuando me siente ya no tendré que caminar más. Voy primero hacia los jardines, cosa de reservarme el duomo para la apoteosis, doy media vuelta, supero la abrumadora tentación de un bar con mesas a la calle y me llego hasta el templo, Deo gratias cerrado. Y ahí sí me siento a pedirme mi panino de prosciutto crudo e formaggio y mi Aperol (que no tienen birra alla spina).

            Aunque ha vuelto a refrescar, la perspectiva de volver a trepar hasta Ecce Homo me espeluzna, por lo que decido averiguar si no hay un omnibusito clemente. Lo haylo, desde los jardines. En la parada está el horario de los días de semana, pero no el de los festivos. Una señora que también espera me asegura que corre, cada siete u ocho horas, pero corre. Avanzo unos metros por la senda de palmas que inaugura el jardín, pero, entre la fiaca y el temor de perder el ómnibus, regreso a la plaza y me siento a esperar con la pipa sahumando el aleatorio carnaval de los recuerdos. Como a los cuarenta minutos aparece, por fin, el colectivo, ínfimo. El chofer me promete avisarme cuando llegue lo más cerca que llega de Ecce Homo. Nos metemos por las calles que evité (ahora que vamos al revés) subiendo y bajando por las escaleras. A la derecha o la izquierda, según el capricho de las curvas, la ciudad vertical y la montaña verde. Una media hora más tarde me bajo frente a la plaza del Palacio de Justicia, creo, de factura inconfundiblemente mussoliniana, que había entrevisto al llegar. No puedo estar lejos. El GPS dice que 950 metros. En efecto, de pronto llego al puente de esta mañana, solo que desde el otro extremo. La peatonal que hace unas horas bullía está totalmente desierta. Solo la animan tres o cuatro extracomunitarios, seguramente solos, que no tienen otra compañía que la de otras soledades aunadas en la amarga nostalgia del exilio. Amarcord aquel portugués mal entrazado de barba de tres días que nos ayudó a Susy y a mí a cambiar el neumático en un París dominical y desierto allá por 1971. Estaba sentado solo en un café y la charla que mantuvimos después cerveza de por medio ha de haber sido uno de los pocos convivios de su vida de emigrado inmigrante. La familia en Portugal, él rebuscándoselas como podía al norte de los Pirineos. Eran los años en que los pobres venían de este lado del Mediterráneo: portugueses, españoles, yugoslavos… hasta italianos. Quien haya visto “Pane e cioccolato” sabe lo que ha sido. Ahora los pobres son de otro color y otro credo. Y los que somos del mismo y del mismo venimos del otro lado del Atlántico. Y nos tratan con el mismo desdén con que nosotros tratamos a nuestro turno a los pobres que vienen del otro lado del Pilcomayo o de los Andes. ¡Qué vergüenza, por Dios; qué vergüenza!

            Llego a casa alrededor de las cinco y ya no salgo. Me doy una ducha, lavo ropa, miro un poco de TV histórica (el motín de Catanzaro durante la Primera Guerra Mundial, la forma como el té contribuye al desarrollo demográfico de Inglaterra, cómo la evolución del brazo que pasa de servir para colgarse de las ramas a arrojar objetos a la distancia termina -por el momento- en los misiles balísticos…) y, casi sin poder creerlo ni soportarlo, “Midsomer Murders” doblado al italiano. Descubro aterrado que no tengo güifi. En efecto, el módem no funciona y Gianni se disculpa profusamente, pero no hay nada que hacer. ¡Paciencia! Me da pereza salir y me arreglo con lo que mis anfitriones me han dejado para el desayuno. A las ocho u ocho y media estoy en la cama.

Lunes 4

He abierto los ojos a las seis y centavos, desayunado y puesto a completar estas pamplinas antes de bajar a la terminal de púlmanes para mandarme hacia Punta Secca en busca de la morada de Montalbano. Hace un frío intenso y llueve con cierta insistencia. Kilómetro y medio para arriba llego a la estación, que es poco menos indigente que la de Noto y está igualmente desierta. Para mi sorpresa, la vía ni siquiera está electrificada. Sigo otro kilómetro más hasta la terminal rodoviaria, donde nadie sabe nada. En el quiosco solo venden billetes para Catania, y en el bar, para todos los demás sitios salvo Agrigento y Punta Secca. Resignado, me pido un cafezinho y mi primer canolo, que, resulta, lo rellenan en el acto: ¡una delicia! Por suerte, Gianni me ha avisado que hay un servicio a las once. No puedo recordar si ya reservé pasaje a Agrigento y cuando voy a verificarlo descubro despavorido que, por error, lo hice para hoy y que mañana parece que no hay ni trenes ni autobuses que puedan llevarme. Para colmo, como he denunciado la pérdida de mi austroMasterCard, PayPal me da la espalda y no tengo manera de pagar una reserva, ¡LPQLP! Evidentemente, no es mi día. Bueno, era hora de que me tocase un día ajeno; ¡calavera no chilla! Y entonces me llama Gianni para invitarme a cenar y tranquilizarme: esta noche resolvemos todo desde su computadora.        

            A las once voy camino de Punta Secca. Llego en una media hora. Es, a ver si encuentro un símil idóneo, una absoluta cagada: un pueblito balneario sin un ladrillo de interés y totalmente desierto. Me llego a la casa del commissario y casi no la reconozco bajo el cielo gris y el mar embravecido lamiéndole los cimientos. Para colmo, parte de lo que queda de la playa está usurpado por un armazón que pronto fungirá de extensión del restorán que en la serie no existe. ¡Qué desilusión, carajo! En el único tabacchino milagrosamente abierto me tomo un caffè y salgo, creo, para la parada. Pero no atino a recuperar el camino y doy varias vueltas al pedo. Por fin encuentro a un señor de aspecto campesino que me la indica. Y encima tengo que esperar el ómnibus como cuarenta minutos sin tener un mínimo escaloncito en que sentarme.

            En Ragusa puedo bajarme frente a la estación, con lo que me ahorro quince cuadras de llovizna. Cerca de casa queda el Museo Civico Italia in Africa y, visto el tiempo de mierda, opto por echarle una ojeada. Es un par de salas con muñecos de uniforme, recortes periodísticos y mapas que evocan la aventura colonial iniciada en 1869, apenas unida la Península. Priman, desde luego, las reliquias de la aventura mussoliniana. La señora que atiende me explica entusiasmada la heroica gesta y me da no sé qué decirle que, aparte de que el colonialismo fue una mierda y Mussolini un payaso, la aventura italiana en el África resultó una sangrienta película de los hermanos Marx. Amarcord, pero, los escombros de las estaciones nord e sud de Addis Abeba, único residuo de los ferrocarriles que ya no existen (vide “Crónicas Addisababosas”). En un chiringuito me hago armar un panino de prosciutto crudo y queso que voy mordisqueando por la calle. Llegado a casa, no se me ocurre mejor idea que lavar camisa, calzoncillos y medias que, cuando pretendo enjuagarlos al tiempo que me doy una ducha, enresulta que se me queda la manilla en la mano y me se inunda el baño. No sé muy bien cómo logro volver a calzarla justo a tiempo para que el agua no trascienda a la sala. A fuerza de exprimir cien veces el puto felpudo consigo dejar todo relativamente seco. ¡Nopo, decididamente hoy no es mi día1 Pero poco importa, en realidad, porque desde que salí de Buenos Aires que me regodeo cada cinco minutos pensando en que la Porcinetta se viene a vivir conmigo.

            Dedico la tarde a ver “Father Brown” y “Midsomer Murders” grotescamente doblados (no que lo estén mal, al contrario, sino que simplemente suena grotesco) Después salgo a comprar una botella de vino y regreso a esperar que llegue Gianni, que aparece a eso de las ocho. Vive cerca, en un departamento modesto. Valeria ha preparado arancini, pastelitos de carne y focaccia ragusina -no confundir con la modicana, por favor-; hay, además, monedas de salame local (no son los mismos chanchos que en el resto del mundo) y rodajas de pan de grano seco, delicioso también, que, añade Valeria, es asimismo privativo de estos lares y puede durar una semana. Su propia madre lo hacía. Gianni ofrece un vino de la región, destilado por un amigo, corpulento y sabroso (el vino). Y también son de “aquí” los canoli, cuya ricotta es de leche de vaca, que no de cabra, como “allá”. De tantas vueltas que he dado por el Viejo Mundo estoy habituado a la casi impermeabilidad de las diferentes “regiones”. Nosotros, salvo la somera taxonomía de las empanadas, no tenemos ni idea. ¡Qué se nos va a ocurrir que las mollejas de San Isidro son diferentes de las de Martínez! Pero acá todo se divide tajantemente en “nuestro” y “de los demás”.  Pero antes, Gianni me explica que tienen el hábito de orar y me pregunta si no me molesta. Con la cabeza gacha, mis nuevos amigos dan profusas gracias al Señor por el pequeño ágape que viene a continuación. Gianni me explica que son evangelistas. La historia es más o menos esta: El padre de Valeria vivió cuarenta años en Alemania proveyendo a la familia y visitándola esporádicamente. Cuando finalmente regresó, Valeria, que ya tenía 26 años lo vio como un extraño. El padre pretendió imponerle su disciplina siciliana y si no que se marchara de la casa y Valeria, ya graduada en, creo, filosofía, se las picó. A los doce años había conocido unos vecinos evangélicos que parecían tener la familia que ella hubiese ansiado. Le llamó la atención, sobre todo, “su relación personal con Dios”. Después, la vida se la llevó por otros senderos hasta que, doce años más tarde, por alguna razón que ella misma no se explica, volvió a sentir la necesidad de Dios y se reintegró a su viejo templo evangelista. A todo esto, Gianni llevaba veinte años casado con una alcohólica a la que finalmente abandonó. Para esa época se conocieron y convivieron cinco años sin casarse para escándalo da ambas familias e iglesias. Para colme, en medio de todo nació Valeria. A los dos años de amancebados, Gianni se convirtió también al evangelismo. Gianni tiene además tres hijos. Yo, por mi parte, sintetizo mi vida. Valeria, como quien no quiere la cosa, saca a colación a Parménides. Es la primera vez, desde las lecciones de filosofía de Mariano, que alguien me menciona Parménides a la mesa. Aurora, a todo esto, mira televisión sin molestarse ni molestar.

            Me da envidia y enternece la gente que siente una verdadera fe. Yo, lástima, podré, llegado el caso, creer en un ser superior que haya pergeñado y domine este universo de mierda, pero, si en efecto existe, hay demasiadas pruebas circunstanciales de su crueldad gratuita y absoluta. Si creyera en él, lo odiaría y viviría en plena zozobra pendiente de su próxima maldad. Tras la cena, logro sacar por fin mi billete a Agrigento y Gianni me deja en casa, donde, por esas cosas de mi Dios aparte, como se verá, dejo todo minuciosamente preparado antes de zambullirme en el letto.

Martes 5

Despierto a las seis y media, me cercioro de tener todo en orden, me lavo los dientes, me doy una ducha valedictoria (temeroso de que se vuelva a salir la manilla) y no acabo de afeitarme que ¡zas! se corta la luz. Por suerte sé exactamente dónde deje los telefoninos, de manera que enciendo una de las linternas. Han de haber saltado los tapones, pero no encuentro dónde puedan estar. Mala suerte. Meto, pues, cepillo de dientes, maquinita de afeitar y protector bucal en el necessaire, atino a tomarme mis dos pastillas cardiopreventivas, meto todo en la maleta, la cierro, hago una gira por el dpto. para verificar que no me dejo nada, y finalmente salgo a la llovizna ya no tan fría a eso de las siete. La estación, recordemos, queda unas quince cuadras casi todas para arriba, pero se hacen llevaderas. Tengo como cuarenta minutos y no sueña con haber dónde tomarse un feca, con lo que no me queda otra que ponerme a teclear estas pamplinas. A todo esto, se ha puesto a llover con frenesí; por poco no me baño viniendo. Voy a tener que rever mi desconfianza del Demiurgo, un ser que se ocupe de suspender la lluvia para que uno no se empape de vacaciones en Ragusa no puede ser tan despiadado. Lo de las torres gemelas, los bombardeos de Siria, los libios ahogados en el Mediterráneo o nuestros 30.000 desaparecidos han de ser daños colaterales.

            La tripla esta vez diésel llega puntualmente y casi vacía. El guarda me promete investigar si no tengo una manera menos barroca de llegar a Agrigento, pero parece que no. Ahora viajo a Xibri, allí hago la correspondence a Termini Imerese y luegoa Agrigento, adonde, si este Dios del que venía chamuyando es servido, he de arribar a las 13:47 de la tarde… Cosa que está por ver, porque avanzamos a paso de cojo en medio de un paisaje húmedo y gris esmerilado por los cristales del vagón. ¡Lástima!

            Aprovecho para preparar la evaluación del artículo que me ha pedido Sendebar y para completar mi CV, que también me lo han pedido de una agencia a ver. Ya sin más que hacer, y por primera vez desde que salí de casa, chapo el broli de Abel Mateo que llevo siempre y por las dudas en la mochila. Me encanta cómo escribe, pero entre el tipo de imprenta inclemente y el papel amarillento, no me dan ganas y lo dejo a las dos o tres páginas. Entre tanto, llegamos a Calzanisetta Xibri, donde, por suerte, esperan los trenes de conexión, entre ellos el mío. Ha dejado de llover, pero el cielo sigue sin consentir una sonrisa. El paisaje es ondulado y verde intenso de a ratos y de a ratos amarillento. Y el tren, otra tripla confortable y limpia, insiste en no exagerar con la velocidad. Raro. Seguro que, como el otro, podría ir por lo menos al doble de estos si acaso cincuenta kilómetros por hora. Dentro del silencio casi total dijérase que estride el quedo diálogo en mi vagón y el próximo: algo se frota entre los dos y el metal se lamenta apenas, pero sin cesar. Un par de asientos atrás, una señora se ha puesto a gritarle a su telefonino. No que esté enojada, sino que no ha de estar convencida de que, si habla como un ser humano normal, vayan a oírla bien. Le pasa a medio mundo, solo que a esta señora le ocurre en un dialecto cincelado a hachazos. Por la ladera de algún monte, una casa blanca y solitaria. Me imagino a sus dueños, quién sabe si alguna vez bañados, él de manazas acorazadas de callos, barba de cuatro o cinco días y ropa que casi conservaría la forma de su cuerpo si la vaciase; ella descalabrada por los partos, pañuelo a la cabeza, sin dejar un instante de batir o amasar o cortar o enharinar. Los muchachos seguramente en la escuela, de la que pronto no retornarán, rehenes de Circe y sus sirenas.

            En Termini Imerese no estoy ni tres minutos cagándome de frío en el andén que llega la tripla a Agrigento. Cada tren ha estado más nutrido que el anterior, y en ninguno hay cómo tomarse un café. En fin.

AGRIGENTO

Llego casi a las dos de la tarde, subo como cuatro pisos hasta la calle y me tomo el colectivo a Villaggio Mosè, que queda, me desayuno, como a diez o doce o quince kilómetros (el GPS dice seis, pero no puede ser, porque son como veinte minutos sin semáforos y con una sola parada). He dicho “colectivo” a posta, porque no se lo puede llamar ómnibus. Es más pequeño que los nuestros de entonces, si acaso, doce asientos y, eso sí, espacio para viajar parado. Nomás pegar la primera vuelta que empezamos a bajar en serpentina. Salimos de la ciudad y enfilamos para el mar. Me bajo frente al restorán Ragno d´Oro, sobre el lungomare de un pueblo igual de agitado que Punta Secca. Por suerte, ha dejado de llover y las nubes como que querrían disiparse, salvo que no las dejan. Viene a buscarme el dorima de Mili, que me lleva a mi nuevo hogar, un dpto. de tres ambientes a cuatro cuadras del Jónico. Según la güiquipedia, Agrigento no es muy de ver (la atracción es el Valle de los Templos, uno de los sitios arqueológicos más espléndidos del Mediterráneo), pero ya que estoy, me voy nomás a esperar el colectivo de retorno, que no pasa por más que aguardo una hora, con lo que me voy al supermercado a repostarme y volver a casa a escribir estas pamplinas. Mañana, eso sí, al susodicho Valle.

            Me he comprado un poco de pan, jamón crudo, un pecorino estacionado para asesinar rinocerontes, un chocolatín, una botellita decorvo Glicine y un cartón de jugo de naranja roja. Ceno opíparamente y al letto, que en el living/cocina no hay calefacción y está haciendo un tornillo de cagarse.

Miércoles 6

Me despierto como a las seis, me ducho, como un cacho de queso con pan y salgo poco antes de las ocho. Como sé que voy a tener que caminar horas, prefiero esperar el colectivo. A las nueve menos cuarto de un día afortunadamente peronista estoy en el Valle de los Templos, solo que por esa puerta no, sino por otra que queda como a quinientos o seiscientos metros… ¡por la carretera y sin acera! La cosa es que llego. A la entrada me prohíja un guarda que me da una auténtica clase de historia.

            Akragas o Acragante es fundada, según algunas fuentes, por emigrados de Rodas y Creta (que encontraron, al menos en el Museo, una cultura de la edad de bronce de la cual se sabe poco y nada) unos cuarenta años después de Siracusa, allá por el 580 antes de Brian, y se ponen a construir templos a lo loco. Los cartagineses tienen la urbe entre ceja y ceja, pero en menos 480 los acragantones encabezados por el tirano Terón les propinan una soberbia paliza en Hemera, que, aparte del botín en especie, les deja 30.000 prisioneros que ahora pasan a esclavos y dale con los templos. La ciudad llegó a tener 200.000 habitantes o más y era de las más grandes de la Magna Grecia. Lástima que los cartagineses, que se habían quedado con la sangre en el ojo, en menos 408 la tomaron, la saquearon y destruyeron las murallas. Más tarde dijeron que bueno, que los griegos podían volver pero ojo con reconstruir las paredes y ya las cosas no fueron como antes. Para más peor estallaron la guerras púnicas, aprovechando las cuales, los romanos se adueñaron de lo que quedaba en menos 235 y ahí sí que todo se fue a la mierda. Hasta aquí la Historia, pero están todas las leyendas, que el guía entrelaza con absoluto virtuosismo, porque todos fifaron con todos o fueron padres o madres de todos y se mataron entre ellos. Aquiles, sin ir más lejos, antes de pasar por Troya, justo fue y se enamoró de Pentesilea, reina de las Amazonas en el momento mismo de mandarla al otro mundo. Helena, que se piantó con Paris y desencadenó la Guerra de Troya, tenía antecedentes: Ya se había fifado a Teseo, que se la ganó a los dados a Piritoo y después le dijo andá nomás con Menelao que yo ando caliente con Ariadna y después fue y la dejó también a ella que lo había ayudado a salir del laberinto tras matar (él) al Minotauro que era hijo del Toro Blanco que Poseidón le regalo a Minos para que lo sacrificara pero en cambio su mujer (de Minos), Pasifae, se enamoró del bicho, le abrió las gambas y lo parió (al Minotauro) que mató Teseo que se olvidó de subir las velas blancas y el padre se mató y todo esto tiene que ver de alguna manera con Acragante solo que no llegué a entender cómo porque me perdí.

            Llego a la biglietteria, pago los 18,30 euros de entrada a Valle, Jardín y Museo más la audioguía. El Valle es, para qué decir una cosa por otra, una meseta, pero bueno. Tiene la forma de un chorizo que bordea la cuesta meridional de Agrigento propiamente dicha y tiene como chiquicientos metros de largo desde el templo de Dioscuros hasta el de la Concordia pasando por el de Zeus, el de Hércules, el de Hera y andá a saber cuántos más todos rotos. Y uno no puede menos de deponer el sarcasmo y ponerse serio, porque uno no puede evitar la conciencia de que uno como que salió de aquí, que de esta estación por la que pasaron todos los trenes de la Historia salió el de uno. O en todo caso, uno de los que luego se juntaron para traer a uno. Uno se ha apeado, es cierto, en otra estación a la que llegaban trenes venidos de rumbos indoamericanos o, incluso, asiáticos. Y uno se esforzó entonces por armar con ellos un país. Y a uno se le llenó el corazón de chacareras y milongas y chamamés. Pero, por mucho que uno admire a Cuauhtémoc o a Túpac Amaru, uno se sabe de otro linaje: este. Uno se imagina una ciudad llena de templos, de jóvenes perfectos y muchachas literalmente esculturales y viejos todos como Arquímedes o Aristóteles paseando sin apuro al sol, incapaces de un pensamiento intrascendente, bebiendo de ánforas exquisitas. A uno le cuesta imaginar la sangre, el trabajo de los esclavos, el hedor de la muerte… Uno reconstruye los templos y recompone las escalinatas y les pone brazos y cabeza a las estatuas y ve todo como en una radiante película de Hollywood solo que con diálogos inteligentes. Y uno sabe que no ha podido ser así ni por putas, pero uno insiste en su idealización, total no cuesta nada. Y uno siente una formidable plenitud. Y piensa en lo inmenso del tiempo y el espacio (ínfimos, si uno lo piensa bien, pero casi infinitos vistos desde uno) en que, adelantándose a Marechal, se pelearon y entendieron las razas.

            Del templo de Dioscuros quedan cuatro columnas; del de Hércules siete u ocho; del de Hera un cacho más o menos representativo. El de Zeus, lástima que totalmente hecho trizas, supo ser uno de los más grandes que lograron hacer los griegos sin conocer el arco: se calcula que las columnas tenían treinta metros de altura. Entre ellas estaban plantados los talamones, gigantescas esculturas de gigantes, de las que quedan tres acostados y en rodajas.

            Y entonces viene una villa muy macanuda pero que no tiene ni cien años que enresulta que se la mandó erigir un capitán del ejército inglés al que le gustó el paisaje y resolvió radicarse aquí. La mansión es ahora edificio administrativo. ¡Estos ingleses, carajo… y sin embargo, mírenlos ahora!

            A todo esto, uno se está cagando de calor, se ha sacado el anorak y desabrochado el chaleco. Ya he dejado atrás el barrio donde se amontonan los templos de Dioscuros, Zeus y Heracles y lo que queda de las viviendas y otros cimientos que ni los arqueólogos saben bien de qué son y avanza por la dilatada avenida que lleva al templo de la Concordia, allá lejos y dentro de bastante tiempo. Paso por el único bar abierto y me armo de valor y perseverancia para seguir pasando los dos romanos togados pero sin cabeza que no se sabe bien quiénes son ni qué hacen ahí, y luego lo que queda de las murallas, y finalmente la gloria del templo llamado de la Concordia pero que es de otra cosa y está entre los mejor conservados de su tipo gracias a que los bizantinos lo hicieron iglesia (porque con -o de- ellos solo se salvaban los templos reciclados). Y en todo momento, a izquierda y derecha, la inmensidad del espacio. De aquel lado la poca gracia de Agrigento. De este otro, la campiña verde y, poco antes del horizonte, el mar.

            De regreso del templo de la Concordia me castigo con un Aperol y mi primera cassatina. Pocas veces me he sentido tan agotado. Descanso unos diez o quince minutos y emprendo lo que queda del regreso. Devuelvo la audioguía y el pibe me dice que para ir al Museo Arqueológico a pata me conviene volver a entrar y salir pasando el templo de Hércules (unos quinientos o seiscientos metros) y ahí no son más que ochocientos o novecientos más por la carretera. Y eso hago, y vuelvo a entrar, y subir a la explanada del templo de Dioscuros, y bordear el de Zeus y cruzar el puentecito y dejar atrás el de Heracles y bajar a la salida y salir a la carretera… Y ahí se me ilumina la mente y me pongo a hacer dedo. ¡Y cómo no, me para una señora que me deja literalmente en la puerta, para lo que debe desviarse como una cuadra!

            El Museo es magnífico, pero estoy tan exhausto que me cuesta disfrutarlo como merece. Comienzo metiéndome por error en la exposición de esculturas de Francesco Messina, un artista siciliano nacido en 1900 que yo no conocía y que me alegro de haber conocido porque sus obras son formidables: todos niños y muchachos de uno y otro sexo. El museo proprio es espléndido y está muy bien organizado. Como digo, no me da el ánimo para prestarle toda la atención que merece, pero me detengo largamente a admirar la colección de ánforas. Y siento una debilidad especial por las ánforas griegas y aquí me doy una panzada. Amarcord que en el British Museum, siempre acompañado de mi entrañable Susy, no pude disfrutarlas tanto como ahora, acaso porque aún no había cumplido veinticinco abriles que no volverían. Lo que busco, sí, es el talamón reconstituido, que tiene unos digo yo que quince metros de alto.

            Me detengo a castigarme con un café y un canolo en el bar, donde me pongo a charlar con un viejo matrimonio neozelandés que vive en Gales. No han de ser muy mayores que yo, pero ambos caminan con bastón. Me imagino el esfuerzo que ha de suponerles recorrer el Valle. Y vuelvo a asombrarme de esta salud a prueba de dinamita de la que usufructúo sin haber hacho absolutamente nada para merecerla. ¿Cuántos años más?

            Salgo a la carretera a la una. ¿Ir a Agrigento o no ir? ¿Me aguanto seguir caminando con la ampolla que me ha salido en el dedito gordo del pie derecho? ¡Ma sí! Me siento -¡por suerte!- a esperar el colectivo que llega como al cuarto de hora y me deja frente a la estación. Una señora me ha dicho que la ciudad vieja queda hacia el norte, es decir, barranca arriba. Me meto por la Porta di Ponte y encaro una calle de la que se desprenden, siempre hacia arriba, las callejas escalonadas. Gúguel me dice que hay dos o tres iglesias de ver y en busca de ellas trepo, trepo y no paro de trepar. Subo a la iglesia y convento de San Domenico, y paso por la de Santa María y por otra más que no me acuerdo. Siempre por calles estrechas y más bien pobretonas, con ropa de colores colgada de todos los balcones. La apoteosis es el ascenso a la catedral (el pibe al que le pido direcciones me dice, ¡Vea que son puras escaleras!). Pierdo la cuenta de los escalones. Me detengo tres o cuatro veces a recobrar el resuello y cuando por fin llego, el edificio no vale un cazzo y para peor está cerrado. Bueno, a regresar a la estación, entonces. Pregunto a un tipo el camino y me dice que me acompaña. Solo que, en realidad, me lleva, porque tiene estacionado ahicito nomás el auto. Es un tunecino que lleva treinta años aquí, casado con marroquí.

            En la estación me tomo el ahora ómnibus (porque ha crecido), que tarda un buen rato en llegar al Ragno d´Oro. El piso está cubierto de boletos; pocas veces he visto tanta roña. La cosa es que llego y sigo de largo para comprar más viandas en el supermercado, lo que supone como otro kilómetro. Solo me falta que el chiringote esté cerrado… No, no me falta: ¡está cerrado! Por suerte abre a las cuatro y solo faltan quince minutos. En el momento en que llega el señor con la llave arriba asimismo un auto con una piba de unos treinta años, morena, bastante bonita, y el que resulta su padre, blanco estilo, digamos, Raúl Lavagna, ambos argentinos que hace veintisiete años que están aquí. Ella admite hablar cocoliche, pero no se le nota. Él ha perdido gran porcentaje de su español que ha completado con la correspondiente proporción de italiano. Como un Salvatore menos ambicioso, habla dos lenguas y ninguna. Eso sí, las habla un montón. Yo me compro mi jugo, un trozo de grana padano, un pan y un chocolatín y me vengo a ver “Midsomer Murders” doblado y a teclear estas pamplinas.

Jueves 7

Dormí por primera vez intermitentemente y me desperté por completo antes de las cinco. Perdí una hora boludeando con la compu, cumplí con las normas de aseo, hice la valijita y a las seis y media estaba ya en la parada del ómnibus recitando Pushkin para matizar la espera. A las siete y media estoy frente a mi caffè y mi cornetto. He cometido por segunda vez (la primera fue hace unos meses en Bretaña) el error de reservar el billete por internet, pues que llegué a la estación con casi tres horas y para tomar el tren de las 08:18 tuve que sacar otro pasaje. Nueve euros, por suerte, no me desestabilizan, pero no tenía por qué haberlos malgastado. Ahora estoy en el tren, mirando un paisaje por fin genuinamente hermoso: cielo apenas nublado, cerros discretos que dejan entrever la roca blanca de que están hechos, campiña verde, de pronto un río o un arroyo, un camino sin asfaltar, alguna casa en medio de la nada. Entre las buenas nuevas está que me ha escrito Cindy desde Trieste, que me invitan un par de días en marzo. Y ya tengo confirmadas Barcelona y Salamanca para mayo, y en veremos Granada y tal vez Soria. El gran interrogante gran es qué carajo voy a hacer del 21 de mayo al 20 de junio, que es cuando he de dejarle libre el bulín a Pablo. Por suerte, ya hará calor; por desdicha, todo va a ser también más caro. La idea, en principio, es de ir lentamente a Uppsala a ver a Flash y Kikky, dar alguna vuelta por Escandinavia y regresar también de a poco. En fin, que ya veré. Y va a ser, tal vez, mi último safari en solitario, porque en julio se viene la Porcinetta y se acabó lo que se daba. Quedarán, en todo caso, los espacios en que vaya a visitar a la madre. Lástima que va a ser seguramente durante el invierno europeo. En todo caso, poco importa, porque lo muchísimo que habré bailado no me lo quita nadie. Empieza, nomás, la recta final. Cuando Xoch termine su secundaria ya estaré orillando los ochenta. No creo entonces me quede demasiado ánimo para volver a gitanear… ¡aunque conmigo nunca se sabe!

            El tren (la sempiterna tripla) no tiene, para variar, mayor prisa. Está sorprendentemente concurrido. Ahora se han acercado más casas a mirarlo pasar, pero no demasiadas. Han aparecido algunos plantíos de olivo. Si no, los árboles vigilan de muy lejos, trepados todos a algún cerro. Llegamos a Cammerata San Giovanni, mitad de camino, y primera estación con mínimo aire de tal, o sea, con su alerito en medio del andén principal y, quién sabe, boletería. Las otras dos o tres han sido meras paradas, plataformas abandonadas junto a los rieles. Allá adelante las nubes se han puesto malevas. En una de las cuestas han plantado media docena de molinos eólicos, que desaparecen con todo los demás cuando nos metemos en un túnel. Los pasajeros conversan animadamente, algunos en dialecto espeso, otros en italiano asequible. Todo el vagón es un alegre convivio, como si todos se conocieran con todos. Yo me limito a guardar silencio, escuchar, mirar, divagar y escribir. Es lo que me gusta: contemplar y lucubrar en solitario. Igual que le ocurría al sobrino de Rameau (amarcord mi primera lectura en francés allá por 1971), mis pensamientos son mis putas.

            Sobre una ladera pacen unas ovejas. Son los primeros animales que he visto. Y han aparecido árboles junto a las vías y arbustos en las cuestas. Hemos de estar en otro microclima. Las nubes se han vuelto nuevamente bondadosas. Acaba de sentarse una montaña más señorial, la única, hasta ahora, digna del sustantivo. Las cuestas, ya más pobladas de casas y árboles, no le llegan sino hasta la mitad. Y, de pronto, una planicie sembrada de fábricas, Una interminable chimenea a franjas blancas y rojas y, a su lado, otras dos, menos ambiciosas. Líneas de alta tensión, barrios, casi, a nuestra vera, y el túnel salvador. El verde se ha hecho más alpino y espeso. A la derecha se ha venido el mar. Raro, porque debiera acercarse por la izquierda. Estamos en Termini Imerese. Aquí muté de tren a Agrigento hace un par de días, pero ni me enteré del Jónico. ¿Cuántas cosas más me habré perdido por estar del lado equivocado o absorto en otras fruslerías? Estamos, calculo, cerca de Palermo y sospecho que el paisaje seguirá arruinado por la Revolución Industrial. No del todo, pero. Los cerros insisten en lo suyo, ya mucho más escarpados para que no los jodan con ladrillos. Del otro lado, siempre el mar, pero separado por barrios sin duda balnearios como Villaggio Mosèo Punta Secca; del otro, departamentos siempre a caballo del monte, la autopista, puentes y viaductos, y la protesta cada vez menos eficaz de la vegetación. Desdeñamos, una tras otra, varias estaciones ya suburbanas. Las montañas solo han consentido apartarse, pero siguen vigilando desde más cerca del horizonte.

            He descubierto por qué el mar ha cambiado de flanco: Nos hemos venido tierra adentro hasta la costa norte y hemos virado hacia el oeste. Y ahora sí, los suburbios de Palermo y ya nada digno de describir.

PALERMO

Llegamos, anuncian en tres idiomas, con un minuto de atraso. Via Orveto 10 queda a ciento cincuenta metros, pasando el café de la esquina que, como todo el barrio de la estación, está hegemonizado por árabes hirsutos, empobrecidos y gregarios sentados de a uno o en grupos o vendiendo baratijas a lo largo de cuadras y cuadras. La enorme mayoría de los viandantes es también “extracomunitaria”, aunque no precisamente helvética. Mi biandbí queda en un tercer piso y es, admitámoslo y a otra cosa, una reverenda cagada. Oscuro, descuidado (no sucio, pero no puede evitar parecerlo). La dueña anda estudiando por ahí y me abre un amigo que luego va a desaparecer. Las luces son tan pálidas que prácticamente no iluminan y mi camastro me recuerda aquellos días de correr la coneja al cabo de mi primer viaje a Europa, allá por 1965, ya octubre, ancláu en Lisboa, en medio del pobrerío de Al Fama, rua da Esperança 99 (¡cómo olvidarla en esta queja!), rogando a Dios que aparecieran tres cuchetas en algún barco a Buenos Aires, que el Alberto Dodero que nos tocaba ni siquiera había salido de Puerto Nuevo paralizado por una huelga.

            Desensillo todo lo velozmente que puedo y me mando mudar. Quiere Dios que en llegando a Centrale justiniano se detenga el autobús turístico al que me apresuro a subir, ¡Pensar que casi no vengo a Palermo convencido de que la conocía al dedillo! (Sipi, vine tres veces y la última quince días, pero a trabajar, vide “Crónicas palermínimas”, y de eso van como para veinte años). ¡Qué ciudad espléndida! ¡Y altro que crisol de razas y culturas! Que aquí, recordemos, hicieron pata los fenicios (pisando a los que estaban antes que, como decía, casi ni se sabe quiénes eran), y después los griegos, y después los romanos, y después los vándalos, y después los hérulos, y después los ostrogodos, y después los bizantinos, y después los árabes, y después los normandos, y después los suabos, y después los franceses, y después los españoles pero aragoneses, y después los españoles borbones, y después los austríacos, y por fin Garibaldi que por lo menos era italiano, y después los alemanes, y después los ingleses y los norteamericanos, y después el aluvión de albaneses y africanos árabes y no, y ahora seguramente iraquíes y sirios y mañana quién sabe. Enmarañados en un tránsito infernal, damos una vuelta que nos lleva, pasando la Porta de Santa Agata y el Mercato Ballarò, al Palazzo dei Normani, la puerta que Carlos V hizo erigir para conmemorar no sé qué paliza que parece que les dio a los moros que hay esculpidos cuatro enormes para escarnio, la catedral que no me explico cómo no la recordaba porque es magnífica, con raíces fenicias y romanas y más tarde bizantinas y seguro que árabes pero fundamentalmente normanda salvo el salpicado de gótico catalán y la cúpula barroca. Y luego el Teatro Massimo reabierto para nosotros en aquella ocasión tras decenios de incuria, el tercero más grande de Europa después de París y Viena y el primero de Italia. Y entonces el Teatro Politeama, segundo de Palermo, precioso, que iba a ser al aire libre pero como amenazaba lluvia le pusieron techo, y el puerto con sus cruceros gigantescos, y Quattro Canti, la encrucijada de VittorioEmmanuele y Maqueda con las cuatro ochavas españolas con sus soberanos y sus fuentes mandadas esculpir e instalar por los virreyes borbones, y varias cosas más que no alcanzo a recordar porque uno al cabo no es nada más que humano. Sobre Maqueda, a la altura del monumento a Maximiliano de Austria muerto por los mexicanos como Gardel por los colombianos solo que no sé qué mierda hace ahí, ah claro, es que meseolvidaba que entonces estábamos los austriacos, ocupaban la parada de nuestro ómnibus dos Mateos (como los más ancianos les decimos en Buenos Aires a los coches de plaza) que se niegan a hacernos lugar y se arma una guerra de decibles entre los cocheros que están donde deben, del otro lado, y estos dos y un policía él y una policía ella y la familia japonesa que hace diez minutos que está sentada en el coche de unos de los beligerantes y amenaza con practicarle el harakiri a toda la cuadra. Hasta aquí la estereofonía de derecha e izquierda, a la que naturalmente se suma la trifonía de los bocinazos del kilómetro de autos apelmazado a nuestras espaldas y el pedorreo zigzagueante de los motorinos que se cuelan por las aceras entre imprecaciones propias y ajenas de los que están ahí mirando pero no tienen nada que ver con la trifulca primigenia. Calculo que la deflagración duró como diez minutos, pasados los cuales los Mateos usurpadores salieron a la calzada pero se quedaron ahí, de modo que el ómnibus pudo por fin estacionares pero la caravana de autos solo logró avanzar siete u ocho metros. Es que dar la vuelta en U no era cosa sencilla y los cocheros ni soñaban con darla a la manzana y quedar detrás de la competencia.

            Desciendo en Centrale, me vengo al tugurio a comer un cacho del queso que me sobró de Agrigento mientas se cargan los telefoninos y como a la media hora salgo esta vez a recorrer el recorrido a pie. Por corso Tuköry (nombre ungárico correspondiente a un oficial de la brigada Kossuth que peleó junto a Garibaldi pero le fue mal), a la derecha, ¡der!, en busca del Palazzo dei Normani pero pasando por lo que queda de la Porta di Santa Agata que no es mucho pero es viejo. Me meto por Kalsa, el antiguo barrio árabe al que volveré en un par de horas y llego al palacio colosal. Es una mole portentosa, adusta y severa inconfundiblemente normanda, es decir, que menos sonriente que vikingo bailando salsa. A la vuelta del Palazzo, el Arco Triunfal de Carlos V, donde desde que pasé en ómnibus que toca el violín con un virtuosismo consumado (ni más ni menos que una partita de Bach) un señor mayor al que nadie le da pelota, y detrás, frente a las fachadas solemnes, una plaza erizada de palmeras. A pocos metros y a la izquierda, la catedral. Inmensa también, con su entrada lateral medio a lo templo griego, las torres que ahora quedan laterales una de este lado y la otra metida en el edificio de enfrente y el ábside soberbio dándole la espalda a los humildes restos romanos protegidos por un invernadero. En la puerta una gitana cuarentona y guapa, más paradigmática que Azucena y Carmen juntas, pide limosna a los incautos. Encaro Vittorio Emmanuele, rindo homenaje a Maximiliano, que tendré hija mexicana pero soy austriaco ¡qué joder! y viro por Maqueda. Las avenidas y las calles comerciales como las susodichas Vittorio Emmanuele y Maqueda son de metrópoli metrópoli, pero cada tanto se les escapan para uno y otro costado las callejas otrora medievales eso sí planas porque Palermo es toda chata y las montañas que se ven a cada rato no se atreven a interrumpirla. Se ve que es día de lavado, porque cuelga ropa hasta de los palcos del Teatro, frente al cual y tras dos horas de caminar y cuatro de haber llegado me siento a tomarme mu primer Aperol. Y entonces me sobreviene el sobresalto: ¡No he encendido la pipa: Dos horas de marcha y no he encendido la pipa! ¿Qué me está pasando? Bueno, ahí mismo la enciendo, contrito, desconcertado y presa aún de la alarma.

            Frente al teatro una pareja toca y canta formidablemente algo que ha de llamarse rock italiano. Pasan, como han pasado antes en casi todos los sitios por los que he transitado, hombres o mujeres cargando un crío mendigando “para darle de comer”. Del Massimo sigo para el Politeama, y de ahí regreso lentamente a Centrale, curioseando a los costados, para detenerme en la placita donde conviven tres iglesias: la de San Cataldo y la de Santa Maria del Ammiraglio normandas, solo que la cataldina mucho más austera, de influencia árabe, muros lisos, ventanucos sin pretensiones, y la de Santa María más portentosa. Están una al ladito de la otra separadas cinco metros y diez o veinte años porque ambas dos datan, como todo lo demás normando, de la segunda mitad del s. XI. La iglesia de enfrente es barroca y rojiza, pero ni me fijé cómo se llamaba. Vuelvo a encarar Maqueda y, frente al Palazzo Comiltini, veo esta placa:

19 de octubre de 1944            19 de octubre de 2014

En ocasión del 70o aniversario de la “Matanza del pan”

recordando las 24 víctimas inocentes

que protestaban contra la falta de alimentos y la carestía

en una Palermo aún herida por la guerra

Homenaje de la Ciudad de Palermo

            En efecto, el ejército italiano, el de la Liberación (que, las cosas como son, había sido el ejército fascista hasta que Badoglio se dio vuelta), abrió fuego contra los manifestantes que protestaban contra la miseria extrema y pedían pan: 24 muertos y, según las fuentes, hasta 138 heridos. En vano buscaréis en google en otro idioma que el tano; y en tano, buscad “Strage del pane”. ¡Cuántas cosas que uno no sabe, y cuántas que no se saben! En llegando a Centrale giro otra vez a la derecha en busca nuevamente de Kalsa. Pero de camino me detengo a miccionar y, de paso, zamparme otro Aperol. Es cuando me percato de que he perdido el tabaco. No quedaba ni para media pipa, pero quedaba y lo he perdido. ¿Qué me está pasando?

            Es un barrio resueltamente pobre y tirando a mugriento, que supo ser la kasbah y ha vuelto a aprender. Sobre un muro sendos retratos de una Madonna de frente y de una, de lado, negra africana en su traje típico, más un mural compuesto de máscaras igualmente africanas cuya leyenda reza “Con su esperanza dura, el sud también existe”. No se oye casi una palabra de italiano hasta llegar al culo del Mercato, en comparación con el cual el de Catania es una kermés de barrio. Los edificios están descuidados y muchos literalmente en ruinas. Hay residuos de iglesias, paredes que han de haber sido de palacios, mugre y conversaciones estentóreas. ¡Lo que no hay es uvas! Porque aquí hay lo que la estación ofrece, y lo que no no se manda traer de Filipinas o Brasil. Lástima, porque con el grana irían fenomenales.

            Antes de que no me olvide, como se dice en francés, que es la lengua más lógica del mundo, hacía rato que no me ensordecían tantas sirenas. Solo Nueva York es más estridente.

            Llego a mi tapera hacia las seis y ya no salgo. Abro la compu, me pongo a pasar fotos y reanudar estas pamplinas, y al poco percibo que me estoy cagando de ofri y eso que tengo el chaleco de abrigo puesto. Aprovecho el intervalo para engullir lo que resta del grana y el medio cornetto que me quedó y, sorprendentemente ahíto, me pongo debajo un pulóver, procedo a revisar mi buzón ¡y ahí se armó la discusión! Ryanair me anuncia que tengo que imprimir la tarjeta de embarque so pena de garpar 55 euros de gastos administrativos en el aeropuerto. No tengo, claro, impresora; pero, como el trámite puede superarse hasta dos horas antes de la partida, si llego con tiempo al ariopuerto, en una de esas. También me ofrece, por un módico óbolo de seis euros, elegir mi asiento, pero que se lo metan en el orto. Enresulta, además, que, si quiero subir en compañía de la valijita, he de garpar un adicional de seis euros llamado “praióriti”. Y bue, ¡calavera no chilla! Solo que el sistema sigue rehusándose a que garpe con Péipal. No sería tan grave, escecto que entonces hay que oblar otros cincuenta euritos. Bueno, que hago el embarque elétrico sin praióriti y que sea lo que Dios quiera. Con la calma que permite esta filosofía del mimportunculismo me voy a dormir. Pero antes, higiène oblige, pretendo ducharme. Salvo que el agua es apenas menos gélida que el ambiente y salgo a una cagando y tiritando a fregarme furiosamente con la toallita y calzarme así nomás el chaleco de abrigo. Como calculo que me voy a congelar, me meto en el cuarto de la ausente y me afano un edredón. A las diez ya duermo como un sátiro después de haberse fifado un regimiento de náyades ninfómanas.

Viernes 8

Interrumpo esta transmisión para narrar un extraño íncubo del que desperté azorado a las cuatro para volver a dormirme un rato después:

            Mis amigas de Nueva York, las hermanas, Aneri, Ileana y Monina, se tienen que mudar. Llego a la casa que abandonan y la veo atestada de cajas atestadas a su vez de los cachivaches de norma. ¿Pero dónde están mis juguetes? -pregunto, refiriéndome a mis pretéritos trencitos. Me dicen que desparramados por ahí y me da una pena profunda, que se me pasa cuando comprendo que igual ya no son míos y poco importa dónde estén. Ahora llego a visitar a mis a amigas a su nuevo domicilio. Es un conventillo de corredores estrechos y tortuosos por los que pasa con dificultad una persona por vez. Las habitaciones están separadas por tabiques de madera terciada y por las puertas mal cerradas o inexistentes se divisan mobiliarios infames y hasta la rodilla de un señor que está cagando seguramente desnudo. La habitación de mis amigas es la última. Los tres camastros están perpendiculares a la pared de la izquierda. El del fondo prácticamente pegado a la ventana. Casi no cabe nada más. El techo, pero, en hastial y de madera a la vista, parece hasta inglés. Eso comento, porque es lo único bueno que puedo decir del antro. Ahí comprendo que se trata de uno de los edificios en ruinas de Colonia Sola, el barrio inglés de Barracas. Un analista avezado advertiría que la cosa sigue yendo de trenes, Entretanto, mis amigas están las tres acostadas y yo me pregunto cómo han de sentirse después de sus departamentos de Nueva York y cómo, además, han venido a terminar en la miseria. En la próxima escena el indigente soy yo. Estoy acostado casi desnudo en la acera de un barrio tipo Acassusso (¿nuevamente inglés?). Yazgo semioculto en la posición del Ícaro caído del Valle de los Templos, pero me tengo que cambiar los calzoncillos y, al estirar las piernas, pueden verme unas vecinas que se ríen entre ellas. Como estoy jugado, no hago ademán de cubrirme. No sé si lo que sigue es parte del sueño o lo pensé despierto al recordarlo, pero me preguntaba cómo había podido decaer tanto mi propio viejo, que terminó prácticamente mantenido por mamastra y endilgándonos a mi madre a mis hermanos y a mí, o sea, a mí solo. Lo que sí recuerdo, en cambio, es el infinito alivio de comprender que había estado soñando.

            Pero retornemos a Palermo. Por primera vez en todo el viaje, la alarma me arranca del sueño antes de que me despierte por propia iniciativa. Me aseo, me pongo la armadura térmica, hago la valija y salgo a una ciudad sorprendentemente viva. Solitariamente sentada en la vereda del bar de la esquina (los árabes seguramente duermen todavía), una señora que parece coetánea mía y relativamente bien vestida me pide una moneda para comprarse un cornetto. Se ve que espera afuera, aterida, porque no tiene coartada para sentarse en el interior del bar. Le doy dos euros y me los agradece como si fueran dos mil. Sigo hasta Centrale, a cuyo costado queda la terminal de navette al aeroporto. Llego justiniano para salir a las seis y media. El trayecto se prolonga porque hay como seis u ocho paradas intermedias en las que el ómnibus se colma. Al aeropuerto llegamos cerca de las siete y media. En un sitio Vodaphone pago dos euros para abrir una computadora e imprimir me tarjeta de embarque, recordemos que minga praióriti. Con ella me constituyo en el mostrador de Ryanair donde la señorita me dice que la tarjeta que le doy es la del vuelo de Roma a Viena, y que, como no tengo la de Palermo, me toca ir a la biglietteria a garpar los gastos administrativos y el exceso de equipaje. Como todavía estoy dentro del período -es un decir- de gracia, vuelvo a Vodaphone y esta vez sí me imprimo la tarjeta que es y, de ñapa, logro pagar el praióriti, solo que entre que cerré la compu ayer y abrí esta hoy el adicional ha subido a trece euros. En fin, ¡calavera no chilla! Y como para chillar estoy, si acabo de ahorrarme como cien euros, ¿vero? Ya orgulloso portador del bórdinpas idóneo y camino de los escáneres anti Bin-Laden se me ocurre que por qué no aprovechar y cambiar el bórdinpas de mañana. Por la compu, niporputas, pero me apersono en la biglietteria y tras un dilatado telefonema la señorita me soluciona el incordio por la bicoca de seis euros. “¡Espere que le doy el recibo!”, “No hace falta”, “No importa; las cosas deben hacerse correctamente”, y me lo hace y me lo entrega y como no veo dónde tirarlo a la mierda, me lo meto en un bolsillo, cosa que resultará de decisiva importancia en el próximo párrafo. No puedo creer la suerte que, como Pepe Biondi, tengo para las desgracias. ¡Vamos todavía!

            Acabo de teclear lo que antecede anteriormente, me pongo en la cola, desde luego, praióriti, y cuando exhumo el bórdinpas descubro espeluznado que es el otro, es decir, el praióriti las pelotas. La aeronaifa no me quiere dejar pasar y pretende, además, que despache la heroica valiggietta. Entonces meseilumina la mente y le muestro el recibo del praióriti del vuelo a Viena, que es no solo para otra reserva, sino por un monto menor. Pero, casi sin mirarlo, la grela recompone un gesto de simpatía y me dice, “¡Esto es lo que me tenía que mostrar! Y muéstrelo también al abordar, si no, no lo dejan.” ¿Volveré a salirme con la mía? Subo por la escalerilla y me meto como pancho por mi aéreo, pero el aerocoso me chapa por el brazo y demanda el bórdinpas, que le muestro con la providencial ricevuta que el aerocoso ni mira. ¡Vamos todavía!

            Ahora estoy sentado junto a la ventanilla 4a, que es la que habría elegido si hubiera querido pagar. ¡Sigamos yendo todavía! Para mejor, aunque el avión va casi lleno, el 4b está libre y viajo todo lo cómodo que cabe esperar de este colectivo volador. El sobrecargo, en tanto, recita su Spiel securitario en italiano y en algo reminiscente de un pseudoquasimedioinglés. Espero que no acaezca ningún imprevisto, porque los que no hayan entendido el tano morirán, seguramente, de muerte horrible. El personal de a bordo pasa en estos momentos ofreciendo artículos de regalo y viandas de manducar: panini a veinte euros o agua mineral a quince, o algo por el estilo. Lo más curioso es que más de un famélico desembolsa esa fortuna. Como yo, han pagado veinte euros por el billete; ¿qué sentido tiene gastarse otro tanto en comer cartón cuando no quedan ni cuarenta minutos de vuelo? ¡En fin, que nunca terminaré de entender la naturaleza humana!

ROMA

Tras sobrevolar kilómetros y kilómetros de campiña verde que te quiero verde, con sus de pronto mesetas como verrugas, sembrado todo de construcciones de diversas ontologías, aterrizamos con veinte minutos de ventaja al puede decirse que calorcito de un día nac-pop. Me han modernizáu un toco loh ariopuertoh de Palermo y Fiumicino. Como sea, doy con la estación y me subo al tren que me dicen, para enterarme que solo ofrece servicio de primera clase. O me bajo o garpo ocho euros. Como me da fiaca esperar vaya uno a saber cuánto el tren proleta y es mi único día en Roma, me quedo, ¡qué carajo! Pero no puedo dejar de preguntarme la razón de tener un tren todo de primera clase separando, seguramente una hora o acaso más, los populares. Más lógico sería que los trenes tuvieran, como los de Heathrow, un sector de primera. Porque así, el pobre tipo que quiere viajar a lo Creso seguro que tiene que esperar un montón si pierde un convoy. Acaba de pasar el guarda y parece que soy de los pudientes de este mundo, porque no me cobra. ¡Y yo que casi me bajo!

            El trayecto a Termini sigue siendo el mismo bodrio de siempre, e idéntico al entre Charles de Gaulle y París o Heathrow y Paddington. Por algún motivo, de los aeropuertos a las ciudades se entra por la cocina. No recuerdo un solo recorrido mínimamente amable, salvo, parece mentira, el de Buenos Aires a Ezeiza, que pasa entre edificios razonables o en medio de un verde casi inglés.

            Llegar a via del Labaro 67 es un suplicio de más de dos horas. Aparte del tren de Fiumicino, metro A Flaminio, tranvía 2 hasta la terminal, ómnibus 200 hasta Labaro… ¡que es una estación de tren! Mmmm. En Flaminio no di más de la canícula y me saqué el chaleco, hace un tiempo prácticamente primaveral. Llegado a Labaro, camino unos quinientos o seiscientos metros y llego. Maríe me abre la puerta desconcertada. Giovanni, el propietario, no le ha dicho que venía. No me espera y el cuarto está sin hacer. No es grave, claro, porque dejo mi hacienda y me voy a la mierda… en tren, que pasa cada diez minutos y en menos de veinte llega a Flaminio, salvo que la gringa del puto GPS no se da por enterada. El tren es medio cochambroso y cubierto de graffiti, pero me lleva a Flaminio en quince minutos. Salgo de la estación a la Piazza del Popolo y vacilo en meterme por los jardines de la Villa Borghese. Francamente, no tengo ganas de nada y casi que me vuelvo a casa. Al cabo, mi viaje ha terminado y Roma -una ciudad que, ¡Dios me perdone!, nunca acabó de gustarme- no es más que un digestivo inevitable. ¡Pero qué carajo! A ver dónde me dan ganas de ir… Al Trastevere, o mejor, a Piazza Navona, acaso la más bella del mundo. Me tomo, pues, el metro a Barberiini. Estoy parado lo más pancho cuando siento un empujón aleve. Me doy vuelta y me veo frente a un viejo medio mal entrazado que da media vuelta y se baja. Entonces me percato de la mirada insistente de una negra cincuentona. Es obvio que la del empujón fue ella Le pregunto si la he molestado y me cuenta que el empujón fue al sacarle al viejo la mano de mi bolsillo cuando pretendía robarme el telefonino.

            Llegado a Barberini, entro a bajar por la via Nazionalecuandoveo un quiosquito de venta de pasaje para el double-decker turístico y no lo pienso dos veces. Lo tomo un par de cuadras más arriba y justo puedo sentarme en el primer asiento junto a la ventanilla una vez trascendida una señora entrada en carnes que ocupaba oronda los dos asientos y a la que no parezco caerle muy bien. Ni se me ocurre sacar fotos. La vuelta es perfecta: Las Termas de Diocleciano, Santa Maria Maggiore con sus mil quinientos años de arquitectura, la Máquina de Escribir (también conocida como Monumento a la Unidad de Italia, en el vientre de cuyo caballo de Vittorio Emmanuele, dice la guía, caben “cerca de veintidós personas”, o sea, veintiuna o veintitrés, la via dei Fori Imperiali, el Coliseo (donde son cuentos chinos que sacrificaron cristianos), el Circo Máximo(donde sí martirizaron unos cuantos), la Domus Augustea, el supermercado de Trajano (cuatro pisos bajo techo donde había de todo para la mujer antigua), la Piazza Venezia, desde el balcón de cuyo Palazzo Mussolini arengaba a las masas que después lo amasijaron, la Piazza Argentina (na´ que ver con nosotros, ojo), el Vaticano, la Piazza di Spagna, la via Veneto… Una auténtica panzada de lugares individualmente hermosos que, a mi ver, no llegan a cuajar. Nopo, no hay caso, Roma no me gusta. Los edificios decimonónicos son moles sin humor y las ruinas me resultan urbanísticamente inoportunas. Para peor, es una ciudad sin gótico.

            Cuando vuelvo a Barbarini hace rato que me estoy cagando de tornillo. La idea es ir a cenar a La Franciscana, entusiastamente recomendada por mi sobrino Gastón, pero si ya tengo frío, la vuelta va a ser supliciante. Como no son ni las cinco y media, se me ocurre regresar a casa, abrigarme y volver a salir. Excepto que mientras espero el metro anuncian que la línea férrea Flaminio-Montebello está cerrada por un desperfecto y que se ofrecen ómnibus sustitutos que un viernes y a esta hora van a tardar un siglo. Mejor regreso y veo de comer algo en el barrio; La Franciscana quedará para abril.

            En efecto, el tren a Montebello no funciona y hay que arreglárselas con los ómnibus paliativos. Por suerte consigo asiento. El recorrido se hace menos lento de lo que temía, y cuarenta minutos después bajo en Labaro. En tanto, el servicio ferroviario se ha reanudado. Menos mal, porque mañana tengo que estar en Fiumicino a las ocho y media.

            Husmeo en los dos restoranes de frente a la estación. El segundo parece bueno, pero son las seis y media y todavía no han calentado el horno. Bueno, me voy a casa a abrigarme y vuelvo. Por el camino me meto en una panadería donde venden, entre otras exquisiteces, pizzas para hornear. Me compro dos pedazotes de sendas variedades, una crostata di albicocca y una cerveza para cenar, y dos Fantas para la noche. La crostata es para compartir con Marie y el marido, que no es Giovanni y, por ende, tampoco el dueño de casa, y que aún no ha llegado. Marie está sola con su crío, Niccola, de un año. Como las pizzas llegan calientes, me siento a la mesa a engullirlas mientras Marie prepara la cena familiar y se ocupa del cachorro, que no cesa de gatear por todas partes, logra ponerse de pie frente al lavarropas y se entretiene en abrir y cerrar el compartimiento para el jabón. Marie y el marido son georgianos y ella se sorprende de que hable ruso, aunque prefiere el italiano, porque su ruso -al cabo, no nativo- está un tanto herrumbrado. Él se vino primero y ella después, hace diez años. No parece feliz y no se encuentra bien en Roma. Al rato llega Favio, otro huésped, unos treinta años, químico farmacéutico o algo así, que parece estar aquí hace rato, habla algo de español, ha establecido una relación personal con Niccola y convida un chocolate biónico y unas castañas frescas traídas de España. También él se ha traído sus viandas. Mikhaíl aparece cerca de las nueve y media. Es un caucasiano robusto y tosco, barba de tres o cuatro días, ropa descuidada, que lleva estampado “extracomunitario” hasta en la planta de los pies. Está claro que Giovanni no vive ahí y que Marie y Mikhaíl y Favio son inquilinos más o menos estables. La crostata es deliciosa y tan abundante que apenas si logro dar cuenta de una cuarta parte. Me doy una ducha y no son ni las diez cuando me voy al letto.

Sábado 9

He vuelto a dormir intermitentemente. Como ayer, ha de ser al ansia de perder el vuelo. Me despierto espontáneamente a las cinco y media, me digo que tampoco hay que exagerar y remoloneo hasta las seis. A las siete menos veinticinco estoy ya a bordo del tren, que me deja en Flaminio a las ocho menos diez. Cuatro estaciones de la Metropolitana a Termini, un caffè doppio a bastanza lungo, prego, para empezar el día y al Leonardo Express, que sigue siendo de primera. En una de esas, no lo hay popular. Del otro lado del pasillo un americano cuarentón y su hija de doce años que viajan juntos solos, como la Porcinetta y yo. “Es una formidable compañera de viaje -me explica el padre-; este tren lo tomamos gracias a ella”. Les cuento de mis propias aventuras con mi propia vástaga, de cómo gracias a ella tomamos a nuestra vez el RER a Charles de Gaulle. “Nos gusta viajar solos porque nadie nos molesta -comento-: yo puedo fumar y ella puede tomar helado”. “¡Síiiii!” -corrobora entusiasmada la gringuita. A las ocho y centavos estoy en Fiumicino. Pese a que el vuelo es de Austrian Airlines, como el pasaje se lo compré a Ryanair, me sacan a patadas en el culo del lounge al que me había dirigido tan ufano. En fin, que no se pueden ganar todas y me tengo que pagar el último café y el último cornetto de mi propio y cada vez más magro peculio. Y bue… ¡Calavera no chilla!

            Son pasadas las nueve. En veinte minutos embarcamos y yo doy por concluidas estas nuevas crónicas. ¿Cuántas más me quedan por consignar? O magnum misterium!

CRÓNICAS VALEDICTORIOLUTECIANTES

Sunday, November 4th, 2018

paris

 

CRÓNICAS MAGNOBRITAÑOSAS

Saturday, October 20th, 2018

Sábado 13 a sábado 20 de octubre de 2018

CRÓNICAS VALENCIÁTICAS

Saturday, October 6th, 2018

miércoles 26 de septiembre a viernes 5 de octubre de 2018i

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