CR√ďNICAS LOMBARDIACOLUGANECIAS

March 2nd, 2021

CR√ďNICAS LOMBARDIACOLUGANECIAS

Domingo 21 a martes 30 de octubre de 2018

Domingo 21 ¬°Feliz cumple, Porcinetta m√≠a!                                              

He llegado de Londres a las diez de la noche, lavado ropa, visto algo de tele y dormido tres o cuatro horas. Me levanto a las siete y media, termino de hacer la valijita y salgo, por primera vez desde Amiens (vide ‚ÄúCr√≥nicas breta√Īonormadiosas‚ÄĚ) con cielo nublado, para la Terminal Internacional de √ďmnibus de Erdberg, m√°s impresionante onom√°stica que arquitect√≥nicamente, porque no es ni un galp√≥n, descuidado y gris, con un quiosquito de mala muerte que, menos mal, sirve caf√© caliente y, en la otra punta, un carrito ambulante de repuesto. Llego con casi una hora de tiempo, que, tras el caf√© y el croissant, he de asesinar a fumarada limpia. Tomo la precauci√≥n de dejar la maletica al pie de la ventanilla de embarque y con eso me aseguro el primer puesto en la fila que no tarda en crecer. Entre los que aguardan hay una china joven con un barbijo que le tapa la mitad de la cara. Parece que en ciertas ciudades de China se usa mucho, pero aqu√≠ est√° tan fuera de lugar como un gorro de piel en Jamaica. Me ubico en la primera del pulman, detr√°s del auriga, y pongo como quien no quiere la cosa la mochilita en el asiento de al lado para disuadir coviajeros. Y as√≠ viajo orondo hasta Graz, mucho m√°s c√≥modo que en los autocares brit√°nicos aunque, las cosas como son, sin apoyabrazos de ninguno de los dos lados. El primer par de horas lo paso durmiendo. Luego me despierto en medio de este paisaje prealpino que tan bien conozco y que inaugur√© junto con mi Peugeot 309 aquel abril de 1992 cuando baj√© por vez primera a Trieste. Llovizna hasta que sale el sol, que vuelve a piantarse llegando a Graz. A las doce y media paramos en una estaci√≥n de servicio donde me compro un s√°ns√°nguche muy pero muy inferior a los de Gran Breta√Īa o Francia, una coca y un chocolate. Ya hemos cruzado la frontera eslovena y parado en Maribor. En Ljubljana tengo que cambiar al autob√ļs que esta noche me dejar√° en Padua.

            Es la segunda vez este a√Īo que recorro estos pagos (vide ‚ÄúCr√≥nicas esloveniosas‚ÄĚ). Deber√≠a, digo, entrarme nostalgia de los casi quince pirulos en que ven√≠a o volv√≠a por estos caminos al menos una vez al a√Īo. Pero no. Los evoco s√≠, con gran ternura y agradecimiento, pero sin a√Īoranza por volver a vivir esa vida, formidable como fue. Pasado pisado, que le dicen. Y menos mal, porque qu√© triste recuerdo la tristeza que me entraba porque el pasado hab√≠a pasado. Es que, con perd√≥n de Manrique, de unos veinticinco o treinta a√Īos, la mitad casi de mi vida, con los vaivenes del caso, todo tiempo presente ha sido mejor, incluso este, de finanzas maltrechas y renovada y seguramente definitiva soledad.

            Por cierto, Nadia me ha enviado una foto de la velada que Xoch organiz√≥ con unos pocos amigos en un bar o restor√°n. La imagen est√° demasiado oscura y solo se discierne con cierta claridad el rostro de mi ex ni√Īita… ¬°y vaya si ex! Est√° irremediablemente tin√©iyer. Ah√≠ s√≠, admito, siento el zarpazo de la nostalgia.

            En Graz se me sienta al lado un tipo joven que, si sigue tan dormido, va a despertarse nuevamente en Viena.

            No recordaba que el tramo ente Maribor y Ljubljana fuera tan hermoso. Por la derecha desciende hacia la autorruta un tapiz de terciopelo verde decorado con casitas de juguete, por la izquierda, en cambio, un denso y mullido acolchado de √°rboles coronado de conitos oscuros. El sol que se hab√≠a atrevido a asomarse ha sido corrido a las patadas por unos nubarrones vengativos y se ha puesto a llover a c√°ntaros. Espero que amaine antes de Padua

            Llego a Ljubljana con lluvia y fr√≠o. Me bajo y parto raudo para la oficina de Flixbus a ver d√≥nde me tengo que parar. No he hecho -¬°por suerte!- ni cien metros que me apiolo de que me he dejado la valijita en la bodega del autocar. Ya me pas√≥ con el PIN de la Mastercard,,, ¬°Inconsciente puto! Tengo hora y cuarto de amansadora que aprovecho para tomarme un espresso doppio y ponerme el chaleco de abrigo. La terminal de Viena, al lado de esta, es el aeropuerto de Zurich. Aqu√≠ hay que esperar en la calle, en medio de la turbamulta que aguarda el autob√ļs a Trieste que viene con atraso. Entre tanto, deja de llover y Febo retorna triunfal y despiadado, Bueno, a sacarme el chaleco, entonces. No puedo creer mi fortuna: el coche est√° lleno pero yo me adue√Īo nuevamente de la primera del pulman‚Ķ De donde me sacan inceremoniosamente a puntapi√©s porque est√° reservado para los choferes. Me mudo junto a una de dos chicas argentinas que viajan a Trieste – donde reside temporalmente mi vecina-, que no parecen excesivamente emocionadas de haber encontrado a un compatriota. El paisaje ha cambiado un tanto. Ahora a mi izquierda una planicie ha empujado a las monta√Īas que se adormecen arrulladas por las nubes que les acarician tenuemente la testa. Los √°rboles, por su parte, aprovechan para invadirla, dejando apenas alg√ļn claro para que asome uno que otro tejado. A la derecha no se dejan matonear y aprietan el estrecho llano como queriendo llevarse la ruta por delante. Haciendo surfing sobre las copas arrastradas por el tsunami, la torre indolente de una iglesia que lleva pinchada su consabida cebolla. Pocos kil√≥metros m√°s adelante las cuestas terminan por imponerse y nos arriman su marea de con√≠feras ente las cuales nos abrimos paso como guiados por Mois√©s. M√°s adelante, otra vez la pleamar, que deja una hondonada sobre la que se desparraman los pecios de los chalecitos.

            Me quedo, como no pod√≠a ser de otra manera, dormido y cuando me despierto me veo siguiendo los rieles del tram de Opicina. Estoy otra vez en Trieste, ¬°qui√©n lo hubiera dicho! Intercambio datos con Mariana, que as√≠ se llama mi vecina, psic√≥loga ella. Pasamos por el obelisco de Scala Santa, a la vuelta de donde vivan mis amigos Carol y Giorgio (vide ‚ÄúCr√≥nicas itali√©ticas‚ÄĚ), nada menos en la que fue aduana austriaca, desde donde se ve la ciudad entera postrada sobre la orilla y, m√°s all√°, el Adri√°tico meti√©ndose azul en la herradura del golfo.

            Los choferes del bus a Ljubljana eran eslovacos, estos son h√ļngaros. El Imperio Austroh√ļngaro ha fenecido hace un siglo largo, pero se niega a desaparecer.

            Seguimos por el lungomare ya resignado al atardecer. ¬°Si habr√© pasado por aqu√≠ de m√°s mozo! Volver es renacer un poco. Se me hace que la fuente de la juventud no es m√°s que el lago de los recuerdos… ¬°L√°stima que solo rejuvenezca el alma! La ruta, apenas seis metros de asfalto, va desentendi√©ndose del nivel del mar apretada contra el risco de piedra manchado de alguna hiedra. Un delgado cortejo de √°rboles nos acompa√Īa del otro lado hasta que nos desviamos hacia el Continente hasta empalmar con la autopista a Venecia. Por aqu√≠ vine aquella √ļltima vez en viaje prenupcial con Nadia, entonces la Chapu, y una Valeria que acababa de estrenar sus seis pirulos y lo devoraba todo con sus ojazos de carb√≥n. Han pasado trece a√Īos exactos, los mejores, al principio, de mi vida. Despu√©s pas√≥ lo que seguramente ten√≠a que pasar y, ahora que pas√≥, qu√© bueno que ha pasado. ¬ŅC√≥mo hace el que nunca ha sufrido para saber que es feliz? Dec√≠a yo en alg√ļn poema olvidable: si para llegar aqu√≠ deb√≠ pasar por all√°, ¬°bien est√°! Aunque, las cosas como son, un √ļltimo romance con cualquiera de las muchachas de mis sue√Īos (vide ‚ÄúCr√≥nicas magnobrita√Īosas‚ÄĚ) u otra que se les parezca no me vendr√≠a nada mal… y un Rolls Royce tampoco.

            Son las seis y media y estamos en pleno atasco hasta donde llega la vista. Malo, porque, a horario, se supone que arribe a Padua cerca de las diez. Como estamos en Italia, madre patria de la argentinada, el chofer calza el paquidermo por la banquina y toma la salida a Palmanova en el preciso instante en que el tr√°nsito termina por detenerse en seco. Vamos por un barrio l√≥brego de tan penumbroso, pero nuestro carrero parece saber lo que hace. Nos mira pasar oscura y callada una t√≠pica torre veneciana. Poco despu√©s casi damos de bruces con otra; vaya Dios a saber por d√≥nde andamos, aunque, por lo menos, andamos r√°pido. All√° lejos, el sol ti√Īe el dorso de las cumbres y lo que sobra de su luz se difumina, ya menguado, por una franja rojiza encima de la cual el cielo se pone suavemente gris. Nuestro dinosaurio da vueltas de ciclista por unas calles que han de conocer solo sus vecinos y, de pronto, vuelve a entrar en la autostrada del otro lado del caos. ¬°Hay que ser italiano para ser tan argentino… aunque se haya nacido en la llanura Pan√≥nica! Detr√°s del horizonte, dividido como G√ľelfos y Gibelinos entre el negro cerrado de las siluetas terrestres y el metal del firmamento, apenas resplandece la lumbre del incendio. Por esas cosas de la sinestesia, el ruido del motor se torna nocturno. Son las siete. Frente a m√≠ no hay m√°s que fuegos fatuos que vienen y brasas que van. Del otro lado del Hemisferio, X√≥chitl est√° cumpliendo sus doce a√Īos.

            Ha acabado la guerra de colores y el negro ha vencido en toda la l√≠nea. Los carteles anuncian Venecia. G√ļguel jura que despu√©s no quedan m√°s que unos sesenta kil√≥metros. En Venecia, menos mal, no entramos, pero la carretera es una √≠nfima cinta de doble sentido que, a veces, consiente una tercera pista para que se adelanten los que van o los que regresan. A todo esto, se han hecho casi las ocho. Llevo m√°s de diez horas rodando y doce que sal√≠ de casa, pero se me han hecho un suspiro. ¬°Ah, no: s√≠ que entramos en Venecia y apenas estamos llegando a trav√©s del puente que salva la laguna! A la derecha, la fiesta de luces de un par de cruceros gigantescos (¬Ņvolver√© a navegar en transatl√°ntico? Pensar que, apenas llegado a Buenos Aires, no me cab√≠an dudas de que har√≠amos un hermoso periplo por el Mediterr√°neo o el Caribe… ¬°As√≠ de rico era, carajo! Por suerte, en el lago de los recuerdos est√© se√Īorialmente anclado el Giuglio Cesare, rodeado de un mar inveros√≠milmente azul en el que retozaban los peces voladores… y tambi√©n aparece el Charles Tellier, que no me importar√≠a que se fuera derechito al desguace. ¬ŅC√≥mo se llamaba la italianita preciosa con la que no llegu√© a tener una aventura porque viajaba vigilada por la abuela y se baj√≥ en Santos… y no s√© si tendr√≠a quince a√Īos? Yo, en mi descargo, no hab√≠a cumplido veinte. Amarcord que la abuela nos dinamit√≥ el primer beso).

            Bueno, llegamos a Tronchetto y pegamos la media vuelta, pero ahora recalamos en Mestre…

PADUA

Y contra todos mis recelos llegamos a Padua a las 21:23. Llegar a via Assissi 16 es menos complicado de lo que tem√≠a: caminar cinco o seis cuadras, tomar el √≥mnibus diez minutos y caminar otras seis o siete cuadras. Estoy en Mandria, o sea, el arrabal. Chalets dormidos y calles desiertas. La habitaci√≥n es confortable. L√°stima que desde anoche me duele bastante al masticar la √ļltima muela inferior derecha, que es la que acostumbro a usar. En fin, ojal√° que aguante hasta el 4 y que no sea serio. Salgo a buscar algo de comer y a quinientos metros, frente a la parada del tranv√≠a que me apresto a tomar, veo una pizzer√≠a abierta. Me pido una quattro formaggi exquisita pero que no logro terminar, dos vasos de tinto y un espresso descafeinado. Estoy por llamar a Xoch cuando milagrosamente me llama ella, que a los dos minutos y diez segundos da por terminada la entrevista. Cuando intento abrir la puerta la llave se parte. No he hecho nada de fuerza; se conoce que ya ven√≠a falseada. Por suerte, no es demasiado tarde. En la casa somos creo que cuatro hu√©spedes, uno de ellos venezolano que estudia qu√≠mica.

Lunes 22

Me despierto poco antes de las seis, me ducho y me pongo a acomodar mi itinerario. El ba√Īo es un desastre: el lavatorio tapado, uno de los paneles de la ducha derrengado… En fin. Salgo p¬īal centro a eso de las siete y sin desayunar. Cruzo el Ponte Sostegno, sigo la l√≠nea del tranv√≠a y camino entre edificios anodinos. Como a los veinte minutos estoy en Prato delle Valle, diz que la mayor plaza de Europa. Es, en efecto, interminable. Los edificios laterales ya son m√°s de pro. Al fondo, la bas√≠lica de Santa Giustina, enorme, pero, a mi ver, poco interesante. Es que a m√≠ los templos, si no son g√≥ticos (o sea, a lo Notre Dame o Westmisnter), o, en el peor de los casos, rom√°nicos, no me interesan demasiado. La plaza propiamente dicha tiene un canal que le da la vuelta, bordeado de, seg√ļn me enterar√© en un par de horas, ochenta estatuas de gente destacada que naci√≥ o anduvo por estos pagos. Cuatro senderos con sus puentes convergen en el centro. Me distrae el encendedor que se niega a encender por m√°s que lo cargo y termino compr√°ndome uno cualquiera. Ya m√°s cerca del centro me siento a desayunar mi espresso y mi cornetto. La muela, por su parte, sigue haciendo de las suyas. La ciudad es sumamente agradable, con sus ubicuas recovas, callejas apretadas, plazas rodeadas de palacios, los mejores, por supuesto, venecianos, en las que ya empiezan a pregonar sus tesoros los feriantes. Doy vueltas y vueltas. Emprendo, primero, camino en busca de le Porte Contarine, recomendadas por g√ļguel, pero no logro llegar, porque a cada tranco hay algo que me llama la atenci√≥n a la derecha o a la izquierda. Paso por el sarc√≥fago de Antenor (Ant√©nore, que le dicen los nativos), escapado, como Eneas, de Troya y fundador de la villa. Ya voy a doblar a la izquierda para visitar, cual le he prometido a Jos√©, la Bas√≠lica de San Antonio cuando a la izquierda diviso un regio palacio veneciano. El azar de la pipa me lleva despu√©s a la Piazza Eremitani y al hospital, un edificio fenomenal, con un enorme patio interior. A la salida, se produce el accidente: Hac√≠a rato que no me daba un porrazo como el de ahora, pero, por suerte, no romp√≠ ni se me rompi√≥ nada. Todav√≠a no s√© c√≥mo hago, pero la coreograf√≠a es siempre id√©ntica: voy caminando (¬°o trotando!) y de pronto siento que el pie se me calva contra un obst√°culo que apenas sobresale del nivel del mar y me voy de bruces cuan largo soy. Siempre termino magullado y dolorido (aunque solo unos minutos) y nunca nada m√°s. Son ya las diez cuando llego finalmente a la Piazza San Antonio y diviso al fondo el double-decker tur√≠stico, que sale en quince minutos y est√° providencialmente vac√≠o, con lo que ocupo orondo la primera del Pulman.

    El paseo dura menos de una hora pero es interesant√≠simo. Padua tiene la segunda universidad m√°s antigua de Italia y entre su cuerpo docente figuraron Galileo y Cop√©rnico. En el s. XVIII se gradu√≥ aqu√≠ la primera mujer, fil√≥sofa ella. En las iglesias hay Giottos y Tizianos y por ah√≠ est√° la casa natal de Cimabue. No hay, pero, edificios descollantes. Lo m√°s hermoso son los quinientos o seiscientos metros por la ribera, con su t√ļnel de √°rboles all¬īuso nostro, su r√≠o apacible y sus puentes debidos en gran parte a los romanos. A las once y media me estoy sacando fotos clandestinas por la gigantesca Bas√≠lica. Los feligreses, concentrados frente al altar, oyen misa mientras los turistas nos paseamos boquiabiertos. En una capilla a la que no le cabe un ornamento m√°s se exhiben las reliquias del santo, entre ellas, su lengua incorrupta… en fin. A un costado de la nave, adornada tambi√©n para quince carnavales, el sepulcro. Sigo caminando en busca de los lugares m√°s inolvidables del trayecto, solo que no recuerdo los nombres y no s√© c√≥mo indagar. A las tres, con cinco horas menos una de polvo en las suelas y casi sin bater√≠a en los dos telefoninos, me tomo el tram a casa.

    El tram es semitrucho, porque tiene un solo riel que lo gu√≠a pero se desliza sobre espesas ruedas de goma (y ahora me explico c√≥mo en Castell√≥n estaban colocando sendos rieles por sentido; ¬°me preguntaba si ser√≠a un tranv√≠a superancho!). Es, cierto, moderno, sumamente aerodin√°mico, de tres cuerpos separados por un como aro en el que calzan los dos ejes interiores, ventanas enormes, muy c√≥modo y veloz… pero traquetea y se zangolotea de lo lindo. El billete singular dura noventa minutos y sale 1,30, el de todo el d√≠a 3.80.

            El dolor de muela no ceja y el antiinflamatorio que me recomend√≥ la farmaceuta (que el terapeuta ser√° terap√©utico pero no se llama as√≠, ¬Ņvero?) no parece hacerle mella. ¬°Qu√© cagada! Bueno, que pongo a recargar los telefoninos, dormito quince o veinte minutos y vuelvo a salir. Pero antes he tenido la lucidez de buscar en g√ļguel el trayecto del dabeld√©quer y ah√≠ averiguo que los sitios que quer√≠a re-visitar eran la Porta e Ponte del Molino y la Riviera Paleocapa. Vuelvo a tomar el tram y sigo hasta la estaci√≥n de tren para cerciorarme del camino y la duraci√≥n del viaje y ahora s√≠ busco y encuentro Porta e Ponte, justo a trav√©s del r√≠o. Luego, nuevamente el tram hasta Tito Livio y a recorrer la hermosa Riviera Paleocapa. La gringa del gepeese me quiere mandar a casa bordeando el Bacchiglione (que as√≠ se llama la v√≠a de agua de marras), pero anochece y pienso que la ciudad ha de ponerse m√°gica con las farolas, de suerte que me desv√≠o a Parto delle Valle y tomo el tranv√≠a para el centro. Gran desilusi√≥n gran: la ciudad est√° iluminada avaramente; as√≠ que vuelvo a tomar el tram al menos hasta Prato della Valle, que se ve√≠a mejor. Pocos metros antes de llegar se detiene y el m√≥torman nos avisa que vamos a estar un rato porque alguien se ha ca√≠do sobre el riel. Por razones de seguridad, las puertas no se abren as√≠ nom√°s, hasta que por fin el tipo encuentra la manera de burlar el sistema. Desciendo en el preciso momento en que llega la ambulancia. Tendido a trav√©s del riel un motociclista joven (acaso una mujer) al que, chismea el p√ļblico agolpado, le ha dado un ataque y ha perdido el conocimiento. ¬°Ojal√° haya podido recuperarse!

            En Prato della Valle me zampo una birra que viene con sus papitas y sus aceitunas y ah√≠ corroboro que masticar puede tornarse un suplicio. Vuelvo a tomar el tram y ceno donde anoche unos fideos caseros con salsa de anchoas, medio litro de rosso y un bomb√≥n helado de lim√≥n y coco -todo echado grandemente a perder por la puta muela-. Llego a casa exhausto, pero tengo que prepararme para ma√Īana y darme una ducha, lo que me tiene atareado hasta casi la medianoche.

Martes 23

Me despierto a las seis, me pongo al d√≠a con el correo, me aseo y salgo para la estaci√≥n. En la parada del tram no hay dispensadora de boletos y no tengo m√°s remedio que viajar de colado. A las ocho menos cuarto ya estoy sentado en uno de los bares de la estaci√≥n saboreando mi espresso y mi cornetto -cuidando de no ofender a mi muela. El tren es a las 08:26 y me paso quince minutos sacando fotos de los diez o doce convoyes que llegan de Mil√°n o se van a Venecia, ultramodernos, impolutos… ¬°Igualito a mi Santiago!

VICENZA

En menos de media hora bajo en Vicenza y me tomo el colectivo 4 hasta el viale Caruducci; mi nuevo hogar queda a tres cuadras. Pero mi anfitrión no está. Lo llamo y me dice que arregle con su madre, pero que no va a ser antes de la una (que era lo que decía el aviso, las cosas como son). Escondo la valija en un rincón del jardín (es un complejo de cuatro edificios) y me vuelvo al centro a recorrer lo que resulta una joyita de ciudad, potenciada formidablemente por un día archiperonista.

            Me bajo en la Piazza del Castello. A la derecha termina por cerrarla el √ļnico cacho de muralla que queda, con sus arcos romanos y su torre. Detr√°s ya comienza un parque hermos√≠simo. Puertas adentro, la Piazza es t√≠picamente v√©neta, aunque sus edificios no lo delaten. Dos chiquilinas de diecis√©is o diecisiete a√Īos, casi argentinas de tan italianas, me preguntan si tengo un momento. Tengo. ¬ŅLe gusta leer?, Sipo, ¬ŅLe gusta leer libros?, Chicas, me crie sin telefoninos ni t√°blets; cuando nac√≠ en Buenos Aires ni hab√≠a televisi√≥n, Es que nuestra escuela tiene un programa de promoci√≥n de la lectura y pedimos a la gente que compre un libro para beneficio; si quiere lo acompa√Īamos a la librer√≠a, Vamos, pero como no tengo lugar en la valija, ustedes elijan un libro que les guste y yo se lo regalo. La librer√≠a est√° atestada de changos que han captado incautos como uno. Evidentemente, los gurises tienen una lista que les ha dado la escuela, porque no dejan de interconsultarse. Tras rebuscar en una pila, mis ninfas escogen un volumen de nueve euros. ¬ŅNueve euros est√° bien?, Sipi, Bueno, acomp√°√Īenos a la caja, Miren, chicas, tengo poco tiempo; aqu√≠ tienen diez euros, c√≥mprenselo y qu√©denselo. Me saco una selfi con mis musas y sigo con mi maravillado y maravilloso periplo. Al lado de Vicenza, Padua es Chicago, Paseo por lo que supo ser el recinto amurallado. Como en Padua o Valencia, solo quedan de detr√°s del s. XIX el trazado medieval, las chiquicientas iglesias y los chiquicientos palacios, m√°s las torres ahora decorativas y las ruinas de las ruinas romanas, que hay que buscarlas muy bien para encontrarlas.

            La pipa me conduce a la Piazza dei Signori, bordeada de la catedral y otros edificios magn√≠ficos, entre ellos un formidable palacio blanco bordeado de una galer√≠a encolumnada. Las plantas bajas, pero, no se pueden divisar, porque en la enorme plaza cunde una feria de esas, vigilada desde el fondo por sendas columnas portadoras del le√≥n y el // de Venecia. Detr√°s, uno de los edificios m√°s vetustos que da entrada a lo que queda del para m√≠ invisible // estadio romano, en cuyo patio (del edificio) la historia ha venido dejando tiradas decenas de esculturas reclinadas o de pie, de cuerpo entero o cercenado al t√≥rax o al cuello. All√≠ la ciudad se junta con otro r√≠o, paralela al cual se desgaja una avenida. El √ļltimo edificio -seguramente otro palacio- est√° en reparaciones, cubierto de un pa√Īo en el cual han pintado, asomados a sendas ventanas, una pareja t√≠picamente renacentista y un retrato de Modigliani.

            Se han hecho las doce y media y tengo que instalarme en mi morada, que es un dpto. amplio, muy bien amueblado y confortable. Apenas concluidos los tr√°mites de entrega de llave y lectura de instrucciones me apuro a retornar al centro para no perder un segundo de este d√≠a de esta ciudad.

            El mapa me jura que la ciudad est√° rodeada de agua. Subiendo a Carducci ya extramuros he atravesado un r√≠o que no se ve√≠a interesante. A ver c√≥mo es por este rioba. Le pido a la gringa que me muestre el Palazzo Civenna, que mira, casualmente, al agua. Me lleva recorriendo un arco por el ‚Äúcontramuro‚ÄĚ. Los edificios no valen francamente nada y ya me estoy decepcionando cuando ¬°zas! aparece el susodicho y en frente el r√≠o y a izquierda y derecha unos puentes y del otro lado unas casas y de este otras y todo es copia fiel de una postal. Sigo meandreando a la buena -¬°nunca mejor dicho!- de Dios. Las callejas y callejuelas, bien que desprovistas de sus construcciones medievales, son una belleza. Cada tanto, el peine de cinco o seis estrechos ventanales venecianos. Al nivel del mar, un bar tras un caf√© tras un restor√°n. Mesas en la calle, multitud a las mesas. Pocos, se me hace, ‚Äúextracomunitarios‚ÄĚ, que es el eufemismo pol√≠ticamente correcto para designar a todo aquel que tenga la tez sobre o deste√Īida, os√©ase, negra o amarilla. Yo, por ejemplo, antes del pasaporte austriaco, era extranjero, no extracomunitario.

            Resuelvo darle la vuelta interior al muro virtual. Como de ida al Palazzo Civenna, no hay mucho que ver, salvo que, tras llegado al r√≠o que hab√≠a visto inicialmente, se abre una calleja de ensue√Īo. No puedo resistir la tentaci√≥n de un Aperol veneciano, pero no tienen, ni birra alla spina tampoco, as√≠ que he de contentarme con una embotellada, muy buena, pero. A todo esto ambos telefoninos se declaran a punto de expirar. Son pasadas las cuatro y, no teniendo ya demasiada Vicenza por recorrer, me digo que mejor regresar a mi madriguera a cargar las pilas de tel√©fonos, cuerpo y alma, dormitar unos minutos, y volver de nochecita a cenar y mirar la ciudad iluminada por las farolas. En eso llega mi anfitri√≥n Mart√≠n, que me recomienda el manducatorio Angolo del Palladio. Esta vez bajo caminando. Menos mal, porque s√≠ que me quedaba Vicenza por recorrer, La gringa me desv√≠a del trayecto del 4 no m√°s al salir. Hasta el r√≠o no pasa nada, pero despu√©s me mete por un sector que no hab√≠a visto, con su plaza, su iglesia y sus palacios. Una vez que llego a la Piazza dei Signori dejo de hacerle caso. Ya ha anochecido lo suficiente

            Recorro los mismos sitios buscando fotografiar la magia de la luz. No creo que me salga, porque las fotos de Padua son una cagada. La ciudad bulle, sobre todo de gente joven. En una calle casi desierta, un joven con pinta de bohemio le arranca a su modesta flauta dulce fragmentos de la suite no. 2 de Bach, la Serenata Nocturna y el concierto para flauta de Mozart, el minu√© de Boccherini y varios milagros m√°s. Soy el √ļnico que pasa y le dejo un merecido euro. Por una vez, las vueltas de la gringa hasta se agradecen. Cuando finalmente llego al Angolo del Palladio soy el √ļnico comensal, mientras que el comedero adyacente est√° atestado. Debiera ser un llamado a la alarma, pero mi nariz me dice que no me mueva. Me atiende una chica preciosa que bien vale el riesgo. Me pido un pulpo a la catalana y unos ravioli alle herbe y medio litro de Pinot Grigio. El pulpo viene trozado con gran variedad de vegetales. Est√° bien. Los ravioles, apenas diez o doce, en cambio, son de lo m√°s delicioso que he probado en mi vida. L√°stima la puta muela, que cada vez que me descuido y toca su hom√≥loga de arriba me hace literalmente saltar del dolor. Lo peor es que, lejos de ser una simple punzada, el dolor se prolonga como un eco durante varios minutos. Y no hay vino que ayude. Tanto fue, que no me acuerdo si ped√≠ postre; seguramente no.

            Cuando llego a la parada del 4 en Piazza del Castello una muchachita de aspecto poco edificante me pide fuego para encender su porro. Le pregunto si todav√≠a corre el 4 y me contrainquiere, ¬ŅPor qu√©? No s√© si buscaba guerra o desconfiaba o estaba simplemente del otro lado de las cosas (¬°salud, viejo Jos√© Ferreira Basso!). Bueno, a caminar se ha dicho, aunque me inquieta la poca bater√≠a que exhibe el telefonino. La gringa, por suerte, se apiada y me conduce sin caprichos.

            Me quedo dormido en seguida, pero el dolor de muela me va a despertar varias veces.

Miércoles 24

Salgo al alba y milagrosamente llego a la parada al mismo tiempo que el 4. Como tengo tiempo, me pido mi doppio lungo y mi cornetto, que mastico todo lo suavemente que puedo de lado de la boca que no es, pero no logro evitar dos o tres percances que me dejan exhausto. El anest√©sico local no sirve de gran cosa porque no puede penetrar la emplomadura y, adem√°s, lo que me duele es la enc√≠a, y el antidolorifico tarde en absorberse y, por a√Īadidura, no puedo tomarlo a cada rato. ¬ŅPor qu√© ten√≠a que pasarme esto justamente en este viaje? Tengo la infaltable sospecha de que hay bastante de som√°tico, porque empez√≥ de repente y sin causa discernible. En fin, ojal√° aguante hasta el 5.

            Como de Padua a Vicenza, y como m√°s tarde de Verona a Mantua y a Roveco, el paisaje es anodino; nunca llega a haber genuinamente campo, siempre hay casas dispersas o amontonadas, geom√©tricas, mon√≥cromas, sin nada que las agracie, y todo luce descuidado. Llego a

VERONA

a las nueve y marcho unos veinte minutos, casi en l√≠nea recta, a via Carlo Cattaneo 14. El dpto. de Illaria queda en un edificio venerable del centro hist√≥rico, a doscientos metros de la Arena. Dejo mis petates y no son ni las diez que estoy d√°ndole la vuelta al coliseo. Es la tercera, puede que cuarta vez que vengo por Verona. Una vine a ver Don Carlo en la Arena, pero me cag√≥ la lluvia, otra vine con Gast√≥n; me queda la duda de si vine antes de aquel Don Carlo. En todo caso, vacil√© en incluirla en el periplo, precisamente, por conocida. ¬°Conocida las pelotas! ¬ŅC√≥mo pude haber estado aqu√≠ dos o tres veces sin visitar las cuatro grandes iglesias, sin haber visitado Castelvecchio, sin haber cruzado el Adige? La Arena est√° en obras (la verdad que era hora, porque est√° casi en ruinas). Me meto entonces en la ciudad vieja a recorrer lo que hab√≠a recorrido, empezando por la Piazza delle Herbe, donde hay una previsible feria. Paso a la contigua, la dei Signori, donde me intercepta un tipo de aspecto √°rabe, bien vestido y llevando un bolso, que me pide para comer. Lo mando al diablo y contin√ļa acos√°ndome… me hace acordar al putativo representante de Giorgio Armani que me quiso hacer el cuento del t√≠o en Londres (vide ‚ÄúCr√≥nicas magnobrita√Īosas‚ÄĚ). No puedo con mi af√°n de trepar y ah√≠ nom√°s compro resignadamente una entrada a la Torre dei Lamberti (donde procuro un doble descuento como viejo estudiante), creedor de que me aguardan como quinientos escalones. Por suerte, hay ascensor pr√°cticamente hasta el tope y la vista es previsiblemente espectacular. A continuaci√≥n no puedo dejar de darme una vuelta por la casa de Julieta, protagonista hace un tiempo de un hecho policial muy sonado por estos lares. Resulta que ella, que era una Capelletti, se hab√≠a enamorado de Romero, que era un Mostrenco. Pasa que las familias vaya a saber por qu√© se detestaban y, entre una cosa y otra, los pobrecitos se suicidaron. Sali√≥ en todos los teatros. La casa de Julieta, la verdad la verdad, es medio trucha. Perteneci√≥, s√≠, a los Capelletti y hasta tiene un balc√≥n, solo que en el patio interior, de modo que Romero minga se habr√≠a podido meter a cantarle una serenata, pero de ah√≠ a que haya sido el domicilio de la occisa hay un trecho. De ah√≠ a Santa Anastasia, que es una iglesia deputamadre, l√°stima que los tanos no son muy dados a lo g√≥tico y por fuera ni se le arrima a Rouen, sin ir m√°s lejos; pero por dentro es una gloria de inesperados tintes de marr√≥n. Despu√©s me toca San Zeno, que parece que era santo pero negro. Cruzo el Adige y trepo heroicamente las escaleras, solo para enterarme al llegar a la cima, de que hay un funicular, ¬°lpqlp! La vista, pero, de recompensa con creces. De bajadita me doy una vuelta por el Teatro Romano, que est√°, respectivamente, en ruinas y en obras. Vuelvo a cruzar el r√≠o y voy borde√°ndolo todo lo que puedo hasta Castelvecchio, una fortaleza imponente e intacta, de la que nace un puente almenado. Veinte minutos m√°s tarde estoy en la Catedral, que es, en realidad, la Catedral g√≥tica propiamente dicha m√°s una iglesia rom√°nica y una capilla. Las visito porque estoy aqu√≠, pero no doy m√°s. Me siento a escuchar la gu√≠a ac√ļstica y me quedo profundo.

            Me queda por visitar la Chiesa di San Fermo, para lo cual tengo que atravesar la ciudad vieja de punta a punta. Llego a la arena, bordeo lo que queda de la muralla, giro hacia el r√≠o, me equivoco de templo y por fin llego. Otra iglesia monumental que es, ella tambi√©n, un palimpsesto de construcciones anteriores, algunas de las cuales se remontan al s. X.

            La verd√°, la verd√°, que no doy m√°s. Vuelvo a casa a descansar un cacho y como a las ocho salgo a ver Verona de noche y a cenar, no s√© bien si en ese orden. Me decanto por una trattoria de precios m√°s que razonables. La muchachita que me atiende es un primor, pero los √Īoquis a los cuatro quesos est√°n algo pasados e ins√≠pidos. De todas formas, la puta muela me impide abrir un juicio ecu√°nime. Lo que s√≠ es una maravilla es la (aut√©ntica) cassata siciliana, que nada tiene que ver con la que nos sirven por nuestros pagos, que no es m√°s que un tris de helados de frutilla, crema y chocolate. La siciliana es de mazap√°n con crema y frutas abrillantadas; no la pruebo desde aquella gloriaos misi√≥n a Palermo que dio origen a la primera de estas sentidas cr√≥nicas (vide ‚ÄúCr√≥nicas palerm√≠nimas‚ÄĚ). No son las doce que caigo rendido, aunque la muela no me va a dejar la noche en paz.

Jueves 25

Illaria me deja dejar la valijita para que pueda no tener que arrastrarla en Mantua, que es adonde resuelvo pasar la ma√Īana, pese a que el buen sentido me aconseja, en cambio, buscar un dentista. Camino a Porta Nuova todav√≠a de noche. El Castelvecchio parece salido de un cuento de hadas. Llego a la estaci√≥n con media hora para mi espresso y mi cornetto masticado en chanfle pero no sin que la muela me descargue su punzada.

MANTUA

Me bajo del tren a las ocho y diez y camino unas ocho cuadras hasta el centro, no sin detenerme en dos farmacias para comprar un antidolor√≠fico, que el m√≠ me lo dej√© en Verona. En la primera no tienen, y en la segunda la se√Īora me explica que solo sirve si logra meterse dentro del diente pero no si lo que me duele es la enc√≠a (¬°con raz√≥n!). Mantua est√° en obras y, para peor, de feria, por lo que casi no puedo verla. Me meto, c√≥mo no, en la consabida catedral donde me acosa un africano que me pide entre sollozos que le d√© algo de dinero para comer. No me inspira mayor confianza, pero le doy, de todos modos, las monedas sueltas. Me pide m√°s y lo mando a fre√≠r esp√°rragos. A la salida me intercepta otro, tambi√©n √©l √©mulo de El Cocodrilo (no perderse esta joyita de cuento de Felisberto Hern√°ndez) y Job Trotter, el adl√°ter de Alfred Jingle en The Pickwick Papers de Dickens, que cada vez que abre la boca llora. Entro a caminar, pero la cosa no termina de convencerme. Un afiche me recomienda ver el ‚Äúrio (sic) de via Massari‚ÄĚ, pero la gringa no parece demasiado convencida porque me lleva a cualquier parte y me hace perder media de las tres horas que tengo porque mi tren es a las 12:27. Cuando por fin llego (casualmente a la otra punta de la ciudad), el paisaje es hermoso, pero no para tanto. Me encamino entonces hacia la bah√≠a en que desemboca el r√≠o de mentas y na¬ī: una cagada. Bueno, en vista de que parece no existir m√°s la casa de Rigoletto, a ver la casa del Cimabue… Na¬ī: una casa. ¬°Por qu√© no habr√© mejor buscado un dentista, carajo! Me tomo un espresso nom√°s para no haber pasado sin m√°s y enfilo para la estaci√≥n con una hora de tiempo que masacrar. Ha sido una ma√Īana al pedo, y el seguramente delicioso panino de speck y fontina agrava el agravio, porque lo tengo que deglutir casi sin masticarlo y, encima, a las puteadas.

            Regreso a Verona, voy ‚Äúa por‚ÄĚ la maleta (como dicen los yoyegas), vuelvo a la estaci√≥n, tomo el tren que va a Mil√°n, me bajo en Roveco (una estaci√≥n de pueblo totalmente desierta pese a sus cuatro andenes) y me subo al local a B√©rgamo. El tren, por fuera, est√° a) pintarrajeado y b) ro√Īoso… ¬Ņpor qu√© √©ste s√≠ y los dem√°s no? ¬°Misterio! Una hora m√°s tarde me bajo en…

B√ČRGAMO

De la estaci√≥n ya se ve una ciudad de lo m√°s agradable, pero no tengo tiempo que perder, porque el Pulman (sic) a Bagnatica, que resulta que es Bagn√°tica, solo corre hasta las seis y media y son casi las seis. El ment√°u pulman se va anodinos suburbios afuera y a los veinte minutos me deposita en mi destino. De camino, sabedor de que estoy en el upite del orbe y de que la puta muela no me va a permitir saborear nada, me compro un poco de queso, una bandejita de jam√≥n, un pan (que no estoy seguro de atreverme a masticar) y dos cartones de jugo de naranja. La casa de Luca queda a unos seiscientos metros. Es la planta baja (y luego resulta que el s√≥tano) de un chalet de dos plantas. Me recibe Claudia, una mujer de cuarentaycortos, cabello cano bien cortito, que se conoce que ha sido guap√≠sima y se conserva lo m√°s bien. Claudia es tremendamente amable y me hace sentir como en casa ya antes de atravesar la puerta. Luca est√° en el laburo y llega m√°s tarde, En la casa est√°n Martina y Sebastiano, los mellizos de once a√Īos cada uno. He de pernoctar en el s√≥tano, que es un aut√©ntico departamento aparte, que es donde viv√≠a la hija mayor. No tardo un nanosegundo en hacer grandes migas con los cuaches (os√©ase, gemelos en guatemalteco), con quienes departo acerca de los conculcados derechos de los ni√Īos.

            Claudia me invita a cenar. Le digo que con gusto con tal que no haiga mucho que mascar y me dice que entonces prepara un minestrone. ¬°Genial! Me narra, entretanto, que trabaja en un centro comunitario de rehabilitaci√≥n de drogadictos. Luca, por su parte, es docente en una escuela diferencial. Cuando arriba, nos sentamos a la mesa. El minestrone es una exquisitez a la que se le agrega el parmigiano que compr√© y queda todav√≠a mejor. Despu√©s, me sirven una hamburguesa vegetariana deliciosa. Los mellizos son simpatiqu√≠simos si en ciernes de adolescencia. Yo les digo que en mi pa√≠s las cosas se piden por favor y se agradecen, pero, claro, queda muy lejos. Se cagan de risa. Luca y Claudia me agradecen. La muela, en cambio, no. Hoy es la apoteosis; sin querer junto demasiado los maxilares y pego un grito que debe de haberse o√≠do en Purmamarca. ¬°Basta! Ma√Īana voy al dentista s√≠ o s√≠. Mis nuevos amigos se ofrecen a conseguirme un dentista para ma√Īana. Pese al dolor residual, me quedo dormido. Pero debo de haber so√Īado que me com√≠a un turr√≥n, porque me despert√© supliciado. Los antidolor√≠ficos hacen poca mella y, para peor, tardan como media hora en absorberse. Me hago buches de jugo de naranja, pruebo de acostarme presionando la mejilla. No s√© c√≥mo ponerme, hasta que, finalmente, me tomo dos analg√©sicos juntos y ah√≠ s√≠.

            Creer o reventar: Por la ma√Īana casi no siento molestia. Pruebo morder y s√≠, me duele bastante, pero mucho menos. ¬ŅSer√° que el puto inconsciente me quiere distraer del dentista? ¬°Ni modo! A las nueve me bajo del Pulman en B√©rgamo. No me siento del todo bien y calculo que es por el est√≥mago vac√≠o. En efecto, el cornetto que me zampo en la terminal misma me cambia la vida. Tomo el coletibo 1 que va por una avenida bell√≠sima para luego remontar camino de la Ciudad Alta, donde termina y me bajo, aunque sigue nom√°s p¬īarriba hasta un castillo con cara de pocos amigos. El d√≠a, l√°stima, es medio goril√≥n, porque, aunque no llueve, est√° nublado con ganas. Me tomo mi espresso con un segundo cornetto, atravieso el portal de tres arcos y ya estoy en plena Citt√† Alta, Lo primero que hago es hallar la casa natal del troesma Donizetti, que, f√≠jense lo que son las cosas, queda ahizito nom√°h, a la entrada del laberinto que, seg√ļn el mapa, compone la ciudad vieja. Tomo el funicular que sube hasta el castillo de San Vigilio, desde donde hay una fenomenal vista panor√°mica l√°stima el cielo malhumorado. Fuera de la vista, pero, no parece haber nada que ver y decido descender caminando.

            Luca, a todo esto, me manda un mensaje para decirme que el Dr. Zanca me espera en su consultorio de Bagn√°ica a las 14:45. Son las once. Subo por funicular hasta el castillo, me solazo con el paisaje y voy descendiendo a lo largo del caracol de muros. Me da fiaca explorar la Ciudad Alta… no, no es tanto fiaca como un mal humor de perros porque la puta muela me est√° jodiendo bien jodido el viaje.

            A media cuesta me arrepiento gracias a una hermosa iglesia rom√°nica que luego resulta que es ahora un edificio de la Universidad. Vuelvo a encaramarme cuesta arriba hasta la Piazza delle Scarpe, que no es gran cosa, pero luego viene la de la Catedral de Santa Mar√≠a la Mayor, una de las iglesias m√°s formidables que he visto en mi vida. No m√°s entrar me envuelve la tempestad del √≥rgano. No hay mil√≠metro cuadrado de pared que no est√© tapizado de cuadros, frescos o tapices, la mayor parte barrocos con quinientas erres. La plaza que sigue es la de la Citadella Viscontea, vale decir, las que los Visconti -ancestros de Luchino- erigieron para defenderse de la Rep√ļblica Veneciana que igual se los morf√≥ en el s. XIV. No puedo dejar de pensar a cada paso que casi me pierdo √©ste que termina siendo, seguramente, lo mejor del viaje. L√°stima que no tenga tiempo ni siquiera para echar una hojeada a la Ciudad Baja. Ser√° la pr√≥xima vez.

            Menos mal que tengo una idea de hacia d√≥nde queda la estaci√≥n, porque la gringa de mierda me est√° mandando a la mism√≠sima mierda. Llego, pues, Justiniano para tomar el Pulman a Bagn√°tica. Solo que la gringa puta del gepeese me hace bajar una parada despu√©s (o sea, un buen kil√≥metro y medio m√°s tarde) y me manda, c√≥mo no, para la via del Castello, pero no de Bagn√°tica, sino de Costa Mazzata. Por supuesto que ni me doy cuenta. Lo cual termina siendo bueno, porque es una calle medieval que soslaya un castillo √≠dem; edificios de piedra gris√°cea, hermosos. Busco y busco sin poder dar con el no. 1 (¬°miren si debiera haber sido f√°cil!). Una vecina me dice que el susodicho Tiradentes vive no aqu√≠, sino en Bagn√°tica, donde hay otra via del Castello. Faltan cinco minutos para la hora y qui√©n sabe cu√°ndo pasar√° el colectivo. Desesperado, me acerco a un auto que acaba detenerse y le pido al se√Īor que por favor me acerque. Son √©l (unos sesenta a√Īos, con pinta de alba√Īil o plomero), ella (√≠dem, m√°s italiana que la pasta frota) y una mujer joven. Me llevan hasta la otra v√≠a (apenas cinco minutos) y llego justiniano. Me atiende una de las enfermeras (bastante bonita, para qu√© decir una cosa por otra) que ya sabe que vengo. Al rato aparece el tordo (unos cincuenta, canoso, de anteojos, buen moz√≥n). Me hacen pasar a un consultorio. La enfermera me toma los datos y me pide el c√≥digo fiscal. Ni idea, desde luego. Pero cuando anota nombre, fecha de nacimiento y lugar de √≠dem ¬°zas! le aparece uno (que ser√° o no). ¬°coza e¬īMandinga). Ensucede que la muela la tengo emplomada desde vaya Dios a saber cu√°ndo, de suerte que el tordo le dice manda que me saquen una radiograf√≠a. Como preve√≠a, tengo una soberbia infecci√≥n. Me receta, entonces, unos antibi√≥ticos para paquidermos de modo que llegue hasta el lunes sin pasar hambre. Cuando voy a pagar, no quiere aceptar un mango. Le prometo conseguirle una botella de vino argentino y salgo. No bien llego a la calle me pongo a llorar como una criatura. Seguro que la cosa viene mezclada, pero el detonante han sido estos dos gestos de personas que nunca me han visto ni volver√°n a ver. El broche de oro de un viaje que no imagin√© tan pero tan formidable. Y vuelvo a preguntarme en perd√≥n de qu√© pecados o en premio de qu√© virtudes.

            He salido sin la llave y tengo una hora hasta que regresen los mellizos de la escuela. Aprovecho para buscar una farmacia y comprarme los antibi√≥ticos y una viner√≠a donde me hago recomendar dos botellas. El due√Īo hace cuatro meses que ha abierto y no tiene un gran surtido. L√°stima, pero me ofrece un vaso de un Barbera de 14 grados que me viene al pelo como anest√©sico. Es lampedusano y, como buen tano, sobre todo del sur, abiertamente charlat√°n. Me paso como media hora, tras la cual regreso a la dentister√≠a a entregar las botellas. Otra charla prolongada con el dentista y su bouquet de enfermeras y ahora s√≠, a casa, pero pasando por el supermercado a comprar algunos quesos para la cena.

            Cuando llego, los purretes est√°n a cargo de una amalgama de beibis√≠ter con maestra particular. Los dejo diz que laburando y bajo a consultar el correo y descansar tantito. Despu√©s me doy una merecida y necesaria ducha y ya subo a socializar. Claudia ha comido algo que le cay√≥ mal y est√° arrebujada alrededor de su bolsa de agua caliente. ¬ŅCu√°nto hace que no veo una? Desde que era gur√≠, en la casa de San Fernando. Al rato llega Luca, que corta algo de fiambre para picar y procede a preparar la polenta inicial, que seguir√° con un risotto liso y llano. Entretanto he preparado una Declaraci√≥n Universal de los Derechos Inalienables del Ni√Īo (de le Ni√Īe, bah) que procedo a proclamar:

            EDUCACI√ďN:

            Se invertir√° el a√Īo lectivo de modo que resulten diez meses de vacaciones y dos de clase.

            Se invertir√° la semana escolar de modo que haya cinco feriados y dos d√≠as de clase.

            Se abrogar√°n la materias in√ļtiles, a saber:

                        a) Historia y Geograf√≠a, pues que la G√ľiquipedia sabe todo lo que hay que saber, de                    suerte que, si el docente indaga, por ejemplo, cu√°ndo fue la unidad de Italia, el                            alumno podr√° decirle que, ya que tanto le interesa, puede buscarlo en g√ļguel.

                        b) Matem√°tica, puesto que cualquier telefonino o t√°blet tiene calculadora.

                        c) Lengua, dado que cualquier t√°blet o telefonino tiene su propio corrector                                   ortogr√°fico.

            HIGIENE:

            Decl√°ranse opcionales lavado de manos y dientes y ducha.

            RUIDOS MOLESTOS:

            Decl√°ranse abolidos. Podr√° hacerse cualquier tipo de ruido a cualquier hora.

            ALIMENTACI√ďN.

            Podr√° comerse lo que se quiera, cuando se quiera, en las cantidades que se quieran, si se            quiere.

            TELEVISI√ďN

            Estar√° encendida las veinticuatro horas del d√≠a.

            Proscr√≠bense los noticiarios y programas culturales.

            DESCANSO NOCTURNO

            Ser√°n facultativos su duraci√≥n y horarios. Irse a la cama no implica necesariamente dormir.

            LITIGIOS INTERFRATERSORORIALES:

            Se resolver√°n como se estime conveniente sin inmiscuci√≥n de los padres (les mpadres, bah)

            JUGUETES:

            Se obtendr√°n gratuitamente a voluntad

            CELULARES, T√ĀBLETS, L√ĀPTOPS Y COMPUTADORAS

            Se proveer√°n en forma gratuita y actualizar√°n permanentemente.

            LIBROS:

            Proclamarase un D√≠a del Libro en que se podr√° leer (las p√°ginas que sean de) un libro.

            Advierto que la lucha por imponer estos derechos ser√° ardua y prolongada dada la inferioridad num√©rica debida a que cada ni√Īo (ni√Īe, bah) tiene dos padres (mpadres, bah), y de armas, puesto que los adultes (les adultes, bah) suelen ser m√°s grandes y robustos (robustes, bah). Martina y Sebastiano concuerdan un√°nimemente.

            Viene a cenar Simone, amigo de Luca. De sobremesa entretengo al piber√≠o con todos los trucos, adivinanzas y problemas que s√©. De postre ofrezco los pinos Havana originalmente destinados a Heide, a quien no pude ver, y luego a Ricardo y Andrea, para los que tengo, de todos modos, la botella de Eiswein que me olvid√© de dar a Diego en Alicante (vide ‚ÄúCr√≥nicas valenci√°ticas‚ÄĚ). La muela, por cierto, me molesta much√≠simo menos, pero todav√≠a no me deja masticar en paz. A la medianoche nos vamos todos a dormir.

S√°bado 27

Me develo y me pongo a teclear mis pamplinas. A las ocho oigo que la familia se ha despertado y subo a desayunar con ella. Llueve a c√°ntaros, lo cual me lleva a a√Īadir al los puntos de mi m√°s o menos dec√°logo lo siguiente:

            PERCANCES METEOROL√ďGICOS

            No habr√° clases si hace fr√≠o o calor, o si llueve, nieva o est√° nublado.

            Los changos, por alguna raz√≥n, tienen que ir, de todos modos, a la escuela. Ya sin ellos, con Luca y Claudia salimos a pasear el perro y tomar un caf√©. Nos despedimos en la parada del Pulman y yo me vengo a B√©rgamo con 45 minutos de gracia que se me pasan tecleando mis pamplinas. Tan se me pasan que casi pierdo el tren. Se trata de una cu√°drupla articulada con segmentos motores entre los vagones primero y segundo y tercero y cuarto, ultramoderna, c√≥moda, limpia y silenciosa que avanza, pero, a paso de hombre (de sere humane, bah). Vamos, adem√°s, por v√≠a √ļnica.  El paisaje inicialmente tonto se va poniendo alpino L√°stima que est√° tan nublado. Por alguna raz√≥n, la densidad demogr√°fica extracomunitaria se intensifica a bordo del transporte p√ļblico. Por primera vez en mucho tiempo veo pasos a nivel. Llegamos a Lecco puntualmente. Para ser una estaci√≥n de obvia morondanga se ve sorprendentemente activa. En los quince minutos que tengo hasta el convoy a Molteno llegan o parten cinco o seis trenes. Me hago preparar un delicioso panino de bresaola, provolone y tomate y, ya en el tren, me llama la atenci√≥n la cantidad de j√≥venes, seguramente estudiantes. Me dicen que van a la escuela, porque, al parecer, en Italia hay clases los s√°bados. ¬°Qu√© injusticia! Otra vez vamos por via singular. Ya estamos en la regi√≥n de los lagos. Mientras tanto, siguen sum√°ndose estudiantes en cada estaci√≥n. Seguimos a paso de sere humane. En Molteno hay dos andenes, tres v√≠as… y tres trenes, todos del mismo √ļltimo modelo, solo que de dos o tres cuerpos. ¬°Igualito a mi Santiago!

           
COMO

Arribo como a las 13:30 con una hora larga de amansadora hasta el bus a Lugano. Me tomo un feca en el bar, que, igual que la tienda contigua, est√° atendida por chinos de varias edades. Averiguo que Flixbus sale de ahizito nom√°h, me pido un espresso y me pongo a teclear pamplinas hasta las 14:30, hora a la que salgo para tomar el coletibo… que ot√°. Como a los cinco minutos, pero, llega uno cuyo destino es √ödine. Le pregunto al conducente por el servicio a Lugano y me dice que ‚Äúseguramente‚ÄĚ sale de ah√≠, pero es todo lo que sabe. Se hacen las tres y nada. Llamo a Ricardo para avisarle a ver si, llegado el caso, puede venir a buscarme. Me dice que hay trenes cada veinte minutos (¬Ņc√≥mo no se me hab√≠a ocurrido?). Indago y, en efecto, hay uno a las 16:03 (claro, es s√°bado). Me meto en g√ļguel para ver si puedo comprar el billete m√°s barato y c√≥mo no, veinte euros. Lleno todos los campos y cuando voy a pagar me aparece un anuncio de que se me mantienen reserva y precio hasta las 15:26. Bueno, a ver si en una de esas no aparece el √≥nibu. A las 15:24 alzo el dedito para pulsar ‚Äúgarpe‚ÄĚ y, creer o reventar, aparece el paquidermo con casi cuarenta minutos de retraso.

Apenas nos ponemos en marcha principia la cuesta arriba. Damos varias vueltas por un paisaje urbano sin mayor m√©rito cuya segunda mitad me pierdo porque me quedo profund√©rrimo. Me despierta el sacud√≥n de una vuelta cerrada: acabamos de encarar la autopista y un cartel promete que Lugano est√° a 17 km. El celaje ce√Īudo y, encima, la lluvia impiden disfrutar de lo que s√© un paisaje hermoso. Poco importa, en realidad, porque mi viaje ha concluido. Lo que queda es un par de d√≠as de descanso con amigos antes de volver a Viena y al d√≠a siguiente a Par√≠s y dos d√≠as despu√©s Como a Buenos Aires.


LUGANO

Llego a Lugano a las cuatro. Ricardo me está esperando desde hace casi una hora, por más que le he avisado. A los veinte minutos, tras haber hecho dice Ricardo que setenta (sipi, 70) eses y ascendido el equivalente de 800 metros, llegamos a Cademario, donde Andrea ya está terminando de preparar lo que será la cena (unas costillas de cerdo y salchichas marinadas y al horno con ensalada). Nos ponemos al día con los chismes, evocamos amigos, momentos, experiencias y, rendido, me voy a dormir.

S√°bado 28


La muela ya casi no me duele; apenas me molesta al masticar. Llueve a cántaros. Menos mal, porque no quiero hacer absolutamente nada más que descansar. Salimos con Ricardo apenas una hora a hacer las compras (he prometido preparar un salmón marinado y unas bananas flambées) para estos tres días. De almuerzo, Andrea recalienta unos deliciosos feijoes con carne y arroz. Dejo el salmón preparado, pero por la tarde Andrea nos atiborra de pao de queijo y ya no tenemos espíritu ni espacio para cenar.


Domingo 29


Hoy no ponemos un pie fuera del dpto. Europa est√° empapada y Venecia y parte de la Lombard√≠a bajo el agua. Un d√≠a de paz y felicidad casi completas de no ser por el siniestro triunfo de Bolsonaro en el Brasil. Almorzamos m√°s feijoes y pasamos el tiempo charlando o viendo documentales por Youtube. Como a las seis, Ricardo nos ofrece unas empanaditas de manzana que nos quitan gran parte del hambre, pero no voy a abjurar del salm√≥n, que acompa√Īo con un sofrito de pimientos rojo, verde y amarillo y las papas que sobraron del mediod√≠a, acompa√Īados por un celestial Terrazas malbec.

Lunes 30


Me he desvelado y mirado un episodio de Midsomer Murders. Cuando finalmente logro dormirme son como las cuatro y sigo hasta las diez. Almorzamos nuevamente feijoes y, de postre, mis bananas flambeadas al Cointreau acompa√Īada del Eiswein. A la una y media salimos para Lugano, que Andrea tiene cita con el dermat√≥logo y, de paso, quiere comprarse unos pantalones. Con Ricardo hacemos tiempo en un caf√© donde me va completando su historia. A las cuatro estamos en el estacionamiento que hace las veces de parada internacional de √≥mnibus. Llega un Flixb√ļs que sigue para Zurich; luego aparece otro que va hacia Tur√≠n. Como a las cinco les digo a mis amigos que se pianten, que yo tengo la pipa para acompa√Īarme. Mi coletibo aparece, por fin, a las cinco y media, con tres cuartos de hora de retraso.

En Mil√°n Malpugno tengo que esperar una hora el √≥mnibus a Viena. Es una terminal m√°s convencional, con estaci√≥n de metro, pero s√≥rdida, no demasiado pulcra y sin cafeter√≠a. Menos mal que, como en Viena, hay un carrito de auxilio donde me compro un panino que parece de milanesa (¬°naturalmente!) pero las pelotas. Todav√≠a no logro adivinar de qu√© era, tal vez una hamburguesa vegetariana, pero no estaba mal. A todo esto, no dejan de arribar y partir autobuses; a G√©nova, a Roma… hasta a Barcelona. Como en Viena, como en Ljubljana, hay una presencia abrumadora de inmigrados del Terzo Mondo: negros puro tizne, ellos esbeltos, ellas policircunferenciales, √°rabes de barba de tres d√≠as o sumidas entre trapos, indostanos de habla ametrallada, chinos estent√≥reos, filipinos gregarios, alg√ļn latinoamericano de muestra. A las 20:15 aparece por fin mi autob√ļs y a bordo de √©l tecleo estas pamplinas.


EPILOGO EROICO: MI AMIGO RICARDO


Lo conoc√≠ en el aeropuerto de Carrasco, Montevideo, me recuerda, el 15 d agosto de 1966. Yo, que llevaba a√Īos so√Īando con a) irme de casa, b) salir de Buenos Aires, c) partir de la Argentina, d) viajar a Europa y e) estudiar en Par√≠s, entr√© a buscar oportunidades, como, por ejemplo, direcci√≥n de orquesta en Varsovia. Amarcord que en el consultorio del viejo hab√≠a siempre el √ļltimo n√ļmero de Novedades de la Uni√≥n Sovi√©tica, una revista al estilo Mec√°nica Popular, que yo hojeaba en busca de fotos de nav√≠os, trenes y rodados. As√≠ me enter√© de que acababa de abrirse en Mosc√ļ la Universidad de la Amistad de los Pueblos ‚ÄúPatrice Lumumba‚ÄĚ, que ofrec√≠a becas a estudiantes terzomodescos en las carreras de siempre (Medicina, Qu√≠mica, F√≠sica, Matem√°tica, Agronom√≠a…) m√°s Derecho Internacional, Econom√≠a, Historia y ‚ÄúFilolog√≠a‚ÄĚ (o sea, Lengua y Literatura Rusas). Deshojar la margarita fue sencillo: la √ļnica que me interesaba era Lengua y Literatura, y as√≠ present√© la solicitud y dem√°s papeles. Lo hice sin consultar a la Fede (la Federaci√≥n Juvenil Comunista, en la que entonces militaba) ni prevenir a mi viejo, que era miembro del Comit√© Provincial del PC. Cierto d√≠a, el viejo, que era el cardi√≥logo del embajador sovi√©tico, regres√≥ furioso. ¬ŅVos te postulaste a una beca en la URSS?, S√≠, ¬ŅY no me dijiste nada?, No, ¬°Me hiciste quedar como un boludo! El embajador me pregunt√≥ si eras pariente m√≠o y cuando le dije que eras mi hijo me pregunt√≥, ¬Ņc√≥mo no nos avis√≥? Podr√≠amos haberlo ayudado; ahora es tarde, porque ya mandamos todo.

Eso habr√° sido en marzo. A fines de mayo me llamaron de Air France para decirme que me ten√≠an un pasaje a Mosc√ļ. El 28 de junio fue el golpe de Ongan√≠a y el 29 la infame ‚ÄúNoche de los bastones largos‚ÄĚ. Yo pase a la clandestinidad, es decir, que dej√© de aparecer por la Facultad. Todo por iniciativa propia, sin contacto con los compa√Īeros de la Fede (que con justa raz√≥n habr√≠an de reproch√°rmelo m√°s tarde). Como el billete dec√≠a, con todas las letritas, Buenos Aires-Par√≠s / Par√≠s-Mosc√ļ, resolv√≠ partir de Montevideo. Air France me consigui√≥ el vuelo al Uruguay el mismo d√≠a por la ya desaparecida CAUSA, con unas pocas horas de espera. Enresulta que el vuelo de Air France sal√≠a de Buenos Aires, pasaba por Santiago de Chile y, ya de regreso, hac√≠a escala en Montevideo, de donde sal√≠a a las ocho de la noche y llegaba a Par√≠s al d√≠a siguiente demasiado tarde para chapar el vuelo de Aeroflot a Mosc√ļ, con lo que me tocaba pasar la noche en Par√≠s, donde, por esas casualidades de la existencia, estaba mi vieja en casa de amigos.

 Y en Carrasco estaba, pues, ese d√≠a, esperando que el Boeing 707 de Air France cruzara la Cordillera. Como a las seis anunciaron que el vuelo estaba demorado por tormenta sobre los Andes y nos dieron a los que est√°bamos en tr√°nsito un bono para cenar en el restor√°n del aeropuerto, donde discern√≠ un grupo de cuatro j√≥venes, entre los que estaba Freddie, un cumpa de la Fede que ten√≠a visto de alguna manifestaci√≥n. Los dem√°s eran Bruno, de Rosario, Ireneo, paraguayo y Ricardo, de Neuq√ļen, que hasta ese momento hab√≠a sido el secretario provincial de la Fede, y como tal, miembro del Comit√© Provincial del PC y secretario de la c√©lula en YPF. ¬°Qu√© tal!, ¬°Que tal!, ¬ŅPara d√≥nde vas?, A Europa, ¬Ņy ustedes?, Tambi√©n; a Europa… Me dije que ya no ten√≠a sentido seguir jugando a los esp√≠as y me deschav√©: En realidad, voy a Mosc√ļ…, Nosotros tambi√©n. Vos sos el que no viene con el grupo, ¬Ņno? Y ah√≠ me enter√© de que ese a√Īo los becados argentinos √©ramos como quince o veinte, todos por l√≠nea partidaria, que llevaban reuni√©ndose y programando la salida desde hac√≠a meses y, claro, yo sin saber. Es algo de lo que habr√≠a de ufanarme por el resto de mi vida. Nadie me recomend√≥ ni me apoy√≥ ni me consigui√≥ la beca, me la dieron simplemente porque reun√≠a los requisitos acad√©micos.

Serían ya las nueve cuando nos dijeron que el avión se demoraba hasta el día siguiente y que nos llevaban a un hotel (que resultó ni más ni menos que el ¡Victoria Plaza!), con lo cual se nos cagaba la noche en París, donde yo logré, de todos modos, cambiar el pasaje para la semana siguiente y quedarme (con Ireneo, que aprovechó la oportunidad) una semanita en la Sité Lumier.

Ya en Mosc√ļ, por alguna raz√≥n que no recuerdo, termin√© compartiendo habitaci√≥n con Ricardo. Ten√≠a cuatro a√Īos m√°s que yo (25 contra 21 que acababa de cumplir) y hab√≠a sido hasta entonces obrero petrolero en YPF. Se hab√≠a adue√Īado a huevo de un gran amor por la literatura y pasi√≥n por la √≥pera. Le encantaba Puccini, que yo no pod√≠a ni ver (no digamos ya o√≠r). En cambio, le patinaba el embrague con la m√ļsica coral, que era lo m√≠o, y as√≠ nos abrimos la orejas rec√≠procamente; el siempre recuerda con que emoci√≥n conoci√≥ la Misa en S√≠ menor de Bach (que yo me hab√≠a tra√≠do a Mosc√ļ desde Buenos Aires). Vivimos juntos el a√Īo de Preparatoria. Luego el pas√≥ a la residencia de Derecho y Econom√≠a, y yo a la de Historia y Filolog√≠a. La amistad qued√≥ suspendida por la distancia, aunque nos vi√©ramos, desde luego, en las ocasiones sociales y pol√≠ticas.

En julio de 1971 me gradu√© y volv√≠ a la Argentina, acompa√Īado de mi entra√Īable Susy. No recuerdo por qu√© Ricardo se qued√≥ un a√Īo m√°s. Nos volvimos a ver creo que una sola vez en Buenos Aires (√©l hab√≠a regresado a Neuqu√©n, casado con una rusa, donde pas√≥ a ser Apoderado del Partido Comunista) en el 73. En abril de 1974 me mud√© a Nueva York. En mayo de ese a√Īo la Triple A puso una bomba que de milagro no demoli√≥ la casa de mis viejos en San Fernando, y a el 5 de diciembre lo detuvieron en su casa de Cutral-C√≥. Cuenta que ese mediod√≠a, de regreso de la oficina, lo pararon en dos retenes militares, controlaron su nombre contra una lista y lo dejaron pasar. Almorzando estaba cuando llegaron los milicos, comandados por un oficial que se present√≥ como el mayor Far√≠as y se lo llevaron con lo puesto, desde luego que sin informarle de los cargos ni decirle a la mujer ad√≥nde. En la comisar√≠a donde inicialmente los alojan eran once los ca√≠dos en la redada, entre ellos un juez. El mismo d√≠a en un celular lo trasladan, junto a todos, a la c√°rcel de Neuqu√©n y los ubican en sendas celdas en el s√≥tano del penal. El 24 de diciembre los guardiac√°rceles les han preparado una comida especial. Acaban de servirla cuando los presos comunes toman el edificio. Los celadores que pueden, se escapan, los otros quedan de rehenes. Vienen los presos comunes y se lo llevan con ellos. Nosotros sabemos que usted es comunista y queremos que encabece esta fuga -le exigen m√°s que le proponen. Yo no puedo escaparme por mi cuenta: si salgo de aqu√≠, va a ser porque el Partido me saque; pero piensen que a m√≠ y a los dem√°s nos detuvo el ej√©rcito, no la polic√≠a; seguro que ahora el penal est√° rodeado por los milicos y al primero que asome la cabeza se la van a cortar. Los presos aceptan su posici√≥n y, con las disculpas del caso, lo encierran junto a los dem√°s rehenes. Acto seguido le pidieron lo mismo a un montonero, que tambi√©n se neg√≥, al cual, en cambio molieron a golpes con una llave inglesa. Ricardo nunca supo el porqu√© de la diferencia de trato. El 5 de enero ej√©rcito y polic√≠a recuperan el penal. El ej√©rcito no interviene en la represi√≥n posterior, pero los canas se ensa√Īaron con los alzados… Por suerte, a los pol√≠ticos -las cosas como son- ni los tocaron. En todo este tiempo, desde luego, para su familia Ricardo est√° desaparecido.

 Al d√≠a siguiente se los llevan al aeropuerto y los suben a un avi√≥n, a cuyo bordo los esposan al piso, con lo que tienen que viajar encorvados. En el aparato ya hay quienes vienen trasladados de otras c√°rceles. ¬ŅD√≥nde estamos? -susurra uno, En Neuqu√©n, Entonces nos est√°n llevando a Rawson. Tal cual. Esa misma noche empiezan a picanearlo brutalmente. Le preguntan por el Secretario del PC neuquino, de nombre Heredia. Ricardo les dice que tienen informaci√≥n atrasada, porque Heredia ha muerto hace cuatro a√Īos en Mendoza. No les causa gracia la gracia y las torturas recrudecen. El dolor era insoportable -me cuenta Ricardo-, pero yo me dije que esos hijos de puta no les iba a dar el gusto de gritar… y no grit√©. Claro, eso les daba m√°s bronca todav√≠a y entonces me daban peor. Cierta vez, oye que desde la sala de torturas uno que grita, ¬°Paren que me muero, hijos de puta! Es el diputado Nacional radical Mario Abel Amaya, secretario del tambi√©n diputado Hip√≥lito Solari Yrigoyen, Secretario, a su vez, de la UCR chubutense y primer v√≠ctima de un atentado de la Triple A. En efecto, le da un s√≠ncope y muere pocos d√≠as despu√©s en Devoto adonde lo hab√≠a llevado de urgencia. El ‚Äútratamiento‚ÄĚ de Ricardo dura una semana, durante la cual le hacen, no uno, sino tres simulacros de fusilamiento. Y yo la primera vez grit√© ¬°Viva el Partido Comunista! ¬°Mir√° qu√© boludo!

Pasados esos d√≠as, lo llevan ante un coronel, de gafas negras, que sin presentarse le dice, Bueno, Ipuche, contra usted no tenemos nada. Si quiere puede usar la opci√≥n de abandonar el pa√≠s, Y si no tienen nada, ¬Ņpor qu√© me tengo que ir? -indaga mi amigo. Lo bueno es que lo han legalizado y ahora, meses despu√©s de estar desaparecido, su mujer y su familia saben d√≥nde est√° y pueden visitarlo. Por intermedio de su padre pregunta al Partido si acepta o no la opci√≥n. El Partido le dice que no lo aconseja, pero que, si quiere, se ocupa de todos los tr√°mites y gastos. Como el Partido no lo aconseja, Ricardo se niega a salir del pa√≠s. Mire, Ipuche, que tiene para dos a√Īos -le advierte el coronel. Entonces saldr√© dentro de dos a√Īos -replica mi amigo-; yo por esa puerta me trajeron y por esa puerta me voy a ir… Y tal cual. Despu√©s se enter√≥ de que estaba en una lista de casi cien mil personas en la que junto a cada nombre hab√≠a una cifra que en el caso de √©l era un dos, eran los a√Īos de c√°rcel que se ten√≠a que comer… Porque s√≠, nom√°s, a menos que aceptara exiliarse.

Narra que los montos lo verdugueaban por comunista. Eran unos cuantos, y el capo un viejo como de sesenta a√Īos. Por aquellos d√≠as, hab√≠an dejado una bomba frente al edificio Libertad que, al estallar, mat√≥ al chofer de un cami√≥n que en ese momento circulaba casualmente por all√≠. Es un da√Īo in√ļtil -le dice Ricardo, Nosotros podemos hacer mucho m√°s da√Īo todav√≠a, S√≠, es para lo √ļnico que sirven. Desde entonces, las relaciones con los montos terminaron de enfriarse. Pero los del PRT lo trataban con respeto y le ped√≠an, incluso, que les hablara de su experiencia en la Uni√≥n Sovi√©tica. Y tambi√©n le ten√≠an consideraci√≥n especial los guardiac√°rceles, que hasta le hac√≠an la venia. (Yo s√© qui√©n es usted. Y yo no s√© si en una de esas despu√©s usted no es Presidente del pa√≠s -le confiesa uno). Un buen d√≠a, como un a√Īo m√°s tarde, viene a visitarlo, como todos los meses, la rusa. ¬ŅVos sab√©s que tu mujer est√° parando en el hotel con un tipo? -le dice un celador, anunci√°ndole que a la tarde tendr√≠a visitas. En el locutorio est√°n sentados frente a frente separados por el doble vidrio. Ella lo saluda. ¬ŅCon qui√©n est√°s? -le pregunta. Ella vacila, busca pretextos, est√° sola, √©l tiene que comprender. Se da vuelta y llamando al celador, le dice, est√° visita ha terminado. Las visitas duran una hora -responde el carcelero. Y Ricardo se queda sentado frente a la rusa, en silencio, con la cabeza gacha para no mirarla, los cincuenta minutos restantes. No la volver√° a ver hasta que, treinta a√Īos despu√©s, viaja a Mosc√ļ cambio a Suiza. M√°s tarde, se entera por el Partido de que han ido a buscarla para matarla y que se ha salvado porque hab√≠a ido al cine con una amiga, que entonces el PC la hab√≠a llevado a Buenos Aires para ver de sacarla del pa√≠s y que, en un descuido de los compa√Īeros que se ocupaban de ella, se escap√≥ al puerto y logr√≥ embarcarse en un carguero sovi√©tico.

Dos a√Īos m√°s tarde, entonces, lo ponen en libertad, pero le advierten que no puede vivir en Neuqu√©n. Se muda a Cipoletti. Ah√≠ es donde vuelvo a verlo, durante mi primer viaje con mi sobrino Gast√≥n, que ten√≠a diez a√Īos. Me hab√≠a dado la direcci√≥n de su oficina, pero nos bajamos del tren como a las siete de la ma√Īana y por m√°s que insistimos con el timbre no contestaba nadie. Ubicarlo fue otra historia. En la comisar√≠a, por catastro, me dan una direcci√≥n en un barrio apartado. La casa est√° abandonada. Una vecina bien gallega me cuenta que ‚ÄúSe fueron cuando vino la Revoluci√≥n‚ÄĚ. ¬ŅQu√© hacer? Vamos caminando por la ciudad y pasamos frente al local del Partido Intransigente. Aqu√≠ seguro que lo conocen. Nos hacen pasar, pregunto por mi amigo, me dicen que espere y al rato aparece un hombre mayor. ¬ŅUsted es el que busca a Ipuche?, S√≠, ¬ŅY por qu√© asunto es? Le explico. Me pide que espere y como a los quince minutos aparece Ricardo, que no hab√≠a o√≠do el timbre cuando llamamos. Nos aloj√≥ en su casa, modest√≠sima, casi de una villa, con la ducha precaria. Y ah√≠ me cuenta lo que acabo de relatar.

Se ha casado otra vez y su mujer vive en Plaza Hu√≠ncul. All√≠ volver√© a verlo de regreso a Buenos Aires. Retorn√© a Nueva York y, aunque seguimos en contacto, no volv√≠ a verlo hasta a√Īos despu√©s, el primer verano tras mi traslado a Viena, ya en Lugano, alejado del PC, divorciado de la argentina y casado con una alemana. La cosa ha sido as√≠: El hijo de un camarada del PC neuquino tiene problemas con el padre por problemas con la droga y se marcha de la casa. Ricardo lo proh√≠ja y deja vivir en su casita de soltero. Un d√≠a llega a verlo y ya no est√°. Pasan varios a√Īos durante los cuales las cosas en la Argentina van mal; se ha divorciado y est√° a punto de quedarse sin trabajo. Una ma√Īana estaba esperando el colectivo cuando se detiene ante √©l un auto del
que asoma el pibe que hab√≠a ayudado. ¬ŅC√≥mo and√°s?; Bien, ahora vivo en Lugano y estoy de visita, ¬Ņy vos?, Mal, me estoy quedando sin laburo y no tengo un mango, Mir√°, cuando yo estaba en la mala vos fuiste el √ļnico que me ayud√≥; ahora te voy a dar una mano yo. Y se lo lleva para Lugano. Esa primera vez en Lugano, me cuenta que un buen d√≠a alguien se mud√≥ a la casa de al lado de la suya en Cipoletti. El nuevo vecino no es otro que el mism√≠simo mayor Far√≠as, el que lo hab√≠a detenido, quien, al calor de una botella de vino, le confirma que, un a√Īo despu√©s, ten√≠a orden de detener a la rusa y de no dejar que llegara viva al cuartel. Este mayor se ocupaba, adem√°s, de trasladar a algunos presos de Rawson a otras dependencias. Cierta vez se llevaron de la celda vecina a un monto, que desapareci√≥ durante como diez d√≠as, al cabo de los cuales lo devolvieron calcinado por las torturas. Este muchacho le cont√≥ que quien se hab√≠a ocupado de trasladarlo a Neuqu√©n fue el mismo mayor Far√≠as, que lo hab√≠a sacado encapuchado y esposado, pero que, apenas salieron a la ruta, le sac√≥ capucha y esposas, le hizo prometer que no iba a hacer l√≠o y le regal√≥ un s√°ndwich. Poco antes de llegar, volvi√≥ a encapucharlo y esposarlo y as√≠ lo entreg√≥; lo mismo a la vuelta. Far√≠as le conf√≠a a Ricardo que tiene registrados minuciosamente, con nombre y apellido, a todos los que detuvo o traslad√≥. Cuando lo juzgaron, junto con el coronel Reinhold, Far√≠as pudo haber logrado al menos un castigo menor si hubiera dicho lo que sab√≠a, pero no delat√≥ a sus compa√Īeros y se trag√≥ una condena a 25 a√Īos. Ricardo se puso en contacto con la gente de Derechos Humanos y se ofreci√≥ a ir a declarar a su favor. Como abogado, busco la justicia -me dijo hoy mismo, mientras yo anotaba todos los detalles que voy consignando-; para m√≠ y para el otro. Pero lo disuadieron y finalmente no se present√≥. No me lo dijo, pero seguro que le duele y le da culpa no haberlo hecho. Es cierto -agregaba-; fue solo una gota de humanidad en un mar de torturas y vejaciones; y el mayor Farias fue part√≠cipe directo del aparato que las impuso, pero no era como los otros. (Y yo pens√© que tal vez en esa lista figurar√≠a el nombre de alg√ļn desaparecido a quien el mayor fue el √ļltimo en ver con vida, y que no ten√≠a derecho a privar a los familiares de ese dato precioso. No, no es suficiente una gota de humanidad. La habr√° tenido tambi√©n, qui√©n sabe, alg√ļn guardia de Auschwitz).

Hace unos pocos a√Īos, como parte de la nueva pol√≠tica de DD.HH. del gobierno de Kirchner, lo llamaron a declarar por teleconferencia, desde el consulado argentino en Berna, en el juicio que se le hizo a Osvaldo Jorge Fano, ex director del Penal U9 de Rawson, donde testific√≥ acerca del asesinato de Amaya. ¬ŅY usted c√≥mo sab√≠a que el que gritaba era Amaya? -le pregunta el defensor de los torturadores. Porque nos conoc√≠amos todos, Pero si no los dejaban hablar, ¬Ņc√≥mo hac√≠an para comunicarse?, Por se√Īas, con el alfabeto de sordomudos, ¬ŅUsted lo sab√≠a?, Tuve que aprenderlo, como todos, ¬ŅA ver, c√≥mo es la ‚ÄúM‚ÄĚ?, D√≠game, colega, ¬Ņa usted no de da verg√ľenza preguntar estas cosas en un juicio por delitos grav√≠simos de lesa humanidad? Todos ellos fueron al final condenados a largas penas. Al final cuando le dieron la oportunidad de hacer su √ļltima declaraci√≥n -concluye-, me quebr√© y me puse a llorar por primera vez. Hab√≠a tenido que esperar veintis√©is a√Īos para ver a estos verdugos en el banquillo.

La historia, pero, no termina aqu√≠. Como todos los a√Īos que estuve en Viena pas√© los veranos en Ginebra, ca√≠ sistem√°ticamente a visitarlo de ida, de vuelta o las dos veces. En ese √≠nterin se separ√≥ mal de su alemana y se hizo fervientemente cat√≥lico. Estuvo decidido, incluso, a recluirse en un convento como ermita√Īo. Pero sin olvidarse jam√°s de los pobres de este mundo, de las injusticias feroces, sin dejar jam√°s de comprender que este capitalismo de mierda, de los ricos para los ricos, se tiene que acabar, que no hay nada peor que la explotaci√≥n del hombre por el hombre. (Ayer, por cierto, me enter√© de que se hab√≠a convertido a la iglesia ortodoxa rusa, que, si entend√≠ bien, encarna una forma m√°s pura de la fe). Ya me hab√≠a resignado a no verlo m√°s, cuando un buen d√≠a, por un grupo de internet, conoci√≥ a Andrea, una brasile√Īa veintinueve a√Īos m√°s joven (diferencia parecida a la que guardaba yo con Nadia) y termin√≥ cas√°ndose. He aprovechado esta vez para hablar con ella. No concibe la vida sin su Rick, a quien ama como solo saben hacerlo ciertas mujeres y a quien admira con toda el alma. √Čl, por su parte, no puede dejar de ponderarla. Llevan juntos m√°s de trece a√Īos y nunca he visto una pareja tan feliz. ¬°Te lo merec√©s, carajo, viejo camarada, porque sos lo m√°s parecido a un santo que he conocido en mi vida!

CR√ďNICAS BOREOMESOPOTAMI√ĀSTICAS

March 1st, 2021

8 a 28 de enero de 2021

PR√ďDROMO CABAL√ćSTICO

Que la cinghialina se jue dalla mamma e la sorella a Regiomonte el 18 de diciembre, que yo aprovechaba para irme el 21 un mes entero a rodar por el sur de Espa√Īa menos un salto administrativo a Viena, que se desencaden√≥ la puta segunda ola del puto COVID19, que cerraron Espa√Īa en particular, pero, en general, Europa, a cal y canto, que entonces resolv√≠ que no me iba un cazzo, que entonces me vi ancl√°u nom√°s en CABA (Ciudad Aut√≥noma de Buenos Aires, pa’ los despist√°us) sin nada que pasear, que entonces decid√≠ que me piantaba pa’l norte so pretexto de tomar por fin el Tren a las Nubes, que entonces me apliqu√© a establecer itinerario y determinar etapas, que junando el planisferio visualic√© una herradura con un lado sobre la cordillera, el fastigio en La Quiaca y el otro lado paralelo al r√≠o Uruguay, que entonces trac√© el derrotero que sigue: San Antonio de Areco, provincia de Buenos Aires, Venado Tuerto, √≠dem de Santa Fe, Embalse R√≠o Tercero y de ah√≠ a La Falda, C√≥rdoba, San Agust√≠n de Valle F√©rtil, San Juan, San Miguel de Tucum√°n, Tucum√°n (¬°claro!), San Antonio de los Cobres -trencito-, Salta, vuelta y Salta (capital), Joaqu√≠n V. Gonz√°lez, Salta, Presidencia Roque S√°enz Pe√Īa, Chaco, Corrientes (capital), Concepci√≥n de Yaguaret√© Cor√°, Curuz√ļ Cuati√°, Corrientes, Concordia, Concepci√≥n del Uruguay, Entre R√≠os, y regreso a esta (ciudad de Buenos Aires). Calcul√© que ser√≠an aproximadamente un mont√≥n de kil√≥metros, pero sarna con gusto‚Ķ

            Me pas√© varios d√≠as buscando y reservando alojamientos e implorando tantos permisos de verano cuantos destinos intermedios ir√≠a a tocar. Me los concedieron todos menos los del Chaco y Corrientes, que no es que me los hayan denegado, sino que jam√°s se dignaron responderme. En fin, que ya veremos. La intenci√≥n primigenia era ir a Corrientes v√≠a Formosa, pero la provincia est√° clausurada. El mi√©rcoles 7 le hicieron el servis a la Fiat Gu√≠quend, me hice podar cabellera, barba y cejas y prepar√© maletica y mochila. El jueves me dediqu√© a esperar el‚Ķ

Viernes 8

Y esta ma√Īana a las siete y media de la madrugada sal√≠a de mi garaje cual mariposa de la cris√°lida.

Felicity Lott me acompa√Īar√° todo el trayecto entonando canciones de Richard Strauss y yo, como tantas otras veces, exhalando lentas fumaradas, con el mate hecho un aterciopelado revoltijo de recuerdos. El tr√°nsito, por suerte, m√°s que indulgente. La Panamericana discurre entre las colectoras en cuyas m√°rgenes exteriores se acumulan tiendas, manducatorios y dem√°s chiringuitos amontonados por la escoba de Dios cuando decidi√≥ barrer la traza de la autopista. De pronto, la Pampa infinita, como si Dios hubiera aplastado el paisaje sobre una mesada invisible y amasado prolijamente hasta que le qued√≥ el repulgue de la Cordillera. Yo siempre he preferido el relieve o, en todo caso, el espejo di√°fano del mar, pero esta vez me gust√≥ la chatura verde y arbitrariamente arbolada con sus indolentes vacunos all√° sobre el horizonte,

Por perfidia de la gallega franquista del GPS me pasé de largo, pero finalmente ingresé en

SAN ANTONIO DE ARECO

poco despu√©s de las nueve. Areco Hospedaje queda justiniano justiniano frene a la plaza principal, enorme, con la estatua de don Hip√≥lito Vieytes, comerciante de jabones y anfitri√≥n de la jacobinada morenista (para los lectores desavisados, all√° por inicios de 1810 los patriotas m√°s radicalizados se reun√≠an en la jaboner√≠a de Vieytes para planificar la defenestraci√≥n del virrey), que fue oriundo de estos pagos. El pueblo conserva su encanto preindustrial y me recuerda Carmelo (vide ‚ÄúCr√≥nica carmelita‚ÄĚ en sergioviaggio.com), solo que Carmelo s√≠ ostentaba un rascacielos de cinco pisos. Casas no tanto coloniales (¬°l√°stima!) como decimon√≥nicas, de it√°lica raigambre las m√°s de pro, r√ļsticas construcciones de ladrillo agraciadas a fuer de tiempo, casi todas en esquinas y devenidas bares sistem√°ticamente ‚Äúhist√≥ricos‚ÄĚ, calles muchas veces como cavadas entre una monta√Īa de √°rboles o, en los remansos del follaje, arbolitos floridos, carmes√≠es, punz√≥ o blancos. Llama la atenci√≥n la mansedumbre del tr√°nsito. No parece haber veh√≠culo que se aventure a superar los quince o veinte kil√≥metros por hora. Los vecinos tampoco est√°n familiarizados con el apuro. Nadie luce apresurado, nadie eleva la voz m√°s all√° del murmullo, hasta los gurises gritan bajito. Cada tanto, un paisano invariablemente retac√≥n como aplastado por la boina que le rodea la testa como a diez cent√≠metros de las sienes. Enternece la disciplina de los arequitos: distanciamiento social estricto, mascarilla infaltable, pacientes colas para entrar en los negocios. Caigo en que cuando ‚Äúlos argentinos‚ÄĚ protestamos amargamente por c√≥mo somos ‚Äúlos argentinos‚ÄĚ, somos los porte√Īos -ojo, de clase media y remotos or√≠genes en las regiones m√°s miserables de Europa- quienes nos referimos umbilicalmente a nosotros mismos. ¬°L√°stima que seamos tantos!

Dejo mis petates en el hotel (un pasillo al que dan las tres o cuatro habitaciones colmadas de camas y camastros, sin ventanas, cerradas a candado, con la cocina y la sala de estar al fondo mirando un jardín silvestre. Me gusta.

Salgo a dar mi primera vuelta. Sobre la plaza, el Museo de Artes Pl√°sticas y la Intendencia. All√≠ me entero de que las atracciones hist√≥ricas son el Puente Viejo, la pulper√≠a La Blanqueada y el Museo Ricardo G√ľiraldes (que muy hist√≥rico que digamos no es porque, colonialoso y todo como luce, fue erigido en 1938). El GPS indica que la mentada pulper√≠a queda Puente Viejo traviesa a kil√≥metro y medio y para all√° enfilo. Llego a la orilla del r√≠o, que, de este lado, bordea un parque de √°rboles interminables entre cuyas verticales chisporrotea una nutrida convenci√≥n de p√°jaros. M√°s adelante, la arboleda cesa y cede sitio al Puente Viejo, que, de viejo, l√°stima, no tiene nada y, de puente, francamente muy poco. R√≠o traviesa, media ciudad est√° de p√≠cnic y ya se va organizando el inconfundible tufo a asado. L√°stima que el puente desemboca en una calle amplia y desangelada, sin un palmo de sombra, con lo que pego media vuelta y desando el camino al hotel, que no me voy a insolar al pedo y que mejor voy en auto.

La gallega me lleva por otro puente (el viejo est√° vedado al tr√°nsito) y me manda por el conf√≠n del pueblo a la misma calle del Puente Viejo a unos quinientos metros de mi arrepentimiento. La pulper√≠a es ahora museo. Un edificio bien de aquellos: solo falta el payador mazorquero tratando de seducir a la pulpera rubia de ojos celestes. Delante de m√≠ entra una familia china, el marido y la mujer (delicada, espigada y bella como solo las orientales) hablan perfecto castellano, los padres/suegros ni una palabra, la mujer carga un chinito para com√©rselo que, por supuesto, no tiene ni puta idea de d√≥nde est√°. ¬ŅCu√°ndo, c√≥mo y por qu√© habr√°n venido de la China? ¬ŅC√≥mo ser√° irse argentinizando tan lejos de casa? ¬ŅQu√© sentir√°n los viejos arrancados de su tierra? El gu√≠a es un muchacho que no ha de ara√Īar los treinta, ducho y simp√°tico. Explica el funcionamiento de la pulper√≠a, sita a la vera del Camino Real que bajaba del Alto Per√ļ hacia el puerto. Explica que hab√≠a dos tipos de copa: la com√ļn y la ‚Äúmulera‚ÄĚ, de igual tama√Īo, pero menor capacidad, con la que el pulpero sustitu√≠a la otra cuando el parroquiano ya no estaba en condiciones de discernir vol√ļmenes. Una reja separaba a los habitu√©s locales de los forasteros que estaban de paso. Hab√≠a que ganarse la confianza del pulpero para acceder al sal√≥n VIP. El museo finge ser un casco de estancia, con su foso y sendos ca√Īones de escaso calibre en las esquinas. Por suerte, est√° cerrado, porque no tengo nada de ganas de meterme en √©l.

Regreso al pueblo. Se han hecho casi las doce y busco un bar en el que sacarme mi tradicional selfi de estreno. Como a cuadra y media del albergo, por la √ļnica calle empedrada (y empedrada recientemente, para devolver un regusto de √©poca a la ciudad ahora prosaicamente asfaltada) me siento en la acera de El Batar√°, Almac√©n de Campo, a saborear mi tradicional ‚Äúprimera birra‚ÄĚ, que acompa√Īo con un poco de exquisita bondiola y algunas rodajas de pan de campo como hac√≠a siglos que no probaba. Doy una vuelta m√°s y retorno al nido a dormirme una merecida siesta. De la que emerjo como a las tres. Y ahora, a recorrer la metr√≥poli c√°mara en mano. Si por el centro abundan los edificios de otrora, a las pocas cuadras van raleando y no tardan en diluirse por caminos sin pavimentar que anuncian el advenimiento del tapiz interminable de la pampa, con alg√ļn viejo molino de viento a guisa de √ļltimo canap√© de un banquete olvidado.

He de completar mi ajuar con jab√≥n para lavar ropa, lavandina para purificar barbijos, champ√ļ para ennoblecer cabellos y jugo de naranja para destraumatizar noches. Doy con el supermercado D√≠a, vecino de la gran intersecci√≥n gran que amerita el √ļnico sem√°foro del pueblo y lastimosamente surtido de sobras de otros emporios. De retorno al telo me zampo un jugo de naranja y una ensalada de frutas aut√©nticamente celestial en La Vieja Soder√≠a, una de esas esquinas robadas a Molina Campos y convertidas, dec√≠a, en manducatorios hist√≥ricos. Por entre las mesas mendiga un perro de extra√Īa pelambre de tigre. Nunca hab√≠a visto can semejante. ¬°Coza ‘e Mandinga la gen√©tica, vea! En saboreando la ensalada me viene la epifan√≠a de que debe haber estaci√≥n de tren. Gonzalo del hotel me corrobora que nefetibamente, la hayla, y hacia all√≠ enfilo. Voy por el bulevar de la mano virtual de la gallega y s√© que no me est√° derivando para el lado de los tomates porque el paisaje de mi derecha es inconfundiblemente ferroviario: silos amontonados frente a un surco todav√≠a invisible, resabio de pasos a nivel. Una vaporera como de lat√≥n ro√≠do por los ratones del √≥xido anuncia el que fuera acceso se√Īorial, con su amplia rotonda frente a un edificio que ha sido digno de la prosperidad de la villa, pero est√°, m√°s que de malas, de p√©simas y, para variar, ocupado. Sobre el and√©n, juguetes en diferentes estados de descomposici√≥n, alg√ļn triciclo, una bicicleta, y la pincelada de yuyos que sustituye los rieles fantasmas.

Gonzalo del hotel me ha advertido, adem√°s, que a unos diez kil√≥metros sobrevive la estaci√≥n Vagu√©s, que hasta tiene museo, y para all√≠ parto guiado por la gallega que me hace meterme por un camino de ripio inclemente en medio de pastizales impenetrables. Avanzo a las puteadas hasta que el ripio cede protagonismo a una huella de tierra mucho m√°s amistosa que, por m√°s que la gallega me encarece que contin√ļe derecho por dos kil√≥metros, pega una vuelta de noventa grados y and√° a cantarle a Gardel. Para mi sorpresa, me topo con el asfalto, giro a la derecha y ‚Äúhe llegado a mi deshtino‚ÄĚ. La estaci√≥n es de pueblo agrandado, m√°s modesta que la de San Antonio, pero nada de apeadero y chau. Est√° perfectamente conservada, acaso porque parte de ella hace las veces de comisar√≠a. Entro por un corredor bordeado de maquinaria -es un decir- agr√≠cola prehist√≥rica y aherrumbrada y llego al edificio de ladrillo bermejo y fulgurante. A foros izquierda y derecha se oxidan tres formaciones de vagones de carga. El and√©n esta tan intacto como pulcro. Una polic√≠a de lo m√°s de ver me confirma que el tren es ya una leyenda. Dos hombres que lidian por colgar un cartel que no llego a descifrar me informan de que el museo abre los fines de semana. Menos mal que ma√Īana es s√°bado. El regreso es todo por asfalto paralelo al espectro de la v√≠a.

Ducha ritual y a teclear estas pamplinas hasta las ocho y media, hora en que me voy a cenar al recomendado por Gonzalo del hotel restorán Ramos Generales, a un par de cuadras, donde me regalo un pastel de choclo francamente sublime, rociado de un chardonnay de Luigi Bosca y coronado del almendrado más excelso que hay degustado. Todo por la onerosa suma de mil quinientos pesos, o sea, diez dólares con propina, es decir ocho euros, lo que equivale a cuatro boletos de tranvía allá por los pagos de Mozart y Haydn.

A las diez me zambullo en la cama y duermo cual √°ngel hasta las seis.

S√°bado 9

He so√Īado con el general de Gaulle, al que hago no s√© qu√© favor y no me agradece. Le pregunto si siempre es as√≠ de altanero y me mira incr√©dulo, como que no est√° acostumbrado a que le marquen la cancha. Le aguanto los dardos hasta que, vencido, sonr√≠e. Merci beaucoup, musita casi divertido. ¬°Mir√° que me va a sobrar de Gaulle a m√≠!

            Desayuno en el bar Tokio, frente a la plaza, y enfilo para

VAGU√ČS

Esta vez la gallega me conduce por asfalto. Primero me doy una vuelta por el galp√≥n que, me cuentan, ahora es una cooperativa que fabrica muebles o algo as√≠. Lo asombroso es que conserva, perfecta y perfectamente legible, esta consigna: ‚ÄúSUME SU ESFUERZO PARA LOGRAR EL √ČXITO DEL SEGUNDO PLAN QUINQUENAL‚ÄĚ. ¬ŅC√≥mo se les habr√° pasado a tres dinast√≠as de milicos gorilas? El Segundo Plan, l√°stima, no se lleg√≥ a cumplir; por lo pronto, la coyuntura internacional vino mal barajada y qui√©n sabe c√≥mo habr√≠an salido las cosas si el gorilaje fusilador no hubiera pateado el tablero dejando un reguero de sangre all√° por septiembre de 1955. La se√Īora que atiende el museo es amabil√≠sima. Me entero de que Vagu√©s (que, sorprendentemente, ni tiene pueblo que la enfrente o circunde) supo ser empalme del ramal que ven√≠a de Victoria v√≠a Capilla del Se√Īor y el de Luj√°n a Buenos Aires. El Museo exhibe algunas fotograf√≠as y dos o tres recuerdos de otrora, como una m√°quina impresora de boletos. Lo dem√°s es pulm√≥n puro para mantener vivo el recuerdo. Emocionante, este pa√≠s, con este tipo de gente que no ceja, que no amaina, que no afloja, que guarda como un pergamino casi deshecho, la memoria que no debe olvidarse.

            La ruta a Venado Tuerto suma rectas entre campos de soja, con alguna mancha de ma√≠z o girasol. De pronto, una veintena de vacas casi inm√≥viles. Caigo en cuenta de que, desde que sal√≠ de Baires, casi no he visto una. Los pueblos se suceden sin mayor gracia, sus catedrales parecen ser silos y, en vez de artesan√≠as, los nativos venden tractores, cosechadoras, enfardadoras, arados y dem√°s parafernalia agraria. Es el pa√≠s rico, dij√©rase hasta primomondesco. Las carreteras est√°n impecables, los centros urbanos impolutos, el parque automotor reciente. P√°rrafo (bueno, oraci√≥n) aparte merece la entrada a Pergamino: Coza ‘e Mandinga, vea, el desfile de chalets resueltamente op√≠paros, de estupendo gusto, todos parece que estrenados ayer y, m√°s hacia el centro, los edificios de departamentos modernosamente se√Īoriales. No, si, de no ser porque la mitad de la poblaci√≥n vive debajo de la l√≠nea de pobreza y encima son negros, vivimos en el Primer Mundo, ¬°qu√© carajo!

            Y, reconfortado en mi albo cuan cosmopolita origen vescuencitanofranchutodinamarqu√©s (¬Ņqu√©, no lo sab√≠an?) prosigo raudo y ufano hasta

VENADO TUERTO

El ingreso a One-eyed Stag, lo confirma, pero mal, porque semeja demasiado las afueras de cualquier ciudad gringa o mexicana: negocios ramplones, muchos, claro, concesionarias de autos, camiones y aplanadoras, amontonados a las riberas de una avenida sobre la que se pierde en lontananza una guirnalda de sem√°foros colgantes todos verdes o, de pronto, todos rojos. As√≠ llego hasta la rotonda de salida, a pocos metros de la cual llego al inesperado oasis de La Bianca, un extenso chalet de paredes blancas y techo de tejas, rodeado de un jard√≠n exquisito hacia cuyo fondo se abre una piscina que es casi un lago. Mi habitaci√≥n es simplemente primorosa: lecho (ser√≠a una impertinencia llamarlo cama) con cortinado en V invertida contra el muro, muebles de √©poca (no sabr√≠a bien de cu√°l exactamente, pero niporputas de esta), toallas‚Ķ y robe (!) sobre el acolchado de colores, una mesita con tetera el√©ctrica, cinco o seis clases de t√©, bizcochos y hasta un delicioso alfajor‚Ķ El ba√Īo en dos tiempos: una salita con tocador y pileta y, puerta por medio, el recinto con el bid√©, inodoro, otra pileta y ba√Īera. ¬°Y todo por diecis√©is d√≥lares!

            Los otros hu√©spedes son una parejita joven. √Čl fornido, de barba, pero digo yo que ning√ļn Adonis, y ella, simplemente la muchacha m√°s perfecta que he visto en mi vida. Unas tetas de antolog√≠a, sustanciales sin ser exageradas, perfectamente semiesf√©ricas, una cintura de avispa, la espalda como una l√°pida, los hombros en cruz perfecta, con la curva exacta, las piernas torneadas que ni Miguel √Āngel‚Ķ No pude menos de decirle al beneficiario que ten√≠a la piba m√°s hermosa que me hab√≠a tocado ver. ‚ÄúGracias -me dijo-, y, adem√°s, es excelente compa√Īera‚ÄĚ. ¬ŅEncima eso? -musit√© entre m√≠-, ¬°la reput√≠sima madre que te remil pari√≥! Es que yo soy as√≠, solidario con mis colegas de g√©nero, ¬Ņvio?

            Salgo a dar mi rigurosa vuelta exploratoria, con prioridad en la estaci√≥n del ferrocarril. El viejo edificio ingl√©s est√°, por suerte, bien conservado, porque el ramal sigue en servicio para cargas y pueden verse varias locomotoras fulgurantes de reciente factura y varias interminables recuas de vagones. A foro izquierda atraviesa el patio de maniobras fantasma un puente de unos ochenta o cien metros de largo todo carcoma. Lo recorro hasta la mitad y vuelvo laga√Īoso y contrito, que he visto all√° a la distancia las ruinas del dep√≥sito y taller de locomotoras, que ahora dibuja el callado semic√≠rculo de su muro desnudo. Nada queda del techo, y solo recuerda su funci√≥n de anta√Īo el plato giratorio inmovilizado en medio de su dial ya invisible bajo los yuyos. Queda, s√≠, un pecio de galp√≥n, cuyo techo de zinc amenaza con desplomarse por falta de sustento. Doy ahora la vuelta por la fachada exterior del dep√≥sito, de ladrillo pardo, con sus ventanas huecas que le dan un aire de resabios de coliseo romano. Toda una alegor√≠a, esta mixtura de s√≠mil de teatro de Marcelo, solo que dos mil a√Īos menos viejo, y de plebeya prosapia ferroviaria. En esto nos parecemos, al cabo, Europa dendeveras y nuestra vapuleada Argentina mendazmente europea: all√° los gloriosos vestigios de C√©sar y de Augusto, aqu√≠, los restos del menemato venal y siniestro.

            Otra cosa que busco es el teatro Verdi, porque los tanos no pod√≠an dejar de hacer de las suyas. Paseando por Carlos Pellegrini vi el √ļnico chalet erstaz-T√ļdor de la ciudad, apuesto a que construido por un ejecutivo del ferrocarril. Si no, las construcciones decimon√≥nicas o de principios de siglo XX no aparecen concentradas por ninguna parte: hay que pescarlas entre edificios m√°s recientes‚Ķ y menos de ver, aunque la fronda abundante y generosa de los √°rboles en las calles transversales y los arbolitos floridos que bordean las avenidas hacen de esta villa un aut√©ntico jard√≠n. Se nota una ciudad pujante (al menos hasta la pandemia). Como en Chivilcoy, la gente luce disciplinada. Pero otro gallo va a cantar esta noche.

            La due√Īa del hotel me recomienda tres o cuatro manducatorios. Una vez en el centro, casi todas las transversales a ambos lados de Pellegrini u otra de las dos o tres arterias m√°s principales m√°s est√°n cortadas, con la calzada cubierta de las mesas de los restoranes aleda√Īos, que parece haberlos a raz√≥n de diez por cuadra de cada lado de la calle. El due√Īo de Le Colori√© (a algo as√≠) me cuenta que tiene todo reservado y me deriva al 1909, que tambi√©n, pero se apiadan de m√≠ y me acomodan en un rinconcito. Es el t√≠pico restor√°n que suelo evitar en la Argentina y, sobre todo, en provincia: medio como que pretencioso, ¬Ņvio? Pero bueno, aliayacta√©s, como dec√≠a Julio C√©sar (y as√≠ le termin√≥ yendo). Eppur‚Ķ El men√ļ hay que escanearlo y leerlo en la pantalla del tel√©fono, solo que el m√≠o no da el brazo a torcer, con lo que la muchachita que intercedi√≥ para que me aceptaran me lo lee: bien (sospechosamente) a la europea: cinco entradas, cinco platos fuertes, cinco postres y and√° a cantarle a Gardel. ¬°Hhhmmm‚Ķ- mascullo entre m√≠-, vamos mal, vamos! Los platos son todos ex√≥ticos, ¬Ņvio?, tipo rul√° de salm√≥n (que, escrito, se ver√≠a roulade) con su salsa de remolacha e hinojos, dos o tres cosas por el estilo, entre las cuales un grablas (gr√°vlax) de langostinos con menjunjito de mango, palta y cebolla por el que me decanto sin mayor convicci√≥n, m√°s una entra√Īa en su salsa de nomeacuerdoqu√©. Y nomeacuerdoqu√© porque le grablas estaba tan pero tan delicioso que cancel√© la carne y me ped√≠ otro. Sobre un colch√≥n de cuadraditos microsc√≥picos de mango con gusto a mango y palta con gusto a palta que se disputaban textura y sabor con unas julianas casi imperceptibles de cebolla morada y una vinagreta sensacional, una espiral de tres langostinos tirando a grandecitos debidamente crudos coronados con una ostia de pepino. ¬°SENSACIONAL! De vino me hab√≠a pedido un Uxmal, que era el √ļnico que ten√≠an en botellita como para uno solo, ¬Ņvio? y que result√≥ picado, lo mismo que el segundo ejemplar (que, me explic√≥ mi hada madrina, ven√≠a de la misma caja, as√≠ que‚Ķ), con lo que no me qued√≥ otra que pedirme una copa de chardonnay, que, visto que a la final renunci√© a la vianda de res, me vino al pelete, lo que vuelve a confirmar si falta hiciera que a m√≠ hasta lo que me sale mal me sale bien. El postre fue un maridaje de muses (mousses) de frutilla y naranja digno del grablas, Total: 1.590 pesos moneda -es, cada vez m√°s, un decir- nacional. Denocrer, vea, la bicoca que me est√° costando este periplo.

Domingo 10

Me alzo a las siete y a las y media acabo de cargar nafta y de desayunar dos medialunas del cielo y un feca. Otra vez una ruta trazada con escuadra y comp√°s sobre la planicie inacabable cuadriculada de sembrad√≠os. Las rutas, para variar, perfectas, con, cada tanto, un par de funcionarios de overol fotorrefractante cortando el c√©sped o podando matas, a√ļn en los tramos donde no se ve otro auto que el m√≠o niporputas. ¬°Primer Mundo, qu√© carajo, y se van todos a la put√≠sima madre que los pari√≥! Un cartel me da la bienvenida a C√≥rdoba y, al rato, una autopista de tres carriles por mano. Despu√©s otra ruta provincial. El terreno se ondula cada vez m√°s y el camino serpea ya caprichosamente, el verde se ha puesto alpino y entran a tallar fuerte las con√≠feras. Me siento en los mism√≠simos Pirineos‚Ķ ¬°qu√© falta que me hac√≠as, vieja Europa!  Y por fin

ALTA GRACIA

Que es una vera delicia. Bulevares con √°rboles floridos como los de Venado Tuerto, chalets uno m√°s hermoso y lujiento que otro, muchos de ellos de entreguerras, como el que habit√≥ Manuel de Falla hasta su muerte en 1946, como Alejandro Casona, como Saulo Benavente, como Margarita Xirgu, muertos en esta tierra generosa que, con todo, no era Espa√Īa. Mi hotel, Paz y G√°lvez, queda justiniano frente a la Plaza de las Am√©ricas, una especie de hemiciclo con las banderas de norma y un indio oteando el horizonte con cara de malo, como si acabara de ver las carabelas y se dijese ¬°cagamos! Lo curioso es que estamos en pleno barrio paquete, a seis o siete cuadras del centro centro, y las calles a partir de la trasera est√°n sin asfaltar. Ya me hab√≠a pasado en Areco, pero lo atribu√≠ a que, despu√©s de todo, est√°bamos en el campo. Pero aqu√≠ me desconcierta. Y voy a ver muchas otras calles silvestres. Me cago en Dios: cada vez que me digo que vivimos en el Primer Mundo carajo, el mundo tercero me saca la lengua y me hace un corte de mangas. Si seguimos as√≠, me voy a Viena y se van todos a la mierda.

            La casa de de Falla me queda a dos cuadras. Es un chalecito de los m√°s modestos, estilo vasco, rodeado de un jard√≠n sencillo, donde don Manuel vivi√≥ con toda modestia y su hermana. No hay gran cosa: los muebles, dos pianos verticales, fotos‚Ķ y nada m√°s. Pero en todo momento suena la maravillosa m√ļsica de este maestro que nunca goz√≥ de buena salud y cuya producci√≥n se reduce a unas treinta obras, en su mayor parte, breves. La muchacha que me cobra los veinte pesos de entrada y me dirige su Spiel de m√ļsica no entiende un soto, como tampoco la parejita que vaya uno a saber por qu√© se meti√≥ a curiosear. Por consejo de mi gom√≠a Jos√© Mallo (que tambi√©n me recomend√≥ la casa de don Manuel), voy a visitar la Estancia Jesu√≠tica, que viene a ser la versi√≥n acrocaritativa de las Misiones √≠dem. Una iglesia realmente monumental, si pensamos que alrededor no hab√≠a m√°s que las chozas levantadas ad hoc. Por dentro, serena suntuosidad, techo y muros cubiertos de frescos, altar de madera labrada‚Ķ una preciosura. La muestra del convento aleda√Īo, pero, no es gran cosa, aunque el edificio, con su galer√≠a en √°ngulo recto que, con el muro, forma lo que debi√≥ haber valido de reducto defensivo, muy colonialmente bello. A su costado derecho (seg√ļn se mira desde la plaza que ahora le sirve de atrio a la intemperie) un lago que enresulta que es producto del primer embalse de los much√≠simos que regar√°n -literalmente- la provincia. Buscando la estancia he pasado por un remedo de castillo medieval, con sus dos torres circulares almenadas y, en el dintel de la puerta supuestamente enrejada, el escudo de la muy noble ciudad de York. Es un bar, y me da fiaca explorar su rid√≠culo recinto.

            Hay, por cierto, un parque parque, con su lago y sus √°rboles y sus paseos, pero no tuve tiempo m√°s que de mirarlo. Queda cerquita de la casa del Che, que no era de √©l, sino de la familia, que la ten√≠a por lo del asma de Ernesto. Es museo, pero Jos√© me dijo que no val√≠a la pena. Por ese mismo barrio hay toda una serie de chalets bien ingleses, pero todos con techo de zinc. Y son los √ļnicos que lo tienen. ¬ŅPor qu√© habr√°n optado los brit√°nicos por abjurar de las tejas? ¬°O magnum mysterium!

            Por la tarde me voy hacia Villa General Belgrano (adonde fueron a parar en 1939 los marineros del Graf Spee). A poco de salir de Acroc√°ritas propiamente dicha, camino de Los Aromos, un r√≠o que corre entre piedras romas en el que se ba√Īan decenas de familias. Primer encuentro con la C√≥rdoba de las legendarias sierras. Tras un sinf√≠n de culebreos, de improviso, a mi derecha y all√° abajo, un lago casi interminable de extenso y de azul. Cada tanto, un remanso atiborrado de chiringuitos de ocasi√≥n y lugares para comer. Pero Villa General Belgrano no se ve muy de ver (aunque fuerza es consignar que casi ni entr√©) y pego la vuelta. Entrando en la ciudad, paso por un puente que atraviesa un ca√Īad√≥n verde por el que surca un r√≠o totalmente an√≥nimo. Al fondo, entre los √°rboles, un puente de piedra. Lo busco y debo meterme en un barrio pobre, casi villa. Retorno a la civilizaci√≥n y paso ahora frente a otra caricatura de castillo, esta vez morisco, que es nada menos que el Instituto Manuel de Falla. En frente, otra construcci√≥n con aires exoticoides: la Defensor√≠a de los Derechos del Ni√Īo.

            Por consejo de mi anfitri√≥n, ceno en El Ferroviario, a escasas tres cuadras del hotel. Un hermoso edificio de principios de siglo XX, parecido a una mansi√≥n, con amplia galer√≠a y salones de c√°lida boisserie, Me entero de que supo ser una cl√≠nica para empleados del ferrocarril. Tras un chop de birra bermeja alla spina, empiezo con una empanada de carne cortada a cuchillo y completo con un estupendo pac√ļ a la parrilla con papas fritas debidamente rociado con un vaso de Sauvignon blanc Latitud 33.

Lunes 11

Me despierto con lluvia. Hace fr√≠o. Hoy me toca La Falda, pero antes, simplemente tengo que ir a ver lo que quede de la estaci√≥n. El edificio es, para variar, una belleza y, como ahora funciona ah√≠ el Registro Civil, est√° impecable. Cumplido el ritual, encaro la ruta. Que se contonea horizontal y verticalmente, abundante de tr√°nsito. Paso varias veces las v√≠as ya in√ļtiles del ferrocarril y cada vez es un golpe bajo. Finalmente, llego a

LA FALDA

solo que la gallega del GPS no reconoce mi hotel y me hace dar mil vueltas por una ciudad que se ve toda suburbio comercial sin una gracia que la redima. Enresulta que el hotel Mediterráneo, cuya reserva Despegar.com me ha confirmado, no existe o, en todo caso, no existe más. Genial, porque no tengo nada de ganas de quedarme en La Falda un minuto más y encaro la ruta a San Agustín de Valle Fértil, provincia de San Juan, y puerta de acceso al parque del Valle de la Luna.

            Por el camino, contra todos los llamados de la prudencia vista la nueva ola de Covid, levanto a un mochilero que se inmola bajo el ahora sol en picado. Se llama Pablo, tiene cuarenta a√Īos, de profesi√≥n malabarista, que se encamina a M√©xico v√≠a la Quiaca donde lo espera un amigo, que ha dejado en C√≥rdoba a su hijo de once a√Īos con la madre (del hijo) y el abuelo (tambi√©n del hijo). Ya ha viajado a la buena -es, como siempre, un decir- de Dios por varios pa√≠ses de Am√©rica. Su prop√≥sito en este viaje es juntar dinero para construir su casa en C√≥rdoba. Por razones de distanciamiento social obligatorio, lo hago sentarse atr√°s. As√≠ llegamos a Patqu√≠a, de donde una ruta de ripio poco clemente nos llevar√° a San Agust√≠n. En el mero l√≠mite con San Juan comienza el asfalto, que se ver√° interrumpido, pero, varias veces porque el r√≠o (que ahora est√° m√°s seco que lagrimal de verdugo nazi) se lo ha ido comiendo, a veces del todo y otras con tarascones que arrebatan la mitad.         

Cada tanto, un caser√≠o de cuatro o cinco viviendas. ¬ŅDe qu√© vivir√° esta gente? ¬ŅD√≥nde compra sus provisiones? ¬ŅA qu√© escuela van los chicos?

Y así arribamos a

SAN AGUST√ćN DE VALLE F√ČRTIL

Un pueblito pachorro arrimado a la monta√Īa, con su √ļnica plaza rodeada de alg√ļn que otro bar. El hotel es una casa chorizo y mi habitaci√≥n la √ļltima. Pablo ha resuelto dormir por ah√≠. Nos hemos dado cita a las ocho para seguir viaje. El encargado me recomienda un restorancito a dos o tres cuadras donde, aunque ofrecen ‚Äúspaguety‚ÄĚ, me como un bife de chorizo elefanti√°sico.

Martes 12

Me despierto temprano, me organizo, respondo correos y a las ocho en punto salgo. Pablo no est√°. Lo espero unos minutos y voy a cargar nafta y sacar dinero del √ļnico cajero. La cola es extensa, pero un empleado pregunta si hay alg√ļn mayor de sesenta a√Īos y paso raudo. Vuelvo a dar una vuelta por el hotel a ver si aparece Pablo y, como no da se√Īales de vida, salgo a la ruta.

            Donde me lo encuentro haciendo dedo. El cielo se ha encapotado y amaga lluvia. El camino est√° en perfecto estado y totalmente desierto. Sin darme cuenta me encuentro manejando a 170 km por hora. A las diez menos diez llegamos finalmente al

VALLE DE LA LUNA, PARQUE NACIONAL DE ISCHIGUALASTO

En el estacionamiento hay una decena de autos venidos vaya a saber de d√≥nde, porque, como dec√≠a, el camino estaba desierto. La cosa es que, nos enteramos, el valle solo puede accederse en caravana y, lo que son las cosas, la pr√≥xima es a las diez. Mando a Pablo a por un par de cafeses y algo de comer y partimos en pos de un gu√≠a vestido casi de cowboy y montado en un cuatriciclo. Nos han explicado que la cosa dura tres horas en las que recorreremos 42 km, con cinco o seis paradas. Yo me imaginaba el paisaje parduzco como las monta√Īas que los circundan, pero es entre gris√°ceo y verdoso, con formaciones que el capricho del viento ha esculpido a lo, literalmente, loco. Hay rocas como mesetas que parecen milhojas con las capas geol√≥gicas perfectamente horizontales. Otras son casi antropomorfas. Y est√°n las que han quedado inveros√≠milmente erectas montadas sobre sendas columnas irregulares. La excursi√≥n est√° muy bien organizada, con pasarelas de madera para no perturbar la ecolog√≠a. Somos una treintena de curiosos, con dos o tres familias portadoras de cr√≠os peque√Īos que, como vaticino, no tardar√°n en aburrirse como ostras y hacerlo saber de forma contundente. As√≠ y todo, se portan m√°s que razonablemente bien. Sopla un viento sur que me recuerda los implacables vendavales de Mosc√ļ. Es, nos explica el gu√≠a, el gran escultor de todo lo que vemos. Nos cuenta tambi√©n que tenemos suerte de que est√© nublado porque es cuando mejor se pueden observar los colores (es que, a m√≠, me sale bien hasta lo que me sale mal). Narra, asimismo, que el valle es el sitio m√°s privilegiado del planeta para estudiar el tri√°sico, y que se ha encontrado, entre otras maravillas, el dinosaurio m√°s a√Īejo de que se tenga noticia hasta ahora, un bicho poco m√°s grande que un mast√≠n, de 280 millones de a√Īos de edad.

            Nos hemos detenido a admirar el Valle Pintado, que es como se llama un sitio donde se juntan y pelean varios tonos de pastel, la Cancha de Bochas, un reguero de esferas casi perfectas del tama√Īo de una pelota de f√ļtbol producto de la desaparici√≥n de un r√≠o, el Hongo Submarino y los que he bautizado Monumento al Martillo (una geomorfosidad que semeja, en efecto, un √≠dem descomunal de unos diez o doce metros de altura, y Monumento a la Taba, una laja de unos cinco o seis metros de circunferencia montada en su columna tambi√©n de unos doce metros de alto. La pen√ļltima parada es en un edificio circular en cuyo centro hay un yacimiento arqueol√≥gico y, a un costado, la tienda y los enseres del equipo de paleont√≥logos. Es (o simula ser) un modelo de campamento. Una muchachita de digo yo que veintitantos, estudiante de biolog√≠a de la Universidad de San Juan, nos detalla c√≥mo se organizan las expediciones. Nos menciona, adem√°s, al gringo cuyo nombre lleva esta especie de muse√≠to, William Sill, que lleg√≥ porque le hab√≠an hablado del sitio, se enamor√≥ de √©l y de una sanjuanina que le hizo cuatro hijos y se qued√≥ a pelear porque el lugar fuera declarado por la UNESCO patrimonio com√ļn de la humanidad. Esto solo le habr√≠a valido el homenaje. Pero hubo m√°s. Seg√ļn √©l mismo dice en las memorias que orden√≥ que se publicaran p√≥stumamente, fue el Schindler sanjuanino, que salv√≥ de la muerte a manos de los genocidas a veinte alumnos suyos. Me he puesto a hurgar en la g√ľiquipedia y extraigo estos pasajes (l√°stima que tan mal traducidos):

‚ÄúReporte de un polic√≠a federal. Ellos tienen dos camiones como los usados para transportar carne refrigerada, camiones usados para transportar pedazos de bifes. Estos son usados para llevar los cuerpos de las personas asesinadas en los campos de concentraci√≥n. Su relato: una noche de trabajo en una inspecci√≥n pararon un cami√≥n de carne completo, con el nombre de la compa√Ī√≠a y todo. Los conductores sonrientemente les mostraron sus credenciales y abrieron las puertas de carga. Adentro hab√≠a cerca de 20 cuerpos de gente joven colgados de la mand√≠bula inferior en ganchos de carne. Ellos estaban en camino de tirarlos en el r√≠o en dep√≥sitos de basura‚Ķ

Cada atardecer el oficial de inteligencia a cargo enviaba una lista de nombres a ser ejecutada en secreto. Estos eran entre 8 y 12 personas enviados cada tarde e inclu√≠an hombre y mujeres de todas las edades. Estas eran personas que ellos (la gente de inteligencia) sent√≠an que definitivamente estaban involucradas en alg√ļn aspecto en actividades subversivas ‚Äďno les importaba en qu√© aspecto-. Esta gente era sacada afuera a la noche en autos y camiones a lugares desolados y se les disparaba uno por uno. Luego se los colocaba en tumbas masivas y se los cubr√≠a. Ninguna pista quedaba de ellos, no figuraban en ninguna lista de prisioneros, y ninguna organizaci√≥n gubernamental admitir√≠a que ellos hab√≠an sido arrestados alguna vez. Ellos dejaban detr√°s peque√Īos ni√Īos, propiedades, deudas, creando un tremendo desastre legal porque nunca ser√≠an probados muertos. 10.000 hab√≠an sido matados de esta manera. El oficial que contaba esto estaba enfermo, disgustado y avergonzado. A causa de la fuente de este reporte, yo averig√ľe a trav√©s de unos amigos de la embajada de Estados Unidos si estar√≠an interesados en un reporte. La respuesta volvi√≥ que ellos ten√≠an instrucciones desde Washington de no recibir informaci√≥n contraria al r√©gimen militar. Esto fue alrededor a diciembre de 1976.

Esta es la historia de Ricardo Caballero, un estudiante m√≠o de la Universidad de San Juan. √Čl era muy lindo chico que estaba terminando la carrera en Geolog√≠a. √Čl no era pol√≠tico ni estuvo envuelto jam√°s en ning√ļn grupo estudiantil. En enero del 77 fue asesinado por la polic√≠a local en una plaza de la ciudad cuando estaba con su novia. Su novia era tambi√©n estudiante de Geolog√≠a llamada Br√≠gida Castro, de una prominente familia sanjuanina. La historia oficial fue que √©l se resisti√≥ al arresto y ten√≠a conexiones terroristas.  De acuerdo a unos amigos la historia fue esta: algunos polic√≠as locales estaban tomando ventaja de su posici√≥n de invulnerabilidad y poder ilimitado para someter a las personas. Uno de los modos que ten√≠an de hacer esto era observar a las parejas en las plazas locales, tomar al muchacho y apartarlo y obligarlo a buscar a su novia a menos que volviera con dinero. Aparentemente esto fue lo que le pas√≥ a Ricardo, pero el seguro del arma del polic√≠a no estaba puesto y accidentalmente se dispar√≥ mat√°ndolo. Para cubrirse tuvieron que reportar un intento de arresto y justificarlo con una redada en la casa. Como sea el hermano de Ricardo es un abogado que inmediatamente ten√≠a a un juez federal en la casa y catalogando todo. M√°s tarde cuando la polic√≠a volvi√≥ ‚Äúencontr√≥‚ÄĚ literatura subversiva. Esto es insostenible (apartado: la posesi√≥n de literatura ilegal es un crimen punible con 3 a√Īos de prisi√≥n tanto como el uso de un lenguaje abusivo a un miembro de las fuerzas armada. Esto hac√≠a muy f√°cil de justificar un arresto, los oficiales arrestantes siempre llegaban con las manos llenas de panfletos para esparcirlos alrededor de la casa). De cualquier modo, el pobre Ricardo est√° muerto, uno de los chicos m√°s agradables que conoc√≠ durante mis a√Īos en San Juan.

La historia de Claudio Sarrote, un chico de una familia que he conocido por varios a√Īos. √Čl era pol√≠ticamente activo en la universidad, no realmente un l√≠der, pero activo. En su √ļltimo a√Īo en la escuela de Medicina, fue arrestado como de rutina, durante una visita a un paciente, llevado a la estaci√≥n de polic√≠a local. Cuando la Polic√≠a federal lleg√≥ por √©l, le colocaron una capucha sobre la cabeza, brazos amarrados como de costumbre, colocado en el suelo de un auto y conducido en zigzag por alrededor de una hora. Luego fue llevado a un lugar no identificado. Mientras era mantenido esperando solo en una habitaci√≥n, fue desvestido, dejado desnudo, excepto por la capucha, y sus brazos siempre atados. Alguien entr√≥ en la habitaci√≥n, le orden√≥ que se pusiera de pie. Cuando lo hizo lo golpearon en el est√≥mago, luego sigui√≥ una dura golpiza, terminado por un ‚Äústomping‚ÄĚ, cuando yac√≠a en el suelo. Durante este tiempo, aproximadamente una hora, no hubo preguntas. Tras eso √©l fue colocado sobre los resortes de una cama, con sus brazos y piernas cableados a los resortes met√°licos. Luego el interrogador lleg√≥ con la m√°quina de torturar el√©ctrica. Fue interrogado por 3 d√≠as, sin nada de comida y con muy poco de beber. Ellos quemaron hoyos en las plantas de sus pies, ampollaron el interior de su boca, colocaron la picana el√©ctrica en su ano, y todo lo dem√°s que era parte del procedimiento Standard. Despu√©s de haber terminado con √©l, lo retuvieron una semana y lo enviaron a la prisi√≥n. Esto fue antes que los militares fueran levantados, en marzo 1976, por lo que ten√≠a permitidas las visitas en prisi√≥n. Yo lo vi all√≠. Vi las marcas en su cuerpo, los agujeros en su pecho, estaba a√ļn hinchado alrededor de la cara, todav√≠a ten√≠a marcados los cables en sus brazos. Hasta ahora √©l ha estado preso por dos a√Īos, sin haber sido acusado de ning√ļn crimen.

El embajador suizo en Argentina dio las siguientes estadísticas: 20.000 personas desaparecidas, 5000 de las cuales se sabe que están muertas. Yo creo que esta información es significativa, ya que sin dudas llegó desde la Cruz Roja, que tiene una oficina internacional aquí. Nosotros sabemos por nuestra experiencia personal con ellos, que ellos solo reciben (aceptan) información de familiares, y que cada persona reclamada como desaparecida o fuera de contacto, eran colocada en una lista separada, con detalles de la desaparición, etc.

Cosas de las que soy yo testigo en persona. El hogar de una familia redado durante la noche. La puerta fue destrozada, las pertenencias de la familia arrojadas al suelo. Los muebles y aparadores, destruidos, la madre y el padre capturados, dos ni√Īos peque√Īos dejados solos llorando, uno de ellos de 2 y medio a√Īos y el otro de 6 meses. Los vecinos vinieron y trataron de consolar a los bebes. Nada se supo de los padres por un mes. Durante ese tiempo la esposa y madre fue llevada fren√©ticamente de la estaci√≥n de polic√≠a a la base militar. La pareja no fue alistada entra las personas bajo arresto y las autoridades del ejercito dec√≠an que no ten√≠an permitido develar informaci√≥n. Ellos estuvieron entre los afortunados que regresaron. 20000 nunca volvieron, muchos est√°n muertos. Madres y padres forman filas frente al Ministerio del Interior para reclamar por los desaparecidos. La respuesta es invariablemente ‚ÄúNada a√ļn‚ÄĚ, regrese en 2 semanas. Nelly esper√≥ en esta rutina cuando Tito despareci√≥. Este caso de personas desaparecidas es uno de los m√°s crueles e inhumanos actos infligidos por las autoridades militares. No saber si un hijo, o una hermana o un marido o esposa est√°n vivos o muertos, es una herida insanable. Una mujer llorando les ped√≠a a los soldados del Ministerio ‚ÄúS√≥lo d√≠ganme si est√° vivo o muerto, ya no tengo m√°s l√°grimas para derramar, pero d√©jenme estar en paz, √©l es mi hijo‚ÄĚ. https://www.sanjuanalmundo.com/articulo.php?id=16917

De estas cosas se entera uno (uno que quiere enterarse, claro) visitando sitios paleontol√≥gicos. Porque la dictadura est√° siempre acechando desde el fondo de cualquier historia. Y pensar que tengo amigos que los defienden y a√Īoran. ¬°NUNCA M√ĀS, HIJOS DE REMIL PUTAS; ¬°NUNCA M√ĀS!

            Casi me da verg√ľenza seguir con mi narraci√≥n que se me hace ahora tan anodina, tan culpable. Pero, en fin, esta es la cr√≥nica del viaje y el viaje sigue. De regreso a la base, visitamos el peque√Īo cuan formidable museo, con sus esqueletos monstruosos, sus apasionantes v√≠deos y sus explicaciones tan claras como amenas y exhaustivas. Comemos unas empanadas y retomamos la deriva por la ruta desierta y trazada en medio del verde. La idea es pernoctar en

SAN FERNANDO DEL VALLE DE CATAMARCA

Que se ve a la distancia, como un juego de ‚Äúmis ladrillos‚ÄĚ abandonado al pie del cerro vertical. Es, l√°stima, la ciudad menos llena de gracia que he visto en mi pa√≠s (y en unos cuantos otros). Salvo un par de edificios coloniales o casi alrededor de la plaza central no hay absolutamente nada que valga la pena consignar. Como me ha tocado un departamentito de dos habitaciones, meto a Pablo de contrabando para que se d√© una -¬°ay!- cu√°n demorada ducha. Nos compramos algo de jam√≥n y reggiano, un par de mangos y una botella de Rutini cabernet-malbec y esa es nuestra cena.

Miércoles 13

Pablo deja el cuarto a las seis para que no se advierta que ha estado de poliz√≥n y yo me quedo hasta las nueve, que tengo sesi√≥n telef√≥nica con mi terapeuta que me ayuda a que X√≥chitl tenga la adolescencia menos traum√°tica posible. Vamos a ver si hay algo que ver y lo √ļnico que llama la atenci√≥n son unas colas interminables frente a los bancos. Interminables de perderse alrededor de ambas esquinas. Es trece, no vence ning√ļn servicio ni toca ning√ļn cobro. ¬°Misterio!

            Otra vez la ruta fantasmag√≥rica y la velocidad sideral, con unos pocos kil√≥metros sinuosos envueltos en una neblina como de algod√≥n. Pero no sufrimos m√°s de media hora. A la una o dos ya entramos en

SAN MIGUEL DE TUCUM√ĀN

por una senda poco auspiciosa que me hace temer otro chasco. Separa ambas manos del bulevar una plazoleta por cuyo centro pasan los rieles de un ferrocarril de trocha angosta, sin duda el Belgrano, que parecen en servicio. Solo que cada cien o ciento veinte metros cruzan tan campantes las transversales. En efecto, a cada lado se yerguen las cruces que anuncian el paso a nivel y hay, en esos cuatro o cinco kilómetros, dos barreras obviamente en uso. Casi inmediatamente tras la segunda, la mole cerrada a cal y canto de la otrora estación, aunque detrás se adivinan algunas formaciones de carga. He de venir, me prometo.

            El Hotel del Norte queda en la Avenida Rep√ļblica Siria y se ve mejor de lo que es, pero cumple su cometido. Pablo ha ido a explorar d√≥nde dormir y yo salgo para el centro a ver, aunque m√°s no sea por fuera, la Casa de Tucum√°n (donde se firm√≥ la Independencia el 9 de Julio de 1816, oh, lectores de otras latitudes). Pero, de camino, la estaci√≥n del ferrocarril Mitre. Una de esas a lo bestia, con dos enormes b√≥vedas protegiendo los cuatro andenes‚Ķ pero tambi√©n clausurada, salvo que porque se cay√≥ no s√© qu√© puente y quedaron varadas las formaciones que prestaban nuevamente servicio hasta hace no tanto. Desde un puente puedo sacar unas cuantas panor√°micas del que ahora parece un cementerio de trenes. Ya cerca del centro propiamente dicho, comienzan las gemas arquitect√≥nicas. Edificios verdaderamente espl√©ndidos, varios bien afrancesados con todo y mansardas, como no los hay casi sobre la ruta que bajaba del Alto Per√ļ. La gran pena es que est√°n dispersos: no hay, en verdad, casco antiguo, y lucen como perlas aisladas en un colgajo de baratijas. La gran excepci√≥n es la Avenida Sarmiento, que tiene dos (¬°dos!) cuadras enteras de maravillas: el antiguo casino, el Palacio Legislativo, el Colegio Nacional (de los primeros, fundado por el mism√≠simo Mitre) y alguno m√°s. Solo que me he quedado sin bater√≠a y tendr√© que venir ma√Īana.

            Llego agotado y me contento con cenar las sobras de ayer. A todo esto, ha comparecido Pablo, que no encontr√≥ d√≥nde dormir a salvo y pide licencia para hacerlo en el auto. Conoci√≥, dice, a una pareja de malabaristas como √©l, como √©l desahuciados, salvo que metidos en la droga, que se aprestaban a hacer vivac al borde de la villa que bordea las v√≠as del Belgrano. ¬ŅC√≥mo se las arreglar√° a partir de pasado ma√Īana, cuando la vida y la ruta nos desgajen para siempre? ¬ŅC√≥mo ser√° tener cuarenta a√Īos sin m√°s techo fijo que la intemperie, sin un peso, con una mochila deshilachada por toda hacienda, con un hijo que qui√©n sabe cu√°ndo volver√° a ver, habiendo dejado atr√°s una mujer que, me cuenta, es due√Īa de un peque√Īo pero pr√≥spero negocio, creo que de zapatos? ¬ŅC√≥mo ser√° ganarse el poco pan tirando balizas al aire en un sem√°foro? ¬ŅC√≥mo ir viajando al azar del autostop a M√©xico‚Ķ a amasar una √≠nfima fortuna arrojando balizas? ¬ŅC√≥mo pasar fr√≠o y hambre, despertarse un d√≠a con tos o fiebre o dolorido y no tener a qui√©n recurrir? Me he acordado de la inacabable caminata de David Copperfield, hambriento, exhausto, aterido y calado hasta los huesos, con su hatillo anudado a un palo. Pero es un s√≠mil en el fondo falaz. Porque, en el caso de Pablo este destino no es obra del destino, sino de la propia voluntad. Y √©l lo cumple sin dejar de sonre√≠r. Debi√≥ ser √©l quien escribiera estos versos m√≠os: Good news Ill still be hearing and new music (Me tocar√° todav√≠a o√≠r buenas nuevas y nueva m√ļsica). Cu√°nta simbiosis de coraje e irresponsabilidad.  ¬°Buen viaje, ef√≠mero camarada!

Jueves 14

Me las arreglo para dejar que Pablo se d√© su segunda ducha seguida y desayune de contrabando. A todo esto, me ha ubicado mi amigo virtual Ariel Espinoza, que no solo vive por estos pagos, sino que labura en el Belgrano.Nos damos cita al mediod√≠a, con lo que tengo dos horas para pasear c√°mara en mano, comenzando, por supuesto, por la Avenida Sarmiento. Y haciendo luego una minuciosa recorrida de los aleda√Īos de la estaci√≥n del Belgrano, a la que, ay, no se puede ingresar, pero que puede apreciarse en su dilapidada gloria desde un mon√≠simo puente peatonal. Por cierto, que aqu√≠ tambi√©n he visto las mismas colas infinitas. Me atrev√≠ a preguntar para qu√© eran y me replicaron que, Para el banco. No quise indagar m√°s. Por la radio entrevistan a un cacique -no llego a determinar de qu√© etnia- que en un castellano envidiable explica las dificultades de todo tipo con que tropieza su gente, una entrevista que ser√≠a impensable en Buenos Aires.

            A las doce estamos con Ariel dando cuenta de sendas birras y patatas bravas. Ariel es de estirpe ferroviaria, cuarta generaci√≥n, y como tal comprensiblemente proclive a la letan√≠a. Me cuenta historias de sus inicios en Taf√≠ Viejo, de la destrucci√≥n del Museo Ferroviario de Tucum√°n y del llorado desguace de La Argentina, la locomotora de vapor m√°s avanzada del mundo, obra del ingeniero Livio Dante Porta, que la Fusiladora decidi√≥ aniquilar como tanta obra que el peronismo dej√≥ inconclusa bajo la metralla de los Gloster Meteor que acribillaron a cuatrocientos inocentes en la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955. Amarcord el d√≠a que visit√© el Museo de Didcot, cuando el jubilado ferroviario que me vendi√≥ la entrada, al enterarse de que era argentino, exclam√≥, ¬°La patria del ingeniero Porta! Y evocamos al maquinista Savio, emperador de La Emperatriz, la locomotora 191 del expreso a Rosario. Savio era c√©lebre por conducir aquel monstruo vestido de punta en, literalmente, blanco, y de bajarse al cabo de los trescientos kil√≥metros con el traje tan albo como cuando hab√≠a partido. Se comenta que fue √©l quien condujo la locomotora del tren que llev√≥ a Rosario al Pr√≠ncipe de Gales, y que su Alteza quiso felicitarlo en persona.

            A la una y media recojo a Pablo, que se ha quedado por ah√≠, y salimos. Paramos unos minutos en San Jos√© de Met√°n (a ver la estaci√≥n, por supuesto, ¬Ņa qu√© otra cosa, si no?) y seguimos hasta

GENERAL G√úEMES

donde no doy con la se√Īora que me prometi√≥ alojamiento, pero s√≠ con un hotel que me hospeda por mil pesos. Pablo va a dormir otra vez en el Fiat. Yo me hago recomendar el restor√°n de la Sociedad Espa√Īola, en el que, √ļnico comensal, me bajo en delicioso bife de lomo con fritas rociadas con un blanco de la casa que se deja beber pero sin demasiado fervor. El pueblo, como San Agust√≠n, no tiene nada de notable, pero es sumamente acogedor. A las ocho, ha salido a la plaza hasta el √ļltimo chango, y dos polic√≠as mujeres se ocupan de dirigir el denso tr√°nsito de tres o cuatro motos y un par de coches, deteni√©ndolos parsimoniosamente para que los viandantes locales puedan cruzar sanos y salvos la calzada.

            Por primera vez estoy despierto a la una y media, a ver si me pon√≠a al d√≠a con estas pamplinas.

Viernes 15

No s√© si por estar mal sentado tecleando o a causa de un aire proveniente del ventilador de techo, me ha dado un dolor de espalda a la altura de los ri√Īones que me tiene despierto a las cuatro pasadas de la ma√Īana que son. Me tom√© un paracetamol y un tafirol. He probado todas las posiciones del ‚Äúcama‚ÄĚ Sutra, me di una ducha todo lo caliente que me aguant√≥ la espina dorsal, agachado para que el agua me cayera exactamente en la zona de desastre. ¬°Nada! Espero que, entre el poco sue√Īo y la altura, ma√Īana llegue a San Antonio sin mayores tropiezos y que logre recuperarme para disfrutar a full el tren.

            Son la cinco menos veinte y el dolor por fin parece amainar; laus Deo!

            Me despierto a las ocho preocupado por no haber dormido bien antes de encarar el camino de monta√Īa a San Antonio de los Cobres que recuerdo sinuoso, mal mantenido, y cortado cada tanto por el ‚Äúvolc√°n‚ÄĚ (que es como llaman al alud por estos pagos). Pablo me ha dejado la llave del auto y ya no volver√© a verlo. Era buena compa√Ī√≠a, pero yo ya extra√Īaba mi soledad. Cumplo con mi peregrinaje a la estaci√≥n, desayuno un rico tr√≠o de medias lunas con caf√©, desisto de hacer la cola interminable para el cajero autom√°tico, lleno el tanque y‚Ķ en route !

Los cuarenta kil√≥metros a Salta, capital, son entre montes √≠ntegramente verdes, pero sin √°rboles, el tr√°nsito se hace molesto y el culebreo por los arrabales menos auspiciosos de la ciudad en busca de la ruta 150 – exasperante. Lo mismo las primeras veinte millas varado tras toda laya de camiones. Hasta que, de improviso, el tr√°fico se desvanece y la ruta se ofrece perfecta. Va a haber, desde luego, una decena de ‚Äúvolcanes‚ÄĚ inoportunos, pero f√°cilmente salvables, todos recientes y todos ya en reparaci√≥n. Y aqu√≠ comienzan, inesperadamente, casi, ciento cincuenta de los m√°s formidables kil√≥metros que he recorrido. La subida se nota apenas en el rezongo de las velocidades superiores mientras la inmaculada cinta de asfalto va esquivando monta√Īas inicialmente verdes, tupidas de vegetaci√≥n, pero siempre sin √°rboles (excepto los que de cuando en cuando consienten arrimarse a la ruta), que luego se ir√°n secando al sol implacable. De cerca o de lejos, me sigue paciente la v√≠a del ferrocarril, que de pronto se cansa y se me cruza por un puente de hierro invariablemente aherrumbrado y como a punto de levantar vuelo. El cielo es de un azul casi marino y navegan por √©l nubes absolutamente blancas que o forman flotillas o asoman t√≠midamente como plumas. Ahora han acudido a vigilar mi tr√°nsito hileras o c√≥nclaves de cactos de brazos marcialmente pegados al cuerpo o en alto, como de cinco metros de altura. De la monta√Īa parecen bajar lentamente sus colegas rezagados. O no, acaso est√©n trepando penosamente, cada vez m√°s ralos. A mi derecha, caminan con desgano dos indias con sus sombreros negros y sus ponchos de colores haciendo befa de la can√≠cula infernal. No he visto ni ver√© a nadie m√°s. ¬ŅDe d√≥nde vienen? ¬ŅAd√≥nde van? ¬ŅPor qu√© y para qu√©? Indiferentes al hast√≠o o la resignaci√≥n de estas dos figuras incongruas y al desconcierto de quien las mira existir, con su piedra a flor de piel, los montes se disputan y arrebatan decenas de tintes minerales: bermejo, ocre, pardo, punz√≥, verde, granate, gris, ¬°hasta blanco! No hay dos iguales. Cada muy pero muy tanto, un par de ranchos de adobe. A veces agrupados en minivillorrios de cinco o seis. Unos cuantos, eso s√≠, con paneles solares y antenas parab√≥licas. Arribo a un oasis de √°rboles que entunelecen la ruta. A la derecha los dos edificios primorosamente decorados con temas infantiles de una escuela ‚Äúde monta√Īa‚ÄĚ, detr√°s de la cual pueden verse los arcos de f√ļtbol o los soportes para las redes de b√°squet. El puebl√≠n se llama Afrasito y m√°s adelante, puentecito casi de juguete por medio, puede ingresarse en una especie de patio con rotonda al centro que separa la moderna escuela secundaria (construida en 2008), la capillita casi infantil y un restor√°n y mercado de artesan√≠as de f√°brica igualmente moderna‚Ķ ah, y el ‚Äúcomedor‚ÄĚ, porque hay que alimentar a los ni√Īos y qui√©n sabe si no a sus padres.

            He venido bordeando el cauce amplio y reseco del r√≠o Toro, que seguro que cuando se enoja hace honor a su apelativo, pero que, como el de Monterrey cuando manso, hoy de r√≠o no tiene nada pero nada. Hacia adelante, a lo lejos, ya es frecuente ver las crestas coronadas de cactos; se me hacen los indios que de pronto asoman amenazantes a lo lejos en las pel√≠culas del far west. Ahora se extiende a mi derecha un pastizal en el que se aburren una o dos docenas de vacas. Algunos ranchitos exhiben, asimismo, corrales seguramente de cabras u ovejas. ¬ŅDe qu√© viv√≠an los de m√°s abajo, que ni d√≥nde plantar parec√≠an tener? ¬°A mi izquierda un chalet! Ah, no: es la estaci√≥n Chorrillos, con su par de v√≠as -nunca mejor dicho- muertas, su vetusta bomba de agua para locomotoras de vapor y un vag√≥n todo carcoma como fun√©reo recuerdo de tiempos mejores.

            Me cuesta convencerme de que no me ha dado sue√Īo. Como desconf√≠o de mi improbable vigilia, me detengo a dormir mis ahora seguro que m√°s de mis cinco o diez minutos de norma que tanto azararon a Pablo. Mando el respaldo para atr√°s, improviso una almohada con mi campera, pongo Richard Strauss en apenas audible, cierro los p√°rpados y empiezo a contar de cien para atr√°s. ¬°Nada! Bueno, ya dormir√© en el hotel.

A medida que subo, las cumbres van achatándose hasta quedar casi a mi altura. Cuando ya semejan un simple cerco de piedra amarillenta, un cartel anuncia que estoy en Abra Blanca y todo lo alto que puedo estar, a 4.080 metros arriba de la playa. Me bajo y siento a pleno la estafa de la atmósfera: cada paso exige su jadeo, para colmo, ruidoso. Me encuentro con tres templetes o santuarios cargados de botellas vacías (la moneda de la devoción en este país inverosímil). El más grande es, en realidad un montículo de envases diversos de casi dos metros de altura (el montículo, no los envases); los otros dos son capillitas en miniatura, rodeadas por la feligresía de botellas. Un segundo cartel homenajea al suboficial de Gendarmería de los Andes que en 1915 marcó el récord mundial de altura en automóvil en pos de establecer el corredor bioceánico Un tercero anuncia el descenso y recomienda verificar los frenos.

            Y la ruta deviene un dulce tobog√°n que serpea ya por una planicie inclinada. Las monta√Īas se han corrido, pareciera, hasta Chile. Al cabo de una curva, desparramado, literalmente, a mis pies,

SAN ANTONIO DE LOS COBRES

Casuchas, casitas, ranchos, ranchitos que no se codean, una inmensa antena circular, un cuartel‚Ķ De cerca se ver√° m√°s feo todav√≠a, con las viviendas entre hasta monas y percar√≠simas esparcidas a como d√© lugar. Descubro, por suerte, un remedo de estaci√≥n de servicio (cuatro surtidores, dos de ellos cad√°veres) y una casucha. Seguro que no aceptan tarjetas de cr√©dito‚Ķ y yo tengo solo tres lucas en contante. El Hotel de las Nubes es un enorme chalet, a los lados de cuya puerta yacen sendas indias de invariable chamberguito prieto y poncho pol√≠cromo con sus tendidos de artesan√≠as prescindibles. Me saludan ceremoniosamente. El hotel parece casi desierto. ¬ŅCu√°n pr√≥spero podr√° ser el negocio de estas mujeres esculpidas por los siglos de sometimiento al yugo en el mejor de los casos indiferente de los europeos? Las miro, evoco a las que vi hoy en medio de la nada, y comprendo -con culpa y pena comprendo- que, chamamecero ac√©rrimo como soy, y amante insaciable de la zamba, la chacarera y el gato, tengo menos en com√ļn con ellas que con un noruego de Bergen o un liban√©s de Byblos. Como si la Argentina de este pueblo y otros tantos que ya estaban fuera un palimpsesto vagamente discernible bajo un blondo retrato de Durero. Quiz√°s los chicos blancos y morochos y aindiados y burgueses, fabriles o campesinos que fueron enviados ignominiosamente al muere en Malvinas se hayan sentido genuinamente hermanados por el miedo, el hambre, el fr√≠o y la cobarde ineficiencia de sus superiores. A m√≠, me temo, me est√° vedada ya esa terrible epifan√≠a. Los respeto, los quiero, brego como puedo (que no es mucho, mea m√°xima culpa) por la justicia para todos, pero la distancia afectiva se me hace insalvable. No son como yo. Yo, en cambio -¬°perd√≥n querid√≠simo Eduardo Galeano!-, en el fondo, sigo queriendo ser como ‚Äúellos‚ÄĚ, no como ellos. El sentimiento es, como no puede no serlo, irracional y, aunque me averg√ľence, no me responsabilizo por √©l. Lo importante, digo, no es el sentimiento, sino lo que uno hace con el sentimiento. Y yo tengo el no poco consuelo de saber, querer y poder vencerlo. En eso, al cabo, consiste la civilizaci√≥n: en ser mejores que el animal que llevamos dentro.

Pero basta de lucubraciones psicosocioetnopoliticofilos√≥ficas. Para mi cremat√≠stico solaz, me entero de que hay cajero autom√°tico y, de yapa, de que me pueden lavar el c√ļmulo de prendas que se me han, valga la redundancia, acumulado desde San Agust√≠n. Tras desensillar en una habitaci√≥n enorme y enormemente acogedora, vuelvo al comedor. No tengo demasiada hambre, pero igual pido un tr√≠o de empanadas de carne, queso y charqui de llama, con una botellita de Torront√©s. Las putas empanaditas est√°n tan deliciosas que me zampo otras tres (lo pagar√© con sangre) y, puesto a exagerar, pido tambi√©n un quesillo con dulce de cayote y nuez que me lleva con los √°ngeles. Me retiro a mis aposentos, ya muerto de sue√Īo (Torront√©s, sin duda, gratias), demorando con peque√Īeces el encuentro con Morfeo como quien dilata el juego de amor. Me despierto a las cuatro y media, me quedo remoloneando y, cuando me quiero acordar, son las seis. Chapo la voiture (no quiero arriesgarme a caminar sin escafandra en la atm√≥sfera marciana) y, cual el c√©lebre Garufa, me voy pa’l centro de rompedor. ¬°En el cajero no hay cola! Bien. Ya repuesto de alforjas, me meto a divagar a la buena de Dios. Calculo que estoy en el pueblo original, con su √ļnica calle asfaltada y las hileras de puertas y ventanucos sin soluci√≥n de continuidad que bordean la calzada. Mucha gente por las calles. Chiquilines que corretean, muchachas de jolgorio, adolescentes hormonalmente inquietos, hombres hirsutos, mujeres rotundas. A lo lejos, la cinta albiceleste del tren, pero no hay forma de llegar desde el pueblo: todas las calles cortadas a posta, vaya uno a saber por qu√©. Regreso hasta la rotonda inaugural y la carretera me lleva, en efecto, al pie de la estaci√≥n, que queda loma arriba.

            Me he dejado las gafas de sol y los telefoninos, de modo que las pas√© negras -metaf√≥ricamente, claro- y no pude sacar fotos, as√≠ que retorno al telo, me equipo y vuelvo a salir. Cargo nafta en la como quien dice estaci√≥n de servicio donde me toca limpiar yo mismo el parabrisas merced a un tacho de agua que el joven repostador me indic√≥ sin mayor entusiasmo y saco un par de fotos testimoniales.

            Ya de vuelta en la posada, me aplico a seleccionar y editar las como doscientas fotos que se me han api√Īado en el chip del austrotelefonino, tras lo cual me corro al comedor a teclear estas pamplinas, cosa que interrumpo para cenar un pollo con ensalada y una jarra de limonada celestial. Ahora estoy tirado sobre el lecho, ya a punto de ponerme totalmente al d√≠a.

S√°bado 16

Cual tem√≠a, son casi las tres y media y no he logrado persuadir el sue√Īo, as√≠ que me di una ducha y me vine al comedor (la se√Īal no llega al cuarto) a proseguir con mis pamplinas. Cuando por fin cre√≠ percibir que me protestaban los p√°rpados corr√≠ a acostarme antes de que se arrepintieran. Apremio in√ļtil. Me di una ducha, a ver, pero nada. La √ļltima vez que consult√© el reloj fue pasadas las seis y ah√≠ s√≠ debo de haberme dormido. Pero a las ocho y media volv√≠ a despertarme y aqu√≠ estoy, desayunando. ¬°Con tal de no quedarme dormido en el tren! Bueno, si ayer aguant√© todo el viaje, ¬Ņpor qu√© no hoy, vero?

No s√© c√≥mo son los insomnios ajenos, pero los m√≠os son dulcemente ajetreados. Mi cr√°neo es como una sonaja virtualmente agitada en la que se mezclan, como bolillas en un bolillero, infinidad de recuerdos de toda especie: viajes, sitios, mujeres, historias, an√©cdotas‚Ķ de pronto se me da por contar aeropuertos en los que he aterrizado, o l√≠neas a√©reas en las que vol√©. Ayer les toc√≥ el turno a los viajes como √©ste, no relacionados con el trabajo y en dulce solitario. Cont√© unos cuarenta y seguro que me faltaron unos cuantos. No m√°s de Viena a Ginebra y de Ginebra a Viena han de haber sido una treintena, excepto que varios los hice con la Turca, con alguno de mis sobrinos o con Nadia y m√°s tarde con ella y Valeria. Despu√©s est√°n mis descensos casi anuales a Trieste, y Gales, y dos o tres veces el norte de Italia, y Sicilia, y Eslovenia, y el periplo Monte Verit√° (solo que con el acento al rev√©s)-Aahrus-Estocolmo, y dos por el nordeste brasile√Īo, y la Fiesta Nacional del Chamam√©, y Alicante-Valencia-Castell√≥n-Salamanca-Barcelona (todas al hilo hace un par de a√Īos), y de Nairobi a Victoria y vuelta‚Ķ Y como cada vez, vuelvo a preguntarme en premio que qu√© virtudes o en perd√≥n de qu√© pecados. ¬°L√°stima que ya puede columbrarse el carretel! Pero, por una parte, ¬Ņqui√©n me quita lo bailado?, y, por la otra, ¬°calavera no chilla! Como escrib√≠ cuando ni so√Īaba con el fin de la pel√≠cula:

Si la Parca me viniera

Con su guada√Īa este d√≠a.

Sin compunción le diría:

‚Äú¬°Despu√©s de usted, compa√Īera!‚ÄĚ

Me hago amigo de Jero y Agus Roitman, abogados recientes, rosarinos. Me recomiendan reservar turno en el Museo de Arqueolog√≠a de Alta Monta√Īa y en el Museo G√ľemes. En el MAAM puedo reservar ma√Īana a las cuatro; la se√Īorita del G√ľemes me llama para confirmarme turno a las cinco. Le agradezco en el alma y le pregunto el nombre para mencionarla en mi testamento. Con Jero y Agus abordo a las doce el Tren a las Nubes y, Demiurgo privado gratias, me toca ventanilla, mirando a proa, del que resulta el lado m√°s interesante. La gu√≠a explica minuciosamente la historia del ramal, aprobado ya por Mitre, pero iniciado por Yrigoyen en 1916, interrumpido durante la D√©cada Infame y estrenado finalmente por Per√≥n en 1947. La privatizaci√≥n menemita pr√°cticamente lo dinamit√≥ y ahora la l√≠nea a Chile tiene solo tr√°nsito de cargas bastante ralo y las excursiones tur√≠sticas finisemanales de San Antonio de los Cobres al viaducto de Polvorilla, apenas treinta kil√≥metros. Los seis vagones de pasajeros del tren est√°n bastante llenos. Hay, adem√°s, un vag√≥n para el personal m√©dico y de seguridad, un coche comedor y un vag√≥n de carga diz que con ‚Äúimplementos mec√°nicos de apoyo‚ÄĚ. Los carruajes est√°n bastante fan√©, descascarados y de ba√Īos precarios, pero son c√≥modos y la atenci√≥n esmerada. El paisaje, como era de esperar, magn√≠fico. Pasamos junto a una mina abandonada a mediados de los a√Īos ochenta y dos fuentes termales de agua a ochenta grados que, para variar, hace tiempo que han ca√≠do en desuso. Frente a la mina, la locomotora se coloca a la cola para empujar la formaci√≥n hasta el viaducto y arrastrarlo luego de vuelta. Apenas salvado el puente monumental, retornamos y nos detenemos media hora en una especie de rellano donde una veintena de collas venden sus artesan√≠as y unas tortillas de quesillo y jam√≥n realmente exquisitas. Un comensal se queja de que cuesten cien pesos, pero la india explica pacientemente que tiene que subir la cuesta con sus b√°rtulos y que el tren funciona solo los fines de semana de cinco o seis meses al a√Īo. Subo unos veinte pelda√Īos de fortuna hasta un mirador y el esfuerzo me deja rendido. Hasta el encendedor para pipas, que a nivel del mar es un vero soplete, paga su derecho de piso y se niega a consentir una llamita. Un grupo vestido con todos los fastos del carnaval toca y canta. Una mujer de unos cuarenta a√Īos entona chayas con su hijita de diez u once acompa√Ī√°ndose con bombo leg√ľero y caja. Explican c√≥mo bregan por perpetuar la tradici√≥n pr√°cticamente milenaria que se las ha ingeniado para sobrevivir la conquista y la cristianizaci√≥n forzosa.

Durante el regreso dormito un par de minutos y es todo lo que me cobra la noche en vela, A las dos y media estamos en el hotel, con la decisi√≥n de ir en coche hasta el pie del viaducto a ver pasar el tren que realiza su segunda salida a las tres y media. Duermo exactamente quince minutos y parto otra vez. El asfalto perime a quinientos metros del pueblo y lo sucede un camino de ripio poco amigo de los veh√≠culos. Pero son apenas dieciocho kil√≥metros. Menos mal, porque el Fiat se me ha apunado y me lleva a desgano. La vista es acojonante, porque la estructura se eleva a 64 metros y el tren all√° arriba se parece entra√Īablemente a los que supe tener.

Charlo largo y tendido con mis nuevos amigos que, abogados que son, todavía no pueden arreglárselas sin la ayuda de los padres. ¡Pobre Argentina mía! El calor es contundente y no bien saco las fotos de norma meto violín en polvorosa. Me detengo, pero, a fotografiar el cementerio de la mina Concordia, con sus tumbas desordenadas. A mi izquierda son modestas, apenas unos montículos coronados de cruces precarias; pero en frente son templetes ornados profusamente de flores artificiales. Eso, por un lado, y los ranchos coronados antenas parabólicas y paneles solares… ¡Qué Terzo Mondo más peculiar el nuestro!

A la entrada del pueblo me detiene un par de amabil√≠simos gendarmes (ya me hab√≠a sucedido camino desde Salta) que examinan con m√°s curiosidad que recelo mi licencia internacional. Explico que vivo en Viena y que la pandemia me inmoviliz√≥ de prepo hace casi un a√Īo. Se compadecen y me desean buen viaje. Llegado al hotel, me arrojo sobre el lecho y entonces la puna me cobra sus intereses. No voy a tener otro remedio que vomitar, solo que tengo el est√≥mago vac√≠o. Unas arcadas medio in√ļtiles y una prolongada ducha que aprovecho para lavar los calzoncillos de ayer y hoy me devuelven a la normalidad y ahora s√≠ puedo dedicarme a teclear mis sempiternas pamplinas. Por la tele hablan de la fortuna que el finado cuan puta√Īero fiscal Alberto Nisman ten√≠a desparramada en riguroso negro por diferentes bancos del mundo y que, por el momento, nadie puede explicar.

Las conversaciones con Pablo y los Roitman me revelan que me he transformado en un monumento hist√≥rico: no quedamos tantos que hayamos visto -y menos a√ļn los que recordamos- los primeros trolebuses, el asesinato de Ingalinella en la mesa de torturas y primer desaparecido de nuestra historia, el bombardeo de la Plaza de Mayo, la Revoluci√≥n Fusiladora, la Convenci√≥n Constituyente, la epidemia de polio, el invierno que nos encareci√≥ que pas√°ramos el capit√°n ingeniero √Ālvaro Alsogaray, el Plan CONINTES dirigido por el siniestro general Osiris Villegas, el triunfo del peronismo -por fin legalizado y raudamente reproscrito- en la provincia de Buenos Aires, el risible gobierno de Guido, la escaramuza entre Azules y Colorados con el Comunicado 150 redactado por el joven Mariano Grondona, la tard√≠amente llorada presidencia de Illia, la desaparici√≥n de los tranv√≠as y los trolebuses, la Noche de los Bastones Largos, el asesinato de Felipe Vallese por la polic√≠a y de Augusto Timoteo Vandor por los Montos, el Cordobazo y el aluvi√≥n que sepult√≥ Mendoza. Del GAN que aventur√≥ Lanusse, la matanza de Trelew, la Triple A, la defenestraci√≥n de C√°mpora, la muerte de Per√≥n, el Rodrigazo y el golpe del 76 para ac√°, ya hay m√°s testigos. Pero, de ellos, ¬Ņcu√°ntos recuerdan la Nueva Fuerza y su inveros√≠mil Julio Chamizo, el brigadier Ezequiel Mart√≠nez (el presidente joven), los demoprogresistas de Horacio Thedy, los socialistas democr√°ticos de norteAm√©rico Ghioldi y Nicol√°s Repetto, los √≠dem argentinos de Alfredo Palacios y su clon Juan Carlos Coral, la UDELPA (el partido de Aramburu, luego mancomunado bajo H√©ctor S√°ndler con los democristianos de Horacio Sueldo, los intransigentes del bisonte Oscar Alende, los conservadores populares de Vicente Solano Lima y los comunistas de Athos Fava en la Alianza Popular Revolucionaria)?

Bueno, basta de reminiscencias y a cenar mi bife de llama con mote salteado‚Ķ celestial, coronado debidamente con un quesillo con dulce cayote y nueces y debidamente rociado con un perfecto Torront√©s. Me acuesto convencido de que voy a reponerme de este par de noches de sue√Īo precario. En efecto, me quedo dormido al instante.

Domingo 17

Solo que a la una y media me despierto. Lo suficiente para quedar desvelado, pero no para concentrarme en la lectura de uno de los tres libros de Leonardo Padura que me he tra√≠do hasta ahora al pedo. El problema no es ese, porque a m√≠ la falta de sue√Īo no me afecta y suelo paliarla con fugaces siestas napole√≥nicas. Nopo; el problema es que me aburro como una ostra. No me sirve, en este trance, revolver el tonel de los recuerdos. Es como pretender pescar con la mano: cada vez que creo por fin haber atrapado una memoria, se me resbala de entre los dedos y vuelve a sumergirse.

Bien, a ver si puedo leer, entonces. Pero la luz me da mal y, semisomnoliento como estoy, me cuesta demasiado discernir las letras. Enciendo la tele, pero solo encuentro series empezadas y dobladas como el orto o programas de una tilinguería absoluta, en los que animadores mal vestidos, con fingida alegría y esforzado entusiasmo, no dejan de bambolearse un instante, se festejan a aplauso batiente y decibel desenfrenado cualquier pelotudez, vociferan sin parar y no logran que les supure una idea interesante o un one-liner mínimamente ingenioso. Me queda el probado recurso de teclear pamplinas, pero no tengo gran cosa que decir y me temo que se nota demasiado. A todo esto, se han hecho las cinco de la mattina. El escozor de párpados me ilusiona que, si guardo la compu y apago la luz, voy a poder dormir aunque más no sea un par de horas. Como decía mi abuelo Louton, se verá en la autopsia.

Me despierto a las siete y media, desayuno, pago el hotel y me despido de Jero y Agus. Hace un fr√≠o de defecarse y el cielo luce ominoso. El tobog√°n es ahora en subida, pero la pendiente es bonachona. De milagro no me llevo puesto uno de dos burros que resolvieron cruzar la carretera pr√°cticamente delante de mi paragolpes. Vaya uno a saber qui√©n ser√≠a el due√Īo y donde morar√≠a, porque a la redonda no hay absolutamente nada. Cerca de Abra Blanca llovizna e impera una neblina casi s√≥lida. Por suerte, unos pocos kil√≥metros m√°s adelante se disipa. Ahora bajo en quinta, casi regulando. Me detengo a visitar las ruinas de Tastil, que supieron ser un asentamiento precolombino de la √≥rbita incaica en el que se calcula que para el s. XVI llegaron residir dos mil personas. Subo unos diez minutos por una senda escarpada, de curvas en √°ngulo agudo. Me bajo en el estacionamiento y debo trepar unos doscientos metros, cada uno de los cuales parece cobrarse medio pulm√≥n. No tengo m√°s remedio que detenerme dos veces a respirar con enorme esfuerzo y magra recompensa. Mi jadeo es de fuelle de herrero. Por suerte, la vista es hermosa y aprovecho las pausas para tomar fotos. Hasta que llego. Como era de esperar, solo subsisten los cimientos y parte de los muros de piedra en una cuadr√≠cula ondulante. Aqu√≠ lo que fue un reservorio de agua de lluvia, all√° el camposanto‚Ķ Eso, al menos, afirman los carteles. El descenso es pulmonarmente menos exasperante, pero el suelo es irregular y no tengo otra que avanzar con rid√≠culos pasitos de geisha.

Poco despu√©s levanto a un paisano bien ind√≠gena al que el castellano se le entrevera en la boca antes de hablar. Me entero a duras penas de que parece que el autob√ļs hoy no pasa, que hasta donde lo encontr√© baj√≥ a caballo (pero no logr√© descifrar qu√© hab√≠a sido del noble equino) y que va a Quijano (ya un suburbio de Salta) a cobrar. ¬°Pero hoy es domingo! -me extra√Īo y √©l me explica (creo) que se queda hasta el mi√©rcoles. Cincuenta kil√≥metros antes de llegar nos detiene un par de gendarmes para advertirnos que en el km 31 ha habido un ‚Äúvolc√°n‚ÄĚ y que, por el momento, no se puede pasar, pero que Vialidad Nacional ya estaba enterada. En efecto, una decena de autos inmovilizados anuncian lo que ser√° un peque√Īo torrente que se abre paso por diversos surcos entre la grava que ha arrastrado. Diez o doce lugare√Īos que se ve que est√°n m√°s que habituados a este tipo de percance caminan sobre los guijarros y miden la profundidad de los cauces. La grava est√° demasiado blanda, explican, con lo que las ruedas pierden tracci√≥n. Yo amago con amagar, pero la grava est√°, nom√°s, demasiado suelta y est√° claro que no voy a poder. En sentido contrario todav√≠a no hay nadie. Pero no tarda en llegar una camioneta de la gendarmer√≠a. Al rato, unas cinco o seis 4×4 se arredran y logran pasar hacia San Antonio haciendo un alarde de baqu√≠a: se atascan, colean, retroceden, buscan otro √°ngulo y finalmente vuelven a tocar tierra. La pen√ļltima la conduce una monja resueltamente anciana. Y la √ļltima se atasca irremediablemente. De algunos coches reci√©n sumados aparecen tres o cuatro conductores armados de palas y, a fuer de echar balasto delante de las ruedas y empujar gallardamente con las botas en el agua logran salvar la situaci√≥n.

Se ha corrido, entretanto, la voz de que ‚Äúya viene la Muni‚ÄĚ. Una media hora despu√©s, los gendarmes nos ordenan dejar libres diez metros a cada lado del aluvi√≥n y casi en seguida aparece la topadora: un insecto gigantesco de seis neum√°ticos descomunales que entra a correr la grava hacia el vac√≠o, pasando una y otra vez cabriolando enojada, e ir aplanando el terreno hasta que todo queda parejo, pero bajo unos quince cent√≠metros de agua. Una hora despu√©s de haberme varado ya estoy rumbeando los treinta kil√≥metros que me faltan. Al bajar, mi pasajero me pregunta cu√°nto me debe. Cuando, naturalmente, le digo que nada, se deshace en bendiciones.

SALTA

La puta franquista de la gallega del GPS me hace dar varias vueltas al pedo, pero finalmente llego a la Posada de Casa Borgo√Īa, en la calle Espa√Īa, a cuatro cuadras del centro, un hotelito bien de pueblo: casa chorizo entre colonial e it√°lica con el comedor y la recepci√≥n al frente y las habitaciones alineadas camino del fondo. La puerta de doble hoja de mi cuarto cierra como puede (que no es mucho), el ba√Īo: dos reductos con sendas duchas, a un lado, y otros dos con bidet e inodoro, al otro, con el par de lavatorios separ√°ndolos. Bueno, para una noche y por 1.200 mangos no est√° mal. Salgo con una hora para recorrer la ciudad que ya se manifestaba deliciosamente a√Īeja, con recuas de casas italianas de complicadas molduras o coloniales con balc√≥n de madera tejado. Las he visto en Lima y s√© que tambi√©n las hay en Quito. Es palmario que estamos en una etapa importante del camino que bajaba del Alto Per√ļ al puerto de Buenos Aires. Y, como en San Miguel de Tucum√°n, una generosa dosis de solemnes edificios franceses de brunas mansardas. La Plaza 9 de Julio es hermosa. Un lado lo ocupa casi todo la catedral, reconstruida tras el terremoto de 1844. En √°ngulo la recova del Museo Arqueol√≥gico de Alta Monta√Īa y la antigua casa de gobierno, m√°s que digna de la Recoleta. A la vuelta, la casa natal de G√ľemes (reciente museo).

El MAAM es peque√Īo pero escalofriantemente bueno. Su raz√≥n de ser es exhibir -de a uno por vez- los tres ni√Īos perfectamente momificados que se encontraron en la cima del volc√°n Llullaillaco, v√≠ctimas sacrificiales de hace quinientos a√Īos. Como la visita es necesariamente veloz, llego al Museo G√ľemes media hora antes de las cinco. Romina, la muchacha a quien promet√≠ incluir entre mis herederos si me consegu√≠a un huequito hoy, es sumamente simp√°tica y, hasta donde permite discernirlo la mascarilla, tirando a guapa. Me reconoce al punto. Le digo que, aparte de incorporarla a los dem√°s aspirantes a mi hacienda, quer√≠a proponerle matrimonio. Me contesta que en treinta a√Īos que tiene es la primera propuesta cre√≠ble.

El museo est√° muy bien organizado, con v√≠deos de realidad virtual. Se va recorriendo habitaci√≥n por habitaci√≥n hasta llegar al patio trasero, ocupado por un grupo escult√≥rico de figuras de arcilla tama√Īo natural que representan ese pueblo gaucho que fue el que garantiz√≥ la Independencia resistiendo las seis masivas incursiones del aguerrido ej√©rcito espa√Īol. Lo que no explican los v√≠deos ni los carteles es que G√ľemes fue traicionado por los hacendados y comerciantes m√°s que descontentos con el ‚Äúfuero gaucho‚ÄĚ, el beneficio en tierras y exenciones fiscales a los que militaran en la guerrilla rebelde. Herido de muerte, el don Mart√≠n Miguel rechaza el ofrecimiento del general espa√Īol Ola√Īeta de hacerlo atender por sus m√©dicos y endilgarle un par de t√≠tulos de nobleza contra el compromiso de dejar de combatir a la Corona. Agonizante, G√ľemes pasa el mando a Jos√© Enrique Vidt, oficial napole√≥nico que, como Brandsen y tantos otros, recal√≥ en estas tierras despu√©s de Waterloo. Un panel rescata los nombres de aquellos ‚Äúcapitanes de G√ľemes‚ÄĚ, que, comandando grupos de gauchos desarrapados, armados b√°sicamente de lanzas y boleadoras, por todo el conf√≠n altoperuano, desgastaron a los espa√Īoles en un frente de quinientos kil√≥metros hasta obligarlos a ceder. Mart√≠n Miguel de G√ľemes, el √ļnico general ca√≠do en combate durante las guerras de la Independencia.

A la salida, charlamos largo y tendido con Romina, que me recomienda para cenar la pe√Īa La Vieja Estaci√≥n. Enfilo hacia la salida, pego media vuelta y, a boca de jarro, la invito a cenar‚Ķ y ¬°acepta! Quedamos en encontrarnos en la esquina de Belgrano y 20 de Febrero y yo salgo a hacer la reserva. La calle Balcarce es un Palermo Hollywood en miniatura, pero la pe√Īa no abre los domingos. El plan es ahora improvisar. Intento vanamente lavar el auto, pero yo, al menos me ba√Īo y emperifollo todo lo que mi ajuar de mochilero motorizado me permite. Me pongo a editar las fotos y, a la hora se√Īalada, salgo con parada en un cajero autom√°tico‚Ķ que me bloquea TODAS las tarjetas de d√©bito, lo que me deja en un estado de liquidez francamente grotesco.

Romi me da instrucciones contradictorias pero que terminan llev√°ndonos a destino. Escoge un restor√°n italiano (¬°hhhmm!), pero es la homenajeada y se har√° su voluntad. Nos sentamos a la intemperie y optamos por sendos sorrentinos de calabaza, ricota y nuez que est√°n previsiblemente mediocrones. Romi pide limonada con jengibre y yo, por obra de mi Demiurgo privado, obtengo la √ļltima botellita de blanco, de apelativo ignoto, pero lo m√°s bebible. Charlamos largo y tendido. Ella est√° separada, tiene dos hijos de nueve y tres, ha tenido poca fortuna sentimental y acaba de acabar una relaci√≥n. Me extra√Īa -¬°y halaga!- su curiosidad por mi vida sentimental. Admite o confiesa o, acaso, proclama, que le gustan los hombres mayores (¬°servidor!) porque son m√°s serios y comprensivos (¬°modestamente!). A todo esto, por supuesto, ha hecho el striptease del barbijo y la realidad supera gratamente la imaginaci√≥n (¬°y yo sin ba√Īo privado!). Quiere mi Dios personal que viva sola y los cr√≠os est√©n con el padre. Durante la velada pasan dos chiquilinas de unos ocho y doce a√Īos, la mayor seguramente embarazada, que nos piden algo de comer. Como el mozo tarda en aparecer, les doy unos pesos. Sigue un vendedor de alfajores medio sospechosos y luego un viejo que nos extiende una caja de cart√≥n en la que se descompone un s√°ndwich a medio devorar. Cado uno se lleva lo suyo. ‚ÄúNo pod√©s dejar de dar, ¬Ņno?‚ÄĚ -afirma m√°s que indaga, mi nueva amiga. No, no puedo. Est√°s chicas tendr√≠an que estar cenando en su casa con la familia, viendo televisi√≥n, lo mismo el viejo‚Ķ ‚ÄúPor eso soy comunista -arriesgo-, porque este mundo de mierda de los ricos para los ricos tiene que cambiar‚ÄĚ. Romi no quiere postre, pero yo me vengo de los sorrentinos mediante un sabroso flan con dulce de leche. Cerca de la una llegamos a su casa, como a doce kil√≥metros, ya en Quijano. Yo hace rato que ven√≠a so√Īando con un √ļltimo romance‚Ķ y no me queda otra que seguir so√Īando. Pero la ilusi√≥n fue deliciosa.

No sin varias circunvoluciones, la facha del GPS me retrotrae al hotel. Caigo rendido,

Lunes 18

pero el cotorreo de unas naifas madrugadoras me arrancan del dulce sopor a la siete de la madrugada, lo que me da tiempo para desbloquear las tarjetas. Xoch me ha pedido algo de lana y llamo a Romina en busca de asesoramiento. Ella tiene franco y se ofrece a acompa√Īarme. Tras el desayuno en el cerro San Bernardo, vamos a donde supo estar la feria artesanal y en un bolich√≠n compro un saco que me pareci√≥ hermoso, lo que garantiza que a Xoch no le va a gustar. Romi me acompa√Īa a la estaci√≥n, un edificio que, como tantos, le queda enormemente grande a la ciudad, pero que est√° perfecta y brinda, al menos, un servicio de cochemotores a G√ľemes (¬°de haberlo sabido!). Uno de ellos (seguramente el √ļnico, visto lo ralo del horario) ronronea ante el and√©n, moderno, limpio, de asientos tapizados, resueltamente primomondesco. Dejo a mi -¬°ay!- amiga en el centro y pongo rumbo a Joaqu√≠n V. Gonz√°lez. Son ciento treinta kil√≥metros de autopista y otros tantos por la ruta 16, que, contra mis recelos, est√° perfecta y, para variar, casi fantasmal. Hasta el empalme, las cuatro pistas de asfalto ondulan vertical y horizontalmente, pero apenas viro, los cerros se distancian hacia el horizonte y solo alguna curva apenas arqueada anuda de vez en cuando las rectas interminables.

Por primera vez, necesito hacer tres pausas para recuperar vigilia (como siempre, de a cinco minutos por siestita). Estoy, pues, nuevamente en la pampa‚Ķ solo que no es, claro, la pampa. El verde es casi tropical y no se ve una casita ni a una ni a otra margen, ni tampoco una res o un caballo. Como tengo tiempo de sobra, me doy una vuelta por El Galp√≥n, un pueblito carente de asfalto pero abundante en antenas parab√≥licas, pobret√≥n y feo de toda fealdad: casas de adobe re√Īidas con la l√≠nea recta, calles casi m√°s anchas que largas las, para decirles de alguna manera, manzanas, negocios astrosos, autos casi desahuciados, perros mostrencos. M√°s adelante me detengo a fotografiar el r√≠o Juramento. Y son todas mis aventuras hasta

JOAQU√ćN V. GONZ√ĀLEZ

que tiene veleidades de ciudad chica, pero desangelada a rabiar. Salvo la ruta que la rasga, solo cuatro o cinco calles est√°n vagamente pavimentadas. Dejo los petates en el Ayres del Campo y llevo el auto a higienizar a apenas dos cuadras.

De regreso, bajo la paliza agobiante de la can√≠cula, paso por un taller que, en realidad, parece limitarse a la vivienda del mec√°nico, porque toda la correspondiente parafernalia usurpa la acera y los pacientes convalecen estacionados en la calle. Hay uno particularmente chatarroso que tiene pintadas a la que te criaste las siguientes leyendas: ‚ÄúSi te hablan mal de m√≠, preguntales cu√°nto me deben‚ÄĚ, ‚ÄúNo ser√© el No. Uno, pero cuando quiero te vacuno‚ÄĚ, ‚ÄúDoy l√°stima con lo m√≠o, no presumo con lo ajeno‚ÄĚ, ‚ÄúQuien vive de envidia, muere de ravia (sic)‚ÄĚ, ‚ÄúViejos son los trapos, yo trabajo‚ÄĚ, ‚ÄúViejito, pero ando‚ÄĚ. Como van a tardar dos horas, logro ponerme casi al d√≠a con estas pamplinas.

Hacia las seis voy a buscar mi veh√≠culo y me pongo a dar vueltas por la urbe. Abundan los bulevares, con plazoleta de yuyos crecidos separando las calzadas de barro seco al sol. Ahora s√≠, equinos a rabiar, arrastrando carros desvencijados o sueltos por ah√≠. Solo veo cuatro edificios presentables: un hermoso y cl√°sico colegio secundario, el Instituto Brighton de Cultura Inglesa (moderno, pero no sin cierta elegancia), un centro m√©dico privado de lo m√°s pip√≠ cuc√ļ y un chalet menos bello que pretencioso que ha de ser la casa del Intendente. A ellos podr√≠amos a√Īadir la iglesia (berretona, eso s√≠) y un enorme cuan cursi templo evangelista (hay una estaci√≥n de radio que no cesa de loar al Se√Īor). Excepto el soberbio colegio, tan solo la plaza brinda solaz a la mirada. Y entonces, como no pod√≠a ser de otra forma, a la estaci√≥n, que queda al borde de la ruta. El edificio ha perdido, como tantos, su raz√≥n de ser, porque la l√≠nea ya no ofrece el servicio de pasajeros de Salta a Resistencia. Atraviesa los tallarines atestados de vagones de carga un puente cuyas plantas de lat√≥n cimbran con cada pisada.

¡Y qué decir del otro lado de la vía! No hay ya un palmo de pavimento ni casi edificaciones de material. Las calles, hoy resecas, son un desafío a la suspensión y no han de resultar particularmente franqueables con la lluvia. Pero hay una solitaria afirmación de la belleza: frente a una casita por demás modesta, dos coníferas de un par de metros de alto podadas con todo primor para formar sendos conos perfectos. ¡Qué diferencia con los pueblos de Santa Fe o Buenos Aires!

Esta ciudad me ha defraudado tanto que resuelvo omitir Monte Quemado y seguir hasta Presidencia Roque S√°enz Pe√Īa y llamo al hotel para verificar que hay sitio. Como a las nueve y media, salgo a cenar, inveros√≠milmente, en el restor√°n anexo a la YPF. Card√ļmenes de motonetas sin faros, siluetas apenas m√°s negras que la noche en la calzada tenebrosa. Como en Salta, como en San Antonio de los Cobres, como en G√ľemes, como en Catamarca, de hasta tres adultos o dos y dos ni√Īos encabalgados y sin casco‚Ķ El restor√°n est√° muy animado, con los parroquianos departiendo al aire libre en animado convivio bajo una noche deliciosa. Se respira verano y, en la oscuridad circundante, se me hace que estoy en una ciudad balnearia pr√≥spera y despreocupada. La cena es estupenda: el bife de chorizo m√°s a justo punto de mi vida, con excelentes papas fritas, un m√°s que digno Norton 1895 blanco (hace demasiado calor) y un quesillo con dulce de cayote y nuez (¬Ņel √ļltimo?)… 1.200 pesos, incluida la propina imperial.

Ya en el hotel, sigo con mis pamplinas cuando, in medias res, me llama Xoch para ver c√≥mo estoy‚Ķ ¬°Y despu√©s hay gente que no cree en Dios! Bueno, la verdad es que la llam√© yo esta ma√Īana para que eligiera ella su saco, solo que en Monterrey eran las nueve y media de la madrugada y estaba roncando, y ahora me llamaba para disculparse por no haber respondido. Le est√° yendo previsiblemente bien, se ha visto con sus compa√Īeritas del colegio, su abuelo est√° bien y quiere tatuarse en la mu√Īeca (ella, no su abuelo). ¬°Cambio y fuera! Yo apenas puedo mantener entreabiertos los p√°rpados.

Martes 19

Me despierto a las seis totalmente repuesto. Acomodo la hacienda, me doy una ducha y me vengo a completar estas pamplinas. A las siete, pero, me da un conato de somnolencia. Como no tengo mayor apuro, me recuesto, a ver‚Ķ y me despierto a las diez. Desayuno en una YPF y en marcha. La ruta sigue siendo ‚Äúpampeana‚ÄĚ, verde que te quiero verde, verde alfombra y verde pa√Īo, con algunos animales, el ferrocarril seguidor como perro ‘e sulky, varias l√≠neas de alta tensi√≥n (las he observado en casi todas partes) y una espor√°dica recua de pueblitos otrora hilvanados por el tren y ahora amarrados a la ruta. Todos cortados por la misma tijera desafilada y gruesa. Un bulevar asfaltado algunas cuadras como por l√°stima, tal vez tambi√©n una o dos transversales, y el resto, tierra irregular; las casas pobretonas, la gente a pie o apelmazada en motos de cilindrada nimia. Las estaciones previsiblemente abandonadas (pese a que s√≠ hay servicio de cargas). La notable excepci√≥n es Taco Pozo: un primor, perfecto, limpio, con la plaza de juegos infantiles casi sacada de Dysneylandia y la estaci√≥n, convertida en oficina p√ļblica, impecable. La de Pampa de Bermejo es sede del Museo Hist√≥rico Coronel Bermejo, pero est√° cerrada, R√≠o Muerto hace honor a su nombre. No recuerdo en qu√© villorrio act√ļa un circo de sonoro nombre gringo que no puedo recordar. Me recuerda el de Ver√≥nica (vide ‚ÄúCr√≥nicas ferrofantasmag√≥ricas I). Cito para no repetir:

‚ÄúEn frente, detr√°s del galp√≥n, un ‚ÄúGran Circo‚ÄĚ: tres o cuatro casas rodantes que han conocido tiempos mejores, dos o tres camionetas de id√©ntica experiencia, la carpa arremangada mostrando el c√≠rculo de sillas plegadizas y unos chiquilines (¬Ņlos hijos de los trapecistas?) chapaleando en una pileta de pl√°stico. ¬ŅDe d√≥nde viene, c√≥mo ha llegado, ad√≥nde se ir√° y qu√© hace ese ‚ÄúGran Circo‚ÄĚ en Ver√≥nica? ¬ŅD√≥nde y c√≥mo habr√° conseguido sus payasos, su domador (aunque no se divisan jaulas), sus malabaristas, sus magos del trapecio? Hay algo de dolorosamente argentino en cada escena, en cada paisaje, en cada rostro, en cada camino de polvo‚Ķ‚ÄĚ

√Čste, en todo caso, parece haberse quedado -si alguna vez los tuvo- sin su le√≥n y su tigre seguramente casi de peluche. ¬°Misterios de esta Argentina profunda que no he hecho m√°s que ara√Īar!

Entre Taco Pozo y Monte Quemado, la ruta est√° pa’ tirarla, aunque las topadoras se est√°n ocupando de que vuelva a ser ruta. Unos cuarenta kil√≥metros de pavimento a la brasile√Īa (a menos que haya mejorado desde que tuve que esquivar cr√°teres lunares en la carretera nada menos que de Salvador a Brasilia, all√° por junio de 1992, reci√©n llegadito a Viena).

            Se me da por entrar en Monte Quemado a ver qu√© me estaba perdiendo y la polic√≠a que cancerberea la entrada me pide documentos (es que ya estoy en Santiago del Estero)‚Ķ y permiso de tr√°nsito. S√© que lo tengo entre los bitios del tel√©fono, pero tardo tanto en dar con √©l que la muchacha me deja entrar con la firme promesa de pegar una vuelta y piantarme. Cosa que cumplo sin mayor sacrificio porque MQ es una cagada. A poco de retomar singladura, ingreso en el Chaco.

AVIA TER√ĀI

El Hotel de Campo el Rebenque, queda unos 30 kil√≥metros antes de Presidencia Roque S√°enz Pe√Īa y unos cinco pasando Avia Ter√°i. Hay que adentrarse cuatro kil√≥metros entre campos sembrados y lo que queda del monte, girar cuatrocientos metros a la derecha y ah√≠ estamos. Un complejo de casas lo justo de r√ļsticas, con una piscina de la que no llegar√© a usufructuar. Los due√Īos (cuyos nombres me evaden) son de lo m√°s amables, y esta noche soy el √ļnico hu√©sped. Voy a Avia Ter√°i a lavar el auto y una hora despu√©s, como a las seis, sigo el consejo de la gallega y me voy a una estaci√≥n abandonada, una tapera a la que ni el nomenclador ni el techo le han quedado, inmersa entre yuyos a unos dos o tres kil√≥metros de la carretera. La v√≠a parece en uso, pero no es la de la l√≠nea Salta-Resistencia, sino que proviene del sur. De ida y de vuelta paso por Corzuela, Capital Provincial de la Tradici√≥n, pero no tengo tiempo para indagar. A las veinte de la tardecita estoy en el hotel, ducha y a cenar‚Ķ dos kilos de vac√≠o al horno con papas, de los que no llego a dar cabal cuenta, claro. Platico largo y tendido con mi anfitri√≥n, que narra historias grotescas de la corrupci√≥n policial, de las coimas que abiertamente le exigen para cualquier tr√°mite‚Ķ y eso que √©l los conoce y lo conocen. Pero, como tantos clasemedieros que no terminan de aprender, para √©l, el problema son los sindicalistas (y no que uno vaya a defender a los Moyano y c√≠a., claro est√°).

            Duermo como un lir√≥n y me despierto a las ocho y media.

Miércoles 20

Tras el desayuno, me mando para

PRESIDENCIA S√ĀENZ PE√ĎA

Que es una ciudad dendeveras, de abundantes y hermosos bulevares a la que, cierto es, de repente se le acaba el asfalto y que sea lo que Dios quiera. Quiere, por su parte, la gallega que salga de la ya casi autopista, me interne unos mil metros y gire al inicio mero de la calle 302, que viene a ser el bulevar de este lado de la v√≠a. Paso por el Museo Ferroviario Municipal. Al fondo, en diagonal, ultrarrieles, la estaci√≥n. Como seiscientos metros m√°s tarde puedo cruzar las v√≠as y ya voy a estacionarme, valga la redundancia, frente a la estaci√≥n, que el Demiurgo me enciende el f√≥sforo y voy derechito a un laverrap que est√° a punto de cerrar (son las doce menos nada) y luego abre ‚Äúhasta‚ÄĚ las cuatro, como dir√≠an los aztecas, con lo que no me tendr√≠an el ajuar higienizado hasta ma√Īana. Ahora me lo van a tener a las dieciocho de la tarde. Tengo seis horas para divagar. Doy unas vueltas alrededor de la lavander√≠a por calles que podr√≠an ser de cualquier pueblito o suburbio de Buenos Aires. La √ļnica pata de la sota son las palmeras. Por mucho que busco, no veo pr√°cticamente ninguna casa de principios de siglo (bueno, la verdad es que la urbe fue fundada en 1912, bien entrado el siglo XX) ni, si me apuran, de entreguerras. La Iglesia es medio adefesiosa y la plaza tiene la gracia de un noruego bailando salsa. Me pregunto si en el centro habr√° algo m√°s de mirar. Igual, fers sins fers, vale decir, lo primero es lo primero y a la estaci√≥n (que ahora s√≠ presta servicio de pasajeros a Castelli y otro pueblo m√°s), hermosa pero venida muy a menos. A unos cien metros hacia la derecha, una pasarela perfectamente verde atraviesa las cinco o seis v√≠as que todav√≠a pueden adivinarse. Hacia la izquierda, al fondo se ve el taller en que se aprestan dos fulgentes duplas diesel. A su costado, una de otro modelo (Fiat, creo) con la √Īata aplastada y dos o tres vagones vagamente celestes de cuando el tren era tren y lo arrastraba una locomotora. En la v√≠a contigua un cochemotor peque√Īo, tal vez de servicio, descascar√°ndose al sol. Un polic√≠a me saca amablemente carpiendo y cruzo al fondo del Museo Ferroviario Municipal, en el que reposan una inesperada ‚ÄúBruja‚ÄĚ del Subte A, un par de coches de madera y un Ford A de ruedas met√°licas con pesta√Īas para correr sobre los rieles. Son apenas las dos y media o tres, y el museo abre ‚Äúhasta‚ÄĚ las cuatro, pero como no tengo nada que hacer, para all√≠ voy.

            Frente a √©l, en una especie de placita en la que hay m√°s una casilla de ladrillos y tejado a dos aguas que un chalet y, am√©n de un par de herrumbrados auxiliares de cosechar, un tanque Sherman. La placa conmemora no s√© qu√© de no s√© qu√© regimiento. Tras las fotos de norma, veo que del museo salen dos hombres conversando animadamente. Pregunto si est√° abierto y me contestan que ‚Äúhasta‚ÄĚ las cuatro, pero uno de ellos es el cuidador que se apiada de m√≠ y me deja entrar. No solo eso, sino que me abre los dos viejos vagones de madera. Uno supo ser comedor, pero solo le queda la carcasa. El otro era para funcionarios oficiales: una sala de estar con sillones giratorios de cuero alrededor de una mesa de roble, dos camarotes simples, un tercero con doble cucheta, seguramente de servicio, el ba√Īo y la que fue cocina. A la ‚ÄúBruja‚ÄĚ no subo porque me la conozco de memoria. En la sala no hay m√°s que fotos -interesant√≠simas- que van narrando la historia de la ciudad, los colonos que, sin saber, vinieron a fundarla, y su tren. Don Javier Cardozo, que as√≠ se llama mi Cicerone, reh√ļsa in√ļtilmente los quinientos mangos que le meto casi en la mano so pretexto de que se libe una birra a mi salud. Nos sacamos dos o tres selfis y me cuenta que lo que yo tomaba por escultura aprovechando un √°rbol horizontal y reseco, de ramas como alegor√≠as, no es tal, sino que fue √°rbol hecho y, sobre todo, derecho, hasta que lo tumb√≥ un temporal. Nos despedimos como amigos de toda la vida.

            Enresulta que la placita del Sherman lo es del Museo de la Fundaci√≥n, sito en la mentada casilla. Son las cuatro menos diez, pero el curador y otra se√Īora que anda por ah√≠ tambi√©n se conmiseran y me dejan entrar. El museo es un aquelarre de objetos privados de mayor conexi√≥n con la historia de la city: decenas de m√°quinas de escribir Remington u Olivetti, alg√ļn tel√©fono de baquelita, planchas de las que se calentaban con carb√≥n, faroles de queros√©n y dem√°s chiches de heterog√©nea ontolog√≠a, una vitrina con uniformes acaso de la Conquista del Desierto, dos sables‚Ķ solo faltan la Biblia y el calef√≥n. Las fotos, pero, interesantes. Se ven en ella los deliciosos edificios originales ahora totalmente desaparecidos, inmigrantes reci√©n inmigrados, bigotes renegridos, barbas tupidas, mujeres de faldas como carpas de circo y cofia, purretes vestidos como para la primera comuni√≥n. La ciudad extendi√©ndose manzana a r√ļstica manzana.

            Y no queda m√°s que hacer, salvo dar vueltas y m√°s vueltas, hasta las seis, porque el Museo de la Ciudad esta ‚Äútemporalmente‚ÄĚ cerrado. √ćdem la Ciudad de los Ni√Īos que, igual, perdido por perdido, voy a pispear: Un predio de varias hect√°reas con edificios de juguete y juegos infantiles, un lago sin usar, la mitad del cual est√° cubierto de camalotes. Y bulevares y m√°s bulevares, el m√°s ins√≥lito y conmovedor, el de los Inmigrantes: paseo Rep√ļblicas Checa y Eslovaca, paseo Rep√ļblica de Croacia, paseos Rep√ļblica de Italia (sic) y Polonia (con monumentito a Juan Pablo II), paseo de los Suizos Alemanes y de los Espa√Īoles, paseos Ucrania y Rep√ļblica de Bulgaria, √©ste con un enorme y bello monumento a Hristo B√≥tev, el revolucionario del s XIX ca√≠do en combate contra los otomanos‚Ķ Sipi. A m√≠ siempre me azor√≥ que en el Rosedal se erigiera un imponente monumento a Tar√°s Shevchenko, el poeta nacional ucraniano, pero a Hristo B√≥tev‚Ķ ¬°en Presidencia Roque S√°enz Pe√Īa, Chaco! Y no es todo. Bajando por otro bulevar paso por la Casa de Cultura Checoslovaca, frente a la cual, en la correspondiente plazoleta, se hast√≠an de puro blancas y hier√°ticas las efigies de los checos Josef (?) Stefanik, un militar fundador de la colonia checoslovaca, y Tomas Masaryk, el fundador de la Checoslovaquia moderna. La sede tiene un hermoso mural, pero me pregunto cu√°ntos checoslovacos dendeveras quedan. Todas estas colonias, me duele, est√°n condenadas a esfumarse, a devenir nuestros etruscos.

            He preguntado por el centro, y parece que su n√ļcleo neur√°lgico es, nom√°s, el laverrap. Es decir, que no hay tal centro. Ni, reitero, salvo dos o tres que fotografi√© antes de que sea demasiado tarde, una sola casa que recuerde el pasado. L√°stima, porque, a√ļn sin nada o casi que ver, es una ciudad m√°s que agradable. Con, eso s√≠, una carencia inexplicable: No tiene bares. No que tenga pocos, sino que tiene solamente UNO, en el que me tom√© mi tradicional birra. Y √©se ni siquiera est√° cerca de la Plaza San Mart√≠n, que, si no me advierten, ni se me ocurre que sea el epicentro de la ciudad (aparte, desde luego, del laverrap, que queda a veinte metros, un poco como el polo magn√©tico respecto del geogr√°fico). S√≠ hay -¬°claro, con esta calor!- como cinco helader√≠as, casi todas Grido.

            Y as√≠ dan las seis, justo cuando concluye la sinfon√≠a 82 de Haydn. Recojo mis petates y, antes de meterme en el monte en busca del hotel, me doy otra vuelta por Avia Ter√°i en busca de la estaci√≥n, que s√≠ est√° en servicio y hasta tiene un Jefe con sus subalternos tomando mate a la espera del tren de ma√Īana o pasado.

            En el hotel hay hoy dos familias con escuincles. Saludo amablemente, ducha, cena y a apolillar hasta las seis.

Jueves 21

Organizo mis vadem√©cumes, duermo media horita complementaria, desayuno y en route ! En la √ļltima rotonda, la cana me pregunta si puedo llevar a dos de ellos a pueblos vecinos. El primero se baja en Machag√°i. Con el segundo, que es celador del servicio penitenciario provincial, damos una vuelta para ver, naturalmente, la estaci√≥n. Luego seguimos hasta Presidencia Victorino de la Plaza, donde me interno un par de kil√≥metros para dejarlo en su casa y caminando por cuya avenida principal veo un par de gitanas j√≥venes con sus faldas y sus cr√≠os. Las he visto tambi√©n en la Plaza 9 de Julio de Salta y fue la primera vez en qui√©n sabe cu√°ntos a√Īos que vi una z√≠ngara. Creo recordar que en Buenos Aires eran frecuentes. Mi pasajero me dice que tienen un campamento ah√≠ cerca. ¬ŅQu√© har√°n en Presidencia Victorino de la Plaza, chaco? ¬ŅO en Salta? ¬ŅO en Buenos Aires, Roma o Granada? ¬ŅQu√© tendr√°n en com√ļn con los itinerantes (travellers, les dicen) no gitanos de Gran Breta√Īa e Irlanda?  ¬ŅC√≥mo puede ser la gente tan diferente de uno, tan insondable, tan misteriosa? Paso indefectiblemente por la estaci√≥n, que parece ocupada, y ya no me detengo hasta

RESISTENCIA

Es decir, yo no me detengo, pero poco antes del acceso a la ciudad me para un ret√©n policial donde, amabil√≠simamente, como ya me he habituado, me recuerdan que tengo la Verificaci√≥n T√©cnica Vehicular unos veinte meses perimida. Me dicen que en Resistencia me la pueden actualizar y, con esas instrucciones, la gallega me deposita milagrosamente en un centro id√≥neo. Solo que, pese a que el anuncio promete Jurisdicci√≥n Nacional, nada pueden hacer porque la Ciudad Aut√≥noma y la Provincia de Buenos Aires los han cercenado del sistema. Me advierten que lo mismo suceder√° en Corrientes o Entre R√≠os, pero me dan un certificado de que me present√© y no pudieron hacer nada. Sigo para la ciudad que recuerdo hermosa de mi paso con ocasi√≥n de mi inolvidable gesta chamamecera (vide ‚ÄúCr√≥nicas litorale√Īosas‚ÄĚ).

            Dejo el Fiat amarrado a la Plaza 25 de Mayo y salgo a caminar por Sarmiento, que le dicen avenida pero es un regio bulevar, como todos los que confluyen o parten de la plaza, rico en esculturas, pues que Resistencia, bueno es recordarlo, pasa por capital de las esculturas. Las haylas, nefetibamente, por todos lados: en las plazoletas de los bulevares, claro est√°, pero tambi√©n trepadas a las aceras, en esquinas o a mitad de cuadra. Las haylas, igual de nefetibamente, para todos los gustos: de quedarse a mirarlas largamente y de apartar r√°pidamente la vista antes de que se lastime. Las que me tocan en mi breve digresi√≥n peatonal son de las buenas, especialmente una hermosa cabeza de Tehuelche. Hay, s√≠, un unicornio de chapas de lat√≥n que bien podr√≠a no haber, pero bueno. Aprovecho para reponer alforjas en el Banco Galicia y mandarme mi tradicional primera birra. No siento particular voracidad, pero me tienta, llegado por fin a un r√≠o r√≠o, deglutirme un pac√ļ o un surub√≠. La guguelm√°ps (s√© de ni√Īo que las agudas terminadas en ene, ese o vocal llevan tilde, ¬Ņpero tambi√©n las que desaguan en ese impura?, se ve fuera de lugar la rayita sobre la ‚Äúa‚ÄĚ de ‚Äúm√°ps‚ÄĚ, ¬Ņvero?) me conduce a uno que diz que es fen√≥meno pero est√° cerrado. Hay otro a 800 metros, y ya estoy caminando en la direcci√≥n indicada cuando se me ocurre que, si tambi√©n est√° cerrado, tengo que buscar otro y seguir la marcha qui√©n sabe ad√≥nde y hasta cu√°ndo, de forma que regreso al Fiat y voy como quien dice motorizado. En la parrilla aconsejada hay solo dos comensales m√°s pero no pescado. El asado esta reseco y ni lo termino. ¬ŅQui√©n me manda abjurar de mi sano h√°bito de saltearme el almuerzo? Espero haber aprendido mi lecci√≥n.

            Encaro la ostentosa autopista que se estrecha en el puente Belgrano y cuando ya me creo a salvo ultrafl√ļmine, hete aqu√≠ que el tr√°nsito se atasca y conforma una infinita diadema de veh√≠culos pr√°cticamente inm√≥viles que van dando la amplia curva para tocar tierra firme ya en

CORRIENTES

Yo tengo permisos de circulaci√≥n de todas las provincias y los respectivos pueblos que jalonan mi periplo‚Ķ menos los de Corrientes, que nunca me llegaron. Por suerte, me salva el de Concordia, Entre R√≠os. El dpto. que he alquilado sin saber, R√≠o Juramento 1947, est√° en lo que parece (pero, por suerte, no es) un conventillo: traspuesta la puerta del garaje, √©ste se abre a un patio en el que se alinean a noventa grados unas cinco o seis motos y bicicletas, y hasta un acoplado para embarcaci√≥n, disput√°ndose todos el muro de ladrillo con baldes de pintura o cemento. Desde la pared frontera, protegida o prisionera de su cub√≠culo de cristal, contempla el paisaje una peque√Īa Virgen de Luj√°n. El patio se resuelve r√°pidamente en un pasillo a cuya derecha, entre escobas, baldes y tendederos de ropa, se yergue una construcci√≥n de tres pisos con cinco o seis puertas y ventanucos reci√©n graduados de ventanas por nivel, dando sobre su correspondiente corredor a la intemperie. A los pasillos se asciende por una escalera casi de fortuna, armaz√≥n de hierro y pelda√Īos de madera semivacilante. No difieren tanto ediliciamente los conventillos de La Boca, solo que aqu√≠ los cuartos vienen con ba√Īo privado. Y es todo el h√°ndicap. Porque mi dpto. es un rect√°ngulo de paredes de ladrillo sin revocar, con una pileta percudida, una cocinita de dos hornallas a horcajadas de la mesada, una heladerita c√ļbica, una cama (eso s√≠, amplia) adosada a la pared de en frente, un, para ontologizarlo de alg√ļn modo, sof√° al que hay que sentarse con el culo bien adentro so pena de caerse de √≠dem, y el √ļnico ba√Īo sin bidet de la Rep√ļblica. Menos mal que la llave no cierra por fuera, porque, de otra forma, el desastre ser√≠a incompleto. Pero, como sabemos, ¬°calavera no chilla!, y el protoconvento se ve razonablemente seguro, as√≠ que, llev√°ndome, por si las moscas, mi compu, salgo en busca de un pescado ut gens.

La se√Īora que me ha venido a abrir las puertas de esta mansi√≥n en miniatura me recomienda el manducatorio del Hotel de Turismo, sito en la hermos√≠sima costanera, y hacia all√≠ me encamino. La mentada costanera est√° cerrada al tr√°nsito, con lo que estaciono en una transversal qualunque y voy caminando, pipa en ristre asomando de entre la mascarilla, por una avenida arbolada. Frente al r√≠o casi infinito, familias picniqueando entre el farall√≥n y los carritos de viandas iguales a los que supo haber en nuestra Costanera Norte y pugnan por subsistir en la Sur; por ambas calzadas, ni√Īos o adolescentes en bicicletas apenas susurrantes, alg√ļn joguista nocturno, tr√≠os o cuartetos de muchachas de risa f√°cil, lomos bronc√≠neos, ojos renegridos y cabellera  azabache‚Ķ En la margen interna, sentados a las mesas de la seguidilla de bares y restoranes, animados grupos de comensales de los m√°s pudientes. El Hotel de Turismo no es otra cosa que el Casino, pero se ve apetecible si desierto. A las poco m√°s de las ocho, soy el √ļnico parroquiano. Ceno un bife de surub√≠ con fritas, un vaso de Nieto Senetiner chardonnay, un panqueque de dulce de leche con az√ļcar quemada y el caf√© m√°s excelso que haya probado fuera de Italia. Antes de partir, paso al retrete, que queda al fondo del sal√≥n donde un regimiento de aut√≥matas pierde afanosamente dinero agitando las manivelas de las m√°quinas tragamonedas. Como las del resto del planeta, son cachivaches de dise√Īo vulgar y pantallas de colores chillones, que emiten extra√Īos ruidos de entra√Īas electr√≥nicas constipadas, hechas a medida de la inopia existencial de sus usuarios, que, en su est√≥lido embeleso, no se distinguen demasiado de las moscas atrapadas en mi Fiat, que insisten en pegar contra el parabrisas por m√°s que tenga abiertas de par en par las ventanillas laterales.

             Postmicci√≥n, salgo nuevamente a la Costanera. Es una noche ideal, de esas que dificultan creer que la especie puede padecer hambre o entreasesinarse con total displicencia. Llego al dpto. con mis √ļltimas monedas de vigilia y duermo como piedra hasta las siete.

Viernes 22

Me despierto, preparo las cosas, duermo media horita m√°s, y a las ocho y media estoy en camino. A poco de salir del √°rea urbana, la ruta, siempre perfecta, se hace nuevamente casi fantasmal. Casi, porque pasan unos cuantos camiones en sentido contrario, pero a m√≠ no me toca adelantarme a ninguno. Se conoce que van amonton√°ndose en Corrientes. Como no he desayunado, aprovecho para repostar panza y tanque en Empedrado, a cuya entrada se enhebran varios coches. Es que Corrientes es, de las diez que llevo visitadas en este viaje, la √ļnica provincia que se toma el COVID en serio. Ya no fue soplar y hacer botellas ingresar desde el Chaco y me han parado un par de veces para verificarme la temperatura. Aqu√≠ la puerta es estrech√≠sima, quien quiera pasar a pie ha de hacerlo por una carpita en la que recibe una ducha de alcohol, y, si en auto, es necesario el permiso de circulaci√≥n y un hisopado positivo de no m√°s de tres d√≠as de historia. Me veo venir el futuro inmediato y pregunto a las tres o cuatro correntinitas vestidas de astronauta si puedo hacerme la prueba ah√≠ mismo. Puedo. Tengo que esperar unos diez minutos a que atiendan al paciente anterior departiendo (yo) con la muchacha que me ha tomado los datos. El procedimiento sale mil mangos y yo indago si me devuelven el dinero en caso de que me d√© negativo. El m√©dico o enfermero extraterrestre es, como todo el mundo hasta ahora, amabil√≠simo. Me explica que la cosa se parece a una prueba de embarazo y yo le comento que nunca me la he hecho porque siempre me cuid√© mucho. Cuando salgo, la correntinita me pregunta c√≥mo me fue, y le contesto que el tordo me ha recomendado que haga mi testamento. Me subo al Fiat con el tintineo de su risa todav√≠a en la memoria auditiva.

            A diferencia del Chaco, el paisaje empieza ganadero, con reses en los interminables pastizales que bordean la carretera. Pero se va tornando m√°s y m√°s -c√≥mo decir- selv√°tico. M√°s √°rboles, m√°s tupidos. De improviso, una lagunita. Luego otra ya m√°s considerable. Cada tanto, un pueblo, cuyas casas orilleras tienen todas jardines cuidados. Cambio de carretera dos veces. Al aproximarme a Concepci√≥n, ojc√≥rs, me detienen para tomarme la temperatura, tras lo cual s√≠ puedo ingresar en

CONCEPCI√ďN DE YAGUARET√Č COR√Ā

La gallega me lleva al hospedaje Iber√° ‘Tap√© y, por una vez, la puteo por no haberme desviado. Es, en efecto una Tap√©-ra (‚Äútapera‚ÄĚ, pa los infiltr√°us, le decimos al rancho abandonado y en ruinas). ¬°Menos mal que no est√° habilitado! La due√Īa me pasa el fono de una se√Īora que anda en esto del turismo, la que, a su vez, me recomienda a otra que tiene unas caba√Īas. Tras un par de intentos fallidos de comunicaci√≥n paso por el Hotel La Alondra, donde atiende la susodicha dama, pero que cuesta sesenta verdes diurnos porque, ¬Ņvio?, es un hotel butic y ella me indica c√≥mo arribar a las Caba√Īas de Iber√°. Tr√°tase de un complejo en el estilo del El Rebenque, pero m√°s convencional. Mar√≠a Jos√© -que a tal nombre responde la propietaria- resulta, para variar, muy sol√≠cita y me organiza una excursi√≥n para ma√Īana (el gu√≠a -personal, pues que no hay nadie m√°s- me pasa a buscar a las ocho de la madrugada). MariJ√≥ me recomienda visitar el Museo Hist√≥rico, el de la Interpretaci√≥n (que vaya uno a saber por qu√© le han puesto tan sugestivo nombre y no es otra cosa que un introito al Parque) y el de las Mu√Īecas. ¬°Sipi! El tercer sitio de inter√©s de este pueblito perdido en medio de nada es‚Ķ un museo de mu√Īecas.

            Lavo la ropa de estos d√≠as y me pongo al d√≠a con el correo. A las dos y media y, pese a la sa√Īa de la can√≠cula, me voy caminando las tres cuadras a la Plaza 25 de Mayo, en cuya √°rea de influencia encu√©ntranse las tres instituciones de marras. Como era de vaticinar, el pueblo disfruta de un asfalto que no se sabe bien d√≥nde empieza pero de repente termina. Las calles son casi todas de arena, pero abundan los vetustos edificios del s XIX, m√°s que modestos en su mayor√≠a. Otros est√°n reciclados, como los contiguos museos de la Interpretaci√≥n y las mu√Īecas. Pero los m√°s van aguantando el tiempo con cierta dignidad. Hay uno que es obvio que conoci√≥ tiempos mejores, de llamador de bronce en la puerta. El m√°s pip√≠ cuc√ļ es la Municipalidad, apenas doce o quince metros de frente y fachada primorosamente decorada a la italiana.

            En la plaza se erige el monumento a Pedrito R√≠os, el Tambor de Tacuar√≠, oriundo, nom√°s, de este pueblo que, me voy enterando, es pura historia. Porque, aparte de ser de estos pagos la primera estancia (jesu√≠tica ella) del pa√≠s, por aqu√≠ pas√≥ Belgrano camino del Paraguay. Aqu√≠ el viejo R√≠os le encareci√≥ que, visto que √©l, a sus sesenta y cinco a√Īos, poco pod√≠a hacer por la Patria, le aceptara al hijo de doce. Belgrano vacil√≥, pero el coronel Vidal, casi ciego como estaba, lo convenci√≥ de que le permitiera servirle de lazarillo. El gur√≠ aprendi√≥ de un tal Pedro (creo) Bustamante, mayorcito √©l, a sus catorce pirulos, los diferentes toques y aquel 9 de marzo de 1811, ni a un a√Īo de la Revoluci√≥n, avanz√≥ con el coronel detr√°s sigui√©ndole el redoble. Ah√≠ lo calzaron dos balazos. Como dijo despu√©s Mitre, ‚Äúen Tacuar√≠ hasta los ciegos y los ni√Īos pelearon‚ÄĚ.

            El pueblo parece genuinamente perdido en el tiempo y el espacio. Todo est√° cerrado, no se ve un alma, no hay otro sonido que el de los p√°jaros. Regreso a mi caba√Īa y ya pasadas las cuatro vuelvo a intentar la gira cultural. El Museo Hist√≥rico ha sido un templo. Es un agradable edificio bastante moderno, con mucha madera y techo de tejas a dos aguas. No tiene demasiadas ‚Äúcosas‚ÄĚ: algunas armas desde la campa√Īa de Belgrano a la del Desierto, algunos uniformes, enseres dom√©sticos exhibidos al tunt√ļn (aunque no tan an√°rquicamente como en el de S√°enz Pe√Īa)‚Ķ Lo que de veras cuenta son los paneles con la prehistoria e historia del lugar. Porque los guaran√≠es solo llegaron del Brasil en el s. XII para encontrarse con una decena o m√°s de etnias inconexas (tomen nota de estos invasores quienes bregan por expulsar a los mapuches). Inmediatamente se hacen hegem√≥nicos y son ellos los que encabezan la resistencia a los espa√Īoles. El pueblito empieza como nada y no se ha agrandado en demas√≠a desde entonces, porque hoy, salvo yo, son poco m√°s de cuatro mil quienes lo habitan. A√ļn as√≠, se lo disputan Santa Fe y Misiones, porque parece que las vaquer√≠as (la ‚Äúcaza‚ÄĚ de ganado cimarr√≥n) era muy bien negocio. Los jesuitas, entretanto, organizan la primera estancia a fines del s XVIII. Pero lo apasionante es el paso de Belgrano, con sus tropas biso√Īas, rejuntadas y mal pertrechadas, sus oficiales dudosos, como Machain o Perdriel, y su propia falta de experiencia militar, en una expedici√≥n militar (y en mucho pol√≠ticamente) condenada al fracaso. La Revoluci√≥n abri√©ndose paso a tientas, con sus mejores hombres dispuestos a todo.

            Del Museo Hist√≥rico paso al Centro de Interpretaci√≥n del Iber√°. Soy el √ļnico visitante y me atiende el √ļnico gu√≠a de turno, Juan Ram√≥n. El Centro casi no tiene m√°s que paneles informativos y un par de v√≠deos‚Ķ pero es de las cosas m√°s interesantes que me ha tocado ver. Y eso gracias a Juan Ram√≥n, que, a sus cuarenta y cortos, ha dedicado su vida al estudio, la protecci√≥n y la difusi√≥n de este paraje excepcional. Pero tampoco es por eso por lo que jam√°s voy a olvidar este d√≠a. Entramos en una salita de cuatro o cinco en la que hay como un corte transversal de una choza, seguramente ind√≠gena. No me llego a enterar. Porque Juan Ram√≥n parece sufrir una transformaci√≥n: Esta -dice- es para m√≠ una habitaci√≥n muy especial. Yo trato de averiguar qu√© tienen de extraordinario o especial esa hamaca, ese brasero, esas ojotas y ese semicubo de junco en medio de fotos de animales salvajes y paneles que seguramente los describen. Nunca sabr√© que magia siente Juan Ram√≥n mirando estos objetos en definitiva anodinos y triviales, pero es como si, de pronto, se inspirara, y se pone a hablar sobre qu√© es ser correntino. Nos comemos alguna ese -dice- pero eso es lo de menos, porque nosotros somos gente sencilla, que siempre le abrimos el coraz√≥n a cualquiera, familieros, porque, para nosotros, lo m√°s importante es la familia y, claro, de mucha fe; porque, aqu√≠, en Concepci√≥n tenemos m√°s de cuarenta capillas y veneramos mucho tambi√©n los santos paganos como el gauchito Gil o la Pilarcita‚Ķ Habla y habla Juan Ram√≥n, y a m√≠ se me ocurre que, si el mundo se quedara sin luz, su aura brillar√≠a en la penumbra. Lo escucho como de muy lejos, tratando de memorizar cada palabra, pero ahora que quiero anotarlas, se me escapan como el jab√≥n que in√ļtilmente queremos atrapar en la ba√Īera. Me queda el halo casi de santidad de este hombre entusiasmado con su tierra y orgulloso de su gente. No que su relato no tenga inter√©s: La cuenca estaba totalmente descuidada, con varias especies al borde de la extinci√≥n o directamente extinguidas, como el yaguaret√©. Hace unos a√Īos apareci√≥ el providencial ingl√©s providencial (ha habido unos cuantos), Mr. Tomkin, que compra varios miles de hect√°reas, funda una ONG llamada Rewilding (refaunaci√≥n), las dona a la Naci√≥n o a la Provincia y se afana por reponer las especies desaparecidas, como el yaguaret√©, que, igual que una especie de anaconda, hace traer del Brasil. El gran depredador ha sido el hombre, pero no cualquiera, sino el cazador comerciante. Los pobladores originales (ojo, no necesariamente originarios) cazaban y pescaban lo que requer√≠an para comer, pero los mercaderes empezaron a comprarles las presas o a cazarlas ellos mismos y as√≠ desapareci√≥, por ejemplo, el yaguaret√©. Narra Juan Ram√≥n que ha habido un gran trabajo de concientizaci√≥n entre los propios cazadores y que muchos se hicieron defensores del ecosistema. En menos de diez a√Īos, el resultado ha sido formidable, y ahora, con la protecci√≥n y el patrocinio oficiales el parque empieza a prosperar (bueno, empezaba hasta la pandemia). Es el m√°s extenso del pa√≠s y, con m√°s de cuatro mil especies, el m√°s rico en biodiversidad. Consiste en una serie de esteros y lagunas unidos por arroyos interrumpidos por ‚Äúembalses‚ÄĚ, acumulaciones de materia org√°nica que, entre otras cosas, absorben agua como esponjas gigantescas que, en √©poca de seca, como ahora, empiezan a liberar. Juan Ram√≥n se explaya sobre los tipos de animales: infinidad de aves y peces, yacar√©s de dos tipos, pecar√≠es, osos hormigueros, tapires, ciervos‚Ķ Nosotros mismos no sab√≠amos lo que ten√≠amos -explica-: tuvo que venir gente de afuera para hacernos comprender esta enorme riqueza que, en realidad, no es nuestra, porque es de todos. Stalin (¬°con perd√≥n!) dec√≠a que los comunistas que iban haciendo el sufrido, abnegado, heroico y an√≥nimo trabajo de sindicalizaci√≥n y difusi√≥n eran los ‚Äútornillos‚ÄĚ del aparato. Gente como Juan Ram√≥n, como don Javier Cardozo son, digo, los tornillos de nuestra cultura.

            La pr√≥xima etapa es el adyacente Museo Tem√°tico Infantil ‚ÄúLa Pilarcita‚ÄĚ, cuyo fondo original son las 250 mu√Īecas acumuladas y donadas por Mar√≠a Elina ‚ÄúMarily‚ÄĚ Morales Segovia, una escritora concepcionense que vivi√≥, me cuentan, en Valencia. Hoy d√≠a, entiendo, son como 400. Hay de todos los tipos y tama√Īos, de trapo y madera y porcelana y papel mach√©, m√°s antiguas y no tanto, vestidas de √©poca o de princesa o con traje t√≠pico de alg√ļn pa√≠s, exhibidas sin explicaciones (¬Ņpara qu√©?) y yo muero de nostalgia y melancol√≠a, porque quisiera, con todas las fuerzas de mi ser quisiera, tener ah√≠, extasi√°ndose y riendo de puro entusiasmada, a X√≥chitl de cuatro o cinco o seis a√Īos.

            Se habr√©is preguntado, supongo, que qui√©n es o fue la ‚ÄúPilarcita‚ÄĚ que se gradu√≥ de santa pagana y tiene dedicado un museo. Pues diz la leyenda que en 1917, de la carreta que tra√≠a a su familia de inmigrantes se le cay√≥ su mu√Īeca, y ella, de cuatro a√Īitos, se arroj√≥ a rescatarla y fue aplastada por la rueda. Es una historia truculenta, m√°s acaso que la de la Difunta Correa (la que amamant√≥ de muerta durante una semana a su hijo), pero, por alguna raz√≥n, la cultura popular se nutre de estas historias y siente particular veneraci√≥n por estos personajes. ¬ŅCu√°ntos padecimientos, cu√°ntos miedos, cu√°ntas esperanzas ancestrales terminan reflej√°ndose en estos mitos?

Y, yaquestamos, veamos qui√©n fue el gauchito Gil. Asig√ļn la G√ľiquipedia, hay tres versiones: Antonio Plutarco Cruz Mamerto Gil N√ļ√Īez fue un gaucho trabajador rural, que tuvo un romance con una viuda adinerada. Esto le hizo ganar el odio de los hermanos de la viuda y del jefe de la polic√≠a local, quien hab√≠a cortejado a la mujer. Como consecuencia del peligro que implicaba, Gil dej√≥ el √°rea y se alist√≥ para pelear en guerra del Paraguay (1864-1870). Luego de regresar, fue reclutado por el Partido Autonomista para pelear en la guerra civil correntina contra el opositor Partido Liberal, pero desert√≥. Dado que la deserci√≥n era delito, fue capturado, colgado de un pie en un √°rbol de espinillo, y degollado. Antes de ser ejecutado, Gil le dijo a su verdugo que deber√≠a rezar en su nombre por la vida de su hijo, que estaba muy enfermo; el verdugo desconfi√≥ de √©l, pero cuando regres√≥ a su hogar, encontr√≥ a su hijo casi agonizando; desesperado, le rez√≥ a Gil y su hijo san√≥ milagrosamente. (Se toma la tradici√≥n de envolver con banderas rojas o pintar de rojo los santuarios de veneraci√≥n al Gauchito Gil, dado que es el color que caracteriza al Partido Autonomista en la provincia de Corrientes). Una segunda leyenda relata que Gil era un cuatrero que se congraci√≥ con los pobres. Reclutado para combatir en la Guerra de la Triple Alianza, desert√≥ y fue perseguido. Capturado, cuando el comisario estaba a punto de dispararle debajo de un √°rbol, el Gauchito Gil le dijo: ¬ęNo me mates, que ya va a llegar la carta de mi inocencia¬Ľ. El comisario respondi√≥: ¬ęIgual no te vas a salvar¬Ľ, y el Gauchito dijo: ¬ęCuando llegue la carta vas a recibir la noticia de que tu hijo est√° muriendo por causa de una enfermedad; cuando llegu√©s rez√° por m√≠ y tu hijo se va a salvar, porque hoy vas a derramar la sangre de un inocente¬Ľ. Al llegar a su casa, el comisario encontr√≥ a su hijo enfermo, rez√≥ por √©l en nombre del Gauchito Gil y el gur√≠ se cur√≥. El comisario volvi√≥ a donde estaba el cuerpo de Gauchito Gil y le pidi√≥ perd√≥n. La tercera versi√≥n es algo menos rom√°ntica:El Gauchito Gil dirig√≠a un grupo de matones autonomistas que iban de pueblo en pueblo saqueando, robando a los ricos y matando a todo liberal que se cruzara en su camino. Fue capturado por un grupo de hombres del Partido Liberal y degollado cerca de Mercedes, Corrientes.

Curiosamente, no ha habido culto de quien más lo merecía, el tambor Pedro Ríos, tal vez demasiado real para dar pie a una leyenda.

Paso por ‚Äúel chino‚ÄĚ a comprar alguna vianda de emergencia y jugo. El chino tiene un vero supermercado que casi le queda grande al pueblo. Y, seg√ļn coleg√≠, el chino es, adem√°s, china. Una mujer joven (bueno joven a lo chino, o sea, de edad indefinida) que me explica que ha venido de muy lejos -¬°claro!- pero no c√≥mo ni por qu√©‚Ķ a Concepci√≥n de Yaguaret√© Cor√°, Corrientes, cuatro mil y un cachito de habitantes. Amarcord el chino del bazar de Navarro, que se hab√≠a instalado ah√≠ ‚Äúpolque vine y vi no hay bazal‚ÄĚ. En fin, un pueblo que lleva miles de a√Īos aprest√°ndose, con paciencia aut√©nticamente china, a dominar el mundo no m√°s a fuer de ser tantos, emprendedores y de trabajar como negros.

Vacilo entre quedarme a disfrutar de mi bondiola y mi queso o salir a cenar. Opto, nomás de puro curioso, por probar una pizzería que, me entero, queda en las casi afueras del villorrio, vale decir, como a uno o tal vez dos kilómetros. Hay gran cantidad de gente, familias enteras, tomando mate sentadas al aire libre en la acera. Algunas hasta están cenando. Como a un kilómetro de haber salido siguiendo el asfalto que lleva a la carretera, me entero de que no hay una sino dos plazas más, aunque menos atildadas que la central, pasando la segunda de las cuales se concentra la movida concepcionense. Movida literalmente, porque se trata de una convergencia de motos o más bien motonetas pobladas de jóvenes que no se han enterado, por suerte, de los avatares de la moda sartorial y capilar de sus coetáneos capitalinos. Y llego así y así me siento en la vereda de la susodicha pizzería, donde se me ha adelantado un cuarteto de féminas de diferentes edades y nivel de atractivo. No hay cerveza en lata ni vino en botellita, de suerte -es un decir- que voy a cenar con Sprite. Pero poco importa, porque al rato me sirven… a ver que pienso bien para no decir una cosa por otra… sí, no: ¡la peor pizza que he probado en mi vida! La masa quebradiza y el queso entre insulso y con gusto a nada. Como me muero de inanición doy cuenta de tres de las diez porciones y el resto se lo regalo al mujerío que lo agradece encantado. Lástima terminar así un día tan bello. Y van dos comidas de mierda sospechosamente contiguas: ayer en Resistencia y hoy aquí.

Bueno, pero a dormir que ma√Īana a las ocho y media me pasan a buscar para incursionar por los esteros.

S√°bado 23

Me despierto a las siete, me aseo, me hago un s√°ndwich (¬°pero no tengo caf√©!) y, apenas me siento a revisar el correo, me toca la ventana Jorge, mi gu√≠a de hoy. Tiene cuarenta a√Īos, un hijo ya grande medio mostrenco y una de cuatro con su mujer albobahiense y docente. Oriundo de estos pagos, prob√≥ suerte en Buenos Aires, pero resolvi√≥ volver y ya no quiere partir. El camino al muelle se reparte entre diez kil√≥metros de ripio y otros diez de arena. A la entrada hay un chalet que funge de puesto de guardia y administrativo donde el gu√≠a de turno consigna nuestros datos, hora de ingreso y hora prevista de retorno. Hay varias camionetas estacionadas de exploradores que nos han precedido. Jorge retira la lona de la lancha, la lleva a la punta del muelle y me hace subir. El paisaje no podr√≠a ser m√°s silvestre: el arroyo se abre paso entre camalotales y embalses. A las orillas manducan convivialmente familias de pecar√≠es o acechan los yaguaret√©s. Sobre los camalotales o los embalses montan guardia garzas esbeltas y elegantes. Cruzan delante de la proa bandadas de chaj√°es u otros p√°jaros de monta, o se perciben apenas entre los pajonales avecillas nimias como los martinpescadores. La paz es casi absoluta, y cuando Jorge apaga el motor, absoluta sin casi. Solo el sol implacable, morigerado apenas y cada tanto por alguna nube conmiserada, insiste en jodernos la existencia. En las paradas Jorge me va explicando. Hay, aparte de los embalses, islas de tierra firme; aquellas donde crecen √°rboles, y gente que vive en ellas. ¬ŅC√≥mo hacen cuando necesitan un dentista o un m√©dico? Ah, ah√≠ la cosa se pone jodida. Pero es gente muy feliz, porque no tiene preocupaciones. Al cabo de varias lagunas y dem√°s deudos, la cuenca desagua en el Uruguay y en el Paran√°, pero es imposible navegarla toda, porque los embalses vedan el paso y hay que pasar las canoas a mano de un lado a otro. A las once desembarcamos en una isla que funge de refugio o apeadero: hasta tiene ba√Īo (no del todo funcional, las cosas como son) y algunas mesas y bancos de madera para picniquiar. Amarramos detr√°s de la lancha de Sa√ļl, que est√° preparando el asado para una familia que no tardar√° en llegar en otra embarcaci√≥n con otro gu√≠a. Yo marcho con toda le estabilidad que puedo sobre las tablas que llevan por sobre el humedal hasta la isla propiamente dicha, pero una de ellas cede y me embarro hasta el tobillo que es una gloria. Sentados a una mesa damos cuenta de las vituallas: s√°ndwiches de miga, cerveza deliciosamente helada y alguna fruta.

            Narra Jorge que, retornado al pueblo, su primera intentona fue poner una carnicer√≠a, pero que la cosa no lleg√≥ a prosperar, porque, Aqu√≠ no es como all√°, que te traen la media res a tu negocio; aqu√≠ ten√©s que ir a buscarla en tu propia camioneta y, adem√°s, la carne es siempre de una vaca que ya ha parido dos o tres veces y no sirve m√°s; aqu√≠ no se vende carne de ternera.

            Duermo unos minutos en una hamaca hasta que llega la familia. La trae don Omar, un gaucho paradigm√°ticamente correntino: bombacha celeste, faja, camisa colorada, pa√Īuelo celeste y sombrero de un metro de ala. Junto a √©l, el chaque√Īo Palavecino es un esquimal. Cuenta Jorge que don Omar vive en el estero, que tiene que cabalgar hasta el agua y ah√≠ embarcarse en su lancha. Otro avistaje (¬°ay, cu√°nto me falta un equivalente de insight!) ef√≠mero de la Argentina profunda, del pa√≠s ‚Äúreal‚ÄĚ, de la Patria que no llega a columbrarse desde Santa Fe y Callao. Levantamos campamento y vamos escapando a unos nubarrones que se han ido congregando a lo lejos y que nos descargan una llovizna de soslayo. A las dos hemos dejado la canoa y marchamos rumbo a las caba√Īas.

            Yo me tiro a dormir una merecida siesta, tras la cual procedo al correspondiente tecleo de pamplinas, a la espera de que Jorge y Jos√© vengan a cocinarme el prometido asado. A todo esto se ha puesto a diluviar. La lluvia es a lo tropical y cesa a los quince o veinte minutos, pero bastan para que el Fiat quede que ni en la vitrina de la concesionaria. Sentadas bajo el alero de la caba√Īa vecina toman mate Mar√≠a Jos√© y su hija Luz. Luz tiene trece a√Īos y el pelo del color del pelo, lacio sobre el cuello, la piel del color de la piel, sin tatuajes cartogr√°ficos ni argollas met√°licas colgadas de las orejas, la nariz, los labios o la lengua y viste como vest√≠a mi hermana a los trece a√Īos: una blusa, un pantal√≥n y sandalias. Yo pienso en Xoch y sus amigas. ¬°Claro, ellas son de la Capital!

            Mientras Juan, el casero, prepara la parrilla, aparecen Jorge y Jos√© con la carne para el asado. Charlamos largamente. Jos√© es descendiente de libaneses y, aunque no masculla una s√≠laba de √°rabe, ha nominado a sus infantes Faruk y Farid. Descendiente de libaneses, pero por parte de padre, porque la madre es brasile√Īa. Es que este es nuestro pa√≠s. Como de dec√≠a mi desparecido y entra√Īable Juan Gerona, Vosotros, los argentinos, sois hijos de todas las leches. Y yo cuento la historia del turco Assef (vide ‚ÄúDe rusos, polacos, gallegos y petizos‚ÄĚ)

‚ÄúUn amigo de mi t√≠o, concesionario de Ford en Esquel, es el turco Assef, cuyo padre, sirio, huido en medio de la noche, los incendios y los gritos de mujer de las matanzas de los turcos en el L√≠bano, hab√≠a dado instrucciones precisas a sus dos hijos para que le rompieran la crisma a quienquiera los llamara turcos, ¬°Pap√°, no podemos: Son nuestros amigos! Y as√≠, el turco Assef padre no tuvo m√°s remedio que enterarse por las buenas que en la Argentina la sangre derramada afuera no se puede cobrar.‚ÄĚ

He tenido que abrir este viejo texto para recordarlo y no puedo resistir la tentación de citar un párrafo más:

En La Patagonia Rebelde, las huestes anarcocomunistas del Gallego Soto son el alem√°n, el polaco, el ruso, el tano. Hay una reuni√≥n en el sindicato donde se declara la huelga. Est√°n los inmigrantes chilenos, bien achinados ellos, que tambi√©n participan. De pronto, los europeos se ponen a cantar, cada uno en su idioma, La Internacional. Los chilenos son los √ļnicos que no la saben. Ese d√≠a aprenden, en mil idiomas que no comprenden, que las causas se pueden cantar. A la huelga se van a sumar los peones de las estancias vecinas. Gauchos argentinos, chilenos expulsados por la miseria, alemanes y polacos que han huido de la carnicer√≠a de las trincheras de Europa, gallegos perseguidos, rusos con la memoria cargada de pogroms van a mezclar sus sangres en una tierra que casi ninguno conoce para que la discriminaci√≥n m√°s terrible, la de los que no tienen m√°s que su fuerza de trabajo para vender o que les roben, acabe para siempre. No lo lograron ni ellos ni nadie despu√©s. Pero el sue√Īo vive, y alg√ļn d√≠a volver√° a so√Īarse bien despierto. La √ļnica escena verdaderamente memorable de Tango, de Carlos Saura, es cuando llegan al puerto los inmigrantes con sus b√°rtulos, sus cr√≠os, sus pecas, sus rulos, sus turbantes, su chadores, sus y√°rmulkes. La m√ļsica es el Va pensiero de los jud√≠os errantes con que el joven Verdi irrumpe en la historia de la m√ļsica. De pronto aparece un taita, reci√©n emigrado √©l tambi√©n, pero del campo, donde ha dejado agonizante a Santos Vega. Saca a bailar a una polaquita y en ese instante nacen una m√ļsica, una ciudad y una naci√≥n. Una m√ļsica triste, una ciudad cosmopolita hasta el delirio y una naci√≥n hecha de retazos de otras naciones que todav√≠a no termina de cuajar… el resto sigue siendo historia.

            Les cuento de mi encontronazo don la correntinidad ac√©rrima de Juan Ram√≥n y Jorge acota, ¬°Eso es de palabra, aqu√≠ estamos de hecho! Y, en efecto, de hecho estamos, apenas habi√©ndonos conocido, como kuyankas de toda la vida (raro, la G√ľiquipedia no recoge el nombre sioux para ‚Äúhermanos de sangre‚ÄĚ; se conoce que jam√°s han le√≠do El Llanero Solitario).

            Han pasado dos botellas (Juan no bebe vino) y me pesan los p√°rpados, agobiados m√°s por el torrente de experiencias que por el sue√Īo. Mis amigos se marchan y yo me arrojo sobre el lecho. El resto es silencio.

Domingo 24

No enciende la cocina y, por segunda ma√Īana consecutiva, no puedo tomar caf√©. Por suerte, Juan me trae una pava hirviente y ah√≠ s√≠, me doy el lujo oriental de una bolsita de caf√© -bueno, es un decir- instant√°neo La Virginia. Dicen que la guerra es peor. Eso y un s√°nguche de bondiola, queso y tomate hace las veces de un tradicional liviano en jarrito y tres medias lunas de grasa‚Ķ en fin. Es que, que yo haiga oserv√°u, en el pueblo no hay donde tomar un caf√©; ¬°si hasta parece S√°enz Pe√Īa! Pero poco importa, porque he determinado que hoy descanso (han sido, al cabo, diecis√©is d√≠as literalmente sin parar), para aprovechar el aire acondicionado dentro, el paisaje de sol y el chismer√≠o de los p√°jaros fuera y la necesidad de poner orden en la biblioteca existencial, atiborrada que se ha puesto de memorabilia reciente. Es bueno, corroboro, teclear las pamplinas reposado y sin apremio, deteni√©ndome a ver si encuentro un adjetivo m√°s preciso, una manera m√°s eficaz y amena de decir, que a uno le gusta, literalmente, cuidar las formas.

            Como a las diez y media salgo a dar una vuelta, con la endeble esperanza de que el Museo del Campo est√© abierto. No lo est√°, pero el pretexto es v√°lido para dar una vuelta un tanto m√°s ambiciosa. Descubro as√≠ dos placitas m√°s, todas con intrincados juegos infantiles medio desharrapados pero funcionales. El resto del pueblo sigue m√°s o menos id√©ntico a s√≠ mismo: casas de adobe, negocios berretones, caballos y perros mostrencos‚Ķ y un hospital que ocupa una manzana entera. Algo que me olvid√© de consignar y que he apreciado desde C√≥rdoba hasta aqu√≠ es la cantidad de √°rboles floridos que endulzan hasta las calles m√°s humildes. Hay, invariablemente, un asomo de belleza en los sitios menos esperados, como si la especie se resistiera a conformarse con la miseria y la fealdad.

            Nuevamente en casa, me aplico pacientemente a descargar los centenares de fotos que se me han venido acumulando. Entre tanda y tanda, voy leyendo los cuentos de Aquello estaba deseando ocurrir, de Leonardo Padura, ferozmente melanc√≥licos, como todo lo que lleva escrito. Yo, en cambio, me asombro de haber podido sustraerme a los tent√°culos pegajosas de la melancol√≠a y la nostalgia. Evoco con alegr√≠a todos los momentos maravillosos que s√© que no podr√°n repetirse y siento una enorme gratitud por haber podido vivirlos. Es como recordar un hermoso viaje del cual he regresado y del que, cada vez cada m√°s tanto, mirar√© las fotos con una tierna sonrisa. Se me ocurre, ahora que lo anoto, que no sentir el pasado como si fuesen cadenas sino recua de momentos dulcemente entra√Īables es la mitad de la felicidad. El resto es futuro.

            Por cierto que, en medio de la lectura, me sorprende la llamada de mi gom√≠a tucumano Esteban Marchese, que, al enterarse de que anduve por sus pagos y no lo llam√© se consterna. Y m√°s yo, por no haberlo pensado. Habr√≠a sido grat√≠simo juntarnos a charlar empanadas y vino por medio. En fin‚Ķ otra vez ser√°. Aunque, con esto de que se columbra cada vez m√°s n√≠tidamente el carretel, no han de quedarme demasiadas otras veces para ser. Alejandro Magno muri√≥ de purrete lamentando que no hubiera m√°s mundos que conquistar. Yo, mucho m√°s anciano, me acoquino ante todos los mundos que me faltan, pero todo en esta vida no se puede, queselvaser.

            He querido meter el auto a la sombra, aqu√≠ en el predio de las caba√Īas, y termin√© empantanado hasta el carac√ļ. Por suerte, Mar√≠a Jos√© se trae a su padre, Omar, que es emperador de una portentosa 4×4 y, tras alg√ļn intento fallido porque la soga se resiste al menester, me lo saca. ¬°Pensar que el diluvio me lo hab√≠a dejado impoluto! Pero nada, a la vuelta hay un lavadero artesanal y el due√Īo me lo devuelve a la pristinidad en quince minutos. De ah√≠ voy, otra vez, al Museo del Campo. L√°stima que no tienen luz y no pude apreciar del todo una colecci√≥n muy interesante de enseres de toda laya. Me cuenta el curador que lo inauguraron hace cuatro a√Īos, y que los otros tres tambi√©n son recientes. De ah√≠ paso por el chino que es china venida de lejos a comprarme algo para comer (tras el fiasco del otro d√≠a, desconf√≠o de la oferta gastron√≥mica local) y una botella de buen tot√≠n para Omar. Se han hecho pasadas las seis y, como de consueto, mi alma ya vuela por la carretera. Solo le falta que el cuerpo la alcance ma√Īana.

            Lavo la musculosa que se me embarr√≥ tratando de desatascar el auto y, yaquestamos, el calzoncillo, me doy una ducha y me pongo a leer a Padura. A las ocho y centavos me como las dos tajadas de matambre y uno de los tomates que le compre a le chine (¬°viva el lenguaje inclusivo aunque el espa√Īol perezca!) mirando un episodio de Vera, la espl√©ndida serie policial inglesa. El √ļnico pelo en la sopa es la m√ļsica que sale como un tsunami del cubil de Juan. Cruzo el parque a pedirle que la baje y vuelvo a atisbar ese sitio inveros√≠mil. La puerta est√° perennemente abierta y perennemente ha derramado sobre esta parte del planeta su magma sonoro. Sentada en el catre a la derecha, una momia de mujer que me mira fijamente con ojos como de besugo. De espaldas a la puerta, Juan, con sus facciones de indio cinceladas a puro √°ngulo recto, sentado tambi√©n inm√≥vil frente a la pantalla de plasma. Apenas queda espacio para un par de cachivaches y la cocina. Pero el chamameceo infernal no proviene de la tele, sino de unos parlantes que no llego a divisar. Juan accede sin rencor a menguar el torrente de decibeles y yo regreso a la ahora s√≠ paz absoluta.

            Son las diez y media. La serie acaba de acabar y yo termino de terminar estas pamplinas. Ma√Īana comienza la cuenta regresiva.

Lunes 25

A las seis estoy despierto, aseándome, desayunando mi sánguche y verificando mi correo, sabedor de que me va a entrar una somnolencia complementaria, que ya tengo encima y resisto para teclear estas pamplinas y anotar una de tantas boberías del Diccionario de la Lengua de la RAE: cinegético = relativo a la cinegética; cinegética = cinegético. En fin…

            Salgo finalmente a las diez y centavos. Tengo unos 350 km, vale decir, cuatro horas de ruta. El paisaje vuelve a ser plano y verde, con algunos √°rboles amontonados aqu√≠ o all√°, y la carretera vuelve a estar casi desierta. Paso por varios pueblos con mucha gente en la calle. No s√© exactamente d√≥nde, pero es obvio que estamos en pagos del gauchito Gil, porque todos los chiringuitos que bordean la calzada venden baratijas relacionadas con √©l y hay m√°s banderas rojas que en un Primero de Mayo en la Mosc√ļ sovi√©tica. (porque, por alguna raz√≥n ajena, l√°stima, al marxismo, todas las capillitas dedicadas al santo cuatrero est√°n ornadas de banderas bermejas. Hasta llegar a Curuz√ļ Cuati√° me habr√°n parado unas cuatro o cinco veces para preguntarme de d√≥nde vengo y ad√≥nde voy, y para tomarme la temperatura. A la entrada de

CURUZ√ö CUATI√Ā

me ordenan hacerme una nueva prueba, porque la de Empedrado ya es obsoleta. Tengo que esperar en la puerta de la escuela habilitada ad hoc a que llegue la médica que, por suerte, me da el alta.

            El hotel Continental ha sido un edificio colonial, seg√ļn lo atestiguan el patio en torno del cual se distribuyen los cuartos y el aljibe central, pero de cuya arquitectura original no queda un solo ladrillo. Me doy una ducha, me organizo, duermo una siestita y, en general, pierdo tiempo hasta que pase el bochorno de los 33 grados (¬°aunque parece que he venido al norte a salvarme de la can√≠cula porte√Īa!). Para cuando me voy a dar mi paseo ya la tarde se ha puesto bals√°mica. Bajo por la calle del hotel y, cuando perime el asfalto, c√≥mo no, vislumbro la inconfundible arquitectura ferroviaria de la estaci√≥n, que est√° ocupada a rabiar, con ropa tendida casi a todo lo largo del alero. La v√≠a, eso s√≠, ha de estar en servicio, porque est√° razonablemente pulida (dentro de un rato voy a descubrir, adem√°s, una barrera en uso). Fuera de la estaci√≥n propiamente dicha, no queda nada que rememore el ferrocarril. Del otro lado de las v√≠as, como era de esperar, se acaba el asfalto y comienza la pobreza. Vuelvo al centro por un bulevar que desemboca en la plaza principal y tiene un monumento algo berreta a los combatientes de Malvinas: unas piedras cubiertas de pintura blanca que simula nieve sirven de pedestal a un soldado que cae en una pose parecida a la del miliciano espa√Īol magistralmente fotografiado por Robert Kappa.

            ¬°Ins√≥litamente, en torno a la plaza no hay un solo caf√©! Pregunto a una chica y me dice que hay uno cerca de la terminal de √≥mnibus. Doy vueltas y vueltas admirando los muchos edificios decimon√≥nicos, todos de inconfundible alcurnia it√°lica, pero nada. Finalmente me indican Piacere, a unas pocas cuadras. Ah√≠ s√≠, por fin, me zampo mi protocolar primera birra. En eso estoy cuando me llama Xoch, quien me pregunta, Ante todo, c√≥mo est√°s (¬°as√≠, con ese!), Muy bien; me llam√°s para pedirme plata, No exactamente, ¬ŅO sea?, Me saqu√© los br√°ckets (es decir, los frenillos, ¬°o sea, que ya no tengo hija zezioza!), pero lo pagu√© con la tarjeta de Vale, Aj√°, Pero Vale tiene que sacarse una muela y sale dos mil pesos mexicanos, ¬ŅY tu hermana no tiene seguro m√©dico?, S√≠, pero aqu√≠ los seguros no cubren dentista, Aj√°, Y el dinero que mandaste se est√° acabando, Bueno, cuando llegue al hotel, les giro, y si la ves a tu hermana, mandale saludos. Menos mal que no me llamaba exactamente para manguar; si no, vaya uno a saber cu√°nto me habr√≠a costado.

La calle de Piacere, enresulta, es la m√°s principal y sobre ella hay, las cosas como son, varios caf√©s m√°s, y los hay, adem√°s en otras calles. Sigo yirando a medida que la luz se torna crepuscular, cargo nafta y, al cabo de otro par de horas, retorno a Piacere a cenar una bondiola de cerdo al plato. En mi inocencia, pido, nom√°s, eso: una bondiola al plato con papas fritas. Como no hay vino en botellita o por vaso, he de conformarme con una cerveza, que, como la de esta tarde, est√° gloriosamente g√©lida. Y entonces llega la bondiola, a saber: un plato casi tan amplio como un viejo long play en el que se disputan cada mil√≠metro cuadrado, apiladas, varias hojas de lechuga, varias rodajas de tomate, varias lonjas de bondiola, dos o tres fetas de jam√≥n cocido ba√Īado en queso fundido y, a horcajadas del jam√≥n, un huevo frito. Y despu√©s vienen las papas. Es, desde luego, una barbaridad, pero est√° tan deliciosa que me degluto hasta la √ļltima semillita del tomate y la √ļltima papa frita. Pensaba tomarme un helado de postre‚Ķ y, en realidad, lo sigo pensando, solo que ya estoy en pelotas tecleando estas pamplinas.

Pero sucede que no tengo vaso y la administraci√≥n est√° clausurada, de suerte que decido salir a comprarme un jugo de naranja y, yaquestamos, el susodicho helado. Que compro en una helader√≠a de lo m√°s pip√≠ cuc√ļ y que resulta sabros√≠simo, pero el cucurucho con una bola de sambay√≥n y otra de chocolate con pasa y rhum es tan abundante que termino desechando la mitad‚Ķ ¬°Yo! No hay caso; me estoy poniendo viejo, nom√°s.

Doy una postrera vuelta nocturna que me lleva a lo que parece el Vincennes de la ciudad y que me prometo atisbar ma√Īana antes de partir. Bueno, ahora s√≠ estoy en casa, a las cero diez de la noche o la ma√Īana, seg√ļn.

Martes 26

Me desvelo como a las tres y miro por iutiub una encantadora serie policial inglesa que no conoc√≠a: Rosemary and Thyme. El episodio transcurre en pleno verano en la Costa Azul y, en efecto, me entra una dulce nostalgia de un caf√© y un croissant o un pain-au-chocolat sentado en el mercado de Niza. Me duermo nuevamente a las cinco, aunque, pese a que he puesto la alarma a las nueve y media, me despierta a las ocho la metralla de la lluvia. Nada. Ya dormir√© mi siesta napole√≥nica en una banquina (l√°stima, pero, el paisaje mojado entrevisto a trav√©s del diluvio, bien que ser√≠a la primera vez en casi veinte d√≠as, de modo que calavera no chilla). Empaco mi magra hacienda y, antes de afrontar el ce√Īo de la mar tonante (¬°salud, viejo Leopoldo Marechal!), me siento a teclear estas pamplinas (que habr√© cerrado sin guardar, menos mal que estaban hechas un bollito en la papelera de reciclaje).

            Diluvia a lo universal. En las bocacalles el Fiat hunde la trompa en el agua como un acorazado su proa en mar picada. Cumplo con mi promesa de junar el Rosedal curucense, que es un bosque de lo m√°s agradable y que, lo que son las cosas, queda camino de la carretera, que, por suerte, est√° pr√°cticamente desierta. Primero no supero los ochenta por hora, pero luego puedo subir a cien sin riesgo. El √ļnico momento de zozobra es cuando viene el violento escupitajo que lanzan los camiones al cruzarse. El fragor d la lluvia, l√°stima, compite deslealmente con la sinfon√≠a Oxford de Haydn, la maravilla que precede sus doce postreras londinenses. Concordia queda a doscientos kil√≥metros y no tengo apuro. El paisaje (hasta donde puede vislumbrarse) ha pasado de pampeano pelado a boscoso. De a ratos la tormenta arrecia y casi no veo la carretera. Ah√≠ no hay m√°s remedio que aflojar y buscar otro auto o un cami√≥n lazarillo. Pero, por suerte, los ataques de histeria pluvial no duran demasiado. Lo que me molesta es un leve si persistente dolor de hombro, producto seguramente de una mala posici√≥n o un golpe de aire, como el de San Antonio de los Cobres. Como digo, no es fuerte, pero s√≠ sumamente molesto. Tengo el Tafirol en la maleta y bajar del coche, abrir el ba√ļl y entrar a hurgar en ella va a ser un calvario, as√≠ que me aguanto hasta una estaci√≥n de servicio. Van a ser casi tres cuartos de hora, pero el alivio es inmediato. La lluvia cas ha cesado y aprovecho para hacer un alto para comprar delicias regionales (mam√≥n, higos y naranjas en alm√≠bar, alfajores de ar√°ndanos, dulce de leche y frutas y dulce de leche tout court). Puede que pueda disfrutar de Concordia, despu√©s de todo. Porciertamente, la pipa que encend√≠ al encarar la carretera me ha durado una hora y cuarto, todo un r√©cord.

            ¬°Las pelotas! A poco de retomar el rumbo entra a diluviar con m√°s sa√Īa a√ļn. Me ha entrado sue√Īo y busco la entrada a una estancia para echarme una siestita de espaldas a la tranquera, La lluvia deviene amiga y me arrulla con su tableteo. Ya repuesto, contin√ļo para salvar los treinta kil√≥metros que restan. Ingreso en

CONCORDIA

en medio del tsunami vertical por un acceso en mal estado que atraviesa barrios peor entrazados. Ya me estoy desilusionando de mis ilusiones cuando, ¬°zas!, la gallega me instruye tomar Urquiza y de pronto comprendo que estoy en una de las ciudades m√°s bellas de la Argentina. Las casas italianas (Concordia data de 1830) se suceden compitiendo a ver cu√°l gana. Es como si hubieran comprimido a Santa Fe con Rosario con Curuz√ļ Cuati√° con Salta y el resultado fuera un concentrado de delicias arquitect√≥nicas.

            Dejos las cosas en el hotel (el m√°s pior despu√©s del de Salta, con ba√Īo comunal pero con puerta que s√≠ cierra) y salgo a almorzar mi primer pescado de r√≠o. Como no hace demasiado calor, me he puesto la campera con capucha que me ahorra el incordio del paraguas. Estoy a cuatro cuadras de la Plaza de la Catedral. La lluvia es casi un recuerdo, pero como sigue vivo, voy en auto. Los edificios aleda√Īos a la plaza son magn√≠ficos, incluida una incongrua Municipalidad en estilo netamente mussoliniano. Me como una boga la horno con papas fritas y sigo con mi paseo, que, como no pod√≠a ser de otro modo, me lleva a la estaci√≥n, un edificio para variar portentoso y para variar en derrota, aunque en las v√≠as se alinean interminables recuas de vagones de carga. El nomenclador reza Concordia Central, lo que lleva a sospechar que hay al menos otra Concordia m√°s. En efecto, un pibe que toma mate en el and√©n me explica que es la que ahora funge de Centro de Convenciones. Para all√≠ voy y logro entrar por el otrora patio de maniobras y retroceder unos trescientos metros entre galpones supongo que ocupados y un par de vagones toda herrumbre (m√°s uno que es a la flora lo que los pecios a los corales, cubierto que est√° de yuyos que le surgen de todas partes). De la estaci√≥n quedan los dos √ļltimos tramos de v√≠a entre sendos andenes protegidos por sendas p√©rgolas. Al t√©rmino de uno de ellos duerme o agoniza un vag√≥n de los que creo que fueron herederos de los tranv√≠as Lacroze, supuestamente Bar Tem√°tico y Literario y efectivamente cerrado. Para ver el edificio de la estaci√≥n tengo que desandar el patio de maniobras, pegar la vuelta y entrar por la entrada. Es, tambi√©n, un edificio fascistoide, todo √°ngulos rectos.

            Ha salido el sol y se ve que con ganas de joder. De regreso al centro paso por el inconcebible, el magn√≠fico, el que ni en Recoleta palacio Arruabarrena. Una maravilla que anonadar√≠a al mism√≠simo palacio Ortiz Basualdo que tanto le gust√≥ al Pr√≠ncipe de Gales y hoy alberga la Embajada de Francia. En √©l funciona el Museo Hist√≥rico Regional, pero est√° previsiblemente cerrado, igual que el jud√≠o. Y ahora a la Costanera, que es un paseo bell√≠simo con un hermoso parque de un lado y la suave barranca que, playa de arena por medio, se desliza bajo el r√≠o. Del otro lado, que casi se puede tocar, el Uruguay.

            Me he ido deteniendo cada cien o doscientos metros a fotografiar maravillas y casi llega un momento de exasperaci√≥n. ¬°No me jodan m√°s que ya estoy harto de tener que bajarme a cada rato! Pero, como llevo encendida la pipa, resuelvo pasear hasta que se extinga, cosa que sucede en torno de las seis de la tarde. Vuelvo al hotel darme una ducha que me despegotee el sudor y a seleccionar y editar las fotos e ir completando mis pamplinas. Entre una cosa y otra, se hacen las nueve y media y, aunque no tengo nada de nada de hambre, salgo a cenar otro pescado. Lo pagar√© caro. No en contante, que es una birria, sino porque no lo puedo terminar y ahora, cinco de la ma√Īana que son, sigo repiti√©ndolo.

Miércoles 27

He pasado una noche de los mil demonios y sé que voy a tener que mandarme una siesta pronto. Parto para Salto Grande, sin demasiadas esperanzas de que me dejen entrar a ver la represa. En efecto, niporputas. De camino, me mando mi siesta. No he desayunado, de forma que me reservo la pipa. Entrando a la ruta, por fin me tomo un feca con lunas y ahí sí, la pipa. ¡Que me va a durar una hora y cinco! El paisaje es agradable, como siempre totalmente verde y, cada tanto, muy arbolado. Hay más tránsito que otras veces, pero nada del otro mundo, y la autopista está perfecta. Llego a

CONCEPCI√ďN DEL URUGUAY

Concepci√≥n como al mediod√≠a. El hotel est√° lo m√°s bien, pero hace un calor insoportable. Por primera vez desde que sal√≠ no tengo nada, pero nada de ganas de pasear y sacar fotos. Me duermo una siesta hasta las dos y salgo a dar vueltas con el Fiat. La ciudad es como la recuerdo, en el estilo de Santa Fe o Concordia, construcciones it√°licas nutridas y bien conservadas. Enfilo para la estaci√≥n. Es un edificio hermoso y en bastante buen estado. Por el patio de maniobras de distribuyen cinco vaporeras desdentadas de bielas, y hay otra abandonada en el taller. La caminata es supliciante: siento que el sol se me clava como un pu√Īal. Para no desperdiciar la salida me voy a la Costanera, que recuerdo hermosa. Lo es. Pero a gatas si atino a comprarme una Coca que beber√© en el auto. Algo anda mal, estoy demasiado cansado. Regreso al hotel a esperar que se hagan las seis.

            A esa hora vuelvo a salir y ahora s√≠, recorro las calles con mayor entusiasmo, pero no me siento del todo bien. A las siete y centavos me siento en un bar frente a la plaza y me pido una limonada (!) y una pizza (!) que no es tan espantosa como la de la otra Concepci√≥n, pero sale c√≥modamente segunda. No la termino. A las ocho y media, tal vez antes, me desplomo sobre la cama. Ojal√° pueda despertarme bien temprano para pasear antes de que estalle el sol.

            Ha sido, francamente, un anticl√≠max. Acaso porque ya me fui, y el cuerpo, para variar, se queda atr√°s medio hu√©rfano.

Jueves 28

Me despierto a las cuatro. Todavía es de noche, de suerte que me pongo a teclear estas pamplinas que sé totalmente indignas de las precedentes. No hay nada que hacer: me he secado.

            ¬°Pues vea ust√© que no! Porque salgo a caminar y caminar y fotografiar y fotografiar maravillas con el mismo deleite de siempre. Se conoce que ayer no fue mi d√≠a, una especie menstruaci√≥n existencial secuela del puto dorado de la cena en Concordia. A las siete volv√≠ al hotel, chap√© el Fiat y me mand√© pa’ la costanera, que estaba cerrada, y aprovech√©, entonces, para dar vueltas y vueltas admirando la entra√Īable arquitectura. Entre la cual me sorprendi√≥ una casa de tres pisos estilo entre racionalista, Bauhaus y Lego, de lo m√°s original y todav√≠a no puedo decidir si bella, y un edificio como de treinta pisos de paredes cubiertas √≠ntegramente por una especie de placa lisa color ocre y ventanas relativamente peque√Īas que tapan los balcones y que recordaban los laterales del crucero en que viajamos Xoch y yo el a√Īo pasado y la escalera de servicio en la esquina, al aire libre, medio a lo Le Corbusier o Myes van der Rohe. Original, la erecci√≥n, y tal vez apta en Puerto Madero o Catalinas Norte, pero en Concepci√≥n le queda como un sobre todo militar tres talles m√°s grandes a una adolescente en bikini. Pero lo que m√°s me conmovi√≥ fue una placa (parece que varias veces vandalizada) que recuerda, con nombre y apellido, a los desaparecidos de la ciudad. Y vuelvo a clamar entre m√≠. ¬°NUNCA M√ĀS, HIJOS DE REMIL PUTAS; NUNCA M√ĀS!

            Ahora acabo de desayunar. Termino de teclear estas pamplinas, me duermo una siestita complementaria y ¬°en marcha!

            Voy lo m√°s campante por la autopista, esta vez razonablemente cargada de camiones, cuando los paneles me advierten de la salida a Gualeguay. Como no son ni las once, para all√≠ me mando, a ver. A todo esto, el celaje se ha puesto bruno y han ca√≠do, con mayor o menor convencimiento, algunas gotas. Bueno es, porque no va a hacer tanto calor. Unos cien kil√≥metros y una pipa por una ruta provincial nuevamente impecable me dejan, entonces, en

GUALEGUAY

Que comienza, como Concordia y Concepci√≥n, poco auspiciosamente. Dejo que la nariz me conduzca y, cuando por fin me detengo en una esquina sin m√°s pretensiones que un par de edificios allitaliana, una se√Īora me confirma que estoy en el epicentro mero del pueblo, pero que polo clim√°tico queda a un par de cuadras, donde la peatonal desemboca en la plaza. Dejo el Fiat amarrado al palenque y entro a caminar. ¬°Menos mal que me desvi√©! Porque Gualeguay es una ciudad tan bella como Concordia o Concepci√≥n, si claramente de menor monta. Las construcciones de pro se suceden casi sin soluci√≥n de continuidad de cuadra en cuadra. La plaza San Mart√≠n es la m√°s hermosa de las tres ciudades que me he regalado en Entre R√≠os, sin edificios incongruos que vengan a mellar la pureza arquitect√≥nica. El palacio que fue de la gobernaci√≥n o algo por el estilo, y ahora se de LT38, Radio Gualeguay, ocupa toda una cuadra y recuerda el de Urquiza en San Jos√©, con una torre de catedral en el medio. Como en Concordia y Concepci√≥n, hay un nutrido bouquet edificios majestuosos, como el antiguo Banco de Italia, o la Biblioteca Popular ‚ÄúEl Porvenir‚ÄĚ, y casas particulares de enjundia y, si no, la entra√Īable seguidilla de fachadas de entre que lleg√≥ el aluvi√≥n inmigratorio y la belle √©poque. Como Santa Fe, Entre R√≠os es tierra de gringos y, salvo el monumental Palacio Arruabarrena, no hay mansiones olig√°rquicas. Esta tierra, al cabo, fue b√°sicamente colonizada en serio. Estos son los descendientes de los chacareros que pegaron el Grito de Alcorta (l√°stima que tantos se hayan olvidado). Me siento a tomarme un caf√© con medias lunas y a editar y seleccionar fotos cuando comienza a lloviznar. Es hora, me digo, de mandarme mudar. Me equivoco, pero, porque ya en la ruta caigo en que he cometido el sacrilegio imperdonable de no visitar la estaci√≥n. En fin. Otra vez ser√°.

            Y ahora s√≠, Buenos Aires‚Ķ Pr√°cticamente, porque levanto a una se√Īora que va Z√°rate y, COVID gratias, se ha quedado sin √≥mnibus. La dejo exactamente donde va y, ahora s√≠ ahora s√≠, a casa.

Justo es admitirlo: ha sido un viaje deputamadre.

CR√ďNICAS MORAVOBOHEMIAT√ďMICAS

March 1st, 2021

31 de marzo a 12 de abril de 2018

Pródromo eutereovindobónico

viernes 23 a 31 de marzo

Que Vale se regres√≥ a Monterrey el 6 y que me qued√© por fin solo. Que me diagnosticaron una posible apnea y vino un t√©cnico del Nosocomio Tudesco y me coloc√≥ una especie de contador Geiger y me sembr√≥ sensores por toda la anatom√≠a a ver. Que s√≠, que nom√°s ten√≠a apnea pero moderada y hube de comprarme un inhalador, un humidificador, una manguera y una m√°scara que ser√°n de ahora en adelante fieles compa√Īeros de mis noches. Que ando durmiendo con un protector porque parece que de puro ansioso vivo desgastando la dentadura, lo cual complementa armoniosamente la m√°scara antig√°s. Qu√© en no teniendo nada mejor que hacer y aprovechando que el bulo quedaba desocupado a partir del 23 y hasta junio resolv√≠ venirme a Viena al cabo -¬°por primera vez!- de trece meses de ausencia. Que me saqu√© un pasaje de ida con mis millas (total, siempre podr√≠a improvisar mi retorno de √ćtaca a mis anchas). Que me preguntaba c√≥mo ser√≠a volver sin nadie que esperase mi retorno. Que pens√© que ser√≠a una pena pasarme la primavera toda ella en Viena. Que decid√≠ primero irme a Londres y entonces que por qu√© no alquilar un auto y cumplir mi antiguo sue√Īo de recorrer √≠ntegra Gales. Que reserv√© un coche para la √ļltima semana de abril. Que me pregunt√© y qu√© hago todo el primer mes. Que se me ocurri√≥ alquilar otro veh√≠culo y darme una vuelta contrarreloj por Bohemia. Que eso hice. Y que por fin decol√© el s√°bado 23 cargado de interrogantes y nostalgias.

Es viernes 30 de madrugada y miro y escucho La Gazzeta, de Rossini (me pregunto si este gordo comil√≥n lleg√≥ a estar alguna vez de mal humor: ¬°qu√© pasmoso contraste con la bruma espesa y sempiterna de un Sibelius!). Llegu√© cuando el sol se marchaba y pude recorrer esas cuatro cuadras desde la parada del bus a casa haciendo cuentas de cu√°ntas veces me hab√≠a tocado dar esos mismos pasos halado por la pipa y arrastrando las maletas. Pablo, el colega que, sin saberlo, me desplaz√≥ de la OSCE (la nueva jefa no contrata sudacas), me cambi√≥ la distribuci√≥n de los muebles. La idea no ha sido mala, pero me arruin√≥ la emoci√≥n de rencontrarme con los recuerdos intactos. Para colmo, el dpto., l√°stima, estaba un tanto a la miseria y atestado de la hacienda que, ahora que Pablo pernocta aqu√≠ con su novia, le daba aires de mercado persa. Casi literalmente, porque Pablo ha vivido a√Īos en Turqu√≠a y se nota, sobre todo en la alacena desbordante de vituallas ex√≥ticas. La cosa es que pas√© las primeras horas tratando de tornar nuevamente habitable el habit√°culo, lo que me distrajo, l√°stima otra vez, de la melanc√≥lica delicia de volver con la frente marchita. Tra√≠a la agenda abultada: buscar el DNI en el Consulado, encargar nuevas lentes, recuperar el PIN de mi tarjeta de d√©bito, organizar la monta√Īa de paquetes que vinieron llegando (cosas de ferromodelista que me han pedido los amigos y clientes), revisar el rimero de correspondencia, comprarme un rompevientos en sustituci√≥n del que no pude encontrar en casa y seguro que se me qued√≥ en Monterrey, imprimir los vouchers de mi viaje, ir a la oficina de Visa a encargar una nueva para m√≠ y para Valeria, visitar a mi sucesor en la ONU a ver si por ah√≠ me contrata alguna otra vez (ilusiones, me temo, del viejo y de la vieja), aprovisionarme para la semana, recoger del correo los paquetes que all√≠ aguardaban, comprarme un cicatrizante para la puta lastimadura que me qued√≥ de mi tropez√≥n del mi√©rcoles frente a la Embajada de Francia (¬°uno, al cabo, no se rompe la crisma en cualquier sitio!) y otros menesteres pedestres que me llenaron la semana. Me esperaban varias novedades: el U1 ha estrenado a mis espaldas cinco estaciones nuevas, la Embajada y el Consulado se han mudado a edificios contiguos en la Guttenbergplatz, el Spar que remplaza a mi Coto de M√©xico y Pichincha se ha modernizado y perdido aquella como inocencia barrial, de la ONU han terminado de desaparecer los rostros conocidos. Que, en suma, me han cambiado el pasado (la rima me irrita, pero no encuentro sin√≥nimos de la primera conjugaci√≥n).

En otro orden -es un decir- de cosas, ha fenecido el microondas, hay una filtraci√≥n en el grifo de la cocina y las cortinas del ba√Īo no dan m√°s, y, cual si no bastare, Vale me cuenta que a Xoch le han robado de un probador l√°ptop y telefonino; ¬°pobre, c√≥mo debe de haber gemido! Y que andan engripadas las tres, o sea, Nadia incluida, (Porciertamente, desde ayer que no abre mis mensajes y no s√© c√≥mo han evolucionado las respectivas convalecencias. La comunicaci√≥n con Xoch est√° suspendida, claro, pero la con Vale no termina de prosperar… en fin).

El lunes fui en busca de un cable a la tienda de UPC en Favoritenstrasse, adonde hac√≠a a√Īares que no iba y me la encontr√© peatonizada, con su lamentable arquitectura de post guerra y los tres o cuatro edificios de antes que las bombas omitieron derruir (nadie es perfecto). De ah√≠ al BankAustria a ver de recuperar mi PIN y sacar morlacos para la semana. El martes, entre el hijo de mi conserje Mara y un amigo pudieron reparar la filtraci√≥n. El mi√©rcoles me mand√© nom√°s para la ONU con entusiasmo m√°s que menguado (me encantar√≠a no tener que volver… ¬°Pensar lo feliz que fui esos casi quince a√Īos!), me fui tras la pipa hasta Kagran en pos de rompevientos y cortinas e invit√© a cenar a Heide a Da Angelo (una mozzarella caprese para Heide, una orata y un branzino de antolog√≠a compartidos miti-miti con mezzo di bianco della casa, una panna cotta para m√≠ y due lemoncelli colofonaticios). El viernes me habr√≠a correspondido otra vez dir a UPC a devolver el m√≥dem de anta√Īo, salvo que no puedo encontrar niporputas el transformador que no puede haberse movido de estos trienta metros cuadrados. En cambio, resulta que el PIN no lleg√≥ y hube de dir al banco a sacar m√°s guita porsiputas. En el buz√≥n s√≠ hab√≠a, las cosas como son, un aviso de paquete que he de recobrar en el correo despu√©s de las cinco en punto de la tarde. Entretanto, dos cargas de ropa para dejar o llevar todo pulido y empacar minimal√≠stimamente… bueno, todo lo minimal√≠stimamente que me permite el inhalador y su adjunta parafernalia.

Y ahura, el turno de la nostalgia: Amarcord mi primavera inicial de 1992, era abril y tuve una cita con Christiane, una zairota apenas emergida de la pubertad, que esa tarde se vino (en ambos sentidos) conmigo a y en casa y despu√©s nunca m√°s me dio bola. Estrenaba apenas mi Peugeot 309 en el que poco m√°s tarde realic√© mi primer safari a Trieste, dando vueltas y vueltas por los Abruzos. En Trieste di mis primeras clases. Siguieron Bath, Leeds, Manchester y Londres, Vic (¬°inolvidable Pepi!), Barcelona, Madrid, Granada (¬°qu√© habr√° sido de tu vida, Cruzma!) y Salamanca, Mons y Bruselas, Ginebra y Zurich, Forl√¨, Par√≠s, San Petersburgo, Pretoria, La Habana (¬°oximor√≥nica Nieves, Lidia toda fuego!), Kingston, Panam√°, San Jos√© de Costa Rica, Santiago de Chile, Buenos Aires, Monterrey, Montreal… Y los congresos de Las Palmas, Aarus, Monte Verit√†, Estocolmo, Amberes, Praga, Bratislava (¬°hiperb√≥rea Ritva!), Melbourne… Misiones desde Londres hasta Bangkok, de Oslo a Asunci√≥n, la insolente opulencia de Qatar, los maltrechos mendigos de Addis Abeba, el √Āfrica estereot√≠pica de Nairobi (¬°oh, formidable talladura en √©bano de Jessica!)… Los veranos en Ginebra… Entretanto vinieron, salpicadas de aventuras entra√Īables, la dulce Eva (filipina toda ella), la despampanante Turca, la √≠gnea China y finalmente Nadia, entonces la Chapu, con su luego nuestra Vale. Y, ya en Buenos Aires, cinco a√Īos de matrimonio perfecto (as√≠ lo recuerdo y no lo quiero enmendar), premiado inopinadamente por la Porcinetta. En suma, los mejores a√Īos de mi vida. Sobrevinieron, es cierto, diez a√Īos de felicidad mellada (mellada, pero cierta) acribillados de escapadas a Europa y otros pagos de pro.

Ahora empieza el resto, mis √ļltimas andadas mientras me d√© el cuero biol√≥gico y cremat√≠stico, y el paseo cada vez m√°s frecuente por tantos recuerdos maravillosos. No me quejo. Como Neruda, puedo confesar que he vivido (una confesi√≥n que es m√°s bien una proclama). No quisiera volver atr√°s, y eso es bueno, porque puedo saborear esta sobremesa ah√≠to y agradecido. Solo nuevamente, como siempre me ha gustado. Ma√Īana comienza a cerrarse un nuevo c√≠rculo, empero: otra vez, como cuando llegu√© nuevamente solo, el periplo solitario al volante por sitios de ensue√Īo. Y antes, mi primer gran amor (¬°la belleza formidable de Nora!). Y Mosc√ļ (¬°asombrosa voracidad de Ira, el amor absoluto de Susi!), Siberia sorprendente y mis periplos indigentes por Europa. El primer retorno de Ulises. El Chile de Chicho y aquel pueblo entusiasmado. Mi encuentro con la Patagonia y mi matrimonio inaugural con Ana. Y luego Nueva York (¬°las eshesh pastosas de Patricia, las avellanas de √≥nix de Zita, la l√ļbrica simbiosis con Blanca, la bondad infinita y ardiente de Martha, mi segunda intentona nupcial con la insaciable Michulina!) y, ahora por fin, las m√ļltiples recorridas sin apremios de bolsillo. ¬ŅCu√°ntas vueltas m√°s le quedan a esta espiral formidable? El tiempo dir√°, l√°stima -¬°otra vez!- que seguramente pronto. Sigo sin quejarme: como todos, terminar√© callando para siempre, pero ¬°cu√°nto que habr√© cantado!

Aun así, ¡ojo! La depre tiene que estar al acecho. Han pasado demasiadas cosas hace demasiado poco. Prematuro de toda prematurez cantar victoria.

s√°bado 31

Me desvel√© como a las dos o tres de la mattina y me puse a escribir las pamplinas de arriba. A las nueve andaba ya camino del U1. Desciendo en la flamante estaci√≥n Aldlaustrasse y, no sin dar un par de vueltas de perrito sin due√Īo, termino en el 67A que me lleva a hasta Traviatagasse por la Richard-Strauss Strasse (¬°estamos o no en Viena, carajo!). En Global Rent-a-Car me dan mi albo Skoda y el Se√Īor ilumina mi mente y pago los 20 euros diarios adicionales para tener cobertura total. Vuelvo a casa por un tramo de autopista que la √ļltima vez que sub√≠ a un auto en Viena no exist√≠a, me meto en un t√ļnel estrenado hace poco y termino en mi ribera del Canal a dos o tres kil√≥metros de casa. ¬°Como la Argentina, este pa√≠s se va para arriba! Encuentro un hueco para estacionarme pr√°cticamente frente a mi puerta, cargo mochila con bolsa de dormir y ropa para m√°s adelante, valijita para todos los d√≠as, mochilita con la compu y estuch√≥n con el marcapasos pneum√°tico. Salgo hacia Brno pasando por lugares de anta√Īo. Subo por la Lasallestrasse hasta el puente que, a medida que lo sub√≠a, iba dejando ver el complejo de la ONU y, para mi sorpresa, no pude recuperar la emoci√≥n de no haberlo hecho en trece a√Īos. Si pudiera, no volver√≠a nunca m√°s. Fui tremendamente feliz aqu√≠. Cada vez que ve√≠a surgir estos edificios grises daba gracias al Demiurgo por tama√Īa fortuna. Gracias una vez m√°s, pero, ahora, a otra cosa

Ojo. Sé que ando en tres cilindros; que, con todo y las gracias retroactivas al Demiurgo, llevo la larva de la depre haciendo de las suyas. He de manejar con cuidado, porque con mi inconsciente nunca se sabe.

Cambio cien euros en la frontera a sabiendas de la estafa y me adentro en Moravia. El paisaje es anodino, chato, agrisado por un cielo de pocos amigos, de √°rboles escasos y desnudos y prados de un gris descolorido. Llego a Brno y, ya de entrada, distingo la catedral encaramada en su loma presidiendo la ciudad vieja. Estaciono ahicito nom√°s, a una cuadra mero del mero centro. Salgo a una calle peatonal bordeada de esos edificios de principios del s. XX, tan t√≠picos de estos pagos y tan diferentes de los de Viena, abundantemente ornados, pero, se me hace, sin mayor gracia, como viejas paquetas… edificios solterones, se me ocurre. A poco llego a la Plaza Mayor (Masarykna), ella s√≠ barroca de veras o de g√≥tico revestido, como todas las ciudades del Imperio, tan id√©nticas de Serbia a Polonia y de Rumania a la frontera con Suiza. La plaza me recuerda enormemente a la del mercado de Varsovia. Los mismo puestos de morfi o artesan√≠as, la misma multitud dominguera, los mismos autos como temerosos de hacer ruido… Pero hay algo que no termina de cuajar. Esta gente no parece feliz. Contenta, tal vez; pero no feliz. No hay casi alboroto. Los dos o tres cr√≠os que se hacen o√≠r pronto aprender√°n a callarse. Tampoco hay negros (bueno, tres o cuatro) u otros perceptiblemente extracomunitarios como en cambio tanto abundan en el resto de la Europa tradicionalmente primomondesca. Fuera de esta plaza, no hay un alma. A todo esto, tengo los pies helados y mejor regreso al Skoda a calzarme las medias de monta√Īa. Luego subo hacia la Catedral por una calle amplia pero desierta. Acuclillada en un zagu√°n, una muchacha en actitud de aparente s√ļplica. Pero no: est√° enviando un SMS. Ahora caigo en que no he visto un solo mendigo. Los dos balconcitos que fungen de observatorio de la torre quedan a 135 escalones sobre el nivel del pavimento. Los trepo con menor esfuerzo del temido. Al este (creo, y, si no, al norte o al oeste o puede que al sur) la ciudad se despliega adormentada con sus techos de tejas. A lo lejos, otra loma y, encima, lo que parece un convento con una torre como un me√Īique rasgando apenas el cielo de plomo. Del otro lado de la Catedral, el Parque Denis, diz que el primero oficialmente parque de Moravia y Bohemia. Detr√°s, el √ļnico edificio con balcones que haya visto de esa √©poca en toda Europa, al menos que recuerde… puede que en Praga. El parque da sobre la parte moderna. Abajo, a la izquierda, la estaci√≥n a la que deber√≠a ir por lealtad ferroviaria, pero me da pereza. Los trenes, por cierto, son albicelestes como los de Randazzo (nuestro ex Ministro de Transporte, pa¬ī los infiltr√°us, que renov√≥ todo el parque ferroviario como parte de la pesada herencia del kirchnerismo).

No hay sol. Acaso con Febo y menos fr√≠o, la cosa ser√≠a otra, pero no termino de sentirme bien. Querr√≠a volverme a Viena. No es algo nuevo. Me ha pasado mil veces cada primer d√≠a de muchos viajes. Sin ir m√°s lejos la primera vez en Viena, all√° por 1982, que casi me muero de la tristeza. O aquella en que llegu√© de Buenos Aires y me dej√© la valijita con compu y pasaporte en el patio de mi edificio y que di por afanada (por suerte, no, vide ‚ÄúCr√≥nicas copenaguadas‚ÄĚ). Si, como creo, me conozco, se me va a pasar seguramente hoy mismo. Pero, por el momento, ¬°cuidado!

Se me ha acabado la bater√≠a del telefonino principal. Regreso al auto en busca del de auxilio, porque en la Masarykna ahora toca, canta y baila un conjunto folkl√≥rico juvenil, vestido con los t√≠picos trajes de la zona, tan parecidos de los Urales al Atl√°ntico. La orquesta (violines, acorde√≥n y bajo) toca sin demasiada afinaci√≥n ni ganas; el coro (una l√≠nea de siete u ocho adolescentes) canta casi por compromiso; y los ocho o diez bailarines se aplican poco entusiasmados a una danza con palotes parecida a la igualmente est√≥lida de los Morris Men ingleses. Cada tanto prorrumpen en un ‚Äúhey!‚ÄĚ que parece m√°s una advertencia que un s√≠ntoma de alborozo. En Varsovia (vide las cuantiosas cr√≥nicas) he visto lo mismo pero con sonrisas.

Al salir con el coche rasgo un auto estacionado. Estaba escrito. Solo hab√≠a que esperar el momento del zarpazo avieso del inconsciente. El due√Īo que justo ha aparecido en ese momento se me viene justificadamente al eslavo humo. El da√Īo es escaso, pero se ve que es un Volkswagen de lujo y nuevecito. Es un hombre parecido a Alejandro Dolina. Est√° con su mujer, una cincuenta largona delgada de melena abundante. No habla m√°s que checo e insiste en llamar a la polic√≠a. En vano trato de explicarle que todo lo que tiene que hacer es tomarme los datos. La cana tarda como una hora, pero aparece en una camioneta enorme. Son dos, uno de los cuales, por suerte, chamuya ingl√©s. Sacan fotos, miden da√Īos, recorren distancias con una ruedita atada a un palo, piden documentos, se sientan a teclear en la computadora del aut√©ntico escritorio que es la parte trasera de su camioncito. Tardan, literalmente, una hora, tras la cual nos dan a Dolina y a m√≠ un protocolo en checo. Dolina se marcha, pero a m√≠ me zampan -con toda raz√≥n- una multa del equivalente de cuarenta euros. Solo que en coronas y no hay tu t√≠a. Yo tengo mil quinientos en dos billetes, pero no dan cambio y sigue sin haber tu t√≠a. Por suerte, lo consigo en el hotel frente al cual estamos y me quedo con el equivalente de apenas veinte euros en d√≥lares eslavos, sin tarjeta de d√©bito y ma√Īana es domingo.

Eppur, en medio de todo el tr√°mite, empiezo a sentirme recuperado. Como si hubiera pagado -¬°literalmente!- el derecho de piso de la depre. (Pero attenti!, que todav√≠a queda hilo en el carretel). Ha oscurecido y ya no tiene sentido atravesar la ciudad para encaramarme a la loma opuesta del convento. Esta noche no tengo reserva porque he querido ver si, como en mis tiempos mozos, puedo dormir en el auto. Pero hace fr√≠o y he verificado que, a diferencia de mi Peugeot 309, en este Skoda no hay como tenderse horizontalmente. Tras varias vueltas encuentro la ruta a Olomouc. Es que por estos pagos la se√Īal satelital (ni hablar de wi-fi) es un cibermito: si uno no se mete en un sitio privilegiado, cag√≥; o sea, que el GPS no se da por aludido… ni el resto de las funciones propiamente telef√≥nicas tipo whatsapp (m√°s tarde me enterar√© de que es porque mi obsoleto paquete de Telemobile no incluye el roumin paneuropeo). Son pasadas las siete y es noche cerrada. Resuelvo hacer noche en un motel que encuentro por azar. Otra sorpresa de la depre aceda: no s√© c√≥mo, pero mi √ļnica tarjeta de cr√©dito europea se ha partido por la mitad… ¬°longitudinalmente! Con mi suerte para las desgracias, como la barra magnetizada y el chip est√°n intactos, todav√≠a funciona. La habitaci√≥n es perfectamente aceptable y ceno un cerdo igualmente digno. Pero no me sirve el enchufe para el respirador artificial. O consigo un adaptador o me lo traje al soberano pedo. Y ah√≠ entro a descubrir otros estragos de la depre: me he dejado en Viena las tarjetas argentinas y el cepillo de dientes. Es que a m√≠ las cosas me gusta hacerlas en grande.

Me doy una ducha y aprovecho para lavar medias y calzoncillo (total, la camisa sirve para otro día). Me despierto a las dos o tres y, sin otra cosa que hacer, me pongo a escribir mis consabidas pamplinas.

Domingo 1o

A las siete ya estoy camino de Olomouc. Ando siempre por el paisaje gris de ayer hasta entrar en la ciudad. Le doy una vuelta. Otra vez una plaza con su feria incipiente y veinte o veinticinco vecinos madrugadores y ateridos, m√°s otra pr√°cticamente contigua y totalmente desierta. Nuevamente la t√≠pica arquitectura barroquizada a huevo del Imperio. Me cago literalmente de fr√≠o. Encuentro un caf√© milagrosamente abierto (todo est√° cerrado hasta las diez y son apenas las nueve) donde me zampo un espresso y una tarta de manzana. No parece haber mucho m√°s que mirar y enfilo para Hradek Kralove, adonde llego como al mediod√≠a, siempre bordeado del paisaje mortecino. Vuelvo a cagarme de fr√≠o entre edificios barrocos de verdad o mentira, una inesperada recova reminiscente de Berna, una iglesia esmirriada, como si las torres que la flanquean la hubiesen estrujado, y sigo para Trutnov, donde seg√ļn mi agenda, me toca pernoctar. El paisaje se ha tornado m√°s ameno, o sea, ondulado y, de a ratos, bordeado de √°rboles. Llego como a las 13:00. Solo que enresulta que mi reserva es para ma√Īana y que, si no regreso a Olomouc, pierdo los cincuenta euros de la esa s√≠ reserva correspondiente, que se me escap√≥ porque la hice por despegar punto com y no como todas las dem√°s por booking √≠dem. (Ya s√©; no me digan nada: otra jugada del inconscio y van…). Calculo que la nafta que voy a gastar para desandar los casi 200 km y rehacerlos ma√Īana no compensa y decido buscar posada por estos lares. Emprendo, pues, el camino real, entre prados mustios y aldeas mudas. Como a los diez o doce kil√≥metros veo un cartel que anuncia Penzion (as√≠, sin acento) Oaza 500 metros a mi diestra. Llego, y el checo que me recibe me anuncia que restor√°n como no pero que pensi√≥n las pelotas. Todo eso m√°s por se√Īas que por nuestro mutuamente ininteligible alem√°n. Me invita a dice sentarme y me ofrece una birra, pero como tengo que manejar la cambio por un caf√© que se revelar√° infecto y que, no obstante, habr√© de pagar, mientras me organiza alojamiento en una pensi√≥n vecina. Me extra√Īa que la se√Īora le haga preguntarme a qu√© hora pienso pic√°rmelas y si pienso cenar. Digo que como a las siete u ocho y que bueno. Salgo. Doy vuelta a la izquierda por una caminito de una mano que sube y baja entre casas petizas hasta el techo a dos aguas y luego gigantescas, porque los techos son desproporcionadamente altos y les dan aspecto de gnomos de gorro descomunal. La se√Īora, una abuela enjuta de nombre Vera, me est√° aguardando a la puerta. Habla un poco de ruso por un extremo y de alem√°n por el otro y, en medio, checo puro. Me hace pasar a una salita llena de cachivaches a cuya izquierda se columbra un dormitorio en estado de reciente batalla y a cuya derecha est√° la cocina que, a su vez, da, ahora hacia la izquierda, a la sala, donde, sentados a la mesa, manducan a) Lad(islav), actor dram√°tico de cincuenta pirulos y pinta, efectivamente, de gal√°n maduro, que masculla alternativamente ingl√©s y ruso, b) su novia e hija de Vera, Ladja, de 25 abriles ella, blonda, jugadora de la selecci√≥n checa de hockey, judoka y estudiante de arte dram√°tico, que borbotea un ingl√©s r√≠spido, c) Iv√°n, como de setenta, marido de Vera (que, me entero, es masajista y entrenadora de judo y acarrea setenta pirulos, os√©ase, dos menos que el infraescricto que no puede creer que haya viejos tan viejos que tengan menos a√Īos que √©l), ferroviario, como su jermu, rusoparlante por resaca del comunismo, d) Kata, sobrina de Vera, unos veintid√≥s a√Īos, y e) su novio Jan, que hablan, entre los dos, un cacho de ingl√©s. Me invitan a sentarme y me sirven una monta√Īa de un cerdo delicioso con los m√°s o menos indeglutibles knedliks de papa que por aqu√≠ pasan por deliciosos. De postre, un bizcochuelo en forma de cordero. Por lo de la Pascua, me explican. Claro, retruco, al cabo la ostia es el cuerpo de Cristo. Reconfortados en mi reconocimiento y aceptaci√≥n del canibalismo m√≠stico, nos hacemos amigos enseguida y charlamos hasta por los codos, aunque no puedo jurar que haya entendido del todo lo que me dec√≠an ni viceversa.

Se han hecho como las 18:00 y anuncio mi intenci√≥n de subir a mi cuarto que resulta el √ļnico para alquilar, ya que los dem√°s est√°n ocupados por la citada familia y sus advenedizos. De camino, Vera me muestra al -c√≥mo decirle- jard√≠n o patio trasero. Se sale de la planta alta y se atraviesa un puente que salva el foso en el que, contra la pared de la ahora sumergida planta baja, se apilan le√Īos de diferente calibre y especie. Del otro lado, un huerto delimitado con estacas que empalan un zapato o una chancleta y nunca sabr√© por qu√©, enseres de campo, cosas, cachivaches, trastos… En torno, el paisaje ya es casi de monta√Īa y, a lo lejos, con su tonsura de nieve, la Cherna Gora, es decir, Monte Negro, portadora de la pista de esqu√≠ m√°s famosa de Bohemia, que es como decir el edificio m√°s alto de Carmelo. La nuestra parece de estuco blanco, pero la casa vecina es sinceramente de piedra. Ahora caigo que no por nada la escalera que acabo de subir es, ella tambi√©n, p√©trea tipo medieval. As√≠ parecen todas. Todas medio desatendidas, como si a sus habitantes les tuviesen sin cuidado los primores tan caros -digo yo que por suerte- a nuestra clase media urbana. Mi habitaci√≥n es r√ļsticamente confortable o al rev√©s. Vest√≠bulo por medio el escus√°u y, a su lado, un enorme ba√Īo con ba√Īera, ducha y dos lavatorios. Por las dudas, Vera me precave que en la planta baja hay otro. En este piso hay dos dormitorios m√°s y, en medio, otra cocina. ¬ŅPor qu√© dos cocinas? No me atrev√≠ a indagar.

Me dedico a acomodar mis b√°rtulos. Me doy una ducha y aprovecho para lavar camisa, medias y calzones, Me pongo al d√≠a con la correspondencia el√©ctrica, descanso un rato y desciendo a la sala donde Ladja y Kata se afanan en decorar cincuenta huevos de Pascua. Van cayendo Lad, Iv√°n y Jan que me explican que ma√Īana, cumpliendo con sacro ritual campesino, salen temprano a fustigar hembras y que por eso era importante a qu√© hora pensaba levantarme. No entiendo bien por qu√© la excursi√≥n punitiva, pero solicito prenderme. A eso de las nueve subo ya para apoliyar. Me quedo como un tronco, pero, como era de esperar, me despierto a las seis.

Lunes 2

Vera me ha preparado un desayuno op√≠paro: varias clases de fiambre, huevos duros, pepinos, tomates y vaya uno a saber cu√°ntas cosas m√°s que continuar√° trayendo hasta diez minutos despu√©s de que le haya dicho que gracias pero que basta y me haya levantado de la mesa para refugiarme en mi cuarto. Pero el m√ļsculo de los dem√°s todav√≠a duerme y su ambici√≥n descansar√° hasta las ocho. A esa hora me dan mi fusta (cuatro ramas como de un metro, delgadas y trenzadas para que no se doblen, pero totalmente endebles, con un mo√Īo de colof√≥n) y mi cesta tipo Caperucita Roja. La cosa es as√≠, Por alguna raz√≥n que se pierde en la bruma de los siglos, el lunes de Pascua los maschios de la aldea deben salir armados, como digo, a fustigar las nalgas de las locales f√©minas, que tienen obligaci√≥n de esperar que vaya cayendo el cafisciamen, ofrecer el tafanario y, ya vueltas a dar vuelta, una copita de algo estimulante, alguna vianda y un regalito (con miras a lo cual, aparte de fustas, el malevaje lleva los cestitos). Salimos, pues, en patota, los checos cantando algo as√≠ como ‚Äúd√©annos sliv√≥vitsa o llamamos a la cana‚ÄĚ. Golpeamos la puerta de la primera casa y salen una se√Īora cuarentona y la que parece su madre. Tras recibir los correspondientes azotes, nos ofrecen unas copitas de, efectivamente, sliv√≥vitsa que viene a ser una especie de vodka de guindas, deliciosa, unos canap√©s y un huevo decorado y un chocolat√≠n a cada uno, como prueba de lo cual anudan a nuestros knuts sendas cintas de colores. La presencia de un compatriota de Borges, Maradona y Messi es p√°bilo de enorme jolgorio en el que solo participo cual efigie silenciosa. En la segunda casa, una vez m√°s la tradicional tunda y el no menos tradicional piscolabis. Lo mismo en la tercera. Yo ya empiezo a percibir la realidad entre brumas, por lo que me abstengo de seguir bebiendo y, al cabo de dos casas m√°s, comiendo. De camino, como es natural, nos cruzamos con otras pandillas de paisanos en tren de repartir latigazos. En uno de los hogares nos detenemos como veinte minutos a charlar (bueno, los dem√°s) porque parece que son parientes. Al cabo de otros como diez domicilios, nos tocan otros parientes y otra tertulia. Las casas, por cierto, todas poco acogedoras. Nada de pobres, en absoluto, pero de una rusticidad desangelada. A las doce en punto, con las fustas enjaezadas de veinte o veinticinco cintas de otros tantos colores, textura, largo y espesor, regresamos puntualmente, como la tradici√≥n exige, a darles de rebencazos a nuestras propias mujeres (las de ellos, bah), que, a su vez, han ofrecido entretanto jovialmente las nalgas a los dem√°s aldeanos y repartido los cincuenta huevos decorados la v√≠spera y, adem√°s, deben esperarnos con el almuerzo listo, ¬°qu√© joder! ¬°Y pensar que nosotros estamos en tren de proscribir penalmente el piropo!

Almorzamos, pues, el resto del cerdo, pago los 23 euros que me han costado cama y mesa y, como he quedado con mis pr√≥ximos anfitriones en encontrarnos a la una, salgo de regreso a Trutnov. Los propietarios de la agencia env√≠an una rubiecita de pro a mostrarme el dpto., dejarme las llaves y llevarme a una estaci√≥n de servicio a cambiar guita porque estoy con veinte coronas, vale decir, ni cinco euros. En la Shell me compro un s√°nguche de pollo y un litro de jugo de naranja y regreso, ya solo, a instalarme (cuatro pisos por escalera mediante), tras lo cual salgo a chusmear. Tr√ļtnov es otra ciudad del Imperio, con un centro hermoso (que tiene asimismo su recova), pero tambi√©n desierto. Doy un par de vueltas en el coche. Vuelvo a casa y, en vista de que ha salido el sol, resuelvo aprovechar lo que queda de la tarde para marchar, pipa en ristre, a pasear por la ciudad vieja que, como he descubierto, queda a unas ocho cuadras. Son como las cinco y media y, calculo, la plaza se habr√° ido llenando de domingueros (bueno, luneros), con, acaso, alg√ļn conjunto de m√ļsica. Las pelotas, pero, aunque, bien mirada, como ahora, la ciudad vieja es una joyita. La pipa y el paseo duran los 55 minutos exactos de la Sinfon√≠a Alpina de Richard Strauss que llevo metida en las orejas. Toda una sincronizaci√≥n que ha de remitir, digo yo que sin falta, a una inteligencia superior que rije los destinos del hombre y qui√©n sabe si no de la mujer.

Subo mis cuatro pisos, me apresto a irme a la cama temprano (no son ni las siete) y descubro que me he dejado el piyama en Polinek (que as√≠ se apela el villorrio de donde vengo). Desando lo andado dos veces (es que la primera tomo para el lado de los tomates) y como a las ocho y media caigo en la Penzi√≥n Kosonos (¬ŅCosa Nostra?) como se llama, que, ahora que caigo, hab√≠a olvidado comentar. Gran recibimiento de hijo pr√≥digo. Vera me da de cenar una soberbia milanesa de pollo con ensalada. Nueva despedida nueva y esta vez s√≠, a dormir (pero con la tristeza de que vaya uno a saber por qu√© no han salido ninguna de las de fotos de hoy. Tanto que cuando escriba estas pamplinas tendr√© que hacer un esfuerzo para recordar c√≥mo era Hradek Kralove).

Martes 3

Desayuno el s√°nguche y enfilo para Praga. Hace, por fin, un d√≠a peronista, y el camino sigue interesante, amablemente ondulado, con √°rboles cada tanto y las sempiternas viviendas campesinas amontonadas de a diez o doce en pueblos sin demasiado √°ngel. Tengo reserva en una pensi√≥n que, ahora que caigo, queda como a 20 km del centro, en un pago de apelativo Kolodeje. La gallega del GPS vuelve a volverse loca (lo ha hecho varias veces en Buenos Aires y volver√° hacerlo durante el resto del viaje) y me lleva a dar vueltas por Bohemia. Finalmente consigo llegar. Estoy en la calle Savojska, en un barrio de chalets tipo B√©ccar. El n√ļmero 302 corresponde a una casa como tantas, blanca impecable, que no tiene indicaciones ni carteles ni nada que permita vaticinar que se trata, no m√°s, de la Guest House Savojska. Dejo el Skoda en la calle, abro el port√≥n que cede amablemente, me dirijo a la entrada, que queda al costado y atr√°s y que tambi√©n est√° abierta y penetro en un peque√Īo vest√≠bulo cuyo √ļnico mobiliario es una mesa √≠nfima con el libro de visitas abierto. A la izquierda la escalera parece subir a las habitaciones. A la derecha una sala tambi√©n peque√Īa, algunos sillones, una mesa con diferentes tipos de t√© y caf√© instant√°neo m√°s un calentador de agua, un escritorio con dos computadoras, mapas, folletos y, sobre el alf√©izar de la ventana, una colecci√≥n de autos cl√°sicos de juguete. Me preparo un feca y me siento a esperar. Como a los diez minutos aparece el due√Īo, un tipo de unos treinta y cinco pirulos, casi esf√©rico, vestido a lo bohemio (¬°claro!), de barba medieval, que regresa de pasear un ovejero alem√°n que parece m√°s bueno que Lassie. Me pide disculpas por la demora, me muestra d√≥nde estacionar (otro port√≥n sin traba), me lleva a mi cuarto, me da la llave (la del cuarto, porque es la √ļnica puerta que, si quiero, queda cerrada), se despide y me deja solo en un recinto tambi√©n blanco impoluto que mengua hacia le ventana con la inclinaci√≥n del techo. Desensillo y salgo a rencontrarme con Praga.

Son las dos de la tarde. La gallega me lleva dando mil vueltas que luego corrobor√© necesarias hasta la autopista que, quince kil√≥metros m√°s tarde, me deposita, pasando el dorso del Museo Nacional, en el parking de la Stazione Termini local. Dejo el coche y, como no pod√≠a ser de otro modo, me pongo a explorarla. Entro por la nave del edificio hist√≥rico, con su b√≥veda labrada, que ahora no es m√°s que el pretexto para un caf√©, porque la estaci√≥n propiamente dicha es una decena de andenes montados sobre un inmenso hormiguero de negocios. Saco fotos de los diferentes modelos de vagones, cochemotores y locomotoras y emprendo mi ruta a la Vaclavske Namesti, esa mezcla de Plaza de Mayo con Nueve de Julio que empieza en el museo y desciende suavemente si acaso un kil√≥metro a ambos lados de una amplia plazoleta central sembrada de quioscos de toda laya que cesan en un caf√© conformado por dos viejos tranv√≠as. Cruzo Na Prikope, la especie de Florida tras la cual se inaugura la ciudad vieja. Llevo las neuronas atiborradas de recuerdos. Amarcord mi primer viaje, agosto de 1965, con el inolvidable Tito √Āverbuj (que cay√≥ en la trampa de un infarto a poco de regresar) y Leonardo; la ciudad oscura y silenciosa oliendo, como toda la entonces Checoslovaquia, a carb√≥n. Amarcord despu√©s el verano de 1967, de regreso a Mosc√ļ tras mi primer periplo a riguroso dedo hasta Par√≠s. Amarcord el invierno de 1968 con Nora y mi primer concierto dirigido por el magn√≠fico Sergiu Celibidache, para m√≠, entonces, un ilustre desconocido. Y mayo de 1992, cuando me encontr√© pareci√≥ que para siempre con la Turca. Y uno o dos a√Īos despu√©s con la vieja. Y un fin de semana por ah√≠. Y un congreso de la Sociedad Europea de Traductolog√≠a. Y diciembre de 2004 con la a la saz√≥n Chapu. Puede que me falte un viaje. Todo pas√≥ entretanto: Nora, la beca de Mosc√ļ, Susy, el regreso, mis correr√≠as de docente de ILVEM por R√≠o Gallegos y Tierra del Fuego, mi primer matrimonio con papeles (Ana), Nueva York, mis matrimonios de facto con Patricia y Zita, mis segundos esponsales (con Susana),Viena, Eva, mi √ļltimo concubinato con la Turca, Ning-hui, la Chapu (en aquel momento) con el premio inesperado de Valeria y mi boda sospecho que final, la vuelta a Buenos Aires, X√≥chitl, las deliciosas aventuritas en combo ‚Äúzin nadie que noz rega√Īe‚ÄĚ, la debacle casi inesperada y esta coda o colof√≥n que todav√≠a no s√© c√≥mo clasificar… No hay caso: ¬°otra que Funes el memorioso! Guarda, fratello, que este tren retrospectivo trae un caboose m√°s que sospechoso y ya has metido una pata grossa. A no reincidir que el horno no anda para bollos.

Apenas atravesado el Rubic√≥n, me adentro en la Stare Mesto, que es la parte de la ciudad que se desparrama apretadamente (vaya con el ox√≠moron) de este lado del r√≠o, achatada por le efigie del Hradcany que se ufana en su loma del otro lado del Puente de Carlos. A mi derecha, el verde calipso del teatro donde Mozart estren√≥ su Don Giovanni. Voy andando entre casitas barrocas de verdad o mentira (m√°s bien mentira, porque son casi todas medievales remozadas) de pasteles bondadosos e indiferentes a la turbamulta de turistas en enorme proporci√≥n rusos. Llego a la plaza del ayuntamiento y me encuentro con que el susodicho est√° en obras y han tapado con trapos el reloj astron√≥mico y vedado el acceso a la torre, LPQLP. Contin√ļo hacia el Moldava con sus cohortes de sauces llorones. Del otro lado, los techos de tejas van encaram√°ndose camino del castillo (el ment√°u Hradcany), cuya iglesia, alta en el cielo, condimenta el par de nubes con su cebolla barroca. El puente de Carlos no soporta un turista m√°s. Lo esquivo, total Mala Strana la tengo reservada para ma√Īana. Se van haciendo las cinco en punto de la tarde y me he dado cita con Silvio, general retirado de la Fuerza A√©rea Italiana y ex cu√Īado de mi compa√Īero de banco del Nacional San Isidro, Osvaldo. Llego al monumento que lleva a la rastra el Museo y me siento a beber mi primera birra en el caf√© Como, terraza del Hotel Jalta, unos cien metros Vaclavske abajo.

Grato rencuentro grato con mi gran y √ļnico gom√≠a milico, que descarga su metralla de chismes a cien it√°licas s√≠labas por segundo como un desaforado basso buffo. Hay mucho que contar y comentar. Empezamos con las noticias de Osvaldo y Silvia, su hermana y ex de Silvio, de los hijos de Osvaldo y las hijas de Silvio, de su matrimonio con M√≥nica, una checa treinta a√Īos menor que √©l, de la situaci√≥n mundial, de c√≥mo es y c√≥mo era Praga, de c√≥mo conoci√≥ a su nueva mujer. Todo caminando entre la ciudad y sus hordas de turistas. Nos tomamos un aperitivo por ah√≠ y luego vamos a cenar a un sitio medio art dec√≥ donde se nos junta M√≥nica, una rubia esbelta y m√°s alta que un granadero (metro ochenta y dos; cuando caminan a la par, Silvio, que es tirando a petizo, parece su bast√≥n). Cenamos un exquisito cerdo con salsa acompa√Īado, claro, por cerveza. Les cuento de mi iniciaci√≥n en los ritos paganos y me cuentan que, en toda su inocencia, los folcloristas locales pidieron a la UNESCO que declarase el rito de los fustazos parte del Patrimonio Com√ļn de la Humanidad a ver si con eso puede sobrevivir unos a√Īitos m√°s y que la UNESCO los sac√≥ cagando. Como a las diez, mis desparejos amigos me acompa√Īan a la estaci√≥n. La gallega, por suerte, me lleva a casa sin hacer de las suyas.


Miércoles 4

Me levanto temprano acariciado por la luz que entra a cuarenta y cinco grados. A las nueve de la madrugada me llama Silvio, que no tiene nada que hacer hasta las cuatro y que por qu√© no nos vemos. Nos damos cita en la nave de la Termini y enfilamos para la plaza de Carlos, donde est√° la iglesia ortodoxa rusa, en la cual hallaron cobijo y muerte los siete checoslovacos que asesinaron a Reinhard Heydrich, el Carnicero de Praga, uno de los criminales m√°s infames de la infame y numerosa caterva hitleriana, en junio de 1942. Pero demos la palabra, haciendo caso omiso de su grotesco castellano, a la G√ľiquipedia:

“Operación Antropoide

Durante la Segunda Guerra Mundial, la Operaci√≥n Antropoide consisti√≥ en el atentado contra el m√°s poderoso y temido de los jerarcas nazis, el Obergruppenf√ľrer (Teniente General) Reinhard Heydrich, Jefe de la RSHA, Protector de Bohemia y Moravia y uno de los art√≠fices de la soluci√≥n final. En el a√Īo 1941, la situaci√≥n para los aliados era cr√≠tica. El mismo a√Īo, Heydrich fue enviado por Himmler el a Praga. De este modo, Himmler alejaba moment√°neamente a quien le hac√≠a sombra ante Hitler y asimismo este √ļltimo enviaba a la capital checa a uno de los m√°s competentes y temidos de la c√ļpula de las temibles SS. Heydrich asumi√≥ como Reichsprotektor en septiembre de 194, se puso desde el primer d√≠a manos a la obra, decret√≥ la ley marcial, detuvo a numerosos intelectuales y los ejecut√≥, e incluso arrest√≥ al Primer Ministro Alois Elias, miembro del gobierno t√≠tere checo impuesto por los propios alemanes y fusilado el 19 de junio de 1942. El total de ejecutados alcanz√≥ la cifra de 550, lo que le vali√≥ los apodos de El carnicero de Praga o La bestia rubia. Su gesti√≥n diezm√≥ la resistencia checa, responsable de diversos sabotajes, y aument√≥ la fabricaci√≥n de material militar. Luego aplic√≥ la pol√≠tica del “palo y la zanahoria” aumentando los beneficios laborales pero a su vez imponiendo una mano dura en el gobierno. El aparente estado de bonanza a econ√≥mica logrado en el Protectorado despert√≥ cierto grado de filiaci√≥n en la poblaci√≥n checa hacia el nazismo. Se hac√≠a necesario mantener la resistencia en las tierras checas. Para mostrar a los Aliados que los checos tambi√©n eran amigos, el presidente checo, exiliado en el Reino Unido, Edvard Benes, acept√≥ un plan de Churchill para desestabilizar el r√©gimen nazi en Checoslovaquia, ya que la sumisi√≥n de Checoslovaquia podr√≠a ser imitada por otros pa√≠ses y as√≠ acabar indirectamente con la resistencia y fortalecer el nazismo en Europa. Para ello se plane√≥ el atentado contra uno de sus l√≠deres m√°s poderosos. Reinhard Heydrich era incluso considerado por Hitler como su eventual sucesor. Tan temido era Heydrich que √©l mismo consideraba imposible que alguien se atreviera a atentar contra su persona. La operaci√≥n comenz√≥ la noche del 28 de diciembre de 1941 con la llegada de dos comandos checos, los sargentos Jan Kumis y Jozef Gabcik, a bordo de un bombardero y lanzados en paraca√≠das junto con otros comandos brit√°nicos. Por un error de navegaci√≥n se los lanz√≥ en Nehvizdy, a 20 km de la capital checa, pero provistos de papeles falsos de identificaci√≥n y vestidos de paisanos lograron contactar a la resistencia en Pilsen. En Praga contactar√≠an a otro guerrillero, Karel Curda, para ultimar los detalles. Una vez contactados, comenzaron por estudiar minuciosamente los h√°bitos de desplazamiento de Heydrich y advirtieron que invariablemente empleaba la misma ruta cuando marchaba desde el castillo y siempre a la misma hora. La elaboraci√≥n del atentado era sumamente simple: emboscar el auto de Heydrich y asesinarlo. En la ruta del Castillo de Praga a las oficinas de Heydrich hab√≠a una curva muy cerrada que obligaba al chofer a aminorar la velocidad este fue el punto de ataque elegido. La fecha del atentado fue fijada para la ma√Īana del 27 de mayo de 1942. Tres guerrilleros se apostaron en un recodo del camino a la entrada a Praga, justo por donde pasar√≠a Heydrich ese domingo. Uno de ellos, KubiŇ°, llevaba una granada antitanque modificada; otro, Gab?√≠k, una metralleta Sten y el tercero, el subteniente Josef Val?√≠k, har√≠a las se√Īales con un peque√Īo espejo. El d√≠a fijado supon√≠an que Heydrich pasar√≠a por all√≠ cerca de las diez de la ma√Īana, pero excepcionalmente, y para sorpresa de los comandos, no apareci√≥ a la hora estimada. Cuando ya iban a abandonar la zona, Valcik avis√≥ a los dem√°s que el veh√≠culo ven√≠a en camino y sin escolta. Al llegar a la curva, el Mercedes 320 redujo la velocidad y en ese momento Gab?√≠k empu√Ī√≥ su Sten con la intenci√≥n de abrir fuego, pero el arma se bloque√≥. Heydrich, al percatarse de la situaci√≥n, se levant√≥ del asiento con el coche a√ļn en marcha y se aprest√≥ a sacar su pistola para repeler el ataque. Gab?√≠k, completamente aterrorizado, ech√≥ a correr. KubiŇ°, menos nervioso, pudo activar la granada y arrojarla en el momento justo en que Heydrich apuntaba con la pistola en su direcci√≥n, cayendo al costado de la rueda trasera derecha. El ch√≥fer de Heydrich, pistola en mano tambi√©n, consigui√≥ bajarse en persecuci√≥n de KubiŇ°. En ese momento, la granada estall√≥ al lado de la puerta trasera derecha, alcanzando las esquirlas en la espalda de Heydrich. Aun as√≠, pudo bajarse del veh√≠culo y lograr dar algunos pasos y disparar a los atacantes, antes de quedar tumbado en la acera agarrado a una reja y desangr√°ndose. El SS Klein alcanz√≥ a KubiŇ° en una esquina, pero este le dispar√≥ por sorpresa, dej√°ndolo malherido. KubiŇ° tom√≥ una bicicleta y escap√≥ del lugar. El resto de los guerrilleros checos lograron huir a la carrera, con la amarga sensaci√≥n de haber fallado en el objetivo de la misi√≥n. Pero cuarenta y ocho horas despu√©s las heridas recibidas, en especial una esquirla alojada en el bazo, se infectaron y al cabo de ocho d√≠as le causaron la muerte. Sus atacantes no llegar√≠an a saberlo. Se empez√≥ ofreciendo recompensas y se desat√≥ una ola de ejecuciones en la capital checa. Al final, el 16 de junio, uno de los implicados, Karel ?urda, denunci√≥ al SS el paradero de sus camaradas, con la esperanza ingenua de que, si sacrificaba a sus compa√Īeros, las ejecuciones sumarias se detendr√≠an, lo que en la realidad no sucedi√≥. Los guerrilleros checos se hab√≠an refugiado en la antigua iglesia de Cirilo y Metodio, en una especie de cripta subterr√°nea con catacumbas, donde una de las ventanillas daba a la calle. Finalmente, los principales perpetradores del atentado, Josef Bubl√≠k, Jozef Gab?√≠k, Jan Hrub√Ĺ, Jan KubiŇ°, Adolf Op√°lka, Jaroslav ҆varc y Josef Val?√≠k, quedaron atrapados en la iglesia. A las 4:15 del 18 de junio de 1942, la cripta fue rodeada y asediada por 800 soldados de la Waffen-SS. Despu√©s de una lucha de siete horas, los nazis hab√≠an perdido catorce hombres y otros veintiuno resultaron heridos. Seis comandos se suicidaron para no caer vivos en manos alemanas; el s√©ptimo, KubiŇ°, que hab√≠a sido gravemente herido, muri√≥ desangrado.‚ÄĚ

*****

La cripta, convertida en mausoleo, conserva las paredes acribilladas. Me sobrecoge esa caverna oscura de donde -no pod√≠an no saberlo- estos hombres j√≥venes que no ten√≠an nada que ganar con su sacrificio, no pod√≠an salir con vida, ¬°Gloria eterna a todos los que combatieron el fascismo, sobre todo cuando mal pod√≠a creerse en la posibilidad siquiera de la victoria! (No recuerdo d√≥nde le√≠ que, preguntado por qu√© se iba a Espa√Īa a pelear por una Rep√ļblica perdida, un anarquista o trotskista franc√©s replic√≥ ‚ÄúAl fascismo no se lo combate porque se le puede ganar: se lo combate porque es el fascismo‚ÄĚ). Cabe se√Īalar que las autoridades eclesi√°sticas ortodoxas estaban al tanto de todo y no vacilaron, sin embrago, en dar asilo a los h√©roes, lo cual les vali√≥, desde luego, su cuota de represalias.

De ah√≠ marchamos por la ribera del Moldava al barrio jud√≠o, a mirar (porque nos resulta imposible entrar) las sinagogas y el cementerio. Silvio me lleva a almorzar a otro sitio de pro y me explica hasta qu√© punto fueron extraordinarios la pericia, el ingenio y el hero√≠smo de nuestros pilotos durante la Guerra de las Malvinas. Me cont√≥ cosas de la participaci√≥n de la Fuerza A√©rea tana en la ex Yugoslavia e Irak, del poder√≠o absoluto de los EE.UU. y de c√≥mo tiene, seguramente, los d√≠as contados. Del problema tremendo y el drama atroz de la inmigraci√≥n. Yo, que soy de hablar lo m√≠o, no daba con qu√© decir, totalmente absorbido por el torrente de datos y un an√°lisis pol√≠tico y militar de un aut√©ntico profesional (¬°y ni quiero pensar las cosas que sabe y no dice!), Y me cuenta tambi√©n del guatemalteco rubio, de ojos celestes, rapado al ras, sin duda entrenado por los rangers gringos, sin duda torturador, enviado a Italia como agregado o asesor o algo para sac√°rselo de encima, que hizo un moh√≠n de asco cuando Silvio le mencion√≥ a la Premio Nobel de la Paz Rigoberta Mench√ļ, que luego desapareci√≥, seguramente con identidad falsa, en alg√ļn lugar de los EE.UU., o, qui√©n sabe, anda de mercenario, como tantos veteranos de las SAS (las Fuerzas Armadas Especiales de los ingleses) que, como nuestra mano de obra desocupada, se quedaron sin laburo despu√©s de las Malvinas. Silvio me acompa√Īa luego hasta la mitad del puente y ah√≠ nos damos el √ļltimo abrazo. ¬°Cu√°ndo y d√≥nde ser√° el pr√≥ximo, caro amico! Por mi parte, francamente, no doy m√°s y tengo una ampolla del tama√Īo de un mel√≥n. Llegado al otro lado del puente, subo, casi ex√°nime, a la torre que da inicio o fin al puente (¬°d√©cimo viaje y solo ahora me vengo a enterar que se pude, nom√°s, subir!). De regreso a tierra, me consiento un par de pasos cuesta arriba y me doy por vencido. Tal vez cuando est√© en el auto me venga por arriba haciendo trampa, pero lo dudo. El Hradcany me ha de quedar, en todo caso, para la pr√≥xima vez… o vaya a saber si nunca. El regreso a la Termini se hace interminable, pero llego, y la gallega, solidaria, me lleva derechito (bueno, todo lo derechito posible, bah) a Savojska 302. Lavo camisa, medias y calzoncillo y caigo en que me muero de hambre. G√ļguel Maps me indica que tengo varios restoranes a tiro. Termino en uno chino, de √ļnico comensal, con un cerdo a la nosequ√© presentado en su bandejita con calentador. Exquisito. Ma√Īana me toca un peregrinaje especial. Espero que la gallega se haga cargo de la solemnidad del caso.

Jueves 5

Salgo temprano, menos mal, porque a poco de partir pierdo la se√Īal y la gallega directamente se calla. La recupero en una estaci√≥n de servicio, pero ella, ofuscada, me manda dar vueltas al pedo. No s√© c√≥mo hice para dar con la que termin√≥ siendo la avenida indic√°. Me llama la atenci√≥n que no haya un solo cartel que se√Īale el camino. Hasta que, de pronto, s√≠, uno me dice que he de tomar la pr√≥xima salida. Al cabo de unos pocos kil√≥metros encuentro, finalmente, la entrada. Llego a un museo de arte que, francamente, no me interesa, doy vuelta a la izquierda y navego por un bulevar amplio, de plazoletas cuidadas con primor, bordeado de hermosos chalets. Al fondo, un memorial y un mapa. A mi derecha, en √°ngulo recto, un descampado en el que unos muchachos parecen cuidar una especie de huerto. Hay un monumento de bronce, realista, que representa dos o tres o m√°s docenas de p√°rvulos. Es todo lo que queda de lo que fue un pueblito llamado Lidice. Enresulta que los nazis, con la sangre en el ojo por el atentado contra Heydrich, resolvieron arrasarlo. Los hombres fueron fusilados, primero de a cinco y despu√©s, como la cosa iba para largo, de a diez. Las mujeres y los pibes deportados a Ravensbr√ľck. Pero demos nuevamente la trabajosa palabra a la G√ľiquipedia:

‚ÄúL√≠dice era un pueblo checo hoy recordado por haber sido completamente destruido a instancias de Hitler, en represalia por el asesinato del jerarca nazi Reinhard Heydrich. Como resultado de ello, los alemanes iniciaron una brutal campa√Īa de represi√≥n en contra de la poblaci√≥n civil checa. De todas las operaciones de venganza, la m√°s conocida es la ocurrida el 10 de junio. Ese d√≠a, fuerzas de seguridad alemanas rodearon el poblado de L√≠dice, cerrando todas las salidas. Este pueblo fue escogido por ser uno de los m√°s activos en contra de la ocupaci√≥n nazi, y de all√≠ proced√≠a una gran cantidad de partisanoes que se unieron a la resistencia. Toda la poblaci√≥n fue sacada de sus casas, separando a todos los hombres mayores de 15 a√Īos y llev√°ndolos a un granero. Al d√≠a siguiente fueron fusilados. Otros 19 hombres y 7 mujeres que trabajaban en una mina cercana fueron llevados a Praga y tambi√©n ejecutados. Las mujeres y ni√Īos restantes fueron enviados al campo de concentraci√≥n de Ravensbr√ľck, donde la cuarta parte de ellos muri√≥ en las c√°maras de gas o a causa de los trabajos forzados. Los ni√Īos, por su parte, fueron llevados al gueto de la calle Gneisenau en Lodz (Polonia), donde fueron separados con criterios raciales. Los que podr√≠an ser objeto de “arianizaci√≥n” (seis) fueron enviados a Alemania, mientras que los 82 restantes fueron asesinados en el campo de exterminio de Chelmno. El poblado fue destruido y totalmente arrasado. Un documental original, realizado por los soldados alemanes, ha sobrevivido como testimonio de la masacre. En total, 340 habitantes del pueblo fueron asesinados (192 hombres, 60 mujeres y 88 ni√Īos). Lo mismo le sucedi√≥ a otro peque√Īo poblado llamado Lezaky dos semanas despu√©s: los hombres asesinados, las mujeres enviadas a los campos de concentraci√≥n y los ni√Īos “arianizados” o enviados a las c√°maras de gas. El resultado final de la represi√≥n por la muerte de Heydrich fue de 1.300 personas, entre partisanos, altos dirigentes checos y v√≠ctimas circunstanciales, como los habitantes de L√≠dice. El pueblo fue reconstruido en 1949. Lezaky y no fue reconstruida, y s√≥lo existe un monumento.‚ÄĚ

*****

Y de Lidice propiamente dicho, claro, nada. Nada de nada: ni la escuela, ni la plaza, ni las viviendas… nada. El memorial es sobrecogedor. Una pel√≠cula muestra a Heydrich en un concierto con obras de su padre (un m√ļsico menor, pero bastante bueno, a juzgar por lo poco que pude encontrar en Iutiub) y, luego, a la salida, y m√°s tarde pasando revista a los esbirros de la SS. Es un hombre que no llega a los cuarenta a√Īos, delgado, apuesto, imponente en su uniforme dise√Īado por Hugo Boss, rubio, de facciones casi todas en √°ngulos rectos y ojos de hielo, seguramente celestes. La efigie misma del ario, del alem√°n ideal, del nazi perfecto. Hay que verlo para convencerse. Todo est√° en G√ļguel.

Yo salgo con los ojos empa√Īados. Y pensando en todas las v√≠ctimas de esa locura que fue -y, lo peor, sigue siendo- el fascismo (y, claro, pensando tambi√©n en nuestras v√≠ctimas, las de una locura parecida y √©ticamente mucho m√°s espantosa, porque los nazis no hubieran sido nazis sin esas atrocidades, pero el ideal comunista no las merec√≠a ni podr√° justificarlas jam√°s. Yo sigo siendo comunista, mas ese bald√≥n imborrable me perseguir√° hasta la muerte. En todo caso, Stalin, Mao y Pol Pot est√°n muertos para siempre, pero el cuco del fascismo est√° bien pero bien vivito ¬°y vaya si coleando!).

Gracias, Teresa, por haberme recordado lo que nunca debí olvidar.

Sigo con el alma maltrecha y la gallega de mierda que no hace nada por contenerme camino de Karlovy Vary (os√©ase, las Termas Carlistas), que con Marienbad por estos pagos, Baden Baden en Alemania, Baden solo una vez en Austria y Evian y Vichy en Francia supieron ser los balnearios continentales del equivalente europeo de nuestra bostosa oligarqu√≠a. Esta vez por suerte, la gallega me manda mal pero bien, porque voy subiendo una loma en lentas eses a cuyas veras se yerguen decenas de palacetes decididamente memorables. De pronto, la Iglesia Ortodoxa Rusa, en pasteles celeste y crema, una aut√©ntica gloria. M√°s all√° el bosque que trepa lo mucho que queda de la monta√Īa. Doy media vuelta y desciendo otra vez entre mansiones y m√°s mansiones. Llego as√≠ al r√≠o. De este lado, medianera con medianera, dos o tres cuadras de edificios suntuosos. El pen√ļltimo es el Hotel Romania, donde, para mi enorme sorpresa, me toca alojarme (me cost√≥ lo mismo que las pensiones que reserv√© en los otros sitios). Dejo el auto mal estacionado nom√°s para depositar la valija y se me vienen al humo, amables pero inflexibles, dos canas monumentales que me sacan carpiendo so pena de una multa de cincuenta euros. Sigo un par de cuadras con, a mi izquierda un hermoso parque y, a mi derecha el agua, y estaciono en la ribera de en frente, en un parking al aire libre. Llevo a rastras la maletica hasta el hotel, me dan la habitaci√≥n y me indican d√≥nde estacionar. Desensillo y salgo nuevamente en busca del Skoda Flavia a seguirme maravillando. Subo, ya que estoy, por la otra margen del r√≠o, que tambi√©n se eleva entre edificios solo que m√°s modestos. Las vistas que voy coleccionando son espl√©ndidas. Por fin me meto por una calleja lateral, abandono el coche y me voy a sacar fotos. M√°s tarde pego la vuelta y estaciono esta vez en el parking indicado. Hace tornillito y de a ratos llueve, pero igual cruzo el r√≠o y me las ingenio para encontrar la pendiente original, que se me hace, como era de esperar, cuesta arriba. Ahora s√≠, documentos gr√°ficos de los palacetes. Muchos son hoteles de lujo, y de ellos solo sale gente hablando ruso. En efecto, la ciudad parece una colonia de ellos. Todos los carteles, todos los anuncios, todos los menuses est√°n en ruso. Se trata, sin duda, de neomillonarios en negro, a lo Putin. ¬°Qui√©n los ha visto all√° por entre 1966 y 1971, deslucidos, toscos, pobretones, y qui√©n los ve ahora, igual, casi de toscos, pero cargados de oropeles car√≠simos, aunque, las cosas como siguen siendo, siempre ajenos al buen gusto! De retorno, recorro otra vez las cuadras ribere√Īas hasta el hotel y me tiro a descansar. El cuarto, cosa inaudita, no tiene televisor. Como ni se me ocurre mirarla, no me inquieta, pero s√≠ me resulta curioso, sobre todo en un albergue tan pero tan paquete.

Salgo a la nochecita para encontrarme con una ciudad crepuscularmente m√°gica. Ahora exploro las dos cornisas con sus restoranes y hoteles y las farolas reci√©n encendidas. El fr√≠o, pero, arrecia, y me convenzo de que merezco una cena caliente con servilleta y todo. Sue√Īo con un jarrete de cerdo o un buen pato. Voy acumulando decepciones: los pocos sitios que los ofrecen lo hacen a precios descomunales (descomunales para las ex rep√ļblicas democr√°ticas y/o populares del otrora campo socialista las pelotas, y, por qu√© no admitirlo, para mi bolsillo). Pero Dios sabe apretar sin ahogar -aunque a veces, parece, se le pasa un poquito la mano, como en Siria, sin ir m√°s lejos- y encuentro un boliche llamado algo inimaginativamente Restaurante Grill donde hay, nom√°s, jarrete a 300 coronas, es decirse, 15 euros. El due√Īo es un checo de gafas y barba filos√≥ficas que parlotea cinco o seis idiomas. Pido mi cerveza bruna y mi steltze y √©l me ofrece pan con ajo. Que resulta eso: tres rebanadas de pan negro tostado y un diente de ajo entero para frotarlo a piacere. ¬°Qu√© delicia! Me recuerda el pan amb tom√°quet de Vic (¬°oh hermosos recuerdos de cuando iba todos los a√Īos a ense√Īar en la universidad a cambio de unas manducaciones inolvidables!). Y entonces me trae el jarrete: una como roca con un cuchillo clavado en la cima entre la tibia y el peron√©. Voy sabore√°ndola piel casi crocante y luego viene la carne que, ya sin la piel, se derrite a la menor caricia del tenedor. S√© que no podr√© comerme ni la mitad y pido disculpas por anticipado. No se preocupe -me consuela el checo-; normalmente es para dos. Cuando ya no puedo literalmente m√°s, me pido un espresso y desando ora una ora otra orilla entre el brillo casi fantasmal de las farolas que malgastan su incienso brumoso sobre la ciudad desierta.

Viernes 6

Aprovecho el hotel cuatro estrellas (¬°con raz√≥n!) para desayunar a lo bestia y enfilo para Plzen -os√©ase, Pilsen-, que, con Estrasburgo, es el otro basti√≥n mundial de la cerveza. (Amarcord aquel primer viaje de marras con Tito y Leonardo, cuando nos sentamos palpitantes a probar nuestra primera birra strassbourguiana y nos la dieron… ¬°tibia! Porciertamente que despu√©s compraron heladeras y ahora la sirven comme il faut. (Y yaquestoy, amarcord la curda hom√©rica que me agarr√© poco despu√©s en Praga con la cerveza de 18 grados).

De la ciudad salgo por un camino de monta√Īa casi alpino, de los que me entusiasman y aplacan, que serpea entre los √°rboles acomod√°ndose a las faldas que se pierden m√°s all√° de la espesura. La cuesta se vuelve menos escarpada llegando a un villorrio barrocomedieval de unos trescientos metros de largo y nada de ancho que apenas si cabe a las veras de la ruta. Poco despu√©s, a la salida de una curva y aprovechando un hueco entre las ramas, en medio de una profunda garganta que le da la vuelta y erguida sobre una cresta a la exacta altura de mis ojos, una ciudadela amurallada que se arrebuja al pie de un castillo severamente rom√°nico. De este lado, entre la muralla y el rio que acaricia indolente una peque√Īa cascada y justifica apenas una exclusa de poca monta, se esparce el resto del caser√≠o de juguete. No llego a ver el torso de la cosa, pero desde aqu√≠ parece como si Dios hubiera ensayado una enorme flanera en medio de la monta√Īa. Avanzo todo lo parsimoniosamente que mi impaciencia permite, saboreando esa postal premiada por el sol del mediod√≠a. S√© que, tarde o temprano, aparecer√° a mi derecha el correspondiente cartel. En efecto, a dos o trescientos metros se desgaja a la derecha un breve acceso que, soslayando respetuosamente el castillo de piedra gris y torres coronadas de tejas rojas, se trasmuta en puente que se transfigura en calle principal por √ļnica del recinto fortificado para desaparecer tres o cuatrocientos metros m√°s adelante por lo que luce como la puerta de servicio: un arco sin pretensiones que se abre al istmo que mantiene el centro del molde endeblemente unido a la tierra firme. Entre uno y otro extremo, la calle se ensancha lo suficiente para que quepan el monumento de norma, unos diez autos estacionados de punta y las mesas de uno o dos restoranes. A la izquierda la solemne austeridad del castillo, a la derecha el muro espeso a cuyo pie se derraman hasta la ribera las casas sobrantes. Luego el espejo sin malicia del rio. En frente, la falda escarpada, la cinta de asfalto que ha subido hasta aqu√≠ y, tras este respiro, seguir√° subiendo, y la monta√Īa verde y silenciosa. La ciudadela, de apelativo Loket, es una miniatura de Chesky Krumlov, con, c√≥mo no, las infaltables cebollas de la iglesia. Entre el castillo y la calle principal hay, en realidad, otra, encimada, estrecha y breve, que da tantita amplitud a la media luna de edificios barroquizados a la fuerza. El r√≠o, por cierto, desciende de la monta√Īa, se mete debajo del puente y da una vuelta casi completa al centro de la flanera antes de darse por vencido y seguir cuesta abajo.

Me tomo un caf√© en el √≠dem adosado al muro del castillo y aprovecho para renovar las instrucciones a la gallega, que hac√≠a rato se hab√≠a mandado mudar. No me dan ganas de partir, quiero rogarle al instante ‚Äú¬°detente, eres tan bello!‚ÄĚ y que el Diablo se haga con mi alma.

El camino pronto pierde magia y me vuelve a la planicie. Llego as√≠ a Plzen. La gallega me lleva al centro. Es una ciudad poco interesante. Hay sitios decididamente bonitos, sobre todo la plaza de la inmensa y solitaria catedral, pero no, no es lo m√≠o. La Penzion U Hladu queda a unos veinte kil√≥metros (¬°si sab√≠a, no ven√≠a!), a orillas de un camino de provincia. C√≥moda, eso s√≠. La penzion tiene y no tiene restaurante, vale decir que lo tiene, pero cerrado. Por suerte -bueno, eso cre√≠-, enfrentecito mismo hay otro, t√≠pico de pueblo centroeuropeo, con comensales rubicundos, mesas de madera basta y sin mantel, y men√ļ en idioma. Discierno algo que bien podr√≠a ser un wiener Schnitzel, y que, seguramente, pretend√≠a serlo, pero incomible, con la carne dura y grasosa escapando del empanizado como serpiente apurada en cambiar de piel. En fin, que un asco.

S√°bado 7

Ahura es el turno de Ceske Budejovice… y el d√≠a en que la gallega debe de haber andado de menstrua porque me hizo dar mil vueltas m√°s que de consueto. Literalmente. Pas√© tres veces por el mismo pueblo, donde par√©, las tres, en el mismo caf√© para renovar el pedido de instrucciones a G√ļguelmaps. Y eso que, seg√ļn el mismo G√ļguelmaps, no ten√≠a ni hora y media de viaje. Por fin, apagu√© el telefonino a la mierda, chap√©, como en los buenos tiempos, el mapa (poco detallado, eso s√≠), y preguntando cada vez por el siguiente pueblo fui acerc√°ndome hasta que en Nepomuk un checo que todav√≠a hac√≠a andar un Skoda de los de antes del capitalismo me condujo hasta la carretera. Hab√≠a salido a las diez y eran ya las tres. Pero, una vez encaminado, no tard√© m√°s que una hora en llegar. La gallega segu√≠a en pedo, de suerte que enfil√©, a fuer de seguir los providenciales cartelitos de Zentrum, hasta la c√©lebre Plaza Mayor, que ya ver√≠a como dar con mi albergue. Dejo el coche, empiezo a recorrerla tomando fotos y cuando llego al lado opuesto y voy a sacar la correspondiente gr√°fica ¬Ņqu√© veo, a ver? ¬°Sipi: Hotel Zvon! ¬°MI hotel! √Čl tambi√©n de un mont√≥n de estrellas y, como el Romania, emplazado sublimemente. Me indican d√≥nde estacionar (18 euros por d√≠a) y subo a mi lujoso aposento. Por primera y hasta ahora √ļnica vez enciendo el televisor, porque seguro que tiene CNN y esas cosas, y en efecto (as√≠ me entero de la manifestaci√≥n en Buenos Aires por la libertad de Lula, porque esas cosas s√≠ salen en los diarios del mundo al que, ¬°por fin!, ha abierto las nalgas Macri). 

Salgo a pasear por la villa. La plaza es un amplio cuadrado de edificios preciosos. La cosa sigue, pero no tan hermosa, por las callejas aleda√Īas. Como Brno, como Olomouc, como Hradek Kralove, como Trutnov, la ciudad est√° inexplicablemente desierta. Ceno en un caf√© de la plaza un tostado realmente delicioso (queso, bacon y otras hierbas, con una mostaza de ensue√Īo para untarle encima) y me vengo a teclear mis pamplinas. (Por cierto, que, desde que me acord√© del insigne Celibidache, busco en G√ļguel sus fastuosas y dilatadas versiones de las sinfon√≠as de Bruckner y las uso de fondo. Amarcord que, en mis tiempos, cronometraba las cosas y aquella noche en el Carnegie Hall el rumano que detestaba a Toscanini tard√≥ una hora y dieciocho minutos en despachar la Cuarta, que Klemperer, conocido por su falta de apremio, liquidaba en cincuenta y cinco minutos).

Domingo 8

He dormido poco y mal (por primera vez desde que zarp√©) y, para peor, me despierto una hora y media antes de la alarma que he puesto para las nueve. Para colmo, tengo una lastimadura en uno de mis dedos martillos. He de ponerme, ergo, las zapatillas. Desayuno otra vez a lo troglodita y cometo la torpeza de confiar en que la gallega me saque hacia Cesky Krumlov. Doy catorce vueltas sin se√Īal hasta que vuelvo frente al hotel y, ah√≠ s√≠, logro empalmar con G√ļguelmaps y consigo desenmara√Īar la ruta. Son vientipocos kil√≥metros que me toman, una vez que me encamino, si acaso media hora. Llegar es azararse: la ciudad vieja anida en un valle, rodeada de lo que luego resulta un lago y que, en verdad, no la rodea, sino que la penetra, porque, mirada en el mapa, la cosa parece una campanilla metida en la glotis. Pero eso no lo s√© todav√≠a, ni tampoco la gallega, que me manda subir una loma geogr√°ficamente al pedo, pero desde la cual se aprecia un panorama magn√≠fico de la ciudad vieja, con su castillo de catorce pisos aplastando los techos de tejas rojas. Tras mis consabidas vueltas -solo que esta vez la gallega no ha tenido nada que ver, porque, hu√©rfana de se√Īal, se ha quedado piadosamente callada-, me las ingenio para penetrar intramuros y dejar el coche por ah√≠, con dos horas de estacionamiento pagado a fuer de mis √ļnicas monedas. Bajo por una calle cruelmente empedrada, bordeada de estos edificios ya acostumbrados, con sus decoraciones tipo trompe l¬īoeil, cada vez m√°s exquisitos a medida que nos acercamos al centro de la campanilla. Voy esquivando turistas mostrencos o agrupados tras gu√≠as poliling√ľes deteni√©ndome a saborear cada muro premiado por un sol resueltamente peronista. Llego al borde de la campanilla y atravieso uno de los dos puentes para pasar a la glotis de la que se adue√Īa el castillo. Se me van acabando las dos horas y voy por mi segunda pipa, de manera que doy media vuelta y emprendo el retorno. Aunque calculo que me da todav√≠a tiempo y cuero para subir a la torre, y eso hago. ¬°Qu√© banquete para los ojos! La ciudad esplende a mis pies, con su hormigueo de turistas sobre el puente y su cascada de juguete. Aterrizo con quince minutos para llegar.

Cojo, con perd√≥n, el auto y doy vuelta al √≥valo rodeado de agua para estacionarme del otro lado, a espaldas del castillo. Ahora entro desde la otra punta, pero bordeando el castillo para no repetir recorrido. Me paseo as√≠ por la ribera, con sus pensiones y restoranes. Atravieso al rev√©s el puente y me dedico a inspeccionar las callejuelas laterales que hab√≠a dejado a sabiendas para despu√©s. A todo esto, se me muere la bater√≠a del telefonino, con lo que me detengo especialmente a llenarme los ojos para siempre de todo lo que qui√©n sabe si volver√© a ver. Me he preguntado si hubiera querido la compa√Ī√≠a de alguna de mis f√©minas m√°s entra√Īables. Paso amorosa revista a la galer√≠a de recuerdos y comprendo que no, que cualquiera de ellas se habr√≠a cansado y pedido cuartel. Lo mismo la porcinetta. O sea, que paseo como me gusta pasear, sin nadie que me demore o arrastre, o no tenga inter√©s en ver tal cosa o demasiado en detenerse a observar tal otra. Como para el Sobrino de Rameau, mes pens√©es sont mes catins (amarcord mi primera lectura en franc√©s, nada menos que Diderot, all√° por 1966, sin haber visto jam√°s un texto en galo, y mi sorpresa al entender casi todo, hasta catins... que, claro, no era tan dif√≠cil de inferir). Cuando me convenzo de que no he dejado piedra sin escudri√Īar vuelvo al estacionamiento.

Esta tarde, Telc (con sombrerito, o sea, Telch). S√© que tengo que pasar por Ceske Budejovice, de suerte -nunca tan bien dicho- que prescindo de la gallega mientras el telefonino se recarga pacientemente de la teta prevista para el encendedor del Skoda. En llegando a CB busco una estaci√≥n de servicio para comprarme un s√°nguche caprese picante (exquisito), un jugo de naranja para esta noche (me suelo despertar varias veces muerto de sed) y conectar a la gallega que, oh milagro, me trae sin m√°s a mi destino. Amarcord mi vez en Telc, de regreso de aquel viaje a Praga con la vieja, pero casi no recuerdo la ciudad. De llegada se ve la silueta barroca trucha a trav√©s del lago que rodea la ciudad vieja y da la sensaci√≥n de que se viene una tur√≠stica org√≠a. Pero la ciudad toda no es m√°s que una esmirriada plaza en forma de alargado tri√°ngulo escaleno (¬°primera vez que uso esta palabreja desde tercer a√Īo del secundario!), bonita, eso s√≠, pero que frente a todo lo dem√°s que he visto es un enorme anticl√≠max. Y, adem√°s, como cada vez, salvo Praga y Cesky Krumlov, desierta. Como he perdido la se√Īal en el momento de dar la √ļltima vuelta, estaciono en la plaza y me dedico a recorrerla (veinte minutos sobran). Me hospedo en la Penzion Pizzeria Italia (hablando de pobreza imaginaticia) que vaya uno a saber d√≥nde mierda queda y cuando pregunto al camarero del Caf√© Oldie, donde me zampo una merecida cerveza, enresulta que queda proprio proprio en la plaza y casi enfrente. Me instalo y salgo a ver si hay algo m√°s para otear, y no. La plaza se estira entre unos edificios como tantos y el castillo y la iglesia, que no son gran cosa. Del otro lado del lago circular no hay nada que merezca dejar de parpadear. Las orillas son o parecen sucias. Las casas del otro lado les dan la espalda, y las de este ni las miran. No hay nada que hacer, ni siquiera lavar ropa, porque tengo decidido regresarme a Viena ma√Īana mismo, aunque puede que no me devuelvan los tres d√≠as que me quedan de alquiler del Skoda. Ya estoy empachado. Bueno, quedan estas pamplinas, desde luego, y el Schnitzel no wiener  como me explic√≥ el due√Īo del restor√°n donde cen√©, porque aqu√≠, en efecto, lo preparan para que se suelte del empanizado, muy sabroso esta vez, con unas papas fritas con bacon y ajo simplemente de antolog√≠a. El restor√°n queda a unos treinta metros plaza casi a oscuras abajo. S√≠, ya no tengo nada que hacer aqu√≠, salvo, reitero, anotar estas pamplinas.

Lunes 9

Tengo el auto tres d√≠as m√°s, que joder. As√≠ que, consultado G√ļguel, opto por dirigirme a Hundrichov Hradke (con sombrerito en la erre y una luna llena sobre la u) que, sin saber, dej√© atr√°s camino de Telc. Pero antes salgo a ver si desayuno. Telc sigue desierta. Todo el movimiento y la bulla vienen de unos veinte adolescentes en uniforme sospecho que escolar que juegan al f√ļtbol en la plaza. Zarpo, pues. La carretera, desierta. Tardo poco m√°s de media hora en llegar (la gallega esta vez no dio problemas). ¬°Menos mal que no me fui a la mierda! Es una joyita. Lo mejor despu√©s de Praga y Cesky Krumlov. Ya la entrada es un primor, con las torres encebolladas del otro lado del r√≠o. No tiene, es cierto, el encanto de Cesky Krumlov ni, por suerte, los turistas. La plaza es como todas: un cuadril√°tero de edificios barroquizados con su monumento en el mero centro. Tambi√©n est√° casi vac√≠a, aunque s√≠ hay gente por la peatonal que se le abre en uno de los √°ngulos. Doy unas vueltas deteni√©ndome para sacar fotos y finalmente estaciono en una cortada justiniano de este lado de la entrada a la ciudad vieja, con lo que me ahorro como cinco euros de parqueo m√°s la zozobra de que se me acabe el tiempo. Camino y camino, como siempre. El castillo es inmenso (el tercero m√°s grande tras Karlstein -que no visit√©- y el de CK). Pero, tal vez por suerte, est√° cerrado y no puedo subir a la torre. De retorno paro en una gasolinera a cargar G√ļguelmaps.

                La ruta otra vez desierta, entre prados y peque√Īos bosques, con sus pueblitos all√° y otros m√°s ac√°, de casas acurrucadas en torno de la sempiterna cebolla de la iglesia. La gallega me hacer dar vueltas sospechosas, pero no, al cabo de diez o quince minutos, el primer cartel tranquilizador: Znojmo 69 km. Yo, entonces, me conf√≠o y no recelo cuando la mina de dice ‚Äúen trescientos metros gira a la izquierda y luego a la derecha‚ÄĚ. Eso hago, y emprendo una casi senda de monta√Īa que se abre malamente paso haciendo eses entre las con√≠feras empe√Īadas en no dejarla seguir. Subo la loma como veinte minutos, y cuando llego a la meseta en que el bosque se disuelve como por arte de magia entro a maliciar que estoy nuevamente en el culo del mundo. La gallega insiste ahora en meterme por un parque que tiene expl√≠citamente vedado el acceso a los autom√≥viles. Doy media vuelta, bajo otra vez la loma y, cuando llego a donde la gallega me mand√≥ subir, la muy canalla me dice impert√©rrita ‚Äúgira a la izquierda‚ÄĚ, que es por donde ven√≠a, y ya no le hice caso hasta una estaci√≥n de servicio a pocos kil√≥metros de la ciudad, donde aprovech√© para darle a G√ļgelmaps la direcci√≥n de la Penzion Kaplanska, u Blanky 6. La gallega me manda salir, claro, de la estaci√≥n, me lleva muy oronda al centro de Znojmo (que no es un pueblito sino una ciudad con sem√°foros y todo), me dice ‚Äúhas llegado‚ÄĚ y me suelta la mano en la rotonda del correo. Bueno, a buscar otra estaci√≥n de servicio. El tr√°fico es lento, porque las avenidas no son tales sino calles poco m√°s anchas que Paran√° o Rodr√≠guez Pe√Īa, pero de dos manos y con nutrido tr√°fico de semirremolques. Llego a una estaci√≥n y resulta que tengo ambos telefoninos descargados. ¬°Pero si los ten√≠a conectados al cargador! Pues parece que ha dejado de funcionar. Me quedo unos minutos esperando una carga m√≠nima y, por las dudas, tambi√©n enciendo la computadora. Cuando por fin se carga el recorrido salgo en direcci√≥n contraria la que ven√≠a. En la rotonda (un par de kil√≥metros de camiones con acoplado) he de tomar la quinta salida. Solo que al llegar ¬°PLOP! se apaga el telefonino. Vuelvo a la estaci√≥n. Repito √≠ntegro el tr√°mite, reando lo desandado con el telefonino carg√°ndose desde la compu y en eso, una frenada, el telefonino que cae entre los asientos y ¬°PLOP! desaparece el recorrido tan trabajosamente cargado. Otra vez a la Shell. Esta vez s√≠, la gallega me lleva adonde yo (y no ella) quiero. La Penzion queda en una cortada –es la cortada, en realidad, porque los ni siquiera veinte metros se reparten entre ella y la de al lado- en un barrio primorosamente de √©poca. El due√Īo es un checo con pinta de ogro bonach√≥n que me hace trasponer el arco que cierra la cortada y a continuaci√≥n del cual se abre la terraza a la que dan las habitaciones y en cuyo centro hay una como caba√Īita por la que se desciende a la Vinarka, os√©ase, la bodega (que, adem√°s, funciona como bar) y, de yapa, una piletita de nataci√≥n. Es un sitio ed√©nico, con una vista infinita a trav√©s de una profunda y vasta hondonada que termina en un horizonte de nubes y un par de torres. Estoy en la gloria: es el mejor hospedaje que me ha tocado… y de lejos el m√°s barato: ni veinte euros… con desayuno.

He salido a las doce y son pasadas las cuatro, pero el sol arrecia todavía y propina sus insólitos veinticuatro grados. Aprovecho para lavar ropa mientras se cargan los telefoninos, leo las noticias de Argentina y el resto del mundo, reviso el correo y con apenas un 25% de carga salgo a pasear. Estoy, parece, en pleno centro histórico. Subo por la Velka Massalovka o algo por el estilo (la calle por donde bajé) y llego a la Masaryknova Namesti donde se conoce que ayer hubo feria porque está el esqueleto de los puestos. Casi no hay nadie. A mi derecha la plaza desciende suavemente hacia una torre que debió de haber sido, como las de Praga, parte de las defensas. Está cerrada y, parece, no abre nunca. Subo otra vez y llego a otra plaza, mucho más amplia, con pretensiones de tráfico. A la izquierda se pierde la oscura muralla con sus dos torreones supérstites. Me percato de que la ciudad vieja queda encerrada tras esos muros. Les doy la vuelta y vuelvo a colarme entre edificios barroquizados e iglesias encebolladas. Una escalera me lleva hacia lo que, seguramente, será la pared trasera de mi pensión, pero no se puede seguir. Retrocedo más de la cuenta para subir por otra escalera que, foso salvado mediante, me lleva del otro lado de la muralla. Camino y camino, con la pipa delante y los audífonos de mi infaltable MP3 alrededor. Hacia las siete y media casi no me queda batería. Ceno en un chiringuito vietnamita y salgo a encontrarme con el debut de las farolas. Todavía me da para sacar unas diez o doce fotos. Cuando finalmente llego a la cortada fenecen, a una, pipa, MP3 y telefonino. ¡Y hay quien descree de un Demiurgo organizado!

Pongo a cargar celular y MP3, enjuago la ropa que hab√≠a quedado en la salmuera de Woolite, busco a Celibidache en iutiub para que me acompa√Īe con la Primera de Brahms y entro a teclear estas pamplinas. La noche del once la paso en Viena, ya que tengo que devolver la macchina el martes por la ma√Īana. Es cuesti√≥n de decidir qu√© cazzo hago ma√Īana. En fin… G√ļguel dir√°.

Martes 10

La cuesti√≥n es que me puse a buscar pueblos merecedores y di con Trebic y Hutna Hora, de suerte -nunca mejor dicho- que busqu√© alojamiento en este √ļltimo, que era el que quedaba m√°s lejos. Tras un desayuno a lo bestia me voy a pasear por la ciudad. La computadora anuncia chubascos, pero el cielo no se da por enterado y contin√ļa asestando su solazo peronista. Me ha quedado por subir la torre que vi cuando bajaba por la Florida local y donde me zamp√© la cena vietnamita, y por ver la rotunda rotonda llamada, casualmente, ‚Äúrotunda‚ÄĚ. A las nueve en punto me constituyo en la torre para enterarme de que abre ‚Äúhasta‚ÄĚ las diez, como habr√≠a dicho Nadia cuando era la Chapu, con lo que oriento mis pasos hacia la susodicha rotunda que es un cilindro de ladrillo y su hijo con su correspondiente techo de tejas, Nada del otro mundo, dir√≠ase, solo que es rom√°nico y diz que el monumento m√°s valioso de la ciudad. La rotunda est√° en medio de una terraza que se ve que ha sido un basti√≥n desde la cual se ve el valle entero. A todo esto se han hecho las nueve y cuarenta y cinco. Ya estoy en la Florida tomando un espresso. ¬°Y ahora, se√Īoras y se√Īores, a subir la puta torre! Soy el primer forro, porque la chica tiene que abrir la puerta de acceso que todav√≠a est√° con llave. Ciento cincuenta y seis escalones cielo arriba se llega al mirador, que est√° completamente a oscuras. Ya estoy por bajar para quejarme cuando capto que cada metro m√°s o menos hay una celos√≠a que abrir para mirar y luego cerrar, porque hay un viento de la San Puta. La vista es, como cab√≠a esperar, formidable. Vuelvo a la Kaplanska en busca del Skoda y salgo para Trebic que, seg√ļn Guguelmaps, queda a cuarenta minutos. Me pongo, pues en manos de la gallega franquista de mierda que, por supuesto, me hace dar m√°s vueltas que la oreja con lo que tardo casi dos horas. 

Bueno, pero llegu√©. Di unas vueltas para familiarizarme y me estacion√© grattarola otra vez en una cortadita, al lado del correo, de cara a un puentecito que, r√≠o traviesa, embocaba en un sendero que sub√≠a la colina hasta una especie de santuario. Cruc√© el puente, pero me dije que el santuario lo dejaba para despu√©s. Me met√≠ en la ciudad vieja cuya catedral tiene una torre de lo m√°s tentadora que, por suerte, no estaba abierta al p√ļblico. De la iglesia se desciende, cu√°ndo no, a la t√≠pica plaza, esta vez un prolongado rect√°ngulo rodeado de los consabidos edificios de por ac√°. El r√≠o, a todo esto, ha dejado mi Skoda y se ha venido detr√°s de la plaza de modo de que el barrio jud√≠o quede del otro lado. Por esas cosas de la fortuna loca, entro en el moisherrioba por un monasterio de lo m√°s mono, amurallado originalmente √©l y que conserva dos de las puertas. El Once trebiciano no es gran cosa: casi no quedan construcciones de la √©poca. Pero la ciudad tiene su encanto y, por cierto, su gente, porque hay mucho movimiento. Al cabo de un par de horas regreso en busca del coche y no doy con la puta cortada. Doy vueltas y vueltas, seguro de que no puedo andar demasiado lejos cuando, redepente, ¬Ņvio?, me acuerdo del puentecito, el r√≠o y la colina con el santuario. Ubico el fiume con lo que me oriento, pero s√© que por la calle que voy no voy, porque la cortada da directamente al r√≠o. Y no hay caso. Doy vueltas y vueltas y nada. Vuelvo a la plaza y caigo en que la cortada est√° ahicito nom√°s. Emotivo rencuentro con la macchina y salida para donde sea, porque no encontr√© caf√© que tuviera g√ľi-fi. En la primera estaci√≥n de servicio pretendo ponerme en contacto con la gallega que, por alguna raz√≥n, se ha ofendido y me manda de sustituto un sordomudo que me escribe ‚Äúgira a la derecha y sigue hasta Chuchovka o como se llame‚ÄĚ, solo que a veinte kil√≥metros la carretera est√° cortada y de Chuchovka o como se llame ni indicios. Pego media vuelta y el sordomudo ni se entera. Encuentro otra estaci√≥n, vuelvo a programar Guguelmaps y ah√≠ s√≠ la gallega se despierta y me dice nom√°s que ‚Äúen cuatrocientos metros gira a la derecha para tomar la rampa y coge la carretera principal‚ÄĚ, cosa que hago gustoso. La gallega se calla, pero el navegador me explica que tengo 77 km de amansadora hasta girar. El tr√°fico es tirando a infernal. La recua de camiones semeja el entierro de Moyano. Enredepente, el sistema me dice que gire a la derecha en el km 47, cosa que la gallega franquista corrobora ac√ļsticamente cuatrocientos metros antes. Como un pelotudo doblo por una ruta que es obvio que me va a llevar a la reput√≠sima que lo pari√≥. Tal cual. Como a la media hora, encuentro un se√Īor que me dice que retroceda seis o siete km y gire a la derecha en la ruta. As√≠ hago, y en la primera Shell me paro a saldar cuentas con la gallega puta, que, esta vez, por suerte, me lleva nom√°s proprio proprio hasta Kutna Hora. Ah√≠ estaciono, me tomo un feca de compromiso para poder decirle a la gallega que ahora me lleve al hotel y -oh milagro- la mina me lleva sin chistar. El hotel se llama Kreta y queda a unas siete u ocho cuadras del centro, lo cual tiene la nada despreciable ventaja del estacionamiento grattarola. La encargada, una piba bonita pero pasada de kilos y muy amable me da las llaves, muestra el cuarto y explica que ella cierra el boliche a las diez y que si llego m√°s tarde entre por la puerta de la vuelta. 
Deb√≠ haber llegado a las tres y son pasadas las cuatro, de manera que dejo todo en el cuarto y salgo a caminar tras pipa, dentro de MP3 y con el telefonino presto a la documentaci√≥n gr√°fica. Entro por la punta izquierda de la ciudad y a temer que me vine al pedo, porque no parece gran cosa. Edificios de √©poca, cierto, pero sin mayor gracia, salvo una iglesia que tampoco da para tanto. Solo que, tres o cuatro cuadras medio pavitas despu√©s, la cosa se pone de bien en mejor. Es una ciudad realmente hermosa. Telc, Ceske Budejovice, Olomouc y todos los dem√°s pueblos han sido centr√≠petos, con el im√°n de la Plaza Mayor atrapando cuanto edificio de pro haya por ah√≠. Kutna Hora, en cambio, se desparrama para arriba, para abajo y para los costados sin ofrecer la certeza de un centro. Hay varias iglesias con su propia feligres√≠a arquitect√≥nica circundante. Pero, b√°sicamente, las dos callejas m√°s largas y vistosas son paralelas y atraviesan de punta a punta lo que vendr√≠a a ser el travesa√Īo de una T que verticalmente desciende por una especie de explanada que es lo que m√°s se parece a una plaza. Hace dos horas que marcho pasando de una calle a la otra. Los p√°jaros aprovechan para adue√Īarse completamente del silencio. Cuando estoy por arrojar la toalla, noto que detr√°s de la segunda calle una de las iglesias se abre a un espacio tras el cual no hay sino un cerco que da poco menos que a un precipicio. La cuesta casi no llega a serlo, porque cae pr√°cticamente a pico. A sus pies se asperjan decenas de chalets, detr√°s, la v√≠a del ferrocarril y a la derecha sube un vi√Īedo que termina all√° adelante a mi izquierda y loma arriba en un murall√≥n transversal. Tras √©l, el perfil cet√°ceo de un seguramente convento y m√°s adelante una iglesia extra√Ī√≠sima, porque tiene dos c√ļpulas convexas centrales que le dan aspecto de circo medieval o, anclado como est√° en sus contrafuertes, de una gigantesca cruza de camello y ara√Īa. Pareciera la obra de un avatar medieval de Gaud√≠. Para llegar asciendo por una explanada que tiene, a la derecha, el largo perfil del convento, y a la izquierda, el murall√≥n de marras con una estatua de alg√ļn santo cada seis o siete metros hasta llegar al predio del circo g√≥tico. Se me ha agotado la pipa y hace unos minutos que el MP3 se ha puesto a hipar, se√Īal inequ√≠voca de que se est√° quedando sin bater√≠a. Pero malhaya sobre todo el telefonino agonizante que apenas me consiente un par de fotos postreras de lo que, seg√ļn averiguar√© merced a G√ļguel, es la Iglesia de Santa B√°rbara, iniciada en 1488 como proyecto mucho m√°s ambicioso y terminada en 1905. Est√° cerrada, pero me prometo venir ma√Īana.

De regreso voy admirando la vista espectacular de la ciudad erguida del otro lado de la hondonada. Est√° decidido. Ahora regreso al hotel a cargar el celular y esperar que crepuscularice para sacar fotos al concierto de farolas. Estoy en mi habitaci√≥n desde las siete menos cuarto hasta las ocho pasando a la compu las fotos de hoy, y cuando por fin voy a salir nuevamente, veo que el telefonino no tiene m√°s que un 25 por ciento de carga. Subo en auto hasta Santa B√°rbara, iluminada que es un primor, estaciono y bajo unas seis o siete cuadras. Las farolas son demasiado brillantes y las fotos no salen bien. Vuelvo al coche y me meto por la ciudad vieja en busca de un restor√°n digno de mi √ļltima cena. Pero no encuentro ni uno. ¬ŅC√≥mo, si esta tarde parec√≠a haber como en Buenos Aires farmacias? Y bue… ser√° cosa de comer en el hotel. Llego a enterarme a) de que no sirven comida y b) de que est√°n a punto de cerrar (son las nueve y media). Pregunto si hay alg√ļn sitio cerca donde pueda morfar algo y la piba me dice que abierto a esta hora nada… claro ¬°son casi las diez de la noche! Monto en el Skoda a ver si, por √ļltimo, puedo comprarme un s√°nguche en una estaci√≥n de servicio. Al cabo de como diez km, nada. Al volver me pierdo, y entre las vueltas que pego para reubicarme doy con el chiringuito de un turco que est√° a punto de cerrar pero se apiada de este pobre hu√©rfano, me da una especie de panqueque gigantesco de kebab, y, de yapa, me orienta para volver. Y aqu√≠ estoy, ah√≠to, tecleando mis pamplinas.

miércoles 11

Ma√Īana una vez m√°s de sol radiante. Desayuno y, G√ľiquipedia gratias, marcho para el Osario de Sendelc, que, si la gallega no se opone, queda a dos km. La gallega, claro, no da el brazo a torcer, pero igual llego. La iglesita casi no se ve porque parece que la est√°n restaurando y la tapan unos trapos. Una vez dentro, claro, la cosa es otra: toda, absolutamente toda la nave y la capilla est√°n decoradas con huesos humanos, 40.000, parece: ornamentos, cruces, escudos, efigies… calaveras, pelvis, tibias, peron√©s, h√ļmeros, f√©mures, c√ļbitos, radios, el otro del brazo que no recuerdo c√≥mo se llama, esternones, costillas… ¬°Verparacrer! La historia es, G√ľiquipedia dixit, esta:

‚ÄúEnrique, el abad del monasterio cisterciano de Sedlec, fue enviado a la Tierra Santa por el rey Otakar II de Bohemia en 1278. Cuando volvi√≥, trajo consigo una peque√Īa cantidad de tierra que hab√≠a recogido del g√≥lgota y la esparci√≥ en el cementerio de la abad√≠a. La fama de este acto piadoso pronto se extendi√≥ y el cementerio de Sedlec se hizo un lugar de entierro deseable en todas partes de Europa central. Durante la Peste Negra, a mediados del s. XIV, y despu√©s de las guerras husitas a principios del XV, miles de personas fueron enterradas all√≠ y el cementerio tuvo que ser ampliado considerablemente. Alrededor del a√Īo 1400 se construy√≥ una iglesia g√≥tica en el centro del cementerio, con una b√≥veda en un nivel superior y una capilla en el s√≥tano, como un osario para las tumbas desenterradas durante la construcci√≥n o simplemente para hacer sitio para nuevos entierros. Entre 1713 y 1710 se edific√≥ una nueva entrada para apoyar la pared delantera, que se inclinaba hacia el exterior, y la capilla superior fue remodelada. En 1870, FrantiŇ°ek Rint, un tallista de madera, fue contratado por la familia Schwarzenberg para poner en orden los montones de huesos. Los macabros resultados de su trabajo hablan por s√≠ solos. Una enorme l√°mpara de ara√Īa, que contiene al menos una unidad de cada hueso que forma el cuerpo humano, cuelga del centro del nave junto a las guirnaldas de cr√°neos que cubren las b√≥vedas. Otros trabajos incluyen custodias flanqueando el altar, un gran escudo de armas de los Schwarzenberg y la firma del maestro Rint, tambi√©n hecha de huesos y situada en la pared junto a la entrada.‚ÄĚ

Regreso de memoria a Santa B√°rbara. Al estacionar de cara al cord√≥n golpeo la trompa. Un grupo de muchachones aplaude entusiasmado. Son sicilianos. Uno me dice que el viejo es chapista l√°stima que vive lejos. Me quedan 500 coronas de las cuales malgasto 90 en pagar (innecesariamente, porque nadie controla, pero uno es uno) la entrada. Por dentro, Santa Barbie no es gran cosa. Quiero decir comparada con Notre Dame o Vezelay. Desde dentro, las jibas no se ven: la nave es como las normales. Ahora a sacar fotos de d√≠a. Con sol en serio, Kutna Hora es m√°s maravillosa que al crep√ļsculo. Esta vez me meto por cada recoveco y descubro sitios que se me hab√≠an escapado. Una plaza que desciende hacia una puerta que da ya al valle, impasses rec√≥nditos. Me entero, para mi sorpresa, que mi idea de la ciudad era un dislate: ¬°Nada de T! Es casi circular, aunque las dos arterias superiores son las realmente que ver. En todo caso, s√≠ atin√© al afirmar que no ten√≠a una plaza central magn√©tica y que parec√≠a desparramada. El paseo dura dos veces la Sinfon√≠a Alpina de Richard Strauss, o sea, casi dos horas y sendas pipas.

Hacia las trece, dejo que la gallega me oriente hacia Viena, cosa que, esta vez, hace sin chistar (bueno, una vez que chapo la ruta no hay c√≥mo perderse). Gran corso de camiones gran, pero yo no tengo apuro. He pensado, s√≠, en detenerme por el camino, pero los pueblos que G√ļguel recomendaba quedan todos para el lado de los tomates, as√≠ que, sin apuro, derechito pa¬īl sur. Me detengo dos veces a cabecear y como a las tres un cartel me dice que o cargo nasta ahora o pago m√°s en Austria. En decidirlo estoy cuando, a mi izquierda, descubro un castillo o convento enorme encaramado sobre una colina casi a medida. No puedo creer el orto que tengo. No veo el nombre por ning√ļn lado, pero s√© que tengo que doblar a la izquierda. Eso hago y, en efecto, llego al pie de la colina sin saber c√≥mo se llama el pueblo. Doy una vuelta entera al √≥valo, pero todas las calles son contramano (supongo que cuando haya bajado el √ļltimo de los que viven arriba, el pueblo va a quedar desierto). Estaciono al pie de una que parece subir y trepo a pie, pero me equivoco: no hago sino subir al √≥valo siguiente. Por suerte, esta vez s√≠ puedo entrar en el pueblo que, resumido en una calle longitudinal y una plaza cuadrangular, se acurruca a la sombra del ahora palacio que tiene como ocho pisos de alto. Casi tan grande como el de Cesky Krumlov, solo que amarillo imperio. Desde la plaza se puede subir por dos entradas. Opto por la que da al jard√≠n, desde el cual se ve todo el valle sembrado de tejados bermejos. Voy subiendo terraza por terraza varios niveles. Al castillo propiamente dicho no veo c√≥mo entrar, y sus ocho o diez pisos me quedan vedados. No tengo otra que husmear por la planta baja. Todo lo que resta de las defensas originales son una torre y un trozo de muralla. Hay una entrada con arco por la que me meto como pancho por mi casa. La torre -¬°por suerte!- est√° cerrada y, de todos modos, no me habr√≠a hecho ganar m√°s que cuatro o cinco metros respecto de la altura de la terraza m√°s encumbrada que pude hollar. La piedra de la monta√Īa se funde con la de la edificaci√≥n, meti√©ndose bajo las paredes o asomando de ellas. A todo esto, me he enterado de c√≥mo se llama el paraje: ¬°Mik√ļlov! Hermoso estrambote a este viaje que daba por terminado. Pocos km despu√©s entro en Austria y me inunda la tibia sensaci√≥n de estar nuevamente en casa. La gallega, arrepentida de todas las que me ha hecho pasar, me ahorra ahora los embotellamientos.

A dos cuadras de casa empiezo a buscar lugar para aparcarme. Lo encuentro exactamente frente a mi portal. Ma√Īana devuelvo el auto.

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